Podemos comenzar nuestra reflexión con una afirmación de Hannah Arendt que quizá por obvia suele pasarnos desapercibida: ??la vida activa no es solamente aquello a lo que están consagrados la mayoría de los hombres, sino también aquello de lo que ningún hombre puede escapar totalmente. ? Si esto es así y nos proponemos indagar sobre las relaciones y vínculos entre el quehacer humano - ese empeño al que nos consagramos y que no podemos esquivar - y su salud mental, no podemos eludir preguntarnos sobre la forma en que concebimos al ser humano y, por tanto, a la enfermedad mental. Dependiendo de cómo los pensemos, una respuesta u otra implicará una consideración muy diferente sobre cómo se relacionan actividad y salud y, consecuentemente, en la función que podría cumplir la actividad en el posible tratamiento del enfermo mental. Si pensamos al ser humano como un organismo y la enfermedad como consecuencia de las alteraciones de los mecanismos o funciones que lo conforman; si lo pensamos como un sujeto del inconsciente y al delirio como una metáfora; si pensamos que no es más, en definitiva, que lo que hace, que como se comporta y su enfermedad un proceso de desadaptación al entorno; o si lo pensamos como una entidad con un potencial de realización innato que se! comporta como consecuencia de la forma en que percibe la realidad; decíamos, dependiendo de cómo concibamos al ser humano, nuestra investigación tomará derroteros muy distintos. En este escrito nos proponemos realizar una sucinta revisión del valor que se ha atribuido tradicionalmente a la actividad en el cuidado y atención del enfermo mental. Lo haremos desde una óptica que trate de esclarecer los vínculos entre el marco de referencia teórico en que nos ubiquemos y la función que se supone a la actividad, para aventurarnos a realizar algunas reflexiones que aspiran a aportar un poco de luz al tema que nos ocupa.