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Agresión: causas psicológicas y métodos de control.

Autor/autores: Alfonso Pérez Poza
Fecha Publicación: 01/01/2003
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Palabras clave: Agresión


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Agresión: causas psicológicas y métodos de control.

Manuel Corbera Almajano* ; Alfonso Pérez Poza**.

*MIR Psiquiatría

**Psiquiatra, hospital Universitario “Miguel Servet”, Zaragoza.

 

Definición y clasificaciones

Cualquier abordaje dirigido a estudiar la agresión tropieza desde el comienzo con un obstáculo terminológico, dadas la ambigüedad e imprecisión con la que empleamos esta palabra en el lenguaje habitual.

Podemos definir agresión de una forma científica como cualquier forma de conducta, física o simbólica, dirigida hacia la meta de herir o perjudicar a otro ser viviente que se halla motivado para evitar tal tratamiento. Procuremos evitar que se englobe en dicho concepto el empleo de la fuerza, la asertividad o la lucha por el dominio o por la independencia, términos con frecuencia asimilados al de agresión en el lenguaje cotidiano. Será útil precisar además los términos ira (que hace referencia a experiencias, reacciones psicológicas o sentimientos concretos), hostilidad (actitud negativa desfavorable hacia una o más personas) y agresividad (disposición relativamente persistente a ser agresivo en diferentes situaciones, sin necesidad de sentimientos de ira).

Desechemos también la posibilidad de diferenciar la agresión como una conducta socialmente desaprobada, puesto que un acto que algunas personas considerarían como una agresión injustificable podría ser para otras algo normal y aceptable (p. ej. , cuando una persona insultada abofetea a quien le insultó).

Para completar una definición apropiada del término debemos además precisar existen al menos dos tipos básicos de agresión dependiendo de cuáles sean sus características. Como regla general, diremos que algunas agresiones se llevan a cabo de forma impulsiva (Agresión hostil o emocional, provocada por reacciones psicológicas y motoras intensas que se producen en el interior del individuo, ejecutada con mediación de relativamente pocos planes y pensamientos, y donde el principal objetivo es el daño o muerte de la víctima), mientras que otras son actos calculados y ejecutados con el fin de obtener algún beneficio (Agresión instrumental, ejecutada deliberadamente con un objetivo básico distinto al de causar daño). Muchas agresiones, sin embargo, son en realidad una mezcla de ambos tipos descritos.

Más específicamente y en relación con los objetivos del acto agresivo, podemos hablar de:

· Objetivos no lesivos de la agresión:

­ Coerción: El acto agresivo busca influir sobre la conducta de otras personas, también para evitar una acción molesta para el agresor.
­ Poder y dominio: Más allá de la simple coerción, la agresión puede pretender la conservación o fortalecimiento del poder del atacante sobre la víctima.
­ Manejo de impresiones: El agresor intenta influir en la imagen que los demás tienen de él y crearse una reputación que sea respetada.

· Objetivos lesivos de la agresión: El motor fundamental es el deseo de herir.

Los seres humanos tendemos a mostrar agresión hostil cuando nos encontramos emocionalmente activados y sobre todo cuando estamos furiosos. Algunas personas han aprendido a causar daño a otros porque o bien les proporciona placer o bien algún otro beneficio, aunque no se encuentren emocionalmente activados.

A otro nivel, podemos diferenciar si la conducta es conscientemente controlada o impulsiva:

→ En el primer caso, la agresión se lleva a cabo tranquila y voluntariamente, con un objetivo claro en mente y la creencia por parte del agresor de que puede tener éxito.
→ En el caso de las agresiones impulsivas, éstas se ejecutan con escasa premeditación y pobre conciencia del posible éxito del ataque ni de cualquier otra consecuencia que este pueda tener, incluyendo beneficios / perjuicios y consecuencias legales, dando lugar a un ataque frecuentemente más fuerte del que conscientemente se pretendía. Este es el resultado de un cortocircuito en el proceso normal de evaluación, dadas la intensa agitación emocional y las características de personalidad del agresor. En este contexto tienen lugar muchos homicidios.

La impulsividad del acto agresivo es discutida por científicos sociales y especialistas en Salud Mental, que defienden que toda agresión va precedida en alguna medida por el cálculo de los costes y beneficios de dicho acto. Esta visión se basa en la creencia de que el ser humano es racional la mayor parte del tiempo, sin tener en cuenta el componente emocional que con frecuencia se ve implicado en la agresión.


Condiciones causales de la agresión emocional

Veamos ahora qué condiciones favorecen la aparición de una agresión de tipo emocional.

* hipótesis De La Frustración-Agresión:

Promovida por J. Dollard, N. Miller et al. en 1939. Entendiendo como frustración una condición externa que impide a una persona alcanzar aquellos placeres de los que esperaba disfrutar (no es, por tanto, una mera ausencia de recompensa ni una privación: el resultado deseable debe haber sido esperado), Dollard y su grupo postulaban que cualquier acción agresiva podía ser atribuida en última instancia a una frustración previa. En esta línea, cuanto mayor sea la satisfacción esperada mayor será la instigación a la agresión. Esta hipótesis, sin embargo, no reconoce distinciones entre la agresión emocional y la instrumental. En 1941, Miller matizó que las frustraciones podían generar diferentes inclinaciones (huida de la situación frustrante, superación de la dificultad, desarrollo de metas alternativas…), siendo la agresión sólo una de ellas, en dependencia de que el individuo haya desarrollado o no otras estrategias de afrontamiento; empero, si la situación frustrante se mantiene, la tendencia a la agresión puede intensificarse.

Posteriormente, autores como N. Pastore objetaron que sólo algunos tipos de frustración generaban tendencias agresivas: aquellas que considerábamos injustas (arbitrarias o ilegítimas) o que iban dirigidas al individuo personalmente.

En la actualidad, las objeciones a las conclusiones del grupo de Dollard mantienen que la contrariedad ha de ser atribuida a un acto voluntario de otra persona para que provoque agresión (las atribuciones que el sujeto hace frente a frustraciones). Ese acto ha de ser considerado como interno (intención), controlable e inadecuado para provocar agresión.

+ Los Afectos Negativos Como Origen De La Agresión (“agresión aversivamente estimulada”, “agresión irritable” o “agresión motivada por la ira”):

N. Azrin et al. demostraron mediante experimentación animal que la instigación a la agresión puede estar producida por un estado desagradable de los acontecimientos, y que diferentes acontecimientos pueden tener ese mismo efecto. Existe una gran variedad de condiciones negativas que pueden provocar agresión, todas ellas con el denominador común de ser vividas por el individuo como acontecimientos desagradables:

. Reacciones agresivas a temperaturas altas incómodas: Estudios sociales sobre revueltas urbanas en EEUU revelan la coincidencia de este tipo de acontecimientos con épocas en que las temperaturas son más elevadas. Estas conclusiones se ven refrendadas por estudios realizados en laboratorio.
. Reacciones agresivas en otras condiciones incómodas: En diversos experimentos se han relacionado el aumento de la hostilidad y agresividad en humanos con condiciones como el humo de cigarrillos, los olores fétidos o las escenas desagradables. En el ámbito social, situaciones como el desempleo, una alta inflación, una rápida modernización o factores subjetivos de la persona (la preocupación del individuo por la seguridad, la política, etc. ) generan tensión social y tendencia a la agresividad.

Algunos autores, como L. Berkowitz, consideran que la instigación agresiva está más estimulada por sentimientos desagradables que por acontecimientos muy estresantes. Así, cualquier reto u ofensa a una auto-imagen favorable es especialmente propenso a producir reacciones agresivas puesto que hace que el desagrado sentido sea mucho mayor. Berkowitz propone esquemáticamente el siguiente modelo Teórico sobre la agresión:

 




En este modelo, el sentimiento de ira, solo o unido a otras emociones negativas, acompaña pero no causa la agresión emocional. Es preciso además que no exista primariamente la intención de escapar de la situación desagradable, que la agitación interna del potencial agresor sea lo suficientemente intensa y que pueda definirse un blanco claro y adecuado para dicha agresión, en especial si es la causa de la incomodidad del agresor. Sin embargo, las reacciones iniciales involuntarias y automáticas a los estímulos negativos pueden ser rápidamente modificadas cuando el individuo activado piensa en sus sentimientos, en los sucesos externos instigantes, en sus concepciones sobre las emociones que podría experimentar y en las reglas sociales referidas a las emociones y acciones apropiadas bajo determinadas circunstancias.

La ira rudimentaria inicial puede modificarse completamente o incluso eliminarse mediante esas cogniciones. Es decir: la atención sobre los propios sentimientos y la conciencia de este estado emocional desagradable puede activar el auto-control.

Para Berkowitz, además, existen ciertos estímulos externos (“señales agresivas”) que pueden intensificar o incluso activar las inclinaciones agresivas cuando conllevan un significado agresivo (p. ej. , la visión de armas) y/o se asocian con el dolor y el sufrimiento (p. ej. , la visión de personas discapacitadas).

* Efectos De Los Procesos Cognitivos Sobre Las Reacciones Emocionales:

Según S. Schachter, J. Singer y otros autores, la activación corporal inicial creada por un suceso emocional es afectivamente neutra hasta que la persona afectada atribuya su activación a una fuente específica; es decir, el individuo activado debe atribuir dicha activación a un maltrato deliberado y debe inferir que está sintiendo ira.

Que la persona se muestre airada y emocionalmente agresiva dependerá, por tanto, de la atribución (estimación de la causa) que haga mediante la determinación del desagrado producido por el suceso negativo. Si se proporciona una información mitigante (que permita al individuo excusar la conducta inadecuada percibida en alguien) antes de que se produzca la activación –no así si se proporciona después- muy probablemente cambiará la atribución y se atenuará e incluso no aparecerá la emoción desagradable.

Partiendo de la teoría de las Emociones de W. James y C. Lange, según la cual las reacciones corporales inician la experiencia corporal, otros autores han demostrado que el movimiento de algunos músculos faciales y de otros músculos corporales pueden aumentar o incluso activar estados emocionales habitualmente asociados con esos movimientos musculares. El modelo network de la emoción -que concibe cada emoción como una red con diversos componentes vinculados asociativamente- trataría de explicar esta secuencia: movimientos musculares vinculados a sentimientos positivos generan frecuentemente pensamientos positivos, los vinculados a estados de ánimo negativos tienden a generar ideas negativas e incluso hostiles. Este modelo también postula que cuando tenemos pensamientos hostiles y/o pensamos en el dolor o en contrariedades sufridas tenemos más posibilidades de mostrarnos hostiles e incluso agresivos.

Otro concepto postulado es el de cebado, referido a cómo los pensamientos iniciales “ceban” (hacen disponibles a la conciencia) otros pensamientos o ideas semánticamente relacionadas, llegando incluso a la posibilidad de favorecer una agresión abierta. P. ej. , leer un libro lleno de términos relacionados con la hostilidad hace que después se tienda a hacer interpretaciones desfavorables sobre la conducta ambigua de otra persona.

En definitiva, los pensamientos modulan nuestras restricciones internas ante la agresión mediante valores y códigos de conducta, si bien éstos no siempre son operativos por estar fuera de la mente, o porque la mayoría de las personas tendemos a justificar nuestra conducta cuando consideramos que nos aleja de nuestros valores.


Personalidades agresivas

En contraposición a la opinión que años atrás albergaban numerosos profesionales de la Salud Mental según los cuales la consistencia de la conducta agresiva a lo largo de diferentes situaciones en diferentes momentos es menor de lo que se solía creer (es decir, que una persona honrada y sincera en un momento determinado podía en otro instante mentir o delinquir sin que existieran en ella unos rasgos estables de personalidad que hicieran consistente la honestidad), las investigaciones más recientes tienden a demostrar que existe una estabilidad señalable en la tendencia a mostrarse altamente agresivo en diferentes entornos y en intervalos de tiempo variables. Aquellos individuos con una agresividad alta pueden pasar al ataque en situaciones con significado agresivo para ellos si no se ponen obstáculos suficientes, de forma diferente a aquellos otros individuos no tan característicamente agresivos. Estos patrones de alta agresividad, además, parecen permanecer estables a lo largo de la infancia y la vida adulta.

Para seguir las líneas que trazábamos al inicio de la exposición, al referir las personalidades recurrentemente agresivas resulta conveniente distinguir entre individuos cuya actitud de agresión tiene una orientación básicamente instrumental y aquellos que son emocionalmente de alta reactividad ante situaciones provocativas. Así, el “matón” de colegio sería un ejemplo de agresor eminentemente instrumental, ya que llevan a cabo su acto agresivo de forma fría y calculada, con la intención de mostrar dominio y control sobre los otros y sin demostrar reacción emocional.

Algunos aspectos de la conducta agresiva en personalidades de tipo antisocial también pueden ser entendidos como conducta instrumental: inicio deliberado de la conducta agresiva para “probar su fuerza y medir su competencia y poder […] Parecen seguros de sí mismos, dispuestos a purgar sus resentimientos, demostrar su invulnerabilidad y restablecer su orgullo” (T. Millon). En estudios realizados en internos de instituciones penitenciarias canadienses se concluyó que aquellos internos con personalidad psicopática habían sido condenados en su mayoría por conductas de beneficio (delitos contra la propiedad), mientras que los condenados por delitos en los que mediaba una fuerte activación emocional (celos, ira, disputas fuertes…) no cumplían criterios de personalidad psicopática según la escala de R. D. Hare.

En cuanto a los agresores emocionalmente reactivos, en estudios en niños con estas características y basándose en el modelo de procesamiento de la información, se encuentra que niños estos son propensos a atribuir hostilidad a otros cuando no está clara su motivación, y tienden a creer que la agresión es una respuesta adecuada e incluso deseable frente a una hostilidad percibida. Estas conclusiones pueden ampliarse teniendo también en cuenta que los agresores emocionalmente reactivos suelen estar muy activados cuando se sienten provocados y que pueden carecer de la habilidad suficiente para controlar sus reacciones agresivas.

Si tomamos en consideración la clasificación de personalidad que formularon M. Friedman y R. Rosenman en los años 60 (Personalidad de tipo A, caracterizados por ser competitivos e impacientes, con constante sensación de urgencia por acabar sus tareas y por ganar, pero inquietos y tendentes a aceptar múltiples tareas al mismo tiempo; y personalidad de tipo B, con las características contrarias), la idea de la reactividad emocional es especialmente aplicable a los individuos con personalidad de tipo A, que son además más susceptibles de padecer enfermedades cardíacas coronarias puesto que se enfurecen con facilidad cuando se sienten desafiados o amenazados o se encuentran sometidos a estrés. Estos individuos se inclinan a ser agresivos de forma emocional aun cuando no puedan conseguir un beneficio con sus ataques.

¿Qué conocemos sobre el desarrollo de la propensión a la violencia? Se ha investigado ampliamente la forma en que las experiencias familiares y con los compañeros pueden influir en el desarrollo de disposiciones antisociales altamente agresivas. Entre las observaciones recogidas está la de que las recompensas de los educadores durante el crecimiento puedan tener un efecto más generalizado de lo que se esperaría: así, cuando un adulto aconseja a su hijo devolver una ofensa recibida, es probable que esté fortaleciendo también las tendencias agresivas generales del niño. La conducta agresiva de los jóvenes puede reforzarse por las reacciones de sus “víctimas” al menos de dos maneras: que el agredido deje de molestar al agresor reforzando de esta forma negativamente la acción de éste, o bien cuando el padecimiento del agredido resulta gratificante, en especial si los agresores se hallan emocionalmente activados de tal forma que los ataques se refuercen positivamente.

Otra posible contribución del adulto al desarrollo de agresividad infantil puede ser la exposición del niño a condiciones repetida y claramente desagradables: p. ej. , ante el rechazo y el trato con dureza por parte del progenitor. Curiosamente, la información disponible en la actualidad indica que un castigo corporal puede ser efectivo y sin efectos secundarios desafortunados si se aplica sistemáticamente, con una adecuada explicación al niño sobre la razón del castigo, si tiene lugar antes de que el niño obtenga mucho placer de la conducta desaprobada y cuando existen alternativas aprobadas y atractivas.

 

Procedimientos psicológicos para el control de la agresión

Exponemos a continuación algunos enfoques psicológicos a tener en cuenta para el control de la agresión:

Catarsis: reducir las propias urgencias violentas agrediendo a otros: Los partícipes de esta orientación proponen a las personas que expresen libremente sus sentimientos para conseguir así una catarsis. Esa expresión libre puede referirse a:

· Comunicar informativamente los propios sentimientos (describirlos sin más).
· Mostrar reacciones psicológicas y expresivo-motoras (ceño fruncido, mandíbulas apretadas, cerrar de golpe la puerta…).
· Expresar ideas y actitudes hostiles (sin tratar de herir a alguien intencionadamente).
· Agredir verbal y/o físicamente a otra persona.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que en ausencia de inhibiciones de la agresión:

- Las acciones de agresividad simulada tienden con frecuencia a incrementar en vez de a disminuir la probabilidad de una agresión futura, salvo que durante su realización el agresor disfrute y por tanto reduzca su afecto negativo.

- Los agresores emocionalmente activados buscan herir a su objetivo; su instigación a la agresión se reducirá en la medida en que consideren haber dañado suficientemente a su víctima.

- La agresión satisfactoria aumenta la probabilidad de que un agresor ataque en el futuro a alguna otra persona.

- La rumiación sobre las contrariedades padecidas puede estimular la agresividad. Suele ser preferible para las personas activadas pensar en otras cosas (sucesos agradables preferentemente). Esto no significa que las personas afectas por sucesos trágicos no deban hablar de ellos: algunos estudios demuestran que las personas que rechazan hablar con otros de los acontecimientos trágicos que han padecido pueden llegar a padecer considerable tensión psicológica e incluso fisiológica. Confiar este padecer reduce la tensión y facilita un manejo más efectivo.

Beneficio de la auto-conciencia y del auto-control: Reconocer los propios sentimientos de ira puede favorecer ejercer un control de inhibición más efectivo sobre las tendencias agresivas.

Desarrollo de nuevas formas de conducta:

· aprendizaje instrumental: Enseñar que la agresividad y las conductas poco cooperativas no producen buenos resultados, mientras que las acciones constructivas son más afectivas para conseguir los resultados que desean.

· Entrenamiento auto-instructivo: Reducir el fuerte componente emocional de los estallidos de ira mediante
- Técnicas de relajación.
- tratamiento cognitivo: en él los participantes practican los siguientes ejercicios:
Preparación para la provocación.
Confrontación con la provocación.
Manejo de la activación y de la agitación.
Reflexionar sobre la provocación.

El problema de la agresión en su conjunto, en cualquier caso, requiere un trabajo coordinado a múltiples niveles, tanto social como individualmente, teniendo además en cuenta que en el ser humano existe muy probablemente un instinto agresivo o que, al menos, un cierto nivel de violencia puede ser siempre parte de la vida humana.


Bibliografía

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Millon T. Disorders of personality: DSM-III; Axis II. New York: Wiley-Interscience, 1981; 212-213.


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