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Temores y ansiedades que despierta la tarea de cuidar ancianos.

Autor/autores: Mirta Lidia Sánchez
Fecha Publicación: 01/01/2003
Área temática: Neurocognitivos, Trastornos neurocognitivos .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Pertenezco a un equipo que trabajamos en la capacitación de cuidadores de ancianos, lo integramos una médica gerontóloga, una Licenciada en Enfermería y una Licenciada en psicología. A partir de la experiencia en el dictado de este curso teórico-práctico, hemos podido identificar temores y ansiedades que despierta la tarea de cuidar a personas mayores. Una reflexión sobre estos aspectos constituye el motivo de esta presentación. Entre varias de las cuestiones que deberá zanjar el aprendiz de cuidador se encuentra la de enfrentarse con su conceptualización de la vejez.

Esto implica despojarse de prejuicios aceptando la singularidad de cada anciano, que nos lleva a plantear la posibilidad de muchas modalidades de envejecer. Antes de la concurrencia a la Institución geriátrica donde se realizan las clases prácticas, se prepara a los alumnos convenientemente para dicha experiencia. Utilizando distintas técnicas grupales se promueve un aprendizaje vivencial y la verbalización de aquellas situaciones que ellos consideran un obstáculo a vencer. Entre las que más comúnmente mencionan como rechazadas figuran algunas que producen una amplia gama de sentimientos que van desde la repugnancia hasta el temor y tristeza de cuidar un anciano con demencia o por morir. El rechazo y discriminación que sufren los viejos, se relacionan en gran medida, con el temor a nuestra propia muerte que nos recuerdan.

Palabras clave: Ancianos, Ansiedades, Cuidador, Estrés, Temores


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Temores y ansiedades que despierta la tarea de cuidar ancianos.

Mirta Lidia Sánchez.

Universidad Nacional de Mar del Plata
Argentina

PALABRAS CLAVE: ancianos, cuidador, estrés, ansiedades, temores.

[9/2/2003]


Resumen

Pertenezco a un equipo que trabajamos en la capacitación de cuidadores de ancianos, lo integramos una médica gerontóloga, una Licenciada en Enfermería y una Licenciada en psicología. A partir de la experiencia en el dictado de este curso teórico-práctico, hemos podido identificar temores y ansiedades que despierta la tarea de cuidar a personas mayores. Una reflexión sobre estos aspectos constituye el motivo de esta presentación. Entre varias de las cuestiones que deberá zanjar el aprendiz de cuidador se encuentra la de enfrentarse con su conceptualización de la vejez. Esto implica despojarse de prejuicios aceptando la singularidad de cada anciano, que nos lleva a plantear la posibilidad de muchas modalidades de envejecer. Antes de la concurrencia a la Institución geriátrica donde se realizan las clases prácticas, se prepara a los alumnos convenientemente para dicha experiencia. Utilizando distintas técnicas grupales se promueve un aprendizaje vivencial y la verbalización de aquellas situaciones que ellos consideran un obstáculo a vencer. Entre las que más comúnmente mencionan como rechazadas figuran algunas que producen una amplia gama de sentimientos que van desde la repugnancia hasta el temor y tristeza de cuidar un anciano con demencia o por morir. El rechazo y discriminación que sufren los viejos, se relacionan en gran medida, con el temor a nuestra propia muerte que nos recuerdan.

 



Los seres humanos nacemos en condiciones de extrema indefensión, lo que hace imprescindible la intervención de otro humano para asegurar la supervivencia, de no contar con un auxilio externo el bebé moriría. El desamparo inicial del “infans” ubica a los padres en una posición de “donar”, de “ofrecer” lo necesario para satisfacer sus necesidades y deseos por lo que serán revestidos por el hijo con características omnipotentes e ideales. El vínculo que se establece en los primeros años es de dependencia, generándose una deuda por sobrevivir cuyo precio cada hijo verá como devuelve frente a la vejez de los progenitores. Con el paso del tiempo la relación de dependencia se invierte, el envejecimiento de los padres provoca que en algunos casos pasen a depender de los hijos. Este es un proceso conflictivo y doloroso para la descendencia y también para el anciano. A veces la dependencia es solo económica, pero otras, cuando padecen alguna enfermedad, la dependencia se acrecienta. En las situaciones donde el anciano padece el mal de Alzheimer u otras demencias o enfermedades que resulten invalidantes se hace necesaria la presencia casi continua de alguien que brinde cuidados. La tarea de cuidar resulta estresante, más si quien la realiza es un familiar, constituyendo una fuente de tensión para la familia. Se ha comprobado que mayoritariamente sobre las mujeres recae el trabajo de prestar asistencia a padres y familiares. Arber y Ginn (1990) según estudios que realizaron en Canadá y Estados Unidos un 13% de mujeres de la muestra ocupan más de 5 horas semanales en el cuidado de algún familiar anciano, mientras que el 8% son hombres.

Dado que se considera importante que los viejos continúen viviendo en su medio, para evitar de esa manera los efectos negativos de la institucionalización, una de las soluciones encontradas es contar con el auxilio que pueden brindar personas especializadas en el cuidado de ancianos en el domicilio.

En la ciudad de Mar del Plata (Argentina), se ha producido un fenómeno conocido como “migración de ancianos”, un alto porcentaje (16%) de la población es mayor de 60 años y la ha elegido como lugar donde pasar sus últimos años. Esta circunstancia hace que paulatinamente la tasa de envejecimiento haya aumentado, ubicándola como la ciudad con más población anciana de Argentina, por lo mismo se han incrementado las instituciones geriátricas y se ha visto la necesidad de capacitar a personas que puedan desempeñarse como cuidadores domiciliarios. La elección de esta ciudad por la población mayor tiene que ver entre otras cosas con el atractivo natural que posee, asociada con vacaciones y descanso, pero esto también implica un alejamiento del núcleo familiar y la falta de su asistencia cuando es necesaria.

Con el objetivo de formar personal capaz de cuidar ancianos a domicilio o en geriátricos la escuela de Formación Profesional Nº4 dependiente de la Comuna de General Pueyrredón ha implementado un curso con dicho fin. El equipo que tuvo a cargo la organización, planificación y dictado del curso está constituido por una Médico Gerontóloga, una Licenciada en Enfermería y una Licenciada en psicología.

A partir de la experiencia en el dictado de este curso teórico-práctico, hemos podido identificar temores, ansiedades y sentimientos que despierta la tarea de cuidar ancianos, una reflexión sobre estos aspectos constituye el motivo de esta presentación.

 

 

Saberes previos acerca de la vejez

Una de las primeras cuestiones que deberá zanjar el aprendiz de cuidador se relaciona con su conceptualización acerca de la vejez. La manera de considerar la vejez depende de la historia personal, de la propia experiencia pero fundamentalmente de cada contexto sociocultural. En cada época circulan representaciones sociales acerca de la vejez, que imprimen ideas, pensamientos que a su vez modelan los comportamientos y actitudes. En ese sentido podemos decir que son eficaces ya que marcan lo esperado, lo prohibido, existiendo en las personas diversos modos de sujeción a ellas. La construcción imaginaria de los propios viejos, de sus familiares, de los trabajadores y profesionales que los asisten está plagada de prejuicios. Un cuestionamiento crítico sobre ellos es uno de los objetivos del curso, la desinformación sobre las necesidades, deseos, preocupaciones y posibilidades de quienes transitan este tramo de la vida lleva a conductas y actitudes que pueden considerarse iatrogénicas.

Es común observar una tendencia a despersonalizar al anciano llamándolo de “abuelo” cuando por lo general este apodo les resulta molesto. También en algunos casos la sobreprotección los transforman en un “objeto de cuidados” impidiéndoles conservar su autonomía lo más posible.

Despojarse de prejuicios implica entre otras cosas no generalizar sobre la vejez, aceptando la singularidad de cada anciano y la multideterminación de este proceso que nos lleva a plantear la posibilidad de muchas modalidades de envejecer.

En el imaginario social circulan discursos que ubican a la vejez en lugar desjerarquizado, relacionando fuertemente el envejecimiento fisiológico con la dependencia, lo que contribuye a la creación y reforzamiento de estereotipos. La sexualidad del anciano es negada, y cuando aparecen sus manifestaciones son fuertemente censuradas. El rechazo y la discriminación que sufren los viejos, están relacionados en gran medida, con el temor a nuestro propio deterioro y nuestra propia muerte que ellos nos recuerdan. Para poder trabajar con personas que padecen su vejez, es preciso que los miedos no obstruyan la capacidad empatía, que posibilita ubicarnos en el lugar del otro.

Según Salvarezza (1998) la discriminación como la segregación de los viejos es una manera de negar nuestro envejecimiento, y esto conlleva el riesgo de que al no entrar en contacto con ellos no podremos identificarnos con los viejos que seremos.

“El anciano avanza hacia la propia muerte y encarna dos innombrables de la modernidad, la vejez y la muerte. ” (Bretón, 1992)

El curso está estructurado de tal manera que se brindan conocimientos teóricos y también se realizan pasantías en hogares de ancianos o geriátricos. Para muchos alumnos es la primera vez que visitan estos lugares, y para los menos constituye el primer encuentro con ancianos. Antes de la realización de las clases prácticas, se prepara a los alumnos para dicha experiencia utilizando distintas técnicas grupales, promoviendo un aprendizaje vivencial y la verbalización de ansiedades y temores que despierta la tarea.

A partir de la siguiente consigna: “Mencione cuáles actividades o situaciones imagina que le resultará más difícil realizar o afrontar”, surgen una amplia gama de actividades que producen sentimientos que van desde el asco hasta el temor y la tristeza. El ejercicio de anticipar la situación tiene la función de que cada uno explore sus posibles limitaciones y también la de disminuir el impacto que produce la entrada al geriátrico.

Hemos diferenciado dentro de las actividades que los alumnos nombran, dos grupos: 1) las “que afectan al cuerpo”, 2) las de “impacto emocional”.

Las actividades que hemos denominado como “que afectan al cuerpo” suponen obstáculos a vencer, relacionados con superar sentimientos de repugnancia, con estímulos que afectan los sentidos o con el esfuerzo físico. Las actividades que movilizan angustia, culpa, deseos de reparación las hemos denominado como de “impacto emocional”.

Entre las que “que afectan al cuerpo” los alumnos mencionan

-Higienizar ano y genitales.
-Cambiar pañales con heces.
-Sacar y limpiar dentaduras.
-Cortar uñas de los pies.
-Sentir olor a viejo

Entre las que hemos denominado de “impacto emocional” imaginan escenas donde se plantean situaciones conflictivas y en otras dolorosas:

-Estar cerca cuando el anciano esté en agonía.
-Ir a su entierro.
-Verlos sufrir. Darle una mala noticia.
-Temor de atender a personas con alteraciones mentales.
-Cómo actuar en caso de malos tratos en el geriátrico. Ejemplo: que la comida sea insuficiente, que no reciba los cuidados adecuados.
-Recibir malos tratos por parte del anciano.
-Cómo actuar en caso de intento de manoseo o acoso sexual.

 

 

El encuentro con los viejos

El primer encuentro con los ancianos en situación de internación es una experiencia altamente movilizadora. En el grupo de reflexión sobre esta instancia se pone en evidencia que la imagen de los viejos, remite a los viejos conocidos y a la proyección de la propia vejez. ¿Cómo fueron sus viejos, padres o abuelos? ¿Cómo vivieron su vejez? ¿Qué viejos quisieran ser? El anciano es identificado a una figura paterna, pero también se pone en juego la identificación con el viejo que cada uno es en potencia. Situación compleja ya que el viejo que está internado se presenta más desde su fragilidad que desde su potencia promoviendo en los cuidadores fantasías de sufrimiento y muerte.

En ese sentido se hacen referencia a temores como:
- Temor a la soledad, y a la propia vejez sin el apoyo familiar.
- Temor a vivir una vejez que signifique una sobrecarga a los hijos.
- miedo a tener una enfermedad que me deje incapacitada.

La imagen del viejo/a también despierta un monto de idealizaciones que correspondían a los padres de la infancia, sentimientos de ternura, amorosos, de admiración, deseos de contener y ayudar, que se ponen a prueba cuando se realiza efectivamente la tarea.

Otro aspecto que invariablemente aparece tiene que ver con reflexiones sobre

- La postura ante la vida y la muerte.
- Diferencias entre un buen envejecer y un mal envejecer.
- Sobre las pérdidas y ganancias que implica el vivir.
- El tiempo como variable que nos transforma a todos.

La experiencia concreta del trabajo de cuidar ancianos, produce una resignificación y modificación de las ideas. En el caso de los trabajos que hemos denominado como “que afectan al cuerpo” se observa que por lo general pueden ser realizados sin mayores dificultades. Sí surgen, en cambio otras actividades consideradas fatigosas como: el traslado y movilización de personas con impedimentos físicos.

Las situaciones más difíciles de sobrellevar son las que los involucran afectivamente y que llamamos de “impacto emocional”.

Las siguientes son las más mencionadas:

- Enfrentarse con la muerte de un anciano internado y la sensación de quietud y parálisis en el resto.
- tristeza y sentimiento de pérdida frente al deterioro progresivo de algunos ancianos.
- Deseos de contener, frente a los relatos de ancianos que están sumamente tristes y solos que hacen un balance negativo de su vida.
- La pasividad de algunos viejos que no responden a las propuestas de actividades.
- Recibir agresiones verbales, o demasiadas quejas.

Las situaciones anteriores ponen de manifiesto la acción de la pulsión de muerte y los componentes de amor y odio presentes en todo vínculo. La idealización inicial deja paso a la ambivalencia, ya que aparecen sentimientos contradictorios como la aceptación y el rechazo, o ternura y compasión pero también de agresión.

La muerte es uno de los temas más angustiantes para los futuros cuidadores. Pertenecemos a una cultura que induce a negarla, que no nos prepara para ese trance, si bien por el solo hecho de nacer nuestro destino es morir, lo desconocemos. Cuando estamos en contacto con personas que están en un estado muy grave, la muerte es una certeza que amenaza la ilusión de inmortalidad. La muerte del anciano que se cuida remite a las angustias más arcaicas del desamparo inicial, así como al amor y deseos de muerte de los padres infantiles. Como un espejo el envejecente muestra que también podemos morir, la sobrevida, por otro lado, nos alivia de los efectos fantaseados que nuestro odio pudo tener en el vínculo.

Algunos ancianos que tienen actitudes de mal trato, generan sentimientos de mucha hostilidad, que exigen un esfuerzo para no responder de igual manera. También son mencionados sentimientos de impotencia frente a la inercia y pasividad de algunos viejos. Esa pasividad como expresión de la pulsión de muerte puede resultar intolerable para el cuidador, provocando incitaciones a la actividad, a intentar revivirlo, a devolverle la alegría. Los deseos de reparar pueden llevar a negar y desconocer la verdadera situación del anciano. Se hace necesario advertir sobre la importancia de discriminar en qué casos es preciso la intervención de otro profesional.

Se ha señalado que la tarea de cuidar ancianos con determinadas patologías es estresante, sobre todo cuando realiza esta tarea es un familiar. En el caso de las personas con demencias, se torna dificultosa ya que generan mucha incertidumbre. Según Lyman (1993) la progresión de la enfermedad no sigue patrones predecibles de “etapas” progresivas de empeoramiento, muchos ancianos se tornan imprevisibles, a veces dan respuestas amenazadoras a la ayuda ofrecida por los cuidadores.

Para sobrellevar la tarea uno de los recursos que generalmente se utiliza es tratar al anciano como si fuera un niño, se les miente, no se toman en cuenta sus opiniones, incluso se les ofrecen juguetes. De esta manera queda atrapado entre sus limitaciones y las que le impone el medio. Como dice Lyman (1993) la infantilización es una estrategia que emplean quiénes trabajan con personas con demencia para afrontar el estrés que esto produce.

Otro intento defensivo para disminuir la angustia es marcar la diferencia, el viejo/a no es “uno” es el “otro”, esto puede interferir en el vínculo cuando produce un distanciamiento excesivo y no permite un mínimo de identificación.

Una estrategia saludable parece ser apelar al humor y apostar a la creación de un vínculo que permita un enriquecimiento mutuo donde el cuidador no quede ubicado en el lugar del que puede, del que posee y el anciano como el desposeído. Permitir la circulación de la ternura, la mirada y la escucha atenta, el interés verdadero serán los mejores aportes que se puedan brindar.

 

 

BIBLIOGRAFÍA.

ARBER, S y GINN, J (1996) Relación entre género y envejecimiento. Narcea. Madrid.

LE BRETON, D (1995) antropología del cuerpo y modernidad. Nueva Visión. Buenos Aires.

LYMAN, K (1998) Día a día con la enfermedad de Alzheimer. IMSERSO, Madrid.

SALVAREZZA, L comp. ( 1998) La vejez. Piados, Argentina.

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