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INQUIETUDES, DESGASTE PROFESIONAL Y AUTOCUIDADO EN PSICOTERAPIA

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Autor/autores: Imelda Zaribel Orozco Rodríguez , José Antonio Virseda Heras
Fecha Publicación: 02/05/2018
Área temática: Psicoterapias .
Tipo de trabajo:  Conferencia

Universidad Autónoma del Estado de México

RESUMEN

La práctica de la psicoterapia tiene características complejas por la formación, de calidad y ética. Los componentes de la formación son la adquisición de teoría y práctica supervisada, cumplidos estos requisitos, el profesional se enfrenta a la práctica independiente sin ayuda de supervisores y maestros. En el desarrollo de la carrera profesional los terapeutas enfrentan múltiples vicisitudes que van puliendo el estilo de cada uno. El presente estudio reflexiona sobre los retos e inquietudes que enfrenta un grupo de terapeutas activos en una institución dedicada a atender a clientes con una problemática determinada, que se encontraban en un albergue durante tres meses con el objetivo de reorganizar su vida familiar. Mencionamos algunos de los retos, unos relacionados con lo institucional, como el acomodarse a las reglas de la institución, otros de carácter profesional como organizar el plan de tratamiento y otros en el plano personal, como poder desligarse de la problemática además de identificar y comprometerse con un estilo propio. Entre las inquietudes principales están las de elegir y comprometerse con un modelo determinado que facilitara la planeación, el acoplamiento a las necesidades de los clientes, adquirir habilidades diversas que posibilitaran una mayor flexibilidad, otras como el no darse cuenta a tiempo de posibles errores y el tener la capacidad de solventarlos. Estas inquietudes nos parece que reflejan, puesto que había una motivación y disposición adecuada de los terapeutas, que incitaba al aprendizaje reflexivo; un desgaste general de nivel bajo, que necesitaba una renovación a través del autocuidado de su identidad como personas y terapeutas

Palabras clave: psicoterapia, formación, desarrollo profesional, inquietudes, desgaste, autocuidado.

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INQUIETUDES, DESGASTE PROFESIONAL Y AUTOCUIDADO EN PSICOTERAPIA
José Antonio Vírseda Heras e Imelda Zaribel Orozco Rodríguez.
zaribelo@gmail. com

INTRODUCCIÓN
La psicoterapia ocupa un lugar importante dentro de las sociedades, ya que contribuye al
bienestar de los individuos afectados física y psicológicamente, sin embargo, en la mayoría de
los casos, quien ejerce como psicoterapeuta ha egresado con la formación básica de la
licenciatura en psicología. Cuando el puesto para el que es contratado exige de él
conocimientos en la práctica clínica, específicamente en la psicoterapia, éste se enfrentará a
retos e inquietudes muy específicas.
A lo anterior, se aúnan contextos de trabajo con problemáticas complejas, tal es el caso de las
instituciones que atienden a personas víctimas de violencia, en estos ámbitos los terapeutas se
ven expuestos a situaciones de gran impacto emocional.
Por fortuna en México las Instituciones, han establecido en los últimos años un compromiso
importante en la formación y profesionalización del personal que brinda atención a estos
grupos vulnerables. Espacios que han representado la oportunidad de reflexionar con los
participantes respecto de las inquietudes, el desgaste profesional y el autocuidado del
psicoterapeuta.
A continuación intentamos hacer un breve resumen de las diversas inquietudes, así como los
retos contextuales y retos personales que enfrenta el terapeuta en ámbitos de atención a
víctimas de violencia, además de una corta reseña del desgaste que por el ejercicio de su
profesión, pueden sufrir y la mención de algunas de las estrategias para el autocuidado que se
pueden implementar para evitar el citado degaste. Mencionaremos algunos retos de los
terapeutas, que nos llamaron la atención en un curso de formación (Cozolino, 2011; Herrera,
Fernández, Krause, Vilches, Valdés y Dagnino 2009).

RETOS CONTEXTUALES
Retos en la formación
En México la regulación jurídica para el ejercicio de la psicoterapia aún está evolucionando. En
las Universidades se oferta la formación en la Licenciatura en psicología y basta una breve
encuesta en los primeros semestres de formación, para dar cuenta de la enorme confusión que
existe entre el quehacer de un psicólogo y un psicoterapeuta. A menudo, los alumnos ingresan
a la licenciatura en psicología creyendo que al finalizar podrán ejercer en el ámbito de la
psicoterapia, sin embargo, el grado obtenido no es especializado. En el mejor de los casos ealumno habrá tomado materias optativas que le permitan adentrarse en las teorías y técnicas
de la psicoterapia. Además de lo anterior, la oferta educativa de la licenciatura se encuentra
desconectada al posgrado, por lo que las posibilidades de acceder a la formación especializada,
de calidad y ética, conveniente para el psicoterapeuta son realmente escasas.
Retos institucionales
Otro reto importante al que se enfrentan estos psicólogos con actividades de psicoterapia que
atienden a personas con una problemática determinada, como es el caso de víctimas de
violencia, es la exigencia institucional ya que las instituciones demandan del psicólogo
eficiencia al atender a la población, en muchos casos teniendo como indicador de la
mencionada eficiencia, el número de pacientes atendidos y por si fuera poco, estableciendo
escalas comparativas entre los profesionales. En algunos casos incluso premiando la rapidez en
la atención de los casos, afectando con ello la efectividad y calidad del servicio. (Fortes,
Aurón, Gómez y Pérez, 2009)
Lo anterior expone a los profesionales a situaciones de rivalidad/competencia con sus colegas,
enfrentándolos a la necesidad de conservar su trabajo a través del cumplimiento de
indicadores, además de una continua comparación, que deriva en la necesidad de sobresalir.
Esto genera en ocasiones, que el objetivo último de su ejercicio profesional corra el riesgo de
descentrarse de la relación con quienes acuden a terapia y su óptima atención.
Del mismo modo, se corre el riesgo de propiciar la desintegración de equipos de trabajo que
pudiesen favorecer el desarrollo profesional y la calidad en el servicio a través de la
retroalimentación de la labor y que se vuelven elementos importantes en el autocuidado y
prevención del síndrome de desgaste profesional del cual se reflexionará más adelante en este
artículo.
Aunado a ello, en los protocolos de atención institucionales a personas víctimas de violencia se
considera la intervención de otros profesionales, como los abogados que brindan asesoría y
seguimiento a procesos jurídicos para la denuncia y en su caso sanción de la violencia, así
como trabajadores sociales; profesionales que a su vez deben cumplir indicadores de eficiencia
marcados por la institución, por lo que se convierte en un reto institucional a enfrentar por lo
terapeutas, ya que tendrán que mediar en el proceso psicoterapéutico de la persona
consultante y las exigencias de los procesos paralelos.

RETOS PERSONALES
Elección de un modelo
Otra inquietud surge de la necesidad de la elección y compromiso con un modelo determinado
que facilitará la planeación, el acoplamiento a las necesidades de quienes consultan y la
adquisición de habilidades diversas que posibilitarán una mayor flexibilidad. En este sentido es
común encontrar psicoterapeutas que conocen diversos modelos, no obstante carecen de la
especialización en uno de ellos.

Esto no es de extrañar pues algunos autores contabilizan alrededor de 400 tipos de
psicoterapia en el mundo (Garfield y Bergin citados por Knöbl, 2008) la mayoría de ellos
herederos de alguno de los cinco modelos centrales del pensamiento clínico en psicología:
psicoanalítico, conductual, cognitivo, existencialista-humanista y sistémica. (Knöbl, 2008)
Si bien las diferentes formas de psicoterapia producen típicamente resultados relativamente
similares y contienen factores comunes (Botella y Maestra, 2016) ha de tenerse en cuenta que
el modelo, define la estructura conceptual que contiene los elementos teóricos y técnicos que
proporcionan instrumentos con el objetivo de procesar un cambio. (Sánchez, 2012)
En cada modelo se identifica un fundamento teórico y una cosmovisión específica; se define a
partir de ello, el rol del terapeuta y la posible relación a establecer con quien acude a consulta,
así como las herramientas para la intervención y consecución de los objetivos del proceso
terapéutico.
Por lo que la formación especializada exige, como componente principal, la adquisición de una
teoría bajo la cual se determine de forma congruente la entrevista, el diagnóstico, la línea de
intervención y el seguimiento de casos.
La implicación del género y la atención a mujeres en situación de violencia.
Cuando la atención es brindada en instituciones que han sido creadas particularmente para la
atención a víctimas de violencia es común encontrar casos de mujeres en situación de
violencia, o bien denominada violencia de género.
En estos casos las instituciones suman a sus protocolos y manuales de intervención la
perspectiva de género, por lo que sus terapeutas encuentran un reto importante en la
comprensión, desarrollo de habilidades y adquisición de herramientas de intervención
"congruentes" en cada modelo y el desarrollo de procedimientos de intervención integrados.
En este sentido, la primera distinción importante es en relación al sexo como entidad biológica
y la asignación del género como una construcción social que contiene cualidades económicas,
sociales, psicológicas, políticas y culturales atribuidas a los sexos y que son aprendidas
mediante procesos sociales y culturales, es todo aquello que culturalmente se atribuye a las
personas de acuerdo con su sexo.
Por otro lado, cabe distinguir entre agresividad y violencia, entendiendo que la agresividad es
la energía natural del ser humano destinada a su supervivencia, por el contrario la violencia es
un mecanismo de poder aprendido, no es tan natural.
La violencia de género entonces, se caracteriza por la fuerza ejercida a partir del poder sobre
otra persona, es decir, las personas o grupos la ejercen para provocar obediencia de otras
personas o grupos. Lo anterior sabiendo que tienen recursos superiores a los de las personas
que obedecen, recursos que son atribuidos y asignados por la cultura, y aceptados y
aprobados en lo social, como lo masculino, hecho que es aceptado prácticamente en la
mayoría de las culturas del mundo. (Espinosa, Montoya y Navarro, 2012).

 

"El saber del terapeuta se pone al servicio de la demanda terapéutica y éste asume una
posición a partir de sus saberes, saberes no sólo en relación a la formación profesional, sino
sobre todo, en relación a lo étnico, racial, religioso, social y en este caso específico, de gran
relevancia, el género, sus imágenes de lo masculino y lo femenino y los papeles que han sido
socialmente asignados. " (Fortes, Aurón, Gómez y Pérez, 2009).
"Se espera que el terapeuta desarrolle creatividad, espontaneidad y flexibilidad" (Aguirre,
Giraldo, Ponce, Raigosa y Rodríguez, 2012) y la inquietud manifiesta por algunas participantes
ante esta expectativa es: "Elegido el modelo de intervención que he de utilizar en mis
intervenciones corro el riesgo de apegarme demasiado al modelo y perder flexibilidad", como
lo indicó, una de las participantes a los procesos de formación, a quién llamaremos persona A
(las personas que mencionamos son parte de un grupo de formación en psicología clínica, que
trabajan con pacientes en situación de volencia).
Por lo tanto el terapeuta habrá de poner especial cuidado en examinar su historia y relación
con las asignaciones de género en su propia historia, esto es; en la propia relación de pareja,
la relación de pareja de sus padres, así como analizar su postura y vivencia del género en
otros ámbitos como el laboral y el social, ya que todo ello puede favorecer o entorpecer el
vínculo terapéutico y ello dependerá de la solución que el terapeuta dé a las inquietudes que
surgen por el contraste entre sus creencias y la confrontante realidad de quien acude a
consulta.
Al escuchar los relatos de las personas que han sido víctimas de violencia de género el
terapeuta en primer lugar puede ser confrontado con sus creencias en relación a los roles
prescritos y a su posición frente a la violencia, posteriormente será en muchas ocasionestestigo de los detalles de los abusos físicos, psicológicos, económicos y sexuales que la víctima
exterioriza dentro de su proceso terapéutico, y con ello verse inclinado por intentar tomar
decisiones que solo corresponden a la persona consultante, como es el ejemplo expuesto por
una participante respecto a la inquietud que le genera el "A veces me descubro queriendo
insistir en que deje a la pareja". Indicado lo anterior por una participante de los programas de
formación a quien llamaremos persona B.
LOS LÍMITES
"La meta de la psicoterapia consiste en lograr el cambio en las actitudes y comportamientos de
quienes acuden a consulta" (Vírseda y Espinosa, 2014), esto genera inquietudes cuando en el
terapeuta no existe claridad en cuanto a lo que ellos pueden controlar y lo que no, en el
avance terapéutico, así como el punto del proceso en el que es adecuado liberarse de la
responsabilidad por la "culpa de la no mejoría"
El proceso terapéutico es un lugar de co-creación entre el terapeuta y quien consulta, en el
que si bien se implica el ser del terapeuta y la intervención a través del modelo elegido y el
estilo terapéutico en aras del cambio, se requiere también el compromiso del cliente en el
propio proceso, lo que se va construyendo en la formación, consolidación y mantenimiento de
una alianza de trabajo adecuada.

LA SUPERVISIÓN
Otra inquietud de igual importancia es encontrarse ante una situación en la que se duda o no
se tiene idea de qué hacer.
La supervisión es un proceso de acompañamiento; en este espacio, el terapeuta encuentra la
posibilidad de reflexión, le permite, conversar acerca de lo que ocurre en el espacio
terapéutico, hablar de lo que molesta, afecta o angustia permitiendo la contención y
clarificación del proceso y por lo tanto contribuyendo a disminuir el estrés. Además, el
supervisor entrenado habrá de tener las herramientas para detectar los bloqueos que el
terapeuta enfrenta durante su trabajo, así como, indagar en las conductas, omisiones y
fantasías para apoyarle a clarificar y beneficiar con ello el proceso terapéutico.
No contar con la figura del supervisor en la institución, priva de la oportunidad y el espacio
para la metacomunicación y reflexión, por lo que las inquietudes o dudas que surgen en el
proceso y que por lo tanto deben ser afrontadas sólo por el terapeuta, sin poder compartirlas
dado el respeto a la confidencialidad del proceso, exponen al profesional a situaciones de
desgaste emocional, intelectual e incluso físico, que se manifiestan en tensión.
Inquietudes manifiestas que surgen ante la falta de la supervisión y que no encuentran espacio
para su clarificación es "Durante el proceso de atención a las personas existe la posibilidad de
estar cometiendo errores y no darme cuenta", texto citado por una de las participantes a los
procesos de formación a quien llamaremos persona C.
En estos casos le queda al terapeuta aprender continuamente de sus experiencias y reconstruir
su propia práctica a través de la reflexión "desde la acción" que implica reflexionar mientras se
está en marcha en este caso dentro del proceso terapéutico y "reflexión sobre la acción" que
requiere de un espacio y un tiempo destinado por el terapeuta para reflexionar sobre lo
actuado en sesión (Schön, 1988)
De gran utilidad será que tenga en cuenta que hasta sus últimos días el profesional no cesará
de reescribirse buscando un saber hacer allí donde no sabe. No en vano, Freud se refirió a la
nuestra, junto a educar y gobernar, como una profesión imposible (Arroyo, 2017).

DESGASTE PROFESIONAL
El "síndrome del desgaste profesional (emocional)" (en inglés occupational burnout en
castellano se llama de diferente modo, como desgaste por empatía, síndrome del quemado,
síndrome de agotamiento etc. ) es una respuesta al estrés crónico en el trabajo (a largo plazo y
acumulativo), con consecuencias negativas a nivel individual y organizacional, (Buendía y
Ramos, citados por Hombrados, 1997). Este síndrome es reconocido como riesgo ocupacional
en especial para profesionales del área de la salud, educación y servicios asistenciales.

Se trata de un trastorno adaptativo crónico asociado al inadecuado afrontamiento de las
demandas psicológicas de trabajo, que daña la calidad de vida de la persona que lo padece y
disminuye la calidad asistencial (Gutiérrez, 2004).
Maslach citado por Martínez, (2010) plantea que la aparición del desgaste emocional se da a
través de un proceso que empieza por un desequilibrio entre las demandas organizacionales y
los recursos personales. Esto provocaría Cansancio Emocional en el trabajador, para luego
experimentar la despersonalización como una estrategia de afrontamiento
El cansancio emocional se caracteriza por un estado de desmotivación, desgaste y en la despersonalización el profesional observa su contexto desde cierta lejanía, con tendencia a
mantener distancia emocional, conducta defensiva que tiene como objetivo evadir una
demanda no deseada o bien reducir una amenaza percibida, este proceso puede poner en
riesgo el vínculo terapéutico con lo cual se comprometen los resultados del mismo, de igual
forma la evolución y no atención del desgaste profesional puede progresar hacia la
sintomatología y consecuente afectación a la salud del terapeuta.
Dada la implicación personal del terapeuta en el ejercicio de su profesión y la diversidad de
casos que representan grandes desafíos emocionales e intelectuales e incluso llegan a
representar amenaza de convertirse en víctima indirecta cuando se atiende a personas
víctimas de violencia, el terapeuta se convierte en blanco perfecto del desgaste ocupacional
emocional.
"Cuanto mejor conozcamos cómo nos afectan nuestros clientes, más oportunidades
tendremos de maximizar tales efectos cuando sean beneficiosos y de minimizarlos si conllevan
amenazas para nuestro bienestar y el de nuestros clientes" (Rothschild, 2006)
Por lo tanto, el terapeuta habrá de dirigir la mirada hacia sí mismo posibilitando el desarrollo
de la consciencia de su estado físico y emocional que lo lleven a implantar estrategias de afrontamiento como medidas de prevención y/o en su caso a un oportuno diagnóstico y recuperación.

EL AUTOCUIDADO
Una vez considerados los retos, las inquietudes y el riesgo de desgaste ocupacional emocional
de los profesionales de psicoterapia en contextos de atención especializada como es el caso de
atención a víctimas de violencia, y teniendo en cuenta que esto implica el riesgo de desgaste
profesional y que el hecho de que el terapeuta mantenga niveles adecuados en la propia salud
mental trascienden en la eficiencia de los proceso terapéuticos que atiende, nos remite a
considerar como un reto importante la noción de autocuidado y la implantación de estrategias
y algunas conductas del terapeuta para el cuidado de sí.
El autocuidado puede desarrollarse como parte de prevención primaria, secundaria o terciaria y
relacionada con diversos niveles como el organizacional, el grupal y el personal ().

 

Se entiende, como las competencias del psicoterapeuta para promover su salud, bienestar
emocional y calidad de vida, y para detectar, enfrentar y resolver las condiciones particulares
de desgaste asociadas al ejercicio profesional (Durruty, 2005), derivando en un mecanismo
potencial para la prevención del desgaste profesional emocional (Richardson, 2001).
Además, parte del autocuidado es reconocer las propias limitantes y saber cuándo pedir ayuda,
por lo que en el proceso ha de tenerse en cuenta la participación de la familia o grupos a los
cuales el terapeuta pertenece.
Pearlman y Saakvitne (1995) agregan que el auto-cuidado abarca estrategias a nivel personal
y profesional. Las estrategias personales son aquellas que el profesional puede realizar en su
vida privada (más allá de su trabajo) y las estrategias profesionales son las desarrolladas en el
contexto laboral. Como ejemplo de las primeras se incluye, practicar ejercicio físico, llevar una
alimentación saludable, evadirse, descansar, jugar, participar en actividades de crecimiento
espiritual y acudir a un proceso psicoterapéutico propio, así como promover actividades de
esparcimiento y entretenimiento, y por último, determinar los límites propios del psicoterapeuta en el desarrollo del proceso. Ejemplo de las estrategias profesionales se incluye evitar el trabajo solitario, el autoconocimiento, promover una adecuada preparación teórica
práctica, mantener una vida laboral equilibrada, adecuadas condiciones salariales y la provisión
de espacios adecuados para ofrecer la consulta terapéutica. (Guerra, Rodríguez, Morales y
Betta, 2008).
Contar con un supervisor de casos, o generar en el propio equipo de terapeutas la supervisión
de casos colegiada.
"En relación a las estrategias que utilizan los psicoterapeutas en la práctica clínica, los
entrevistados estuvieron de acuerdo que la supervisión y la terapia personal son parte
fundamental del autocuidado" (Rodríguez y Arias, 2013)
Así mismo, (Everly y Mitchel, 1997) en las estrategias profesionales como una fórmula para la
prevención del desgaste ocupacional, mencionan la desactivación (defusing), que consiste en
un encuentro grupal semi estructurado tras finalizar una intervención al haber estado expuesto
a una situación o evento de una fuerte exigencia funcional y/o emocional que fomenta el
empleo de recursos de afrontamiento, así como el desprendimiento (debriefing) técnica
psicológica de intervención breve dirigida a víctimas secundarias, con la intención de prevenir
posibles secuelas psicológicas, que consiste en una intervención grupal estructurada
recomendada en las 48 a 72 horas posteriores a la exposición a una situación crítica, y cuyo
principal motivo es desarrollar recursos de afrontamiento, aliviar el estrés y mitigar las
consecuencias indeseables e integrar la experiencia. Se trata de crear un espacio en donde se
puedan compartir de forma segura, sentimientos, pensamientos y reacciones relacionadas con
lo vivido. Durante el encuentro se invita a los participantes a describir los hechos a los que se
vieron expuestos, junto con la descripción de los pensamientos e impresiones que ello le
provoca, así como algún otro tipo de reacciones, posteriormente relata los posibles síntomas
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que considere que de ello han derivado, para en consecuencia el facilitador psicoeducar, es
decir sintetiza las reacciones y respuestas relatadas y las califica como no patológicas frente a
una situación de tales características; ésta es la fase llamada estrategia y por último, en la
fase de reentrada se hace un gran resumen de lo ocurrido en la sesión, y se valora la
posibilidad de que alguno de los participantes requiera una intervención futura. (Santacruz,
2008).

CONCLUSIONES
La responsabilidad por el bienestar del terapeuta y del proceso psicoterapéutico es tripartita
(instituciones formadoras, instituciones contratantes y el propio terapeuta).
Las instituciones formadoras atentas a las demandas en la especialización son responsables
por vincular los perfiles de egreso a las necesidades profesionales, además de conectar la
formación en posgrado para la especialización en psicoterapia de los licenciados en psicología.
La institución que brinda el servicio, es responsable de generar ambientes de trabajo de
confianza y colaboración de equipos, así como establecer la función de un supervisor de casos,
brindando con ello la oportunidad de que el terapeuta clarifique las inquietudes y afronte los
retos propios de la intervención en un contexto de acompañamiento, además, ha de tener en
cuenta estos aspectos al marcar sus objetivos institucionales, evitando la despersonalización
en la atención.
Y por último, el terapeuta habrá de atender a las estrategias propuestas, además de
desarrollar conciencia de sí mismo, de sus límites físicos y emocionales y de sus límites en el
avance de su consultante y comprometiéndose a reconocer signos y síntomas que le refieran
un posible desgaste para su intervención oportuna.

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