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Última actualización web: 23/05/2022

La reconstrucción de mujeres maltratadas.

Autor/autores: José Antonio Vírseda Heras
Fecha Publicación: 01/03/2007
Área temática: Psicología general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Las estadísticas reportadas por diversos organismos indican que una de cada tres mujeres adultas ha sufrido violencia grave alguna vez en su vida en la relación familiar y que en muchos casos se convierte en un evento cíclico, adentrándose la mujer en una dinámica donde se mantiene una relación tortuosa, pero dependiente con el maltratador. Cuando la mujer acepta que su pareja no posee las cualidades de amabilidad y afecto, inicia el proceso de separación, con la posibilidad de reconstruir su vida lejos del abusador.

Bajo la perspectiva de la psicología Constructivista, tres condiciones para que la mujer pueda recuperarse son: objetivar el dolor mencionando las heridas y las armas causantes del sufrimiento, transmutando del dolor a palabras y retornando al lenguaje desde el dolor por medio de historias donde la víctima fracasó en su intento de ser un agente activo. Así, el objetivo de este trabajo de investigación teórica es el de presentar desde la psicología de los Constructos Personales una perspectiva novedosa sobre el maltrato hacia las mujeres, vistas ahora como sobrevivientes y no como víctimas del maltrato.

Palabras clave: Constructos personales, Maltratador, Maltrato, Mujeres, Violencia

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La reconstrucción de mujeres maltratadas.

Gloria Margarita Gurrola Peña; Patricia Balcázar Nava; José Antonio Vírseda Heras; Martha Patricia Bonilla Muñoz.

Facultad de Ciencias de la Conducta
Universidad Autónoma del Estado de México.

PALABRAS CLAVE: Mujeres, Constructos personales, Maltrato, Violencia, Maltratador.

Resumen

Las estadísticas reportadas por diversos organismos indican que una de cada tres mujeres adultas ha sufrido violencia grave alguna vez en su vida en la relación familiar y que en muchos casos se convierte en un evento cíclico, adentrándose la mujer en una dinámica donde se mantiene una relación tortuosa, pero dependiente con el maltratador. Cuando la mujer acepta que su pareja no posee las cualidades de amabilidad y afecto, inicia el proceso de separación, con la posibilidad de reconstruir su vida lejos del abusador. Bajo la perspectiva de la psicología Constructivista, tres condiciones para que la mujer pueda recuperarse son: objetivar el dolor mencionando las heridas y las armas causantes del sufrimiento, transmutando del dolor a palabras y retornando al lenguaje desde el dolor por medio de historias donde la víctima fracasó en su intento de ser un agente activo. Así, el objetivo de este trabajo de investigación teórica es el de presentar desde la Psicolog ía de los Constructos Personales una perspectiva novedosa sobre el maltrato hacia las mujeres, vistas ahora como sobrevivientes y no como víctimas del maltrato.



Dentro de la psicología Constructivista, se suele decir que los seres humanos sufrimos más a causa de las historias que nos contamos acerca de la realidad, que por la realidad misma. En este sentido, si bien es cierto que los miles de casos de violencia doméstica reportados a nivel mundial nos hacen sufrir, también nos hace cuestionarnos y formar historias acerca de los miles de casos que no son denunciados o de los cuales no tenemos conocimiento.

Las historias son conformadas por palabras, conceptos, términos y por lo tanto, son frágiles. Al parecer, el término y condición de las mujeres como víctimas se evaporan con demasiada frecuencia, ya que socialmente esta condición es reconstruida socialmente como “conflictos domésticos” o bien, como “problemas de relación o de pareja” (Fineman y Thomadsen, 1991). Esta reconstrucción guarda una estrecha relación con los mitos populares e influye en la suspicacia social al poner en tela de juicio el hecho de que efectivamente se está ante un ser humano agredido, suspicacia que se ve fortalecida y viva gracias al papel tiránico de mitos tales como:

a) “A las víctimas de violencia doméstica les gusta ser golpeadas (Dutton, 1994)”. No existe evidencia que soporte esta anacrónica teoría psicológica, en realidad las mujeres buscan desesperadamente aunque de forma infructuosa, que el abuso termine.

b) “Las víctimas de violencia doméstica padecen desórdenes psicológicos (Dutton, 1994)”. En general se tiene evidencia de que los desórdenes psicológicos son la consecuencia de una larga historia de abuso.

c) “Una baja autoestima provoca que la mujer se involucre en relaciones de abuso. Es más probable que la mujer vea descender su autoestima tras la frecuente degradación y humillación (Cahn y Meier, 1995).

d) “El alcohol o el abuso de sustancias nocivas provocan la violencia doméstica”. El uso de sustancias puede ir acompañado de la violencia, pero no una condición tiene relación estrecha con la otra en todos los casos.

Como se puede observar, la violencia y la amenaza de violencia plantean problemas para la sociedad en general y a los expertos que la atienden en especial. Pese a las dificultades, los expertos (Walker, 1979) han detectado un ciclo definido y caracterizado por siete etapas que comprenden la violencia: mutua dependencia, episodio, dañino, intercambio de coacciones, decisión extrema, furor primitivo, refuerzo para los golpes y la fase de arrepentimiento; esta última fase ilustra en gran medida el por qué la mujer mantiene la relación, ya que por lo menos en las primeras etapas, el golpeador se asusta de la violencia y jura sinceramente que nunca ocurrirá otra vez. Como el arrepentimiento y la decisión de reformarse del agresor son auténticos, la víctima se sobrepone al miedo y considera que no existe peligro al vivir con el golpeador arrepentido; si el arrepentimiento va acompañado de demostraciones de amabilidad, la mujer se ve atraída por una convicción no realista de que las verdaderas cualidades de la pareja son el afecto y la amabilidad (Deschner, 1984).


Cuando la mujer acepta que la pareja no posee las cualidades de amabilidad y afecto, inicia el proceso de separación con el cual tiene que enfrentar la inercia social en la cual las mujeres violentadas tienen que construir y sostener su condición de víctimas por un largo periodo, para así reconstruir una nueva vida lejos de su abusador; esta condición debe mantenerse ante familiares, amigos y procesos legales. Algunas mujeres lo logran, otras sin embargo, se muestran incapaces de alejarse de las relaciones abusivas (Cox y Stoltenberg, 1991).

Se encuentra aquí una paradoja: la mujer debe alegar el daño y construir su condición de víctima como primer paso para recuperarse, pero a la vez esta condición puede encerrar a la mujer en roles sociales que impiden y retardan su desarrollo y potencialidad como agentes de cambio de su propia vida. Desde esta visión, la condición de víctima tiene un doble filo y es problemática, ya que la condición de víctima una vez establecida organiza una identidad sin poder activo, pero sin ésta, la violencia no se detiene (Coob, 1997).

En este proceso de construcción, según Scarry (1985) la mujer sufre de dolor extremo, el cual deshace su mundo, no sólo porque el mundo de la víctima está lleno de dolor, sino porque el dolor reduce el acceso a la narración, mitificando la relación causal entre los hechos (quién fue responsable de qué cosa), así como mitificando (falseando) el origen del dolor. De esta forma, al no ser clara la identidad/intención del victimario, la identidad/intención de la víctima permanece incompleta.

El proceso para reducir el alcance de la influencia del dolor y acceder a experiencias que son vitales para que la mujer se construya a sí misma como víctima, consiste en regresar el dolor al lenguaje, ya que sólo así se hace reconocible y se convierte en un principio explicativo del por qué de la violencia.

Tres son los procesos discursivos que están presenten en la transformación del dolor al lenguaje, procesos que poseen un sentido especial para las víctimas de la violencia:

1. En primer lugar, el dolor subjetivo que no puede darse a conocer a otros debe ser objetivado mediante la mención de las heridas y conectado con las armas que son la causa del dolor y sufrimiento; por ejemplo, la escoba es el instrumento para golpear, el cordón es visto como instrumento para ahorcar, el insulto como instrumento para herir sentimientos, etc. A medida que las armas asumen el papel central del relato (como debe ser al nombrarse las heridas), éstas eclipsan el poder personal de la víctima, el cual es conferido al arma y por asociación, a quien la empuña (el victimario). Al conferir poder a las armas, también se adjudican intenciones a quienes empuñan éstas, de tal manera que los golpes son “por ser mala madre”, ”para quitarle lo coqueta”, etc. Así, la causalidad de las heridas es la que adjudica el victimario y no la víctima y como las mujeres no se construyen a sí mismas como “malas madres” o “prostitutas”, no se tiene una explicación lógica par la violencia a excepción de la dada por el victimario. De este modo, se reafirma la posición central del victimario en la vida de la víctima, como se puede observar en el siguiente comentario de una mujer:

“Llegó muy borracho y me pidió la cena, yo se la serví pero ni la probó, me empezó a aventar los platos y los sartenes gritándome que era una cerda y que le daba comida para cerdos, que no servía para nada. Después me echó a la calle diciéndome que sólo servía para ser una callejera, esa noche dormí en las escaleras del departamento”.

Como se puede observar, a medida que retorna el lenguaje desde el dolor, la mujer no se presenta a sí misma como una persona que teme y sufre, sino como un receptáculo.

2. La transmutación del dolor a palabras también es llevada a cabo mediante la descripción de la víctima acerca de su pérdida de voz; en su narración, la mujer menciona su incapacidad para detener o escapar de la violencia y para ser entendida por otros. Para estas mujeres que han perdido la voz (sí mismo) el retorno al lenguaje suele ser muy doloroso.

“Me sentía que no era nada, aún ahora me siento igual, tengo miedo de hacer enojar a la gente si digo algo, es como despertar de una pesadilla pero sin saber qué hacer”. Al parecer es en este punto cuando las mujeres toman conciencia de la extensión de su dominación y de las consecuencias de su temor.


3. El retorno al lenguaje desde el dolor también se efectiviza por medio de las historias donde la víctima fracasó en su intento de ser un agente activo. Son frecuentes las historias sobre cómo la mujer trató de abandonar al hombre, llamar a la policía, proteger a los hijos, pero estos intentos al ser fallidos, sólo contribuyen a la renovación del terror y los golpes con el consabido aumento en los niveles de violencia. Estas historias a pesar de reflejar fracasos, son importantes para la construcción de la víctima, ya que permiten construir el patrón de la violencia del cual la mujer es destinataria y objeto. Por otra parte, estas historias permiten a otros distinguir claramente al abusador y simultáneamente absuelven a la mujer. En otras palabras, los relatos reducen el traslape en los papeles de víctima y victimario que de otra manera se encontrarían difusos si la violencia no fuese un patrón y si no fuera iniciada por el hombre.

“Traté varias veces de dejarlo, pero como no tenía dinero no me podía ir lejos y siempre me encontraba; por lo general, me amenazaba con atarme o matar a los niños si yo lo dejaba. La gran mayoría de las veces me dejaba encerrada en la casa, parecía que mis hijos y yo éramos prisioneros”.

Si bien, aún cuando las mujeres logren transitar por el proceso de construirse como víctimas, esto no es sinónimo de recuperación de los efectos de la violencia. Se sabe que las mujeres sufren de alteraciones en la ingesta de alimentos, en el sueño, en los patrones sexuales, depresiones severas, alcoholismo y aislamiento social mucho tiempo después de abandonar a sus victimarios (Houskamp y Foy, 1991; Fineman y Thomadsen, 1991).

Es poco el respaldo teórico sobre la recuperación de las víctimas de violencia, sin embargo, existe una propuesta de tratamiento para presentar a las mujeres como sobrevivientes, proporcionando un esquema narrativo que permite a éstas nombrar la violencia sufrida (presentándose como víctimas) y construir una historia sobre la forma en que sobrevivieron (mostrándose a sí mismas como agentes activos) (Coob, 1997). El relato como sobreviviente funciona en contra de los relatos médicos y psicológicos que caracterizan a la mujer golpeada como “patológica”. Así mismo, el término sobreviviente habilita a los servicios que atienden a estas mujeres y a las mujeres mismas pare examinar la desintegración de estructuras cognitivas a través del abuso, así como la reconstrucción de éstas a través del tratamiento.

Para lograr el cambio, el personal que atiende a estas mujeres deberá ayudarlas a encarar la situación de una nueva manera, invocando un marco de referencia más amplio que el de víctima. Por lo tanto, para ser útiles los servicios asistenciales deben poseer la capacidad de trascender el marco del lenguaje en el cual está atrapada la mujer, debiendo el profesional que la asiste, ser capaz de explorar la supervivencia, ya que el cambio efectivo consiste en cambiar la naturaleza del problema para abarcar un contexto más amplio (Maturana y Varela, 1987).


Bibliografía

Ø Cahn N, Meier J. Domestic violence and feminist jurisprudence: Toward new agenda. Pub. Int. 1995 Vol. 4: 339-45.

Ø Coob S. Construcciones de la experiencia humana. 2 ed. Barcelona: Gedisa: 1997.

Ø Cox I, Stoltenberg C. Evaluation of a treatment program for battered wives. Journal of Family Violence 1991 6 (4): 395-413.

Ø Deschner J. The hitting habit: Anger control for battering couples. 1 ed. Nueva York: Free Press: 1984.

Ø Dutton M. The dynamics of domestic violence. Understanding the response from battered women. Fla. Bar. Journal 1994: 68 (9): 24-6.

Ø Feldman A. Formations of violence. 3 ed. Chicago: Chicago University Press: 1991.

Ø Fineman M, Thomadsen N. At the boundaries of law: feminism and legal theory. 1 ed. Nueva York: Routledge Press: 1991.

Ø Houskamp B, Foy D. The assesment of post-traumatic stress disorder in battered women. Journal of Interpersonal Violence 1991 6: 367-75.

Ø Maturana H, Varela F. The tree of knowledge: The biological roots of human understanding. 2 ed. Boston: Shamnbhala: 1987.

Ø McCann I, Pearlman L. Psychological trauma and the adult survivor: Theory, therapy and transformation. 4 ed. Nueva York: Brunner Mazel: 1990.

Ø Pakman M. Construcciones de la experiencia humana. 3 ed. Barcelona: Gedisa: 1995.

Ø Scarry E. The body in pain: The making and unmaking of the world. 4 ed. Nueva York: Oxford Press: 1985.

Ø Walker L. The battered woman. 5 ed. Londres: Harper and Row: 1979.

 

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