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Última actualización web: 16/05/2022

Psicopatología de la violencia en tres casos puntuales.

Autor/autores: Bárbara Philip
Fecha Publicación: 01/03/2008
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

En el presente trabajo, nos permitiremos analizar tres casos en los cuales se observa una manifestación de violencia en ámbitos educativos que podría definirse como exacerbada, inesperada, injusta, inmotivada e incomprensible a primera vista.

Comenzaremos con la descripción de los casos; luego intentaremos detectar aspectos comunes a pesar de la gran diferencia temporal, geográfica y de contexto que existió entre ellos y a continuación nos proponemos definir el cuadro lo más estrictamente posible. Posteriormente nos detendremos en los factores causales que pudieron haber coexistido en la patología en cuestión. Finalmente estimaremos las necesarias acciones preventivas y esbozaremos una breve conclusión.

Palabras clave: Psicopatología, violencia

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Psicopatología de la violencia en tres casos puntuales.

Arturo Alfredo Philip*; Elena Inés Alonso**; Bárbara Philip***.

* Médico Psiquiatra

** Psicopedagoga

*** Psicóloga

Resumen

En el presente trabajo, nos permitiremos analizar tres casos en los cuales se observa una manifestación de violencia en ámbitos educativos que podría definirse como exacerbada, inesperada, injusta, inmotivada e incomprensible a primera vista. Comenzaremos con la descripción de los casos; luego intentaremos detectar aspectos comunes a pesar de la gran diferencia temporal, geográfica y de contexto que existió entre ellos y a continuación nos proponemos definir el cuadro lo más estrictamente posible. Posteriormente nos detendremos en los factores causales que pudieron haber coexistido en la patología en cuestión. Finalmente estimaremos las necesarias acciones preventivas y esbozaremos una breve conclusión.

Abstract

In the present work, we will afford to analyze three cases in which a declaration of violence is observed in educational ambiences that might be defined like irritated, unexpected, unjust, unmotivated and incomprehensible at first sight. We will begin with the description of the cases; then we will try to detect common aspects in spite of the big temporary, geographical difference and context that existed between them and next we propose to define the picture more strictly. Later we will stop in the causal factors that could have coexisted in the pathology in question. Finally we will estimate the necessary preventive actions and will outline a brief conclusion.

Descripción de los casos

El primer caso aconteció en la ciudad de La Plata en el mes de marzo del año 1963, al finalizar la primera semana del reinicio de clases. Un adolescente de 15 años mató a un compañero de su misma división en la esquina del colegio cuando ambos se disponían a pelearse con los puños, según los códigos vigentes en esos momentos. Mientras uno de ellos se quitaba el guardapolvo para prepararse a la pelea, el otro extrajo un cuchillo de monte de entre sus ropas y con un veloz movimiento asestó una puñalada en el abdomen de su contrincante que le produjo la muerte minutos más tarde. Todo ocurrió de manera sorpresiva tanto para la víctima como para todos los compañeros del curso que estaban presentes para asistir a una más de las habituales peleas que solían terminar sin demasiadas lesiones, con el triunfo de uno y la rendición del otro.

El Dr. Philip era uno de los que se encontraba en esa trágica esquina, compañero de curso y amigo de la víctima desde la infancia.  

Un año antes, luego de un intrascendente entredicho, Philip había peleado con el victimario dentro del salón de clases, en medio de un recreo y ante la presencia tolerante del profesor responsable del curso, siendo declarado vencedor por obtener la rendición de su contrincante. Ambos recibieron cinco amonestaciones. Esto demuestra lo frecuente de dichas peleas en un colegio sólo para varones y los códigos imperantes en aquellas épocas.

El victimario vivía en una familia donde prevalecía un rígido clima de incomunicación entre sus miembros. Era un joven introvertido, de pocas o casi ninguna relación con sus compañeros (no se le conocían amigos) y de regular rendimiento escolar que parecía no estar a la altura de las fuertes exigencias de la institución (estuvo a punto de perder el año y eso significaba abandonar el colegio). Según sus propios dichos, se sentía acosado por las bromas y pequeñas agresiones que le propinaba uno de sus compañeros de fuerte contextura física. Era ese compañero el destinatario del arma que el trágico día había llevado al colegio, pero en un recreo se produjo un intrascendente entredicho con otro compañero que provocó un acuerdo para pelearse a la salida del establecimiento en horas del mediodía.  

La víctima era un muchacho muy agradable, querido por todos sus compañeros, nunca se había peleado con nadie y evitaba siempre que podía cualquier situación de violencia. Buen alumno e hijo de una familia muy respetada en la ciudad. Aceptó el desafío propuesto por su contrincante para pelearse a la salida de clases como una broma y pensó (según comentó momentos antes) que todo terminaría superando el mal entendido como amigos.

Ambos fueron compañeros durante los siete años de la primaria, dos de la secundaria e iniciaban el tercer año, los dos tenían un hermano mayor en el curso inmediatamente superior, siempre en el mismo establecimiento educativo, privado y católico. Establecimiento de doble escolaridad, práctica activa de deportes, donde los responsables de cada división y los diferentes profesores (hermanos maristas en su mayoría) conocían muy bien a cada uno de sus alumnos, sus antecedentes y a las respectivas familias. Al igual que en todos los establecimientos educativos del país y en aquella época, no existían gabinetes psicopedagógicos o algo similar al que se pudiera acudir para tratar alumnos problemáticos.

Nada hacía prever que un hecho violento como el que sucedió pudiera ocurrir en dicha institución, muy prestigiosa por otra parte en la consideración de toda la ciudad.

Ese mediodía trágico, como ya comentamos, parte de la división de tercer año concurrió a la esquina para presenciar la pelea. Se formó el habitual círculo con los contrincantes dentro del mismo y mientras uno se quitaba el guardapolvo el otro en un rápido movimiento se le acercó y le propinó una puñalada en el vientre que terminó siendo mortal. Nadie atinó a hacer nada porque el actuar del victimario fue tan rápido que no se pudo observar el cuchillo ni comprender la gravedad del hecho. Fue la misma víctima quien, doblado y cayendo al suelo, dijo: “Me clavó un cuchillo en el estómago . . . ” mientras comenzaba a brotar gran cantidad de sangre entre sus manos que intentaban tapar la herida. Cuando los presentes tomaron conciencia de la gravedad de la situación, el victimario ya había salido corriendo hacia su casa y a pesar de que algunos lo siguieron no pudieron alcanzarlo.

La víctima fue trasladada a un hospital cercano en un colectivo de línea que pasaba por el lugar y falleció a poco de ser asistido. El puñal había interesado la vena cava y fue imposible detener la hemorragia.

El victimario llegó a su casa, almorzó con sus padres y hermano sin denotar ningún signo de lo ocurrido, unas horas más tarde comentó a sus padres: “creo que hoy maté a un compañero”. Momentos después la policía llegaba a su casa y procedía a detenerlo. La explicación que trascendió fue: “tenía que limpiar mi honor” (las mismas palabras que un año antes expresó ante toda la división cuando el profesor lo interrogó sobre los motivos de su pelea con Philip).


El segundo caso se produjo en la ciudad de Carmen de Patagones. Ciudad en la cual vivieron los tres autores del presente trabajo. Philip y Alonso se desempeñaron en el hospital Neuropsiquiátrico de la ciudad desde 1975 hasta la desaparición de dicho hospital en 1987 (Philip como médico psiquiatra de planta en un comienzo y luego como su director, Alonso como psicopedagoga); luego de una ausencia de 10 años, Philip retornó como coordinador del área de docencia e investigación del hospital Municipal de Patagones desde 1997 hasta el año 2005 y contó con la colaboración de Alonso y su hija Bárbara.

En las primeras horas de la mañana del 28 de septiembre del año 2003, un joven de 15 años apenas ingresado al aula y antes del arribo del profesor, disparó a sus compañeros con las armas que le pertenecían a su padre, matando a tres e hiriendo a otros cinco. Al adolescente se lo conocía con el apodo de “Junior” y era hijo de un militar que trabajaba desde hacía varios años en la prefectura de Patagones.

Nadie pudo prever el terrible hecho aunque la conducta predominantemente introvertida y algunos escritos en el pupitre del muchacho podrían estar mostrando su conflictiva. Y si bien “Junior” se sentía marginado de los grupos más valorados de la división y hasta pudo sentirse dolido por las bromas de algunos compañeros, ninguna de sus víctimas lo habían molestado ni eran partícipes de la posible discriminación.

El único amigo de “Junior” lo describe como un chico normal, sin ideas raras ni trastornos de índole psicológico o psiquiátrico, muy reservado y con cierta dificultad en la comunicación con su padre que imponía en su casa un estricto esquema de características militares. Pero, según declaró este muchacho, el hecho de violencia que protagonizó su amigo era impensable unas horas antes.

Comentarios de vecinos de la familia concuerdan en que tanto “Junior” como sus padres, eran de comunicarse muy poco, algo aislados pero correctos en todos sus tratos. Muy simpatizantes del club Boca Juniors de dónde proviene el apodo del victimario.

La población de Patagones es reconocida por propios y extraños como una sociedad cerrada ante lo foráneo, con algunos códigos y valores que parecen anclados en el pasado; todos aspectos comprensibles debido a su particular historia y situación geográfica. La familia de “Junior” y el propio joven nunca se sintieron integrados a la comunidad a pesar de llevar ocho años viviendo en la ciudad.

La única explicación que trascendió de “Junior” en relación a su conducta fueron las siguientes palabras: “lo hice para salvar mi honor y mejorar el mundo en que vivimos”.

La escuela en este caso, contaba con un pequeño gabinete psicopedagógico pero nunca consideraron a “Junior” como un joven con problemas.

El tercer caso que incorporamos en este breve análisis es el producido en la Universidad Técnica de Virginia, en Estados Unidos el 16 de abril de 2007. Por los datos obtenidos de la prensa sabemos que un joven coreano de 23 años, causó la muerte de 32 personas, entre alumnos y profesores e hirió a 29, en una brutal masacre que tuvo dos episodios.

También en este caso se comprueba una personalidad previa que no mostraba rasgos de importante patología (aunque estuvo bajo observación psicológica un tiempo antes que al parecer no derivó en tratamiento alguno), una importante introversión y emigrado de una familia que claramente poseía códigos y valores diferentes al de su medio universitario.

El acceso a las armas no fue una dificultad para Cho Seung Hui en Estados Unidos y organizando todo con suficiente tiempo de antelación (video incluido) se lanzó a una batalla desigual contra un mundo que pretendió modificar con su ejemplo hasta el punto de dar la vida en ese intento.


Elementos comunes y definición del cuadro

En el primer caso hay una experiencia vivencial, posteriormente elaborada, por parte de uno de los autores de este trabajo. El segundo de los casos se produce en el área del hospital donde los autores trabajaron y en el pueblo donde vivieron más de 15 años. Del acontecido en Estados Unidos se obtuvieron los datos a través de la prensa y se lo incluyó por ser reciente, muy difundido y de gran magnitud; además se destaca que el establecimiento universitario tenía los necesarios recursos y poseía algunos elementos psíquicos del joven como para evitar el hecho de haberse tomado las medidas que posteriormente describiremos.

Así pues, relacionamos los tres casos y destacamos los siguientes elementos comunes:

• Participación en actividades educativas grupales (secundarias o universitarias).
• No se pudieron prevenir y si bien pudo haber cierta deficiencia de los controles educativos y sanitarios, es notorio que no había suficientes evidencias de una conducta en ninguno de los casos que permitiera anticiparse a los hechos que acontecieron.
• Ninguno de los tres jóvenes padecía una patología lo suficientemente clara o con signos y síntomas manifiestos de tipo psicótico o neurótico grave que hubiese llamado la atención de familiares, docentes y compañeros.
• Al margen de problemas de integración, entendidos como habituales por sus pares, profesores y parientes, la conducta de los victimarios no despertó nunca la sospecha de la violencia que se desató el día de sus crímenes.
• Las víctimas, en su mayoría, no estaban relacionadas con probables hechos lesivos hacia el victimario, es decir, eran inocentes y ajenas a problemas que hubieran suscitado un acto de venganza o revancha.
• Si bien la concepción del acto violento pudo gestarse durante un cierto tiempo en el pensamiento del victimario (como lo demuestra la compra anticipada de las armas en uno de los casos), el hecho en sí se produce en forma intempestiva, inusitada y con una violencia extrema.
• El fácil acceso a las armas empleadas está siempre presente (lo que no es un dato menor).
• El acto que irrumpe en el entorno del victimario es inesperado, sin antecedentes similares en ese medio y marca sin dudas un cuadro psiquiátrico severo de características psicóticas, tanto por las consecuencias sobre terceros como para el propio sujeto que lo padece.
• Sin embargo, los exámenes posteriores realizados al poco tiempo de los violentos hechos no evidenciaron trastornos de desorganización psíquica compatibles con un proceso de tipo esquizofrénico o similar, que mostrara al sujeto en una situación de “alejamiento, negación o ignorancia” de la realidad. No se evidenciaron delirios ni alteraciones afines, todo acompañado con aceptable comprensión de sus actos y sus consecuencias. Aunque es notable la necesidad de reivindicar su “identidad” (honor, status o consideración de los demás) como motivación de su conducta.
• Todo pareciera indicar que si bien pudo haber un período de gestación, el hecho violento que significa una clara ruptura con la realidad aparece casi como espontáneo y temporario, ya que no tuvo antecedentes ni se repite.

Con todos estos elementos enumerados podemos definir el cuadro psicopatológico de características psicóticas en un único episodio (brote psicótico), cuyo diagnóstico diferencial debiera realizarse con un acto criminal realizado bajo emoción violenta e incluso como un acto compulsivo en una personalidad obsesiva o bordelaine. Está claro que en todos los casos se pudo constatar una personalidad predisponente pero sin que la misma hubiese “desentonado” demasiado con sus compañeros, con su medio, como para ser detectada como patológica (lo que hubiera permitido prevenir el grave episodio).

Obviamente el cuadro de estos casos (y otros similares) deja muchas dudas y no contamos con demasiados elementos como para profundizar su análisis y llegar quizás a precisar mejor el diagnóstico. Pero con los elementos existentes podemos intentar explicar parte del proceso psicopatológico, en otras palabras, esbozar algunas hipótesis.

Los primeros interrogantes que surgen son: ¿Se trata de patologías nuevas?¿Son patologías relacionadas con los tiempos que vivimos? ¿o estamos frente a patologías que siempre estuvieron presentes pero que hoy son muy conocidas por el factor mediático?

Podemos coincidir en que existen antecedentes de actos similares en distintos lugares del planeta y en distintas épocas de la humanidad lo que nos llevaría a pensar que no es una patología nueva ni exclusiva de nuestros tiempos. Sin embargo, en el medio donde se han producido (colegio y ciudad de La Plata, colegio y ciudad de Patagones y Universidad de Virginia) no había antecedentes de hechos similares. Por lo tanto si tomamos en consideración el medio en dónde se desarrollaron e irrumpieron dichas patologías, se puede afirmar que para esas comunidades las patologías en cuestión son nuevas.

Por otra parte la consideración de “patología novedosa” para las comunidades sin antecedentes similares, puede servir para definirlas mejor y sobre todo, detectarlas a tiempo, prevenirlas.  

Revisando los manuales diagnósticos y estadísticos de los trastornos mentales (DSM-IV y otros) no hemos encontrado una descripción adecuada del cuadro que permita su inclusión y clasificación.

Así pues, a los fines didácticos, designaremos a estos cuadros con el nombre de Irrupción de Violencia Aparentemente Inmotivada (I. V. A. I. ) en ámbitos educativos.

 

El cuadro IVAI comprende las siguientes características:

• Una personalidad de base con rasgos de introversión, aislamiento y relativa obsesión. Pero sin evidencia de trastornos antisociales (perversiones) ni bordelaine previos.
• Indefinición sexual común en la adolescencia (entendiendo la adolescencia como una etapa que se extiende desde la infancia hasta la autonomía como adulto, pudiendo hoy llegar hasta los 30 años o más).
• Un clima familiar que podríamos definir como rígido, donde prevalece la incomunicación y con exigencias excesivas para las posibilidades del joven en cuestión.
• Participación en actividades educativas (secundarias o universitarias) obligatorias o curriculares, pero poca o ninguna participación en actividades de tipo deportivas o recreativas.
conciencia del daño y premeditación del acto, aunque en el momento agresivo pueda modificarse y ampliarse como sujeto de un “furor asesino” irresistible y desmesurado.
• En general, las víctimas son ajenas a conflictos previos con el sujeto.
• Si bien puede constatarse cierta confusión posterior, no se pierde la conciencia durante el hecho y existe un buen registro mnésico del mismo.
• El sujeto justifica el acto como una necesaria reivindicación y reconocimiento de su identidad (honor) ofendida o agraviada y para mejorar un mundo injusto.
• No se comprueba la existencia de disociación, ni delirios u otros trastornos de tipo psicótico previos o posteriores al hecho de violencia.
• En cambio, existe una disociación entre el acto cometido y sus motivaciones intrínsecas con las consecuencias y consideraciones sociales de su medio. Si bien pudo haber sido objeto de agresiones responde con una violencia desmesurada. Para aclarar este punto podemos imaginar que el sujeto actúa como un soldado en medio de una guerra inexistente.
• Para el sujeto el acto de violencia debe ser novedoso en su medio, es decir que nunca antes haya ocurrido algo similar, lo cual le confiere un sentimiento de originalidad y valentía que lo destaca del resto de sus compañeros (refuerza su identidad).
• Al tiempo de sucedido el hecho no hay un arrepentimiento claro ni la intención de reparación, sólo se comprueba una aceptación de la situación como un problema sin explicación para su medio y que, por ende, no será comprendido por nadie.  
• Sin embargo, el hecho de alguna manera alimenta su orgullo como si hubiera tenido que practicar semejante sacrificio para definir y afirmar su identidad y, a través de semejante acto de heroísmo, será parte de la historia; el “mundo” (concepción reinante o realidad que es vivida como ajena) deberá cambiar. Aceptemos también que dicho sacrificio implica obviamente un cierto alivio a las presiones internas y externas que venía sufriendo.


Causales

Podemos distinguir otras características del cuadro que denominamos IVAI pero por el momento las descriptas son suficientes para el análisis que sigue. Ahora nos preguntamos: ¿existen factores causales para esta patología? Y de ser así ¿cómo se desarrolla el proceso psicopatológico en el plano individual y en el medio social? 

Es indudable que existe una personalidad de base pre-disponente con rasgos que ya mencionamos y dentro de los cuales se destaca el retraimiento social y una expresión, tanto física como mental, muy restringida. A esto se agrega una necesidad de destacarse y de trascender que responde principalmente a una clara presión familiar, aunque también es presión escolar y de la sociedad en general. Aquí tenemos un primer factor causal a destacar: la dualidad presión – inexpresión.  

En los casos estudiados se comprueba la presencia de un segundo factor causal: una estructura de códigos y valores no coincidentes entre su medio familiar y el medio social donde el sujeto en cuestión debe desenvolverse. En otras palabras, el victimario se encuentra entre dos concepciones del mundo (culturas con sus respectivos mandatos, en el sentido más estricto) sin poder integrarlas de un modo eficaz y satisfactorio. Para ser más claros, el sujeto en cuestión debe destacarse en un medio que, en el mejor de los casos, lo ignora.

Por fin, podemos añadir un tercer factor causal: el sacrificio. Como si se tratara de un ritual de iniciación en ciertas tribus primitivas mediante el cual el adolescente se transforma en adulto, el victimario debe matar la inocencia (las víctimas inocentes), hacerlo de manera espectacular, es decir, ante la mirada de sus pares y mostrar de esa manera todo su valor hasta el punto de inmolarse (mediante el suicidio o la cárcel) para mejorar un mundo que considera injusto y salvaje. Podemos interpretar este factor como producto de elementos subyacentes en la familia y en la sociedad donde el sujeto está o estuvo inmerso que generan una auténtica regresión atávica. Aclaremos que la población de Patagones (bien conocida por los autores) posee una estructura de códigos y valores muy ligados a los tiempos de su fundación como ciudad, conservados y acentuados por su particular historia, la distancia con otros centros poblados, el típico aislamiento patagónico, etc. Lo mismo podría suceder en las cosmovisiones familiares y culturales de los otros dos casos.  

Resumiendo estos tres factores que interactúan en el individuo: sobre una identidad aún indefinida e inexpresiva se debaten mandatos contradictorios que ejercen una fuerte presión interna que por fin, sólo podrán ser expresadas recurriendo a un primitivo acto de características rituales.

Pero detengámonos también en los factores del medio.

 

Además de la sorpresa y estupor que causa el IVAI en el entorno del hecho, debemos destacar como muy importante y casi patognomónico del cuadro que las responsabilidades son absolutamente indefinidas y casi imposibles de determinar. Los padres y compañeros del victimario parecen quedar al margen de culpa, las autoridades educativas, las sanitarias y el estado permisivo en el acceso a las armas también, hasta el propio sujeto puede quedar impune si es menor o se demuestra su insanía, en pocas palabras, nadie se hace cargo de la responsabilidad que le corresponde. En algunos casos se ha intentado culpar al tipo de música que escuchaban los victimarios, al estilo de vestimenta, a la televisión, al cine (una semana antes del hecho Junior fue espectador del documental “Bowling for Columbine” de Michael Moore), todos factores ajenos al medio que, aunque podamos aceptar que dichos factores pueden funcionar muchas veces como “gatillo” o disparadores del IVAI, no hacen más que resaltar la imposibilidad de encontrar las responsabilidades existentes en el propio sujeto en cuestión y en su entorno.

Otra de las características del cuadro es que luego de la gran exposición mediática que tiene el hecho, progresivamente se retira de la opinión pública sin que se hayan extraído algunas hipótesis o mínimas conclusiones que le permitan a los afectados y al público en general una adecuada elaboración del cruel acontecimiento. Un ejemplo muy gráfico de esto último es que en Patagones se taparon los orificios de bala en la pared y se pintó el aula el mismo día de la matanza con la sencilla explicación que eso permitiría que todo se olvide lo antes posible.

En definitiva podemos afirmar que nadie es responsable porque TODOS somos responsables, lo cual impulsa a reprimir la idea de culpabilidad a través del olvido antes de que se puedan extraer las necesarias explicaciones con las consiguientes responsabilidades.


Prevención

Ahora bien, asumiendo la responsabilidad que nos compete nos preguntamos ¿se puede prevenir semejante cuadro? ¿Tiene el IVAI alguna posibilidad de ser detectado a tiempo?

Y son estas preguntas las que pueden ser respondidas de manera positiva si aceptamos el desarrollo hasta aquí realizado. Preguntas que, por otra parte, motivaron dicho desarrollo y que si bien pueden ser consideradas como simples hipótesis, permiten adoptar una actitud preventiva.

Desde el Estado, a través de sus organismos educativos y sanitarios las acciones preventivas son:

En primer término debe existir un breve pero preciso examen psicofísico de todo educando adolescente y más detallado en aquellos que muestran una conducta de introversión o retraimiento y poca sociabilidad.

En segundo lugar debe realizarse un sociograma en todos los grados o divisiones que cursan adolescentes, uno al inicio y otro a mitad del año lectivo. Con esta simple metodología podemos detectar casos de aislamientos y rechazos muy útiles para prevenir el IVAI.

Si tenemos un alumno con resultados positivos en ambos estudios previos (ej. : conducta retraída y aislamiento del grupo) se debe consultar a los profesionales de salud mental quienes deberán estimar si el sujeto se encuentra inserto en un sistema de valores contrapuestos entre su medio familiar y el educativo o social, si está sufriendo presiones que no puede expresar satisfactoriamente y si las expectativas que recibe son mayores a sus posibilidades de rendimiento. La detección de una fantasía de sacrificio, de la realización de un acto de heroísmo para liberarse y liberar a otros de un mundo injusto, es de vital importancia y se puede obtener mediante un simple interrogatorio o a través de las pruebas proyectivas de uso corriente.

Obviamente que el acceso a las armas es todo un tema que no puede quedar desatendido tanto por el estado como por las personas (padres) próximas al adolescente y mucho menos en caso de un alumno que reúna las características antes descriptas.

Desde la comunidad toda. También es cierto que muchas veces la institución educativa no posee los recursos humanos ni físicos adecuados, no existen los gabinetes psicopedagógicos ni personal especializado para detectar este tipo de problemas y la relación con algún servicio de salud mental cercano es inexistente (tal como ocurriera en los dos primeros casos descriptos, en escuelas rurales o saturadas de alumnos). Es entonces cuando se hace decisiva la participación de toda la comunidad educativa, profesores, los propios compañeros y obviamente de los padres que deberán involucrarse como agentes activos en la prevención de estos cuadros aunque se piense que jamás podrían ocurrir en ese medio. La detección precoz de alumnos con conductas y personalidades predisponentes, el contacto y la comunicación a tiempo, la búsqueda de asesoramiento cuando nos sentimos superados por las características del cuadro individual o familiar, son todas acciones que sin dudas pueden evitar un desenlace como el que nos ocupa.


Conclusión

Como premisa para padres, docentes y profesionales de la salud, es importante que nunca subestimemos el potencial de violencia que subyace en el adolescente que sufre. Por otra parte, si aceptamos la responsabilidad (y no la culpa) que a todos nos compete y actuamos en consecuencia, especialmente en los ámbitos educativos donde hoy se cuenta con algunos recursos específicos, la prevención del cuadro que hemos denominado Irrupción de Violencia Aparentemente Inmotivada no sólo es posible sino que se torna absolutamente necesaria.


Comentario final

Es factible que a los tres casos abordados en este trabajo puedan sumarse varios más, incluso acontecidos fuera de los ámbitos escolares o universitarios, que confirmen nuestras hipótesis, las amplíen o las contradigan. Nosotros simplemente quisimos limitarnos al análisis de dos casos que vivimos con cierta proximidad y al ocurrido en Estados Unidos que, por su difusión, magnitud y elocuencia, puede abarcar otros hechos de similares características.

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