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Última actualización web: 23/05/2022

La pareja de la histérica.

Autor/autores: José Manuel García Arroyo , María Luisa Dominguez López, Pedro Fernández-Arguelles Vinteño, Olga García López
Fecha Publicación: 01/03/2008
Área temática: Psiquiatría general , Trastornos de la Personalidad .
Tipo de trabajo:  Ponencia

RESUMEN

Aunque el término "histeria" en los últimos tiempos se ha intentado desechar de las clasificaciones de alteraciones mentales, nosotros pensamos que precisa bastante bien una realidad clínica a la que los psiquiatras estamos acostumbrados. En las citadas clasificaciones queda registrada en numerosos epígrafes, siendo uno de ellos el "trastorno histriónico de la personalidad", caracterizado por rasgos de: sociabilidad, seducción, teatralidad, dramatización, respuestas emocionales exageradas, superficialidad, etc.

Pues bien, estas personas que a menudo nos consultan por conflictos derivados de su estructura y siguen un tratamiento psicoterapéutico reglado, expresan a lo largo de las sesiones dificultades notables en sus relaciones de pareja que les provocan sufrimientos, a veces de cierta magnitud. Por eso, nuestra pretensión en el presente trabajo consiste en analizar cómo son las relaciones de pareja de la histérica, pasando por sus diferentes momentos, desde el inicio y la consolidación a la crisis y el desengaño, instante este último en que el florecen los sintomas y acuden a consultarnos. Para tal menester, utilizaremos el concepto de "colusion" acuñado por Willi, que implica cómo se establecen las conexiones psicológicas íntimas entre dos personas con elementos comunes que pueden ponerse en contacto favoreciendo un funcionamiento conjunto. Creemos que comprender esta dinámica (inconsciente) es fundamental para todo psiquiatra, que es el profesional que, frecuentemente, se va ver envuelto en tales cuestiones tan pronto como se muestran los síntomas psíquicos.

Palabras clave: histeria

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La pareja de la histérica.

José Manuel García Arroyo (1); Pedro Fernández-Argüelles Vinteño (2); María Luisa Domínguez López (3); Olga García López (4).

Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla.

Resumen

Aunque el término "histeria" en los últimos tiempos se ha intentado desechar de las clasificaciones de alteraciones mentales, nosotros pensamos que precisa bastante bien una realidad clínica a la que los psiquiatras estamos acostumbrados. En las citadas clasificaciones queda registrada en numerosos epígrafes, siendo uno de ellos el "trastorno histriónico de la personalidad", caracterizado por rasgos de: sociabilidad, seducción, teatralidad, dramatización, respuestas emocionales exageradas, superficialidad, etc. Pues bien, estas personas que a menudo nos consultan por conflictos derivados de su estructura y siguen un tratamiento psicoterapéutico reglado, expresan a lo largo de las sesiones dificultades notables en sus relaciones de pareja que les provocan sufrimientos, a veces de cierta magnitud. Por eso, nuestra pretensión en el presente trabajo consiste en analizar cómo son las relaciones de pareja de la histérica, pasando por sus diferentes momentos, desde el inicio y la consolidación a la crisis y el desengaño, instante este último en que el florecen los sintomas y acuden a consultarnos. Para tal menester, utilizaremos el concepto de "colusion" acuñado por Willi, que implica cómo se establecen las conexiones psicológicas íntimas entre dos personas con elementos comunes que pueden ponerse en contacto favoreciendo un funcionamiento conjunto. Creemos que comprender esta dinámica (inconsciente) es fundamental para todo psiquiatra, que es el profesional que, frecuentemente, se va ver envuelto en tales cuestiones tan pronto como se muestran los síntomas psíquicos.



Introducción

La patología histérica ha sido la gran avanzadilla del psicoanálisis pues, como todos sabemos, este movimiento comenzó su andadura con la descripción y el análisis minucioso de tales cuadros que desconcertaban a los médicos dado el nihilismo terapéutico existente por entonces. Estas indagaciones culminaron en los Estudios sobre histeria (1), publicados por Freud en 1. 895, que pueden considerarse el texto inaugural de la disciplina aludida.  

Estas mujeres representaban, por un lado, el sufrimiento psíquico de las burguesas ricas de la sociedad vienesa del siglo XIX escuchadas en la intimidad de la consulta médica y, por otro, la miseria mental de las alienadas pertenecientes al populacho, exhibidas y amaestradas por Charcot en el escenario de la Salpetrière.  

Si bien en aquella época estaba claro el diagnóstico de histeria, actualmente el término que define a la alteración se encuentra en declive, habiendo desaparecido de las clasificaciones de t. mentales al uso (2, 3). Este hecho no indica que la entidad se haya esfumado del mapa clínico; antes al contrario, se hace patente en numerosas categorías en las que sus síntomas encajan a la perfección. Podemos decir que la histeria sigue existiendo, pero al no ser nombrada se distingue en la sombra de las agrupaciones clínicas que todos conocemos. Estos intentos de eliminación no son nuevos pues se dieron en el caso de algunos discípulos de Charcot, después del esfuerzo de este último por devolver a la histeria su dignidad tras liberarla de la carga de simulación que pesaba sobre ella. Uno de los intentos de cambio de terminología a los que nos referimos aparece en 1. 980 (con el DSM-III) y es el paso de “histeria” a “histrionismo”, lo que supone resaltar más que las dificultades sexuales, asignadas tradicionalmente a estas personas, aquellas otras que se refieren a la exagerada y cambiante emotividad, el dramatismo o la teatralidad. No obstante, se mencione o no, en estas pacientes siempre se detectan alteraciones sexuales, que son innegables para cualquier clínico que se preocupe por descubrirlas. Pero, estas no solo atañen a la cuestión genital, como pudiera pensarse, sino que, sobre todo, se ponen de manifiesto en la distribución de las características psicológicas inherentes a los dos sexos.  

Nos referimos concretamente a la “masculinidad” y a la “feminidad”, que poco tienen que ver con el reparto biológico “hombre/mujer”. De ahí que, el estudio de tales mujeres no solo hizo posible la clínica freudiana, tal como hoy la conocemos, sino que propició además el nacimiento de una nueva mirada sobre el tema de la “feminidad”, como se descubre en los notables artículos de la última etapa del fundador del psicoanálisis (4) y en el interés colectivo que suscitaron.

Antes de proseguir, se nos hace imprescindible intentar definir a la mujer con carácter histérico, para abordar con posterioridad el tipo de pareja que forman. Hablamos de una persona con tendencia importante a la socialización, hasta el punto de no poder hallarse solas; en esos contactos necesitan ser el centro de manera que si no captan la atención de los demás, pierden el interés o se aburren. Se muestran encantadoras con los otros, destacando sus intentos de seducción, los coqueteos y los propósitos constantes de agradar que, por lo general, se producen con personas extrañas mientras que, dentro de sus propias casas, pueden ser exigentes y no estar conformes con nada; de ahí que dediquen mucho tiempo a acicalarse y arreglarse. Tienden a la teatralidad, la dramatización y a la expresión emocional exagerada e intensa.  

No obstante ser personas gregarias, las relaciones que establecen se caracterizan por ser superficiales, mostrando dificultades para los contactos más profundos y duraderos. Ahí es dónde muestran grandes temores a la intimidad, por miedo al rechazo una vez que se las conozca. Dentro de las relaciones actúan manipulando, cosa que pueden llevar a cabo dando muestras de debilidad, mediante el llanto, los síntomas físicos, el exagerado sufrimiento, etc. Willi (5) indica, en este sentido, que “su fuerza radica en su debilidad”. Frecuentemente, se hacen la víctima, poniendo casi siempre el problema en los demás y después, se colocan como espectadoras del drama que ellas mismas han orquestado (“belle indifference”).  

La puesta en escena de sus exhibicionismos físicos y coquetería, pueden provocar malos entendidos entre los hombres, pero también algunas de estas mujeres pueden acobardar a aquellos con su forma directa y desvergonzada; se trata de un medio de intimidar para no intimar. También registramos la creencia de que con su entrega física pueden encadenar al hombre y obligarle sin tener que dar nada de sí mismas.  

Algunas histéricas pueden buscar oportunidades de ser atendidas y cuidadas y, para conseguirlo, manifiestan síntomas de enfermedad, que son las conocidas “conversiones” y que Freud demostró como ningún otro autor (1).

En nuestra exposición trataremos de descifrar cómo es la pareja de la histérica dado que, en las sesiones de psicoterapia (de orientación psicoanalítica) que realizamos con estas mujeres encontramos constantes referencias a sus compañeros sentimentales y a los conflictos y frustraciones que se producen en ese contexto. Iniciaremos la andadura intentando ver el carácter de la persona que suelen escoger, para pasar a estudiar cómo se organiza la relación, formando aquello que Willi (5) denomina una “colusión”, es decir, el juego conjunto inconsciente que forman los dos miembros de una pareja. Para finalizar, trataremos de comprobar cómo este contacto, que tiene un sello tan particular, no tiene por qué ser duradero, sino que suele conducir a la crisis, donde se produce un particular sufrimiento para ambos y que puede llevar a alguno de ellos a iniciar sesiones de psicoterapia.


Material y método

El material que utilizamos es el aportado por una serie de pacientes histéricas, que nos consultaron y que siguieron tratamiento analítico. A lo largo del mismo, dada su extensión y profundidad, fue posible registrar los diferentes aspectos del tipo de contacto que mantenían con sus compañeros. Esto se debe a que para estas mujeres es muy importante el tema de la pareja, en la que depositan muchísimas expectativas y fantasías que, las más de las veces, no pueden cumplirse. Añádase que no es raro que, en conexión con las mismas, presenten síntomas depresivos que se asocien directamente a sus contactos amorosos fallidos, lo que fue constatado por nosotros en otra investigación que realizamos sobre el “trastorno distímico” (6). En esta ocasión, mostramos solo dos casos (sobre un total de 9 estudiados), para no hacer tediosa la exposición, teniendo presente que lo expuesto aquí puede extrapolarse al resto de las consultantes.

* Paciente nº 1 (P-1). Mujer de 51 años, casada desde hace 20 años, con un hijo. Consulta por cuadro depresivo. Trabaja en una empresa estatal en la que desempeña labores de secretaria de un alto cargo. Sigue el tratamiento psicofarmacológico prescrito por su médico de familia, con mejoría parcial, por lo que se decide a iniciar tratamiento psicoterapéutico.

Se considera una persona que siempre se lo toma todo “muy a pecho” y que se preocupa demasiado “por todo”, pero se recuerda de joven como una persona muy alegre, divertida y sociable. Aunque, inicialmente, no pensaba que tuviera problemas en su vida matrimonial, éstos van apareciendo a medida que avanzan las sesiones.

* Paciente nº 2 (P-2). Mujer de 42 años, casada desde hace 13 años, con dos hijos. Estudió derecho y ahora tiene negocio propio, que sigue atendiendo, aunque con esfuerzo. Consulta por un cuadro depresivo, en tratamiento psicofarmacológico (ISRS y cloracepato), con resultados bastante pobres por lo que, aconsejada por una amiga, decide seguir tratamiento psicoterapéutico.

Los problemas fundamentales que presenta, como la misma paciente reconoce, se deben a conflictos derivados de su relación de pareja. Siempre fue una persona muy “alegre y con buen humor”, pero en los últimos tiempos ya no se siente así. Se considera muy unida a su familia de origen y, como muestra de ello, afirma haberlo pasado mal al tener que irse a estudiar la carrera fuera de su pueblo.

El método que empleamos es una implicación directa de la propia actividad psicoterapéutica, ya que esta última nos ofrece la oportunidad de efectuar una observación clínica de primera magnitud. Esto se debe a que, al producirse un buen número de sesiones, tarde o temprano el asunto que aquí nos ocupa sale a relucir en todo su esplendor. Durante las sesiones, en el clima de intimidad de una consulta y hallándonos en una postura de escucha atenta, se permite a quién consulta expresar sus dificultades y ahí, precisamente, es donde el asunto del que trata nuestra investigación se va a mostrar con una enorme cantidad de matices que pueden analizarse.  

En este contexto, es posible registrar frases textuales de nuestras pacientes, tratándose de un material verbal no influido por el observador y que es isomórfico con los sucesos psicológicos (y psicopatologicos) que se producen en las relaciones sentimentales que aquí estudiamos. A partir de ahí, también captamos una diacronía en la que pudo constatarse la evolución de los fenómenos que suceden en el contacto de la histérica con su compañero, desde los comienzos hasta la producción de la inevitable crisis y la posible ruptura.

En el análisis que aquí efectuamos tomamos en cuenta un asunto del que ya hicimos mención en la “Introducción”; trátase de la distribución y reparto de lo “masculino” y lo “femenino” en la histérica y su consorte. Ya dijimos que una de las características de estas personas es la extraordinaria capacidad de socializarse, pues bien, si es así, van a asumir al pie de la letra todo lo que la cultura prescribe para los papeles a desempeñar por el hombre y la mujer. En efecto, comprobaremos que en estas relaciones tiene lugar el reparto de los mismos de una forma bastante clara y es, por lo demás, el origen de las disputas y luchas que muestran estas organizaciones psíquicas.

Tales papeles forman también parte de la sexualidad, dado que a esta última se la concibe no tal como el vulgo la entiende (la mera relación genital) sino como la concibe Freud, desde los Tres ensayos para una teoría sexual (7), a saber: de una forma ampliada, incluyendo un buen número de comportamientos sociales e inscrita en forma representacional en el aparato psíquico.

En la susodicha repartición de papeles (“masculino”/”femenino”) interviene el “ideal del yo”, que el fundador del psicoanálisis describe inicialmente en Introducción al narcisismo (8). Se trata de una estructura narcisista encargada de transmitir los valores (bondad, rectitud, sinceridad, honestidad, . . . ) y que encauza al “yo” hacia su consecución, constituyéndose en un importante favorecedor de la represión. El “ideal del yo” supone, por consiguiente, una exigencia, una condición que tendrá que satisfacerse, pues permite juzgar si un rasgo o comportamiento es o no valioso (9); lo es si se acerca al “ideal” y no lo es si sucede lo contrario. Pues bien, esta organización psíquica, a diferencia del “yo ideal”, interviene regulando los valores que acompañan a cada uno de los sexos. Si éstos se diferencian entre sí, desde el punto de vista psicológico es porque cuentan, entre otros elementos, con la dimensión del “ideal del yo” que discrimina comportamientos “masculinos” y “femeninos”. Lacan ha asimilado esta estructura al “registro simbólico”, en donde se reconoce la intervención del Otro en el destino del sujeto (10).

Siguiendo directrices parecidas, Willi (5) ha estudiado la “pareja histérica” y ha observado claramente cómo el dimorfismo psicológico al que aludimos interviene en ésta y define la relación que establecen sus miembros con el siguiente lema: “el amor como afirmación masculina”. Sus investigaciones pueden entenderse como un antecedente del trabajo que aquí mostramos.


1. elección de objeto de la histérica: el “hombre histerófilo”.

Las observaciones clínicas que hemos realizado nos revelan que la histérica asimila el papel femenino, pero exagerándolo de forma notable. Esto se ve en muchos de sus comportamientos: acicalamientos, maquillajes, arreglos, seducción, coquetería, exhibiciones, . . , como puede verse en las siguientes frases que recogemos:

P-1. “Mi madre siempre me dijo que yo era la más femenina de mis hermanas y ahora, al cabo de los años, pienso que tenía razón. Desde muy pequeña ya me gustaba maquillarme; eso ocurrió, si no recuerdo mal, con 5 ó 6 años o tal vez antes”.  

P-2. “Yo siempre he sido una persona muy femenina y me ha gustado vestir bien e ir muy arreglada. Creo que he sido bastante coqueta, pero lo hacía de forma espontánea, sin darme cuenta prácticamente”. “He sido muy mujer y eso me lo decían todos mis amigos y no solo porque me desarrollara muy pronto”.  

En esta conformación, reprimen las tendencias de desarrollo “masculinas”, quiere decir que las mujeres a quiénes hemos tratado se colocan en la pasividad y la debilidad que se constituyen para ellas, subjetivamente, en el papel “femenino”. Algunas se sienten, además, inferiores o inseguras y prácticamente todas exhiben ante el hombre sus “debilidades”. En ese punto descubrimos el efecto presivo que ejerce el “ideal del yo”; no obstante, algunas mujeres que tratamos con este mismo diagnóstico podrían mostrarse rebelándose de forma tácita contra los rasgos que tradicionalmente se asimilan al papel femenino, colocándose en una posición opuesta de fortaleza, actividad, seguridad, etc; de ahí que, siguiendo a Lacan (11, 12) no se pueda hablar de una categoría general que agrupe a “todas” las mujeres y hemos de considerar aquí, con el máximo rigor posible, estas acotaciones lacanianas.  

El compañero de la histérica, a quién llamaremos en lo sucesivo el “hombre histerófilo”, se siente tremendamente atraído por esta mujer débil y pasiva. Éste es una persona que muestra la masculinidad en toda su expresión, presentando una actitud galante, caballerosa y de respeto y atención a las mujeres. Debe también mostrar actos de probada masculinidad, de manera tal que ante la mujer irradia seguridad y autoconfianza, características que parecen faltarle a ella. Es posible que hagan exhibiciones de masculinidad en determinados contextos, como es el caso de alardear del éxito profesional o de las conquistas que otrora hicieron, intentando recibir desde fuera una afirmación de potencia. Veamos qué sucede con nuestras dos pacientes: 

P-1. “Mi marido parece que siempre ha tenido las cosas muy claras. Es un hombre muy recto y seguro de sí mismo, pero pienso ahora que eso a mí me ha aportado mucha calma. Sobre todo destacaría que él siempre ha sabido ponerse en su sitio delante de los demás. Para mí fue un amor a primera vista”.  

P-2. “¿Como describiría a mi marido? No sé, . . . bueno si, él es un hombre bastante trabajador, tiene sus cosas, pero creo que a mí siempre me ha dado mucha seguridad”. “¿Por qué esto es así? El ha tenido claro que yo era la persona que él buscaba; quería a la débil mujer y ahora no sabría decirle qué queda de todo aquello”.  

El “histerófilo”, en su afán de desempeñar el papel “masculino”, comandado por su “ideal”, reprime las inclinaciones femeninas, no siendo raro que puedan presentarse en determinados momentos como personas apocadas, pasivas, desvalidas o dependientes.  

P-2. “Creo que en su educación a él le han dado mucha caña, según me ha contado y pienso que ha tenido el mérito de sobreponerse a todo eso. Quiero decir que él lucha y sabe como estar, pero luego no es así, él depende bastante de mí”.

En la histérica, como decimos, detrás de su capa de “feminidad”, se hallan aspectos masculinos que son inconscientes y también no es raro encontrar un desafío a la “masculinidad” representado por el histerófilo, como una prueba a su fortaleza.  

P-1. “Veo que a mí ciertas cosas me producen una rabia imponente, como es el caso de que él siempre ha de tener la voz cantante. A mí eso me joroba y algunas veces, cuando estamos con los amigos, hago algo que creo está mal: lo contradigo o me opongo a sus decisiones, entonces se pone negro y por dentro pienso ¡que se fastidie!”.  

2. Organización de la pareja histérica

Cuando se encuentran estos dos singulares personajes, ella es muy desdichada porque tiene una gran necesidad de una pareja, pues precisa ser protegida por la figura masculina ya que se ve “poca cosa” o una “débil mujer”. El histerófilo está llamado a salvarla de esas complicaciones, problemas o necesidades.

P-1. “Ahora pienso que no me tenía que haber casado con este hombre, pero en aquella época quería un novio como fuera. De quedarme soltera, creo que me hubiera muerto. El fue el que me gustó porque sabía como llevarme”. La relación se organiza de manera tal que la mujer niega la “masculinidad” que hay en ella, desplazándola a su compañero y, al mismo tiempo, no quiere ver la debilidad (femenina) que existe en el hombre escogido, su “salvador”. Así las cosas, desea contemplarlo fuerte y poderoso y lo maneja con sus expectativas, narcisificándolo cuando cumple con ellas.  

Por su parte, el histerófilo se identifica con la imagen que ella proyecta en él, de noble caballero o galán y eso lo hace crecerse por sentirse asimilado a su propio “ideal del yo” aumentando, como era de esperar, su autoestima, pues se encuentra ahora enaltecido y exaltado. La admiración femenina le es completamente necesaria y si no la tiene se derrumba y eso ella lo conoce; en el fondo presiente que las cosas no son así, pues lo cree un “calzonazos”. De esta forma, la histérica transfiere al exterior sus conflictos con la “masculinidad”/”feminidad”, encontrando una aclaración a todo este asunto en el exterior, no dentro de sí misma; he ahí el gran problema. Su pareja funciona, desde este punto de vista, como una especie de guía o timonel que la orienta, dirige y frena, una especie de “yo auxiliar” para ella.

P-1. “Siendo él tan recto como es, creo que me ha ayudado a no excederme porque, se lo digo en confianza pues sé que no va a salir de aquí, yo siempre he estado un poco loca”.  

Lo neurótico se muestra aquí en el desplazamiento de las propias tendencias al otro, de manera que el hombre aparece como el “supermacho” fuerte, que rinde en el trabajo, con afán de triunfo en la vida, hombre duro y frío ante las emociones y sentimientos y la histérica todo lo contrario: exageradamente expresiva en lo relativo a sus afectos y alienándose en la dependencia de él (ver figura 1).

P-2. “Ese que está en mi casa, y no quiero pronunciar su nombre, siempre ha sido una persona que no ha expresado un solo sentimiento y he tenido que tirarle siempre de la lengua para que me diga algo romántico. Eso no se hace así”. Un punto que no debemos dejar de tratar es la práctica inexistencia de relaciones sexuales en estas parejas, que pueden llegar hasta el extremo de no tener contactos prematrimoniales y, si llegaran a darse, es por sentirse presionados por el ambiente en que se desenvuelven y no por propia iniciativa. Veamos el siguiente caso:

* Paciente nº 3 (P-3). Mujer, de 23 años de edad, estudiante de derecho, con pareja desde hace cuatro. Consulta por cuadro de ansiedad asociado a las dificultades que tiene para compatibilizar trabajo y estudios. Indica en la consulta: “El y yo no queremos tener relaciones sexuales antes de casarnos, a pesar de que nuestros amigos bromean y nos insisten al respecto. Tanto para él como para mí es muy importante la virginidad”. “Hemos tenido muchas oportunidades, pero no las hemos aprovechado. No quisimos, ya llegará ese momento maravilloso para ambos”.  

Cuando se organiza la relación, el histerófilo tiene que mostrarse comprensivo y afectuoso hacia su compañera y no hacer expresión directa alguna del sexo, pues eso la disgusta. Al mismo tiempo, ésto lo deja a él bastante calmado, ya que no tiene que hacer demostraciones de potencia ante ella, sino que debe ubicarse en un cómodo papel de apoyo y protección. Saber que la histérica se unirá a él por agradecimiento y no por sus atributos sexuales lo tranquiliza sobremanera, pues va a obtener el afecto que necesita. Así las cosas, se deja dirigir por ella casi sin darse cuenta, desplegando todo el potencial manipulativo inherente a su estructura psíquica.

3. crisis en la pareja de la histérica

Este sistema, tal como se ha mostrado, tiene los días contados pues prontamente va a conducir a la presentación de alteraciones o síntomas. Esto se debe a que, como puso de manifiesto Freud, todo lo rechazado retorna (1, 13) y esto puede empezar por cualquiera de los dos que forman esta “colusión” (5).

Por su lado, el histerófilo vuelve a darse cuenta de sus primitivas dudas sobre sí mismo y muestra la imperiosa necesidad de protección (pasiva) por parte del cónyuge. Pero, estas necesidades son inmediatamente rechazadas por ella, al connotarlas como “debilidad” y no desea ver signos de este tipo en su compañero; recordemos que es ella la que desea ser cuidada.  

Dicho de otra forma: con la muestra de estas necesidades en el histerófilo se van a hundir las aspiraciones a la “grandeza caballeresca” necesarias para ser admirado, convirtiéndose en objeto de desprecio o denigración por su pareja y acto seguido, lo colma de reproches. Así, él se siente avergonzado de sus propias debilidades y considera el desprecio de ella como el justo castigo por su fracaso, aguantando todo cuanto se le viene encima.

P-2. “Yo no diría que he sido dura con él ¿o sí lo diría? Siento que, al menos últimamente, le estoy haciendo daño. El por qué, no lo sé pero, si pienso un poco más allá, puedo concluir que él me ha decepcionado, quién era y quién es no tiene nada que ver entre sí”. “Tengo que pensar que cuando lo conocí era un hombre extraordinario y creía en él, ahora lo veo como una pobre criatura, no sé si decir que es frágil y eso a mí me revienta”.  

En este estado de cosas, él continúa cuidando de su mujer, pero de tal forma que la obliga a estar pendiente, de tal modo que, cuando se desvía de lo “pactado”, se ve obligada a reñirle o amenazarle. Al mismo tiempo, la forma de vida parasitaria de su pareja, comienza a molestarle cada vez más al histerófilo y a tanto puede llegar, que cae en una especie de letargia y pasividad paralizadora, para evitar expresiones emocionales excesivas con fuerte contenido de reproches.  

La histérica, al verlo en tal estado, muestra la necesidad de activarlo y ponerlo en movimiento y, para lograrlo, busca con gran refinamiento sus puntos flacos, como es el caso de: desnudarlo públicamente si le importa demasiado la imagen, darle celos con un conocido si es sensible a la infidelidad, tener algún tipo de contacto extramarital, etc. No es extraño que, en medio de esa gran pasividad, el histerófilo le explique a su consorte que sin su ayuda se pervierte moralmente, pero esa actitud la saca de quicio. Es curioso contemplar cómo él sigue aguantando estoicamente, a pesar de los casi constantes enfados de ella, colocándose en la posición de “santo” o “mártir”.

P-1. “Hay momentos en que lo odio, sobre todo cuando intenta razonar el grave problema que tenemos. Cree que yo me puedo tragar todo lo que me dice, pero mientras más cosas intenta, mucho más me enfada y acabo estallando”. “No sé como sigue ahí y no se ha ido ya”. P-2. “El está conmigo a pesar de que me enfado demasiado con él, creo que todo es porque sus cosas me ponen enferma y me llevan al límite”.

Cuando se produce la crisis se contamina todo, incluidas las relaciones sexuales. En tal caso, la histérica le pide a su consorte lo contrario de lo que en realidad desea: tener contactos íntimos, quejándose de modo coincidente de la falta de interés de él; pero, al llenarse todo de exigencias, dichas relaciones no funcionan, pudiendo aparecer un cuadro de impotencia. De ahí pueden partir otras nuevas exigencias de la histérica provocando en su compañero más impotencia y culpabilidad al no poder satisfacerla, entrando en un círculo vicioso. Estos fenómenos parten de que estas mujeres han observado que cuando han mostrado (o fingido) placer en los contactos íntimos con su compañero, éste se ha sentido revalorizado, al desaparecer de un plumazo su temor a feminizarse o a ser impotente. A la larga, se dan cuenta de que el papel sexual de su pareja está en sus manos, pues saben que se conecta con la reafirmación que les prodigue y el fracaso está servido tan pronto como no se sienta seguro del apoyo de su compañera; si esta no se lo otorga, es muy probable que caiga en la impotencia. Este es el caso de una paciente nuestra que decía “no saber nada de sexo” y, en otro momento afirmaba, desconectado de lo anterior, “conocer perfectamente cómo hacer que un hombre fracasara en la cama”.  


Conclusiones

Nuestra presentación ha servido para reclamar el status de la histeria en la clínica, algo con lo que parece que la psiquiatría actual no se encuentra de acuerdo y que, sin embargo, fue el emblema de los surrealistas, quiénes temiendo por la desaparición de ésta homenajearon, en 1. 928, a una paciente de Charcot, llamada Augustine, fotografiada innumerables veces en sus actitudes pasionales. Para este grupo de geniales artistas, se trataba del emblema olvidado de la “belleza convulsiva” pero también, y esto es lo que más nos importa, con esa actitud se opusieron enérgicamente al desmembramiento del concepto de histeria (14, 15).  

En este afán, que nos ha impulsado a redactar la presente comunicación, hemos tratado de mostrar cómo son las parejas de las histéricas del momento presente, cuyos cuadros clínicos ya no son tan aparatosos como los de finales del s. XIX y se encuentran ocultas a los ojos del médico tras un sinfín de alteraciones, ora físicas ora psicopatológicas. En este sentido, las mujeres aludidas muestran predilección por un tipo particular de hombre que sabe valorar la feminidad, ciertamente exagerada, en la que se asientan. Estos, por su parte, también se encuentran dispuestos, desde su supuesta “hipermasculinidad”, a buscar a esa persona débil, sensible, quejumbrosa y alterada en quién contemplan a una “verdadera mujer”.  

En ese contexto, los juegos cruzados inconscientes son los que mandan y, a la postre, todo lo que se escenifica resulta falso. Ambos se unen de manera fuerte porque les conviene y se opera de forma tal que la reconfirmación de cada uno de ellos le viene del otro y no desde dentro de sí, lo cuál les coloca en una situación que tiene las patas bastante cortas. Dicha reconfirmación alude a que la mujer ha de ser “muy femenina” y el hombre “muy masculino” haciendo desaparecer, como por encanto, todos los líos que en realidad tienen en relación a sus papeles sexuales.

De esta manera, pronto surge el problema, mostrándose en el momento en que cualquiera de ellos saque los pies del plato y se desplace lo más mínimo. En el instante en que el histerófilo se muestre débil ante su pareja y quiera unirse de modo dependiente a ella, surgirá el conflicto, pues ella está dispuesta a cascarle hasta que vuelva al lugar que por “decreto de pareja” le corresponde. Esto, como vimos, tiene grandes repercusiones en la sexualidad de ambos, de manera que en este terreno lo mejor es no hacer nada para así evitar el problema, pero si él da cualquier paso, ella aprende sobre la marcha a dirigir la actividad sexual de su esposo. El conflicto no hay quién lo evite, pues si la histérica tiene un marido potente, no lo soporta y si es impotente no la satisface.  

Pueden, ante este gran dilema, movilizarse en numerosas direcciones y una de ellas, de gran actualidad, es la infidelidad. Consiste ésta en tener un sustituto masculino de su marido y creer que con éste ya tienen todo el problema resuelto, sin apenas darse cuenta de que se trata de simples caricaturas del que tienen en casa, es decir, más de lo mismo. Encarnan, entonces, el papel de Emma Bovary en cuyo honor Jules de Gaultier comenzó a emplear el término de “bovarysmo”: un cuadro donde contemplamos el gran despliegue teatral de la histérica y en el que el escenario modernamente se ha desplazado; sorprendería al autor que se ubique hoy en día en Internet. Muy actual y sorprendente para aquellos quiénes piensen que las cosas están cambiando: solo se modifica el escenario, pero la actriz es la misma.  

Aunque la crisis en la pareja de la histérica se sirva en bandeja a los ojos del clínico, hay que estar dispuesto a verla pues, a menudo, queda camuflada en un ingente número de síntomas que cubren el espectro de la depresión, la ansiedad o las somatizaciones de todos los colores y ahí las clasificaciones diagnósticas sirven de venda que ciega al psiquiatra.  

Cuando la histérica acude solicitando ayuda psicoterapéutica, las más de las veces, muestra una demanda que no es la correcta, pudiendo contemplarse un amplio abanico de posibilidades engañosas: “vengo porque mi hijo no aprueba sus asignaturas en la facultad y me tiene desquiciada”, “desde que me dieron el susto en la calle, no puedo dormir”, “mi mejor amiga se ha separado y eso me afectó muchísimo”, etc. Si se está adormecido en la consulta no se podrá descubrir los auténticos fenómenos que realmente tienen alterada a esta mujer y cualquiera de estos enunciados pasará por cierto.  

Una vez iniciado el tratamiento con estas mujeres, desde luego no se les puede poner en duda que el marido tiene que ser el “fuerte” y la mujer la “débil” y “necesitada de dirección” y, en este sentido, esperan de la ayuda que se les brinda les ayude a retornar a una nueva estabilidad con viejos patrones, es decir, volver a tener el potencial idealizador con que ya no se cuenta y que coloque al hombre en el punto ideal del “protector” y “poderoso”.  

Mas, un tratamiento bien ejecutado por un profesional responsable jamás podrá seguir por este camino, porque se vuelve al tema de las apariencias. Antes al contrario, la solución pasa por salir de ese sitio para efectuar un auténtico encuentro y resolución en sí misma, de dónde parte la gran cuestión de la histérica: “¿cómo se llega a ser una mujer?”. Evidentemente, el camino no transita por la reconfirmación desde fuera, desde el hombre.  

Si hemos hablado de la histérica como persona social/sociable, digno es de mencionar que se traga, sin digerir apenas los papeles asignados por la cultura, respectivamente, para una mujer y para un hombre. En su tratamiento habrá que operar sobre esas indicaciones específicas, para así reinventarse a sí misma como mujer. El tratamiento analítico es la única puerta de salida para los conflictos de la histérica respecto a dos territorios: la necesidad permanente de reconfirmación de su feminidad con un hombre y dejar de tener esa necesidad imperiosa de renunciar a todas sus aspiraciones (profesionales, personales, sociales, etc) con tal de estar en pareja.  

Para terminar, decir que recuperar a la histeria para el arsenal diagnóstico es muy interesante para nosotros, sobre todo porque es una realidad clínica existente, querámoslo o no, démosle el nombre que le demos. Por eso, en 1. 973, Lacan dijo que la clínica corría el riesgo de morir si renunciaba a sus mitos originales.  


Bibliografía

1. Freud S. Estudios sobre histeria, en Obras Completas (vol. 1). Madrid: Bibliteca Nueva, 1. 981.

2. OMS. 10ª Revisión de la clasificación Internacional de las Enfermedades: Trastornos Mentales y del Comportamiento. Madrid: Meditor, 1. 992.

3. APA. DSM-IV. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Bacelona: Masson, 1. 995.  

4. Freud S. Sobre la sexualidad femenina, en Obras Completas (vol. 3). Madrid: Bibliteca Nueva, 1. 981.

5. Willi J. La pareja humana: relación y conflicto. Madrid: Morata, 1. 985. 6. García Arroyo J. M. ; Fernández-Argüelles P. Los “otros duelos” o los fundamentos inconscientes de la distimia. 8º Congreso Virtual de psiquiatría, Interpsiquis, 2. 007.

7. Freud S. Tres ensayos para una teoría sexual, en Obras Completas (vol. 2). Madrid: Bibliteca Nueva, 1. 981.  

8. Freud S. Introducción al narcisismo, en Obras Completas (vol. 2). Madrid: Bibliteca Nueva, 1. 981.

9. Bleichmar H. El narcisismo. Estudio sobre la enunciación y la gramática inconsciente. Buenos Aires: Nueva Visión, 1. 981.  

10. Lacan J. Escritos (2 vols. ). Madrid: Siglo XXI, 1. 977.  

11. Lacan J. El seminario, libro 17. El reverso del psicoanálisis. Barcelona: Paidós, 1. 992.  

12. Lacan J. El seminario, libro 20. Aún. Barcelona: Paídós, 1. 981.

13. Freud S. La represión, en Obras Completas (vol. 2). Madrid: Bibliteca Nueva, 1. 981.

14. García Arroyo J. M. Surrealismo y locura (parte I). Anales de psiquiatría, Vol. 22, 6, 282-287, 2. 006.  

15. García Arroyo J. M. Surrealismo y locura (parte II). Anales de psiquiatría. 22, 6, 288-295, 2. 006.  


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