Una reciente experiencia clínica me hizo recordar una vieja disputa acerca de si una mujer puede ser algo más que una histérica y devenir, justamente, mujer. La idea subyacente es que la histérica es un ser en tránsito a la feminidad que ha sufrido una detención y se ha transformado en cierta variante hiperbólica, a menudo grotesca, de lo que se supone es una mujer. Freud señalaba que el desarrollo psicosexual de las niñas tenía una dificultad que pocas mujeres eran capaces de superar: el pasaje del clítoris a la vagina como zona erógena predominante.Ello llevó a una clasificación de las mujeres en clitoridianas y vaginales, según dicho pasaje se hubiese o no verificado. Las histéricas, por supuesto, eran todas ellas clitoridianas en función de su fijación a la etapa fálico-uretral y eran vistas como hembras suntuosas y dominantes cuyo goce principal consistía en ocupar el centro de atención de sus familiares e imponer su criterio en cuanta cuestión se discutiese. El precio que pagaban y hacían pagar era una recalcitrante frigidez o alguno de sus equivalentes, tales como la anorgasmia, el coito doloroso (dispareunia) o la falta de deseo. A ello se sumaba una interminable seguidilla de dolencias floridas y dudosas que afectaban su vida de relación.