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Última actualización web: 18/08/2022

Diagnóstico de esquizofrenia en investigación: aproximación polidiagnóstica, inventario OPCRIT 4.0.

Autor/autores: F. Torres
Fecha Publicación: 01/03/2005
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

El labor diagnóstica o de confirmación del diagnóstico, tanto en la clínica como en la investigación, no es una tarea fácil. Existen multitud de criterios operativos diferentes para realizar el diagnóstico y ninguno de ellos hasta el momento ha demostrado su superioridad sobre los demás. Esta situación hace que la fiabilidad de los diagnósticos esté en tela de juicio y dificulta enormemente la obtención de resultados concluyentes en los estudios, así como su replicación y comparación.

En este trabajo proponemos la alternativa Polidiagnóstica que consiste en diagnosticar a un paciente mediante varios sistemas diagnósticos que se corresponden con definiciones alternativas de la enfermedad. Para ello utilizamos el instrumento OPCRIT 4. 0, demostrando, que es un sistema rápido, fiable y útil para obtener el diagnóstico de un mismo paciente a través de diferentes sistemas de clasificación. El uso de este instrumento aumenta la fiabilidad del diagnóstico, posibilita! la comparación entre clasificaciones y la replicación de resultados y además mantiene una base de datos que posibilita el diagnóstico según los principales criterios operativos existentes hasta el momento.

Palabras clave: Diagnóstico, esquizofrenia


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Diagnóstico de esquizofrenia en investigación: aproximación polidiagnóstica, inventario OPCRIT 4. 0.

Martínez-Leal, R. ; Torres, F. ; Soriano, M. F. ; Macizo, P. ; Ribes, M.

Grupo Andaluz de Investigación en Salud Mental. Universidad de Granada.

 

Resumen

El labor diagnóstica o de confirmación del diagnóstico, tanto en la clínica como en la investigación, no es una tarea fácil. Existen multitud de criterios operativos diferentes para realizar el diagnóstico y ninguno de ellos hasta el momento ha demostrado su superioridad sobre los demás. Esta situación hace que la fiabilidad de los diagnósticos esté en tela de juicio y dificulta enormemente la obtención de resultados concluyentes en los estudios, así como su replicación y comparación. En este trabajo proponemos la alternativa Polidiagnóstica que consiste en diagnosticar a un paciente mediante varios sistemas diagnósticos que se corresponden con definiciones alternativas de la enfermedad. Para ello utilizamos el instrumento OPCRIT 4. 0, demostrando, que es un sistema rápido, fiable y útil para obtener el diagnóstico de un mismo paciente a través de diferentes sistemas de clasificación. El uso de este instrumento aumenta la fiabilidad del diagnóstico, posibilita! la comparación entre clasificaciones y la replicación de resultados y además mantiene una base de datos que posibilita el diagnóstico según los principales criterios operativos existentes hasta el momento.



Introducción

El diagnóstico mediante entrevistas estructuradas difícilmente se aplica en la práctica clínica dado el tiempo que estas entrevistas requieren para su administración [1]. Así mismo, la tarea de confirmación del diagnóstico de un paciente para su inclusión en una investigación puede conllevar un consumo importante de tiempo en detrimento del que disponemos para obtener otros datos no diagnósticos en nuestro estudio. Otro problema frecuente en la investigación de trastornos psicóticos es que estos se encuentran conceptualmente situados a lo largo de un amplio espectro, haciéndose difícil la distinción entre los mismos. Además, la diversidad de criterios, definiciones y clasificaciones diagnósticas hace que muchas veces los resultados de las investigaciones no sean concluyentes y dificulta de forma extrema la comparación entre estudios y la replicación de resultados.

Algunos autores proponen el uso de un paradigma polidiagnóstico para trabajar e investigar con este tipo de trastornos. La aproximación polidiagnóstica consiste en diagnosticar a un mismo paciente o a una misma muestra mediante varios sistemas diagnósticos que se corresponden con definiciones alternativas de la enfermedad [2]. Esta metodología cobra una gran importancia para trabajar con esquizofrenia y con otros trastornos psicóticos, ya que los límites de unos y otros no están claramente establecidos y el estudio del valor diagnóstico de la sintomatología se ha probado ampliamente infructuoso, generando multitud de criterios operativos diferentes.

Además, los criterios diagnósticos operativos realizados por consenso (CIE-10, y DSM-IV) se muestran arbitrarios en cuanto a los criterios de inclusión, exclusión y duración del trastorno [3], son muy diferentes entre sí [4] y no resultan útiles para todo aquel investigador que pretenda trabajar con una visión alternativa de la enfermedad [5, 6]. Desde este trabajo, abogamos por el uso de la aproximación polidiagnóstica y en concreto por la aplicación del instrumento OPCRIT, la herramienta polidiagnóstica que más difusión ha obtenido en el ámbito de la investigación.


Antecedentes históricos

A principios del siglo XIX aparecieron casi simultáneamente las primeras publicaciones de casos que describían una forma de locura que se manifestaba en personas jóvenes y que conllevaba una gran “desesperanza y cambios degradantes en el individuo” [7, 8]. Desde que aparecieron estas descripciones que hoy en día reconoceríamos como esquizofrenia, se multiplicaron las definiciones que se hicieron de este mismo trastorno dándole diferentes nombres. Fue Emil Kraepelin (1869) quien unificó todas las diferentes descripciones que existían hasta el momento en subtipos de un mismo trastorno que bautizó como “demencia precoz”.

Posteriormente, las ideas de Kraepelin fueron modificadas por Bleuler (1911) quien introdujo el término esquizofrenia en lo que él consideraba como un grupo de trastornos más que como subtipos de uno solo.
Estos y otros autores formaron un constructo por el que la esquizofrenia se reconocía como un grupo heterogéneo de trastornos mentales que comienzan al principio de la edad adulta y que se caracterizan por alucinaciones, anormalidades en el lenguaje, pensamiento, movimiento y afecto. Añadiendo que la persona suele tener poca o ninguna conciencia sobre el hecho de que esas experiencias no son normales.

A partir de este constructo, se comienza a identificar la esquizofrenia a través y únicamente a través, de los signos y síntomas que caracterizan al trastorno y que nos sirven para discriminarlo de otros tipos de alteraciones mentales. En un primer momento, este constructo presentaba el problema de que no especificaba cuáles eran los síntomas que podían encontrarse ni tampoco cuáles eran los más discriminativos ni en qué área recaía el énfasis principal de esta enfermedad.


La fiabilidad del diagnóstico de esquizofrenia

La cuestión de la fiabilidad diagnóstica de la esquizofrenia ha venido presentándose como un problema constante a lo largo de casi un siglo de práctica clínica y de investigación. Fue en la década de 1930 a 1940 cuando comenzaron a detectarse diferencias enormes en los registros de primeras admisiones hospitalarias de esquizofrenia entre Estados Unidos y el Reino Unido [9].

En un primer momento se desconocían las causas de estas diferencias y se barajaba si podían ser debidas a las características clínicas propias de diferentes poblaciones o si, por el contrario, eran debidas a las diferencias que existían entre los criterios diagnósticos que se utilizaban en cada país.

Se establecieron varios estudios para indagar las causas de estas diferencias, como el “Proyecto diagnóstico UK/US” y el “PILOT” [10]. En ambos se contaron con los diagnósticos realizados por profesionales locales contrastados con los diagnósticos realizados a través de una entrevista estructurada y un programa informático por un equipo de profesionales involucrado en los proyectos. Todos los estudios confirmaron que mientras que seguían existiendo diferencias entre los diagnósticos locales, los diagnósticos alcanzados por los equipos del proyecto eran comparables y tenían una buena fiabilidad inter-evaluadores. Concluyendo así, que las diferencias encontradas en las tasas de hospitalización eran debidas principalmente a las grandes diferencias que existían en la práctica diagnóstica en cada país. Ambos proyectos y en especial el PILOT, demostraron de forma bastante clara que la fiabilidad inter-jueces podía potenciarse de forma espectacular si se utilizaba una técnica de entrevista estructurada y si se adoptaban procedimientos diagnósticos estándar como, por ejemplo, un programa diagnóstico informatizado.


Criterios operativos

Es en este contexto en el que aparecen los primeros criterios operativos para la definición del trastorno. El uso de definiciones operativas fue sugerido por Bridgman como forma de resolver algunos problemas conceptuales que se presentaban en Física [11]. Aplicado al campo de la salud mental, los criterios operativos exigen que el clínico lleve a cabo una serie de pequeños “experimentos” en los que obligatoriamente se necesita que haya una serie de resultados predecibles que se ajusten a la definición del trastorno y que, por lo tanto, permitan que el diagnóstico se aplique.

Estos criterios operativos incluyen un listado de ítems que deben estar presentes y dentro de cada ítem una serie de posibilidades de respuesta eg. Tipos de alucinaciones o tipos de delirios…Así, en la mayoría de los casos el clínico puede obtener información sobre los síntomas que presenta el paciente y en qué grado aparecen. El formato predominante de estos criterios es un ítem de la lista A, dos de la lista B, dos de la lista C, etc.

En 1959 aparecieron los Síntomas de Primer Rango de Kurt Schneider, quien escogió entre los síntomas más obvios y fáciles de identificar de la esquizofrenia, aquellos con mayor utilidad diagnóstica diferencial. A partir de los años 70 se hizo un esfuerzo por desarrollar múltiples definiciones operativas de esquizofrenia (eg. Feighner [12], Carpenter, Strauss & Bartko [13], Spitzer et al. [14], etc. ) culminando este esfuerzo en 1980 con la aparición del conjunto de criterios operativos del Manual diagnóstico y estadístico Tercera Edición, producido por la Sociedad de psiquiatría Americana [15], la revisión posterior que se hizo de este manual conocida como DSM-IIIR [16] y la cuarta edición de este mismo manual, DSM-IV [17]. Siguiendo el liderazgo de la APA la Organización Mundial de la Salud (OMS) produjo la décima Edición de la nueva clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10) en un formato de criterios operativos para todas las enfermedades mentales, incluyendo la esquizofrenia [18].

Todas las definiciones operativas que precedieron y que influyeron de forma sustancial en los criterios del DSM-III y posteriores ediciones, han tenido una enorme difusión en el ámbito de la investigación, ya que estas definiciones fueron diseñadas para ser aplicadas de forma sencilla y clara y para facilitar tanto el acuerdo como la comunicación entre los clínicos. Además el establecimiento de diagnósticos fácilmente comparables hace que sea posible la replicación de estudios1.


Otro de los méritos atribuibles al desarrollo de diagnósticos basados en criterios operativos es que contribuyeron enormemente a la potenciación de la fiabilidad del diagnóstico de esquizofrenia. Si tenemos en mente que en aquellos momentos el DSM-II proponía que la clasificación diagnóstica debía basarse en el mejor juicio y práctica clínica de un comité y de sus consultantes, el hecho de que Feighner propusiera la validez diagnóstica de su nueva clasificación sobre la base de descripciones clínicas, estudios de laboratorio, diferenciaciones de otros trastornos, estudios de seguimiento y estudios familiares no deja de ser impactante y revolucionario a la vez.

Sin embargo, a pesar del avance que supuso la aparición de definiciones operativas de la esquizofrenia, su uso ha estado marcado también por la aparición de importantes limitaciones que han hecho que nos replanteemos el uso de cualquiera de las clasificaciones diagnósticas derivadas de ellas.


Dado que la etiopatogenia de la esquizofrenia sigue aún en nuestros días siendo desconocida, es casi imposible que contemos solamente con una clasificación diagnóstica universalmente aceptada. Para que esto sucediese, debería darse un acuerdo “ateórico” sobre la etiología de la enfermedad, y las escuelas conductuales, psicodinámicas y biológicas, deberían consensuar una definición común e igualmente aceptable.

Como fruto de este desacuerdo etiológico, han aparecido conjuntos diversos de definiciones operativas, especialmente para los trastornos psicóticos: los Síntomas de Primer Rango de Schneider, 1959; los Criterios de Sant Louis; Feighner y cols, 1973; los Criterios Diagnósticos para la Investigación (CDR), Spitzer et al. , 1975; DSM-III, DSMIII-R y DSM-IV, Asociación Psiquiátrica Americana, 1980, 1987, 1994; y CIE-10, Organización Mundial de la Salud, 1992. Sin embargo, ninguna de estas aproximaciones a la definición del trastorno ha demostrado su validez. Y cuál de estas alternativas recoge la definición más valida de la enfermedad es una cuestión que permanecerá en el campo de la especulación hasta que se encuentre una etiología precisa del trastorno, o varias, si de diversos trastornos se trata.

Aparte de esta aparente arbitrariedad, el uso de sistemas operativos de clasificación también comporta varias limitaciones:

1. - Para empezar, existe una considerable reducción en la cantidad de información que se usa para los diagnósticos operativos en comparación con una situación clínica común. La historia clínica del paciente, la información de un tercero, la respuesta previa a la medicación, así como otras formas de recoger la información tan difíciles de explicar como la “impresión clínica”, son informaciones que normalmente no aparecen en las definiciones operativas. Además existe la tendencia en este tipo de clasificaciones a centrarse en la sintomatología positiva que presenta menos problemas a la hora de ser puntuada que la sintomatología negativa, más difícil de observar y cuantificar como puede ser la abulia o la anhedonia.

2. - Una segunda limitación es que estas definiciones operativas imponen un esquema diagnóstico “top down” o de “arriba a abajo”, lo que las convierte en sistemas de clasificación bastante rígidos. Es decir, que un porcentaje importante de las personas puede obtener el diagnóstico de “Psicósis Atípica” o “Trastorno psicótico no especificado” al no cumplir ninguno de los criterios, mientras que otros sistemas nosológicos como el Examen del Estado Presente o PSE son más flexibles. Farmer et al. (1992) diagnosticaron a los mismos 397 pacientes psicóticos usando cinco criterios diagnósticos diferentes (ver figura 1) comprobando que clasificaciones como el DSM-III arrojaban más personas dentro de la categoría de “Psicosis Atípica” que dentro de cualquier otra, alcanzando casi el 40% de la muestra total. No deja de ser sorprendente que el grupo formado por casi el 40% de la muestra en el DSM-III y del 21% en el DSM-III-R sea considerado como grupo “atípico” dentro de los sistemas de clasificación diagnóstica.

Así mismo, comprobaron que clasificaciones como el DSM-III y DSM-IIIR tenían criterios más restringidos para el diagnóstico de esquizofrenia (32% y 40% respectivamente) mientras que definiciones como la RDC (68. 3%) se presentaban bastante más flexibles. A través de cambios en las gráficas, también se pueden seguir las características de cada clasificación diagnóstica, por ejemplo en el DSM-III-R aparecen casi un 10% de las personas en el grupo del trastorno Delirante, categoría recogida como trastorno paranoide en el DSM-III pero que no arroja practicamente ningún resultado en esta clasificación, debido a los diferentes criterios que ambos mantienen para clasificar un mismo trastorno.

 


Figura. 1: Farmer et al. (1992) N=397


En el trabajo de validación del instrumento OPCRIT 4. 0 que estamos llevando a cabo en el grupo Andaluz de Investigación en Salud Mental (GAISAM), se utilizó la misma metodología usada por Farmer et al. (1992).

Diagnosticamos a 106 personas clasificados por sus psiquiatras como psicóticos funcionales -Esquizofrenia, trastorno Esquizoafectivo, psicosis Atípica o no especificada y trastorno delirante- con cinco criterios operativos distintos sobre la base de la información contenida en su historia clínica. En un intento de replicación, pero también de actualización, eliminamos los criterios de Feigner y Taylor/Abrams y añadimos los del DSM-IV y la CIE-10, obteniendo los resultados que se muestran en la figura 2.

 


Figura. 2. Replica resultados fig. 1 N= 106

 

A simple vista podemos comprobar que tal y como veíamos en el estudio de Farmer et al. (1992) se encuentran diferencias importantes en torno a diferentes definiciones del trastorno. Al igual que en el estudio anterior, observamos cómo una población importante de personas vuelven a ser clasificados dentro del grupo de psicosis Atípica, alcanzando en todas las clasificaciones del DSM valores por encima del 20% de la muestra. Tanto en la clasificación de psicosis atípica como en la de trastorno Esquizofrénico, las clasificaciones del DSM se muestran muy igualadas entre sí, a diferencia del estudio anterior, aunque mantienen un criterio algo más estricto en comparación con la CIE-10. A excepción de DSM-III, comprobamos que la inclusión de los nuevos criterios del DSM-IV y la CIE-10 reducen bastante el número de personas que quedan sin diagnóstico final, al igual que observamos como las clasificaciones DSM han ido flexibilizando el diagnóstico de trastorno Delirante conforme han aparecido nuevas ediciones. Llama la atención el descenso que se observa en el diagnóstico de esquizofrenia en el criterio RDC, siendo probable que la incorrecta puntuación de un sólo ítem haya desvirtuado una cantidad importante de los diagnósticos, ya que como apuntan Farmer et al. (1992) la sensibilidad de esta clasificación a un solo ítem en el que se valora la predominancia de síntomas psicóticos o afectivos dentro del cuadro clínico es extremadamente alta y probablemente, parte de los casos dentro del diagnóstico de trastorno Esquizoafectivo deberían estar incluidos en la categoría de esquizofrenia.

Teniendo en cuenta que el Estudio de Farmer et al. (1992) no da información sobre DSM-IV y CIE-10, hemos tenido a bien considerar los resultados de Peralta y Cuesta (2003) obtenidos sobre una muestra de 660 pacientes psicóticos a los que diagnosticaron simultáneamente con ambos criterios (ver tabla 1).

 


Tabla 1. Comparación del diagnóstico de esquizofrenia según criterios del DSM-IV y de la CIE-10 entre Peralta y Cuesta (2003) y Martínez-Leal et al. (2004)


Comprobamos que a pesar de las posibles diferencias entre estudios, los porcentajes obtenidos en cada clasificación para el diagnóstico de la esquizofrenia son muy similares.

Salvando las distancias en cuanto a las diferencias muestrales -ya que no conocemos las características sociodemográficas y clínicas de la muestra de Farmer et al. (1992)- lo importante, es que diez años después y tras incorporar dos nuevos conjuntos de criterios operativos, los resultados derivados de diversas definiciones de la enfermedad siguen manifestando diferencias en cuanto al diagnóstico de esquizofrenia, que el número de casos diagnosticados como Atípicos continúa siendo excesivo y que ninguna clasificación ha demostrado su validez por encima de las demás.

3. - Una tercera limitación que presentan estos criterios es que no abarcan una puntuación estandarizada que nos de una idea de la gravedad del trastorno. Una vez que se presenta el diagnóstico del paciente difícilmente obtenemos información sobre su pronóstico, dando por sentado que varias personas que presenten un mismo diagnóstico de esquizofrenia sufren un mismo estado crónico y altamente incapacitante, mientras que la práctica clínica nos demuestra que esto no es necesariamente así siempre y que existen diferentes posibilidades de rehabilitación que pueden obtener mejor resultado en unos personas que en otros. El no incluir criterios de gravedad plantea una cuestión altamente relevante, puesto que si el umbral diagnóstico de la enfermedad se sitúa extremadamente bajo obtenemos un aumento de la población que presenta este trastorno, mientras que si se sitúa por encima, obtenemos un descenso en el número de personas que son diagnosticados de esta enfermedad.

4. - La cuarta limitación de los criterios operativos tal y como plantean Farmer y MacGuffin (1989) es la falta de una jerarquía diagnóstica dentro de estas clasificaciones. Este problema complica sustancialmente tanto la práctica clínica como la investigación, puesto que presenta problemas a la hora de decidir si una persona presenta un trastorno afectivo con sintomatología psicótica o si realmente padece esquizofrenia. Aunque existen argumentos bastante fuertes en contra de la introducción de jerarquías de este tipo, es también coherente pensar que no debe dejarse al juicio del clínico una decisión tan relevante, ya que puede verse influida por prejuicios y otros criterios subjetivos, y los criterios operativos nacieron precisamente para evitar este tipo de diagnósticos arbitrarios.

5. - Presuponen una estabilidad diagnóstica que no se corresponde con la clínica y no tienen en cuenta el momento evolutivo concreto que presenta el enfermo que se evalúa. La perspectiva evolutiva que ofrecen como instrumento carece de valor pronóstico y sólo sirve para subtipificar retrospectivamente casos de larga evolución. Suelen presentar problemas ante casos de silencio psicopatológico presente o cuando el conjunto sindrómico ha evolucionado de tal manera de un episodio a otro que el cambio de tipo diagnóstico se hace obligado. Puede que a ello se deba la alta representación de la psicosis Atípica.


La aproximación polidiagnóstica: el cuestionario de criterios diagnósticos operativos OPCRIT 4. 0

Tal y como hemos señalado, la introducción de criterios operativos ha contribuido enormemente al aumento de la fiabilidad diagnóstica de la esquizofrenia pero también conlleva diversos problemas y limitaciones. Autores como Kendell (1975, 1983) han defendido el uso de orientaciones polidiagnósticas como forma de solucionar estas limitaciones, considerándolas imprescindibles al menos en estudios biológicos. En la práctica, esto significaría que la mayoría de los investigadores seleccionaría un conjunto de criterios operativos para utilizar en su hipótesis de trabajo, pero que recogería y registraría la información clínica de forma que pudieran aplicarse otras definiciones operativas. De esta forma se permitiría no solo una gran flexibilidad y una mayor facilidad para replicar resultados, sino que se permitiría un análisis mayor de las diferentes definiciones operativas y se podrían comparar en términos de utilidad diferencial.

Con el fin de reproducir esta propuesta polidiagnóstica, McGuffin, Farmer y Harvey (1991) diseñaron el cuestionario de criterios operativos diagnósticos OPCRIT para trastornos afectivos y psicóticos. Este cuestionario contiene 90 ítems que recogen información sobre psicopatología y funcionamiento premórbido, así como datos sobre la historia familiar y personal del persona. Estos ítems se puntúan haciendo una revisión de la historia clínica o consultando otros informes sobre el paciente; así mismo, esta información se puede completar a través de una entrevista personal.

Aunque el OPCRIT no ha sido diseñado con el formato específico de una entrevista estructurada diagnóstica, sus contenidos han sido incorporados completamente a la entrevista DIGS (Entrevista Diagnóstica para Estudios Genéticos) (Nuremberg y cols, 1994).

El OPCRIT puede ser puntuado sobre la base de la información completa de una persona o sobre la base de un episodio concreto dependiendo de las necesidades de la investigación. Sin embargo, se recomienda que en aquellos casos que arroje un diagnóstico afectivo, se realice al menos una vez, una puntuación basada en un episodio.

La tarea de puntuación se facilita y se estandariza ya que cada ítem cuenta con una definición detallada incluida en un glosario. Los datos del cuestionario se introducen en un programa informático llamado igualmente OPCRIT que es capaz de ofrecer diagnósticos sobre los principales trastornos afectivos y psicóticos en función de diez de los grandes conjuntos de criterios operativos existentes así como de clasificar la esquizofrenia sobre la base de tres subtipos diferentes. Las clasificaciones que utiliza el OPCRIT son:


· DSM-III, (APA, 1980)
· DSM-III-R (APA, 1987)
· DSM-IV (APA, 1994)
· RDC, Criterios Diagnósticos para la Investigación (Spitzer et al. , 1975)
· Criterios de SANT LOUIS (Feighner et al. , 1972)
· Criterios Flexibles de CARPENTER (Carpenter et al. , 1976)
· Los Síntomas de Primer Rango de SCHNEIDER (Schneider, 1959)
· Los Criterios de TAYLOR Y ABRAMS (Taylor y Abrams, 1978)
· Una versión de los Criterios Franceses para la psicosis no Afectiva (Pull et al. , 1987).
· CIE-10 (OMS, 1993)
· clasificación del Subtipo de TSUANG Y WINOKUR (Tsuang y Winokur, 1974)
· clasificación del Subtipo de CROW (Crow, 1980)
· clasificación del Subtipo de FARMER et al. (Farmer y cols, 1983)

 

Diversos estudios muestran que el OPCRIT es un sistema fiable y que es una herramienta valiosa para el estudio de la esquizofrenia. McGuffin et al. (1991) demuestran que el OPCRIT presenta altos niveles de fiabilidad interjueces cuando este análisis se realiza sobre las categorías diagnósticas finales y una fiabilidad razonable cuando el análisis se realiza ítem a ítem.

Williams et al. (1996) comprobaron que con el entrenamiento apropiado, el OPCRIT podía utilizarse por diferentes evaluadores de distintos países con distintas aproximaciones teóricas, Farmer et al. (1993) examinaron el uso del sistema OPCRIT y lo utilizaron para explorar la definición de esquizofrenia; Azevedo et al. (1999) realizaron la versión portuguesa del OPCRIT y concluyeron que presentaba una buena fiabilidad interjueces así como una concordancia excelente entre diagnósticos proporcionados por el OPCRIT y diagnósticos obtenidos a través de gold estándars; Cardno et al. (1996) utilizaron el sistema OPCRIT para hacer un análisis factorial de los síntomas de la esquizofrenia, encontrando resultados similares a los aportados por estudios que utilizaban otros métodos y entre otros muchos Craddock et al. (1996), comparando los diagnósticos proporcionados por el OPRIT con otros gold estándar concluyeron que el sistema OPCRIT era una alternativa a la aproximación polidiagnóstica fiable, válida y rápida equiparable al uso de otros sistemas convencionales pero con un ahorro de tiempo considerable.

Como parte del trabajo que venimos realizando en el GAISAM, comparamos los diagnósticos de 88 pacientes confrontando el diagnóstico clínico facilitado por su terapeuta –CIE-10- con el diagnóstico obtenido con el sistema OPCRIT a través de los datos de la historia clínica. Los porcentajes de concordancia del diagnóstico facilitado por el terapeuta con los diagnósticos ofrecidos por el OPCRIT son los siguientes y pueden observarse en las figuras 3. y 4.

 


Figura 3. Porcentajes de concordancia entre los diagnósticos proporcionados por el sistema OPCRIT y los proporcionados por el terapeuta según la CIE-10



Figura 4. Porcentajes de concordancia agrupados

En nuestro trabajo, comprobamos que los diagnósticos facilitados por el OPCRIT coinciden de forma bastante aceptable (67%) con el diagnóstico proporcionado por el terapeuta, cuando buscamos un diagnóstico fiable y robusto, basado en el acuerdo de la mayoría de criterios operativos diagnósticos. Este tipo de comparación podría utilizarse en investigación cuando lo que nos interesa es tener un grupo de personas con un diagnóstico claro de esquizofrenia. Sin embargo, cuando lo que nos interesa es tener un grupo de pacientes con diversos trastornos psicóticos y aún así mantener un nivel de seguridad más que aceptable en cuanto a los diagnósticos que presentan, la unión del diagnóstico seguro aceptado por todas o la mayoría de clasificaciones con el OPCRIT más el diagnóstico apoyado por DSM ó CIE-10 obtenido por el OPCRIT, frente al diagnóstico proporcionado por el terapeuta, obtiene un porcentaje de concordancia del 79. 5%.

En conclusión, podemos afirmar que el OPCRIT supone una forma rápida y fiable de obtener confirmaciones diagnósticas para la mayoría de trastornos, teniendo como referencia las principales clasificaciones diagnósticas desarrolladas hasta la fecha. Es de fácil aplicación y tiene como único requisito que debe ser usado por un clínico experimentado tras un mínimo entrenamiento en su uso. Debido a su facilidad de uso y a su rapidez, puede ser utilizado en una amplia variedad de estudios, cuando la prioridad es contar con un diagnóstico fiable y preciso. Entre otras ventajas, proporciona una base de datos que puede servirnos para posteriores análisis dentro del mismo estudio, permite volver a obtener los diagnósticos según diferentes clasificaciones y colabora a aumentar el conocimiento que tenemos de los diferentes criterios operativos y de su utilidad.


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