En 1998 Rizolatti y Arbid localizan un grupo de neuronas en la corteza promotora F5 del mono y en área PF parietal, denominadas neuronas espejo por su capacidad de descargar impulsos tanto cuando el sujeto observa a otro realizar un movimiento como cuando el sujeto mismo es quien la ejecuta, teniendo a su vez la propiedad de ser activadas de manera directa y simultanea no sólo cuando ve el estímulo sino cuando lo oye o siente. Trabajos posteriores han comprobado la existencia de sistemas neuronales similares en humanos. Se ha supuesto que parte de sus funciones consiste en representar acciones para después imitarlas y comprenderlas, proporcionando un vínculo comunicativo: reconocer una acción ejecutada por otro, diferenciarla de otras y utilizar esta información para actuar de manera apropiada. (Pines 2002).Hipotetizamos que las neuronas espejo se activan mediante la observación de acciones significativas. A través del descubrimiento de las neuronas espejo, comprobamos que la evolución parece haber asegurado las bases biológicas para favorecer los procesos de identificación (Rizzolatti y Arbib 1998). Entendemos entonces que la lectura que alguien hace de las intenciones del otro es, en gran medida, una atribución desde las propias intenciones, con lo cual el mecanismo de proyección es estructural en la intersubjetividad y no un mero proceso defensivo. Por ende, la lectura acertada de la intencionalidad de otros sujetos es crucial para el desarrollo de la empatía. Todos estos procesos en los que se involucran las neuronas espejo son procesos a través de los cuales se crea un vínculo especial entre paciente y terapeuta, por lo que hipotetizamos que estas neuronas puedan estar involucradas en los procesos de transferencia.