Las investigaciones sobre el Trastorno por Déficit de atención con Hiperactividad (DSM-IV-R) (APA, 2000) han revelado que éste conlleva severa afectación a nivel individual y familiar. Su repercusión en la familia ha sido abordada tradicionalmente atendiendo a las relaciones de los menores hiperactivos con sus padres y hermanos (Keown y Woodward, 2002). Sin embargo, es claro que conlleva consecuencias adversas y considerables costes de salud, equiparables, en el caso de los pacientes infantiles, a los estimados en relación a los niños con asma (Chen y Chang, 2002). Además, los familiares sufren elevados niveles de estrés (Guevremont, Shelton, Terri y DuPaul, 1992) y consecuencias emocionales adversas, especialmente, ansiedad y depresión.Lesesne, Visser y White, (2003) concluyeron que la salud mental de las madres está relacionada significativamente con la presencia del trastorno en edad escolar y Moreno y Lora (2006) que su estado de salud afecta a la continuidad / abandono de los tratamientos psicológicos recomendados a los menores con diagnóstico de hiperactividad y trastorno negativista desafiante. Asimismo, el trastorno origina notables alteraciones en el funcionamiento familiar y conyugal (Harpin, 2005). Teniendo en cuenta estos hallazgos, los programas de intervención, destinados a los cuidadores, pretenden prestar apoyo psicológico, atenuar el impacto emocional y fomentar habilidades de afrontamiento eficaces (McDonnell y Mathews, 2001). Se desarrollan en torno a dos aspectos destacados (Moreno, 2005): a) Adopción de métodos, iniciativas y estrategias, basadas en principios conductuales y sustentadas en hallazgos científicos, para mejorar las alteraciones infantiles y b) Control del estrés y optimización de calidad de vida de los padres.