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Última actualización web: 08/08/2022

Filosofía y psicoterapia.

Autor/autores: Francisco Almagro Domínguez
Fecha Publicación: 01/03/2005
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Durante algunos momentos de la historia ha sido obvia la relación entre filosofía y psicoterapia. La filosofía tenía un peso explícito en el quehacer del psicoterapeuta por la relación de ésta con las preguntas últimas. Pero hoy en día se omite dicha relación, cuando es algo presente en la existencia de todos los seres humanos en su deseo de comprender y conocer el mundo.

Además la filosofía está en la raíz de la psicología, algo que hoy en día se está olvidando. Y en relación con el ejercicio de la psicoterapia también se pueden plantear las siguientes preguntas (que en este trabajo se tratarán de responder): ¿deben los psicoterapeutas tener las respuestas que buscan los pacientes?; ¿es importante para un terapeuta partir de un marco filosófico claro. . . o tal definición es intrascendente?. También se plantean en este trabajo las diferencias de hacer psicoterapia y filosofar y del enriquecimiento mutuo de ambas si entramos en una reflexión profunda y coherente sobre la naturaleza humana.

Palabras clave: Filosofía, psicoterapia

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Filosofía y psicoterapia.

Francisco Almagro Domínguez.

Policlínico Primero de Enero (La Habana). Cuba

 

Resumen

Durante algunos momentos de la historia ha sido obvia la relación entre filosofía y psicoterapia. La filosofía tenía un peso explícito en el quehacer del psicoterapeuta por la relación de ésta con las preguntas últimas. Pero hoy en día se omite dicha relación, cuando es algo presente en la existencia de todos los seres humanos en su deseo de comprender y conocer el mundo. Además la filosofía está en la raíz de la psicología, algo que hoy en día se está olvidando. Y en relación con el ejercicio de la psicoterapia también se pueden plantear las siguientes preguntas (que en este trabajo se tratarán de responder): ¿deben los psicoterapeutas tener las respuestas que buscan los pacientes?; ¿es importante para un terapeuta partir de un marco filosófico claro. . . o tal definición es intrascendente?. También se plantean en este trabajo las diferencias de hacer psicoterapia y filosofar y del enriquecimiento mutuo de ambas si entramos en una reflexión profunda y coherente sobre la naturaleza humana.



Para mi breve intervención en este panel he escogido el tema de Filosofía y psicoterapia por dos razones. La primera es que para los pioneros psicoterapeutas analíticos del Siglo XX era obvia la relación entre filosofía y psicoterapia. La postura del terapeuta respecto a las preguntas últimas de todo saber filosófico marcaba su hacer, según se deduce de la obra de Freud ¾en particular sus últimos ensayos¾ y aún más, en casi toda la de Carl Gustav Jung.

La segunda razón es que esa lógica parece omitida hoy día al irse imponiendo, como telón de fondo, un pensamiento débil en el hacer psicoterapia: el fin de toda certeza filosófica o ideológica en el hacer terapéutico. Puede, incluso, que el saber filosófico se muestre como una pesada carga que podría entorpecer el trabajo en las ciencias de la conducta humana.

En estas líneas no intentaremos desconstruir ese aparente antitético diálogo; vamos a buscar lo grande que tiene el hombre, que en palabras de Nietzsche es servir de puente y no de fin entre las cosas. Sería conveniente dejar aclarar, además, que hablaremos del Hombre como destinatario y, al mismo tiempo, creador del saber filosófico y psicológico.

Sin su presencia, sin su estar y ser en el mundo, los antiguos griegos de las colonias jónicas no se habrían cuestionado críticamente la naturaleza hace 2, 600 años, ni Wilheim Wundt a quién se atribuye la paternidad de la moderna psicología hubiera puesto como título a la primera revista de temas psicológicos Philosophische Studien.

 

Filosofar parece condición natural del ser humano desde que adquiere capacidad para pensarse y pensar el Mundo. Como mismo D. Jackson dice que el hombre es el único ser viviente que no puede no comunicar, el humano parece ser el organismo vivo que no puede no filosofar; algo así como puedo filosofar luego existo, parafraseando el socorrido refrán cartesiano.

Sucede que hemos complicado el hacer filosofía en la medida que nos separamos de su definición simple, y de su contexto primigenio, que no corresponde únicamente y a veces está muy alejada a la Academia. El amor por el saber, la avidez por el conocimiento, o saber teórico, todas definiciones de filosofía, están en el hombre más anónimo de la tierra quién, en la inmensidad del desierto, la tupida selva o en el hielo del polo se pregunta sobre la muerte, la vida, el Universo, Dios. Las respuestas a esas y otras preguntas últimas va construyendo sin alcanzarlo todo, por supuesto el catálogo de certezas que Descartes llamaba la confianza en saber y que parecen imprescindibles para este Viaje.

Pero el montaje de toda estructura de saber se efectúa sobre una complejísima armazón de elementos llamados psiquis. Algunos componentes vienen dados desde el nacimiento anatomía y fisiología del S. N. C. y otros, adquiridos durante el proceso de desarrollo de la persona en sus relaciones. La psiquis humana vendría a ser como un molde a donde van a parar y de donde salen elaboradas las preguntas y respuestas de todos los saberes, incluyendo, sin duda, el saber filosófico. Si bien no hay hombre que no pueda no filosofar, no hay filosofía que no se deba a una psicología individual y grupal en determinado contexto, lo cuál tiñe de matices singulares cada producción filosófica.

Es tan estrecha la relación entre filosofía y psicología que apenas llevan dos siglos como disciplinas independientes. Lo que didácticamente ha separado el hombre para comprenderlo mejor, la vida y la experiencia lo unen a diario. La historia de la filosofía bien pudiera seguirse a través de la vida de los filósofos; sus aportes serían inseparables de sus vidas y experiencias personales. Sólo habría que añadir que cada búsqueda en el terreno de la psicología se ha convertido, también, en una exploración en el terreno de la filosofía; y la especulación filosófica ha generado, para la psicología, la necesidad de buscar y encontrar nuevos paradigmas explicativos.

 

Las cosas se complican para psicólogos y psiquiatras cuando desaparece la confianza en el saber, y el hombre queda sin respuestas, la mayoría de las veces prácticas, a situaciones concretas. La ambigüedad ante la pregunta o la acción genera conflicto, y de no resolverse este, la persona pasaría por sucesivas etapas de malestar hasta quedar más o menos incapacitada en su hacer, pensar o sentir. Es aquí donde, creo, entra en juego la psicoterapia y más que todo, los psicoterapeutas que, también es una opinión personal, son los que deciden, desatascan el ser humano del conflicto incapacitante.

Llegados a este punto, las preguntas podrían ser: ¿deben los psicoterapeutas tener las respuestas que buscan los pacientes?; ¿es importante para un terapeuta partir de un marco filosófico claro. . . o tal definición es intrascendente, incluso molesta, en el ejercicio de la psicoterapia?.

El primero de estos cuestionamientos es de relativa fácil respuesta porque el que haya tenido entrenamiento y trabajo como terapeuta sabe muy bien que ante los pacientes y sus conflictos la mayoría de las veces ni siquiera se sabe cuál es la verdadera pregunta. No, no tenemos las respuestas la mayoría de las veces y es bueno que así sea. A tono con lo que podría caracterizar a las escuelas sistémicas y constructivistas de psicoterapia, terapeuta y cliente deben reformular la pregunta y, después, co-construir la respuesta.


Pero he tenido la sospecha de que detrás de esa idea, llevada al extremo como todos los ismos, se esconde una trampa: un no saber que recuerda demasiado al pícaro Sócrates del mercado de Atenas. A partir de su sólido saber se construye un no saber que en recursiva devuelve mayor saber al que pregunta y no al que responde. Condenado por el tribunal del sentido común, y aún ante la posibilidad de escapar que ofrecería una alianza honrosa, se prefiere beber la cicuta antes de mostrar el doble fondo de la caja mágica.

Como estrategia, el no saber del terapeuta implica al paciente en la búsqueda de alternativas, le abre el campo de los posibles. Sin embargo, no deja de ser un uso que, en algún momento, interrogará al terapeuta en su propio marco de referencias filosóficas y éticas. Es aquí dónde la pretendida neutralidad parece difícil de alcanzar.

 

A la segunda pregunta, larga y compleja, pudiera empezar a contestar con una cita de Edgar Morín:

¨Lo que debe morir es la autoidolatría del hombre que se admira en la ramplona imagen de su propia racionalidad. . . el hombre no puede verse reducido a su aspecto técnico de homo faber, ni a su aspecto racionalístico de homo sapiens. Hay que ver también en él el mito, la fiesta, la danza, el canto, el éxtasis, el amor, la muerte, la desmesura, la guerra. . . ¨.

Morín no propone el cese de racionalidad sino del racionalismo dónde la complejidad escapa, donde escapa el Otro en toda su riqueza de matices. No nos invita a la aceptación incondicional a partir de una abstención ética, sino todo lo contrario. Somos razones y también sinrazones. Es lo que debemos aprender comprar: un ser integralmente complejo y en la mayor parte de las ocasiones, sorprendente. Toca, pues, a los terapeutas, prepararse para ser sorprendidos y luchar contra las tendencias que reducen la relación humana y la psicoterapia es un tipo particular de relación a los aspectos técnicos y racionales, a lo lineal y lo evidente como criterio de certeza.

Es probable que a fuerza de entrenamiento el terapeuta logre moderar algunos rasgos de su personalidad, lime gestos y tono de la voz, aprenda a callar y a hablar cuando debe. Lo que es muy difícil es aprender a dejar fuera del set algunas respuestas a esas preguntas últimas. Podemos callarlas, o incluso disimularlas, pero no colocarlas en una percha como una bufanda o un sombrero. Incluso la propuesta de Vattimo de una débil certidumbre frente a todo es, de hecho, muestra de gran certidumbre.
De modo que entramos a la sesión con condicionamientos con relación a la vida y la muerte, la libertad, la existencia o no de Dios, la dignidad y una escala de valores. Según mi criterio, es muy importante que todo terapeuta no sólo conozca, estudie y disfrute la filosofía sino que en su trabajo tenga claras algunas respuestas a estas interrogantes existenciales o por lo menos la sensación de duda que es la que experimentamos la mayoría de los mortales ante ellas.

La aceptación incondicional del paciente con lo cuál podría discreparse pasa también por definir las relaciones a partir de las diferencias con las cuales miramos el Mundo, y no estaría de más considerar la transferencia de un paciente cuando ambos mapas los del paciente y el terapeuta se excluyen mutuamente. ello para nada significa una pérdida de flexibilidad en el trabajo y la no aceptación de la diferencia. Significa que se ha sido profesional, respetuoso con uno mismo y con la persona que tenemos delante. Quizás detrás de toda pretendida neutralidad y la aceptación incondicional de todo tipo de paciente se esconden factores económicos y transgresiones que nada tienen que ver con una sana práctica de la psicoterapia.

¿Cuándo estorba el saber filosófico en la relación terapéutica?. En primer lugar, cuando no es verdadera filosofía de lo que se trata, es decir, consideraciones sabias, abarcadoras y críticas sobre el valor de la vida y la muerte, la dignidad de la persona, la libertad, o la existencia de Dios.
En segundo lugar, el objetivo de la psicoterapia no es filosofar. Eso confunde la sesión de trabajo. En el set se establece una relación de trabajo que debe quedar bien definida. ello debe lograrse a través de la empatía y el respeto mutuo. La sesión de trabajo no debería derivar al resbaladizo terreno de la especulación filosófica. Como diría una abuelita de las nuestras: en una invitación a comer, para conservar la amistad no se habla de política ni de religión en la sobremesa. Si así sucediera, y el trabajo se despeñaría por los desfiladeros filosóficos, sería bueno detenerse en ese punto, y repensar(se) la relación; qué ha pasado para que se hayan desviado de la ruta prevista.

En tercer lugar, y no menos importante, el saber filosófico interfiere en la psicoterapia cuando con su carga de racionalidad la filosofía es, justamente, penetrar la naturaleza con la razón impide o bloquea el proceso afectivo ¿irracional? que subyace en casi todas las técnicas de psicoterapia de corte analítico, existencial y aún de algunas cognitivas.

 

Filosofía y psicoterapia son campos distintos del hacer humanos. Pero la relación unívoca entre ambos es tan primitiva como que los primeros grandes filósofos conocidos eran los grandes consejeros y terapeutas silvestres de príncipes, emperadores y patricios de Grecia y Roma. La literatura analítica freudiana que conocemos resultaría incomprensible si separamos de ella los mitos griegos fruto del pensar filosófico de esa cultura. Carl Gustav Jung carecería de interés mayor despojado de sus exploraciones en la filosofía de pueblos antiguos de Africa, India y China. Y así, cada nueva corriente de psicoterapia está fuertemente unida a cada nuevo paradigma filosófico, llámese Marxismo, Humanismo, existencialismo o Postmodernismo.

Para concluir, dejo a los participantes una observación personal: la ignorancia de muchos terapeutas actuales sobre temas de filosofía; el desdén y rechazo al estudio y comprensión del saber filosófico como parte integrante del saber y el hacer de la psicoterapia. Y lo que sería más preocupante todavía: de la persona misma del terapeuta.

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