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Última actualización web: 18/08/2022

Evolución de la percepción occidental de "cuerpo" y "alimentos", como elemento de comprensión del discurso en trastornos de la alimentación.

Autor/autores: Ana Olivia Caballero Lambert
Fecha Publicación: 01/03/2005
Área temática: Trastornos de la Personalidad .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Actualmente existe gran cantidad de información sobre la conducta alimentaria y padecimientos como anorexia, bulimia, comer compulsivo o, incluso, la misma obesidad. La severidad de los casos ha llamado a la investigación sobre su etiología, epidemiología, tratamiento y pronóstico, en distintas especialidades de la medicina, la psicología y la nutriología, tanto a nivel particular como de equipos multidisciplinarios. La propuesta de este trabajo es hacer un recorrido histórico de la evolución de la percepción que la cultura occidental ha tenido sobre el cuerpo y los alimentos.

Es bien sabido que dicha percepción se encuentra evidentemente alterada en estos padecimientos, resultante de la compleja interacción de los factores individuales, familiares, sociales, culturales, médicos, psicológicos y nutriológicos. Es así que, probablemente, a partir de ciertas posturas filosóficas se puedan ofrecer elementos de estudio y comprensión para el discurso de los pacientes con trastornos alimentarios (TA), mismos que podrían ofrecer información para favorecer el tratamiento. En el documento se comenta el concepto de cuerpo e imagen corporal, y se hace una revisión desde los hipocráticos hasta Sartre, sobre la percepción que se tenía del cuerpo humano en cada época. También hace un comentario, más breve, sobre la evolución de la percepción de los alimentos. Ambos temas se vinculan con los TA. Finalmente se señalan algunos puntos que pueden apoyar en la modificación de la percepción distorsionada que los pacientes con TA tienen sobre el cuerpo y los alimentos.

Palabras clave: alimentación


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Evolución de la percepción occidental de "cuerpo" y "alimentos", como elemento de comprensión del discurso en trastornos de la alimentación.

Ana Olivia Caballero Lambert.

Universidad Iberoamericana León.
México

 

Resumen

Actualmente existe gran cantidad de información sobre la conducta alimentaria y padecimientos como anorexia, bulimia, comer compulsivo o, incluso, la misma obesidad. La severidad de los casos ha llamado a la investigación sobre su etiología, epidemiología, tratamiento y pronóstico, en distintas especialidades de la medicina, la psicología y la nutriología, tanto a nivel particular como de equipos multidisciplinarios. La propuesta de este trabajo es hacer un recorrido histórico de la evolución de la percepción que la cultura occidental ha tenido sobre el cuerpo y los alimentos. Es bien sabido que dicha percepción se encuentra evidentemente alterada en estos padecimientos, resultante de la compleja interacción de los factores individuales, familiares, sociales, culturales, médicos, psicológicos y nutriológicos. Es así que, probablemente, a partir de ciertas posturas filosóficas se puedan ofrecer elementos de estudio y comprensión para el discurso de los pacientes con trastornos alimentarios (TA), mismos que podrían ofrecer información para favorecer el tratamiento. En el documento se comenta el concepto de cuerpo e imagen corporal, y se hace una revisión desde los hipocráticos hasta Sartre, sobre la percepción que se tenía del cuerpo humano en cada época. También hace un comentario, más breve, sobre la evolución de la percepción de los alimentos. Ambos temas se vinculan con los TA. Finalmente se señalan algunos puntos que pueden apoyar en la modificación de la percepción distorsionada que los pacientes con TA tienen sobre el cuerpo y los alimentos.



Cuando se trabaja con trastornos de la conducta alimentaria es frecuente encontrarse con comentarios que aluden a la “novedad” de estos padecimientos, a través de señalamientos como: “…esto no existía antes…”, “…en mis tiempos no había casos así…”, “…cuando yo era adolescente, comía porque tenía que comer y no me importaba de qué alimento se trataba…”, “…no entiendo por qué ahora se preocupan tanto por el cuerpo…”, y muchos más que seguramente se escucharán en la consulta diaria de los que se dedican a esta área.

Es cierto que hoy en día existe más información con respecto a la conducta alimentaria y a padecimientos como anorexia, bulimia, comer compulsivo o, incluso, la misma obesidad. La gravedad de los casos ha llamado a la investigación sobre su etiología, epidemiología, tratamiento y pronóstico, en distintas especialidades de la medicina, la psicología y la nutriología, tanto a nivel particular como de equipos multidisciplinarios. Sin embargo, la propuesta de este trabajo es hacer un recorrido histórico, con fines epistemológicos, de la evolución de la percepción que la cultura occidental ha tenido sobre el cuerpo y los alimentos.

Es bien sabido que la percepción sobre el cuerpo y los alimentos se encuentra evidentemente alterada en estos padecimientos, resultante de la compleja interacción de los factores individuales, familiares, sociales, culturales, médicos, psicológicos y nutriológicos. Es así que, probablemente, a partir de ciertas posturas filosóficas se puedan ofrecer elementos de estudio y comprensión para el discurso de los pacientes con trastornos alimentarios, mismos que podrían ofrecer información para favorecer el tratamiento.

Para iniciar, es conveniente revisar algunos conceptos sobre el cuerpo y algunos otros asociados, como el de “imagen corporal. Anthony Synnott1 señala que existen diversas opiniones al respecto. Considera que los cuerpos han sido diferentes siempre, no sólo físicamente, sino socialmente; señala que el cuerpo puede ser amado u odiado, bello u horrible, sagrado o profano. Las ideas sobre lo que es, lo que significa, su valor moral, el valor de sus partes constitutivas, sus límites, su utilidad social y valor simbólico, cómo se define física y socialmente, varían ampliamente de cultura a cultura y han cambiado dramáticamente en el tiempo. La palabra “cuerpo” puede entonces significar diferentes realidades o percepciones de la realidad.

Synnott1 cita a Mary Douglas, quien en su ensayo “Los Dos Cuerpos”, sugiere que el cuerpo social encierra la forma en el que el cuerpo físico es percibido. Así, la experiencia física del cuerpo sostiene una visión particular de la sociedad. La tensión que generan la moda, la sociedad e incluso la familia, sobre la percepción de los alimentos y la imagen corporal, tienen como resultado una alteraciones en la conducta alimentaria y afecciones emocionales que afectan ya no sólo a las personas con sobrepeso u obesidad, sino incluso a las de peso normal.

Cada vez es más frecuente recibir a pacientes, hombres y mujeres de peso y composición corporal normales, que solicitan ayuda para bajar de peso porque consideran que su peso actual ya no es adecuado. Las razones que dan para esto son diversas: la ropa ya no les queda, el esposo o la esposa les insisten en que tienen más grasa en el abdomen o las piernas, los amigos les han hecho comentarios sobre lo “repuestos” que se ven. Al realizar una evaluación de su forma de comer, se encuentra que la alimentación es completamente inadecuada: un desayuno frugal, una comida que consideran “sana”, pero que se excede en calorías y grasas por abuso de aderezos, y no cenan “para no subir de peso”; hay un alto consumo de productos “light” y un abuso importante del ejercicio. La percepción tanto del cuerpo como del alimento ha cambiado por las modas y la presión social, y se ha difundido a través del constante bombardeo recibido de los medios de comunicación, que señalan cómo debe ser la persona y cómo debe conducirse para lograrlo2. Así, la imagen corporal referida por las personas concuerda generalmente con los datos concretos obtenidos a través de la evaluación de la masa y composición corporal.

Según Dehart3, la “imagen corporal” se ha utilizado como un índice de transformación cultural, ya que no puede ser fácilmente conceptualizada en una imagen porque es algo que es primariamente experimentado, o es el locus para cualquier posible experiencia. Sin embargo, este autor comenta que es importante diferenciar el cuerpo como locus de experiencia del cuerpo sujeto de reflexión. Señala que el cuerpo como locus de experiencia produce su propia geografía y cartografía espacial, su propia “imagen corporal”, aún antes de que pueda hacerse objeto de reflexión teórica. En ese sentido, se propone que para las personas que tienen la percepción de su cuerpo distorsionada, el acercamiento teórico no necesariamente es el más adecuado para corregirla. Las personas tienen que sentirse diferentes para percibirse diferentes. Esto no es sencillo, ya que el problema podría no estar precisamente a nivel de la información que el cuerpo envía sobre sí mismo, sino en el proceso de percepción o en el de aprehensión por el intelecto de lo percibido. También podría tratarse de un defecto en el desarrollo en el período sensorio motor o simbólico, o entre la percepción y la representación del espacio o la figura geométrica que supone la forma de su cuerpo.

Uno de los aspectos más importantes señalados por Dehart3 es que la imagen corporal es de dominio multidisciplinario. Esta noción, junto con la de esquema corporal, se añadió al lenguaje científico a principios del siglo veinte. La literatura psicoanalítica, opuesta a la neurofisiológica, ve esta imagen como un fluido y en necesidad constante de reconstrucción. La psiquiatría clama haber descubierto patologías en la percepción de la imagen corporal, fundamentalmente en la anorexia y la obesidad; algunos psicólogos e historiadores intentan no ver en esto una patología, sino una tensión inducida por imágenes corporales impuestas culturalmente.

Al realizar un análisis histórico, se encuentra que en cada una de las etapas de la historia se han propuesto distintas formas de explicar al cuerpo1, 4, algunas de las cuales aún parecen dar explicación a costumbres relacionadas con la alimentación y a casos asociados con alteraciones en la conducta alimentaria. Por cierto, la obra de Mueller4 ofrece una muy puntual explicación sobre los cambios históricos, no sólo de la percepción del cuerpo, sino de la apreciación que se tenía sobre la percepción misma.


Es interesante advertir que en el período de transición entre la era Arcaica y la Clásica, entre el octavo y quinto siglo antes de Cristo, se dio un movimiento de la percepción cultural del cosmos como ritual y míticamente accesible, a uno que colocaba a la presencia humana como contemplativa, tomando parte en el orden cósmico fenoménico. En este lapso de tiempo, la medicina hipocrática tuvo una influencia importante en la construcción de la “imagen del cuerpo”. Para los hipocráticos, a diferencia de los artistas y los filósofos, el cuerpo no era un objeto de contemplación, sino el sitio de manipulación práctica y de signos corporales para guiar su terapia. En los escritos de la época se puede identificar la tensión del cambio entre eras, ya que la “imagen corporal” guardaba aún mucho de ritual y mágico, pero se pueden encontrar una gran mezcla de “imágenes”, en la evolución a lo que sería la era Clásica. 3

La concepción de cuerpo en los griegos clásicos podría ser estudiada desde dos perspectivas: como fuente de placer y como tumba. 3, 4 Se sabe que los griegos glorificaban el cuerpo; aún hasta nuestros días quedan obras de arte relacionadas con la celebración de la belleza de los cuerpos desnudos. Además, ya desde entonces se realizaban en Lesbos concursos de belleza entre mujeres. Por otro lado, Arístipo, fundador de la escuela cireniaca y amigo de Sócrates, insistía en que los placeres del cuerpo eran mucho mejores y mayores que los de la mente. Por su lado, los epicúreos consideraban que el cuerpo era bueno, pero la mente era mejor.

Hoy en día, los gimnasios, las salas de spinning, los parques y distintos lugares dedicados a la cultura del cuerpo (salas de masajes, centros de cirugía plástica), se encuentran llenos de personas, tanto hombres como mujeres, en constante lucha y competencia por desarrollar un cuerpo “perfecto”. Tal vez, la distinción con la época griega es que actualmente el cuerpo no se goza, se sufre.
Con el mito órfico, el cuerpo se consideró como la tumba del alma. Esta corriente, con sus prácticas ascéticas, influyó de forma importante en Pitágoras, Sócrates, Platón, al neoplatonismo y al cristianismo. Posiblemente aquí se encuentre el origen de las prácticas vegetarianas o de la postura de algunas personas de comer solamente alimentos que consideran como “naturales” o “saludables”. Platón consideraba que el cuerpo era un impedimento, una imperfección que constantemente previene a las personas de tener un vistazo a la verdad, hablaba de él como una tumba. En el dualismo platónico, el cuerpo y el alma son separados y opuestos e inequitativos. Para este autor, el papel del filósofo es separar y liberar el alma del cuerpo; sin embargo, el cuerpo no era del todo malo. Recomendaba ejercitarlo, tanto a niños como a intelectuales. Además, ciertamente señalaba que un cuerpo bello puede impedir el acceso a Dios, pero también mencionaba que podría llevar a él.

Aristóteles, por su parte, negó el dualismo de Platón. Él comentaba que ni cuerpo ni mente podrían existir uno sin otro; no obstante, siguió dándole un lugar de mayor importancia al alma.

Una de las características comunes en las pacientes con anorexia es la percepción del cuerpo como impuro. Las niñas y mujeres con esta enfermedad se dejan adelgazar hasta el punto en que consideran que su cuerpo ya no puede ser objeto de deseo de los hombres; ya no son mujeres, son niños. Esto pasa también en algunas pacientes con obesidad, que permiten que su peso se incremente a tal grado que pierden la forma del cuerpo femenino, con lo que se protegen de distintas amenazas.

Desde los griegos, han existido dos corrientes fundamentales que han influido sobre el pensamiento en la historia y hasta nuestros días: los estoicos y el ascetismo del cristianismo, que se desarrollaron a partir del dualismo de Platón, interesando a autores como San Agustín y Descartes; y el materialismo de Aristóteles, que ha persistido a través del hedonismo y el epicureismo, hasta el marxismo y el existencialismo. 4

Durante la época de los romanos, dominó el estoicismo como filosofía, mismo que influyó notablemente en los primeros cristianos. Séneca claramente escribió que un hombre con desarrollo intelectual y sensible, debería divorciar el cuerpo de la mente; sin embargo, no fue tan severo en su juicio como Platón, ya que no consideraba al cuerpo como una tumba, sino como un abrigo. Epícteto y Marco Aurelio fueron más estrictos, llegando a considerar al cuerpo como “arcilla y corrupción”. Aún así, no todos los romanos eran filósofos estoicos y no se consideraban como un fragmento de Dios, ni como corruptos; muchos buscaron el gozo físico, particularmente en el sexo. Así, parece que en cada época hubo una relación ambivalente de amor-odio con el cuerpo.

Los primeros cristianos tenían distintas percepciones sobre el cuerpo: físico, místico y espiritual, con actitudes positivas y negativas hacia él. Con la Encarnación, la divinidad se humanizó, y al compartir el cuerpo y la sangre de Cristo, la humanidad se divinizó. En los Evangelios se encuentran rasgos de la importancia del cuerpo: “…cuando tuve hambre, me alimentaste; cuando tuve sed, me diste de beber…”; sin embargo, también se presenta al cuerpo como enemigo: “…si con tu ojo derecho cometes pecado, arráncalo y tíralo; es mejor vivir en pureza con un ojo, que mantener a los dos y ser lanzado a las llamas del infierno…”. De aquí se derivaron varias prácticas de mutilación, mismas que fueron condenadas después por varios Concilios, poniendo un límite a esta visión corporal.

Las enseñanzas de San Pablo se fundamentan en el estoicismo y ascetismo de los órficos y de Platón. Él considera que existe una lucha entre el alma y la carne, el bien y el mal. Sin embargo, la solución a esto no se encuentra en esas corrientes. Él no equipara al mal o a los pecados con el cuerpo, sino que ofrece una respuesta dualista: el cuerpo debe sufrir, pero ser honrado; crucificado, pero glorificado; es el enemigo, pero es el Templo de Dios y parte de Cristo. Este doble mensaje de las enseñanzas paulinas causó una escisión entre ascetas y moderados, que se ha mantenido hasta la fecha, generando una fuerte ambivalencia hacia el cuerpo en general y hacia la sexualidad en particular.

San Agustín retomó el dualismo de San Pablo, pero con una actitud más positiva: insistió que el término “carne” equivalía a la naturaleza humana más que al cuerpo mismo, con lo que se podía considerar, en su propio tipo y orden, buena. Sin embargo, el alma seguía siendo superior.
Posteriormente, Santo Tomás de Aquino desarrolló una nueva postura con relación al cuerpo: rechazó el dualismo platónico y el materialismo aristotélico, apoyando la unidad del cuerpo y alma, de la materia y la forma, de la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo. Así, en la filosofía escolástica se dio al cuerpo un valor moral intrínseco, sin ser una tumba, prisión o enemigo, simplemente bueno.

Siguiendo esta línea, en el Renacimiento se dio el inicio del fin de la idea ascética del cuerpo como un enemigo, y el comienzo de la percepción del cuerpo como personal y privado. Sin embargo, no todos modificaron su idea durante la Edad media. Santa Teresa de Ávila, San Ignacio de Loyola y San Francisco continuaron con los fundamentos paulinos, señalando que el cuerpo debería dominarse, controlando las pasiones derivadas de él, ofreciendo todo sacrificio corporal a Dios. Ya a partir del Concilio Vaticano II, el cristianismo ha construido una percepción más gentil y amigable.


El ascetismo del cristianismo podría relacionarse con la ganancia que otorga el dolor que genera el hambre en el paciente con anorexia, o las molestias físicas del contacto de los huesos con la piel. La sensación de dominar el cuerpo da una pseudo-seguridad y la sensación de una vida controlada.

Descartes tira esta concepción de la percepción, ya que en su dualismo distinguió entre las percepciones del alma (relacionadas con la voluntad o imaginación) y las que tienen al cuerpo por causa (como lo que sucede en los sueños y las alucinaciones). También señaló que las percepciones provienen la las impresiones que los objetos exteriores hacen a los sentidos, del propio cuerpo y las del alma. Este autor trató de demostrar que las sensaciones son el resultado de sacudidas de intensidad variable sobre el alma. Así, se distingue entre dos tipos de percepciones: la actual y la aparente. Por ejemplo, la descripción de sueños y alucinaciones emplea el mismo vocabulario que la percepción actual, aunque no haya objeto presente. Para este filósofo, la percepción se da sin requerirse la presencia de un mundo externo. De este modo, Descartes introdujo las teorías representativas de la percepción. 4, 5, 6

Con Descartes, surge la concepción del cuerpo como una máquina, comparándolo con un reloj que funciona sin necesidad de una mente. Sin embargo, tuvo que explicar que la razón es lo que diferencia a los humanos de los animales, con lo que construyó el dualismo cartesiano. La Mettrie rechazó esta explicación y sostuvo que el hombre es una máquina, lo que plasmó en su obra “L´Homme Machine”.
El dualismo cartesiano ha sido útil para dar explicaciones hasta hoy día. Helen Malson7, en su disertación de la anorexia nervosa bajo el dualismo cartesiano, señala que el cuerpo es considerado como amenazante y ajeno a la mente/ser. Así, al ser una amenaza, se requiere controlarlo/negarlo. El acercamiento dualista produce tanto el problema como la solución: la necesidad de controlar y erradicar el cuerpo, y la construcción de una subjetividad sin cuerpo y sin género, significada por el cuerpo desnutrido de la anoréxica. Además, la autora considera que el que muchas niñas y mujeres se enrolen en este proceso de desnutrición causado por el semiayuno, es claramente una práctica cultural sobredeterminada.

En este sentido, es preocupante el número cada vez mayor de niños y adolescentes que son llevados por sus padres, principalmente la madre, a tratamiento nutriológico para control de peso. Muchos de los comentarios de las madres, al preguntárseles el motivo de la consulta, señalan que quieren evitar que sus hijos sufran lo que ellas padecieron por tener un exceso de peso. Dicha explicación podría ser válida, si se enfocara hacia la salud; sin embargo, normalmente se refiere a las burlas de los pares y a la significación social que se le ha otorgado al cuerpo delgado: inteligencia, limpieza, libertad, mejora en el estrato social, éxito. Los niños escuchan y entienden este discurso desde que son pequeños. Como ejemplo, en una sesión con personal del área de nutrición, la madre de una niña de 5 años le dice a su hija: “Dile a la nutrióloga por qué no tienes amigas. ” La respuesta de la niña fue: “Porque estoy gorda. ”

Bajo esta presión social por un peso tan bajo que ni siquiera puede ser sano, ¿cómo no optar por entender al cuerpo desde un punto de vista dualista? ¿Cómo no separar la mente del cuerpo? ¿Cómo no perderse en el procesamiento de la percepción de que el cuerpo es al mismo tiempo un enemigo que hay que someter, pero un “aliado” que va a mejorar la vida, el estado de ánimo y la posición social? En este sentido y desde la postura piagetiana8, el ambiente creado por la sociedad y la familia altera el desarrollo del niño, principalmente en la etapa intuitiva, y no le permite hacer posteriores diferenciaciones entre lo sano y lo irracionalmente exigido.
Durante el siglo XIX, la filosofía y la ciencia del cuerpo se encontraban en pleno fermento. Los autores que más contribuyeron a su teorización fueron Darwin, Marx, Nietzsche y Freud. 4

Darwin dejó muy claro que el hombre no era solamente un animal que ha evolucionado, sino que aún se encuentra en evolución. Ya no sería el señor de la creación que gobierna sobre los animales, sino una parte de ellos. Con esto, las dicotomías antiguas de mente/cuerpo, humano/animal, superior/inferior, que sobrevivieron desde Platón hasta Descartes, no solamente fueron negadas, sino, en algunos sentidos, revertidas. Mientras Darwin argumentaba desde la biología que el hombre es un animal, Marx señalaba que el capitalismo lo convertía en animal, ya que su fuerza laboral se equiparaba. Sin embargo, también escribió que el hombre se convierte en el apéndice de una máquina y, finalmente, en una.

Son frecuentes los comentarios de las personas que sufren de obesidad, anorexia o bulimia, con relación a su despersonalización. Los pacientes comentan que no dislumbran oportunidades de desarrollo personal ni profesional. Consideran que otros los ven como simples medios para conseguir algo, como “una máquina cuyo único fin es… - estudiar, no existir, tener todo limpio y recogido, hacer la comida, traer dinero a casa…-”. Pareciera ser que se ha perdido la posibilidad de que las personas se perciban como únicas y especiales. Se han perdido en la masa.

Por su parte, Nietzsche rechazó al cristianismo, específicamente al ascetismo y al negativismo hacia el cuerpo. Removió al ser del cerebro, de los pensamientos y sentimientos y lo colocó en y dentro del cuerpo. Este autor consideró que la característica del homo sapiens ya no debería ser considerada como la mente, sino el cuerpo mismo. Según Synnott, Freud también tuvo un papel importante en la unificación de la mente y el cuerpo, a través de su teoría de la conversión. La terapia exitosa de la histeria permite entender como unidad a la mente y al cuerpo.

Posteriormente, Foucault fue otro autor que influyó en el desarrollo de la percepción del cuerpo hasta estos días. Una de sus principales contribuciones a la ciencia social ha sido la descripción del cuerpo político en, a través de y sobre el cuerpo físico. Así, el cuerpo se volvía útil sólo si era productivo y subjetivo.

Los cambios que se dieron a finales del siglo XIX y durante el XX, y la microinstitucionalización de la sociedad, formaron cuerpos obedientes y débiles. Tras la Primera Guerra Mundial, principalmente en Estados Unidos, se empezó a institucionalizar el cuerpo bello; sin embargo, en Alemania el cuerpo se politizaba. Claro que la esta idea no era una concepción nueva, pero el nazismo fue de las últimas ideologías sobre el cuerpo, institucionalizándolo en esclavitud y colonialismo, antisemitismo, sexismo, racismo y fascismo.

Por otro lado, la medicina daba una posibilidad de percibir al cuerpo de forma distinta: aún si se abusaba de él, había algo que podría curarlo. La concepción cartesiana del cuerpo como máquina persistió no sólo en la medicina, sino en la psicología con John B. Watson, quien señaló que el cuerpo no era una caja de tesoros secretos, sino un tipo de máquina orgánica de sentido muy común. Esta percepción mecanicista se relacionó perfectamente con la mecanización de la sociedad, ya que precisamente fue la época en la que empezaban a producirse automóviles en serie. Skinner resumiría la posición conductista cuando mencionó que la figura que emerge de un análisis científico no es el de un cuerpo con una persona adentro, sino un cuerpo que es una persona.

 

Finalmente, Sartre insistió en que el cuerpo es el ser y que el ser es el cuerpo. Su monismo contrastó fuertemente con el dualismo cartesiano y su materialismo con el idealismo de Descartes. Mientras éste se refería a la mente como “el medio que hace que yo sea”, Sartre insistió en que el cuerpo es “lo que inmediatamente soy”.

Como reflexión final en su trabajo, Synnott1 señala que el cuerpo se ha construido casi tantas veces como han existido individuos. Se ha definido como bueno y malo, como tumba, templo, máquina, jardín, abrigo y prisión, sagrado y secular, amigo y enemigo, cósmico y místico, uno con el alma o separado, privado o público, personal o propiedad del estado, reloj o automóvil, plástico, biónico, comunal, seleccionado de un catálogo o ingenierizado, un cuerpo o el ser. También comenta que la construcción del cuerpo es la de un ser incorporado. Esta percepción influye no sólo sobre cómo es tratado, sino cómo es vivido. Algunos lo aman, otros lo odian; algunos lo esconden, otros lo muestran; algunos lo flagelan, otros lo consienten; Una persona puede ser puritana o libertina, mecánica o jardinera de sí misma. En fin, las posibilidades son múltiples.

Actualmente, no existe un consenso sobre la percepción del cuerpo, aunque no podría esperarse uno. El cuerpo significa no solamente cosas distintas para diferentes personas, sino muchas cosas para la misma persona en varios momentos o en distintas esferas.

Si se utiliza la teoría “computacional”6 de la percepción, que señala que existen diferencias entre la información que entra al cuerpo, la que se procesa, la que forma la estructura de la percepción y su contenido, y la que se llega a la conciencia como lo percibido, el individuo se encuentra en un verdadero problema. Esto es porque recibe señales ambivalentes: el cuerpo es malo y es bueno, hay que castigarlo y hay que cuidarlo, es enemigo y es aliado, es hermoso y es horrible, hay que gozarlo y hay que nulificarlo; además, esta información se tiene que trabajar en un sistema de percepción que seguramente tendrá fallas y alteraciones dadas a través del desarrollo. Por último, el resultado del procesamiento de esa información, es recibida por una conciencia que está imbuida en un sistema de tensiones sociales que no le permiten al sujeto identificar que su percepción no corresponde a la realidad.

Si esto es con relación al cuerpo, lo mismo ocurre con lo que se relaciona con él, como es el caso de los alimentos. Recientemente se han realizado distintas publicaciones9, 10, 11 en las que se expone cómo los perciben personas de distinto género, ocupación o edades. Se ha propuesto y encontrado que los alimentos son percibidos como sanos, naturales, éticos, sabrosos, costosos; también como una amenaza porque suben de peso o enferman, o como prohibidos porque encierran alguna connotación ética. También se relacionan con el género o con el tipo de trabajo que se realiza. Incluso, se han diseñado modelos que explican las razones y el proceso de selección de alimentos, que están basados en los ideales individuales, los factores personales, los recursos, las relaciones sociales y los contextos alimentarios.

Sin embargo, la percepción de los alimentos también tiene su historia. Desde los tiempos greco-romanos, hasta aproximadamente el siglo XVII, las clases importantes del mundo islámico y cristiano compartían prácticamente la misma dieta: purés gruesos condimentados con muchas especias, salsas dulces y agrias, vegetales guisados y vinos calientes. A la digestión se le entendía como una especie de “cocción”. Al inicio del S XVI, Paracelso clasificó a la materia en tres grupos: llamó mercurio a lo aromático y volátil, azufre a la sustancia oleosa responsable de la humedad y el dulzor de los alimentos, y denominó como sal a la sustancia encargada de proporcionar el sabor y la consistencia a la comida. A partir de aquí, a la digestión se le consideró como una especie de fermento, con lo que la dieta europea cambió al introducir los vegetales crudos, los aderezos, las grasas animales y los aceites, así como el postre y las bebidas con gas como el agua mineral y la champaña. En este momento histórico, el concepto de la vida como un equilibrio entre los ácidos y lo alcalino tuvo una profunda influencia en la concepción médica y dietológica de los europeos, iniciando la transferencia de la dieta medieval a la moderna. 12

Como dato interesante, la alimentación considerada por Platón como adecuada incluía abundantes vegetales y frutas, cereales, leche y pescado; las carnes y el aceite de oliva deberían consumirse con moderación. Este es el tipo de dieta hoy en día considerada como mediterránea, misma que se relaciona con una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares. Platón relacionó a la nutrición con el desarrollo corporal. Consideró que la clave de la adecuada alimentación era la moderación, ya que los excesos contribuían a la enfermedad. 13

La comida también puede ser objeto de un discurso dualístico. En los pacientes con obesidad, frecuentemente se escuchan comentarios como: “Yo sé que comer tanto pan dulce me hace daño, pero no puedo evitarlo, porque me hace sentir bien. ” Es decir, por un lado es algo deseado, pero por otro lado amenaza la salud. Lo mismo ocurre con la anorexia. En estos casos, el alimento es necesario para mantener vivo al cuerpo, pero comer significa perder el control. Así, se trata de un objeto deseado para el cuerpo, pero prohibido para la mente o el ser. 7

El psicoanálisis ha dado mucha luz sobre la relación del individuo con la comida, o la significación que el primero le otorga a la segunda. Sin embargo, no se puede evitar señalar que también la percepción de los alimentos por los individuos con obesidad, anorexia o bulimia, está alterada.

Las personas con sobrepeso u obesidad se refieren a los alimentos no solamente como sabrosos, sino como algo que no pueden dejar, como una protección, un proveedor de bienestar emocional, un castigo, una fuente de culpa. En las pacientes con anorexia, la comida también es fuente de culpa; además, se percibe como persecutoria, de dimensiones gigantescas y como con inteligencia propia y autodeterminación: “Creo que la comida sabe exactamente en dónde colocarse en mi cuerpo para hacerme engordar. Por más ejercicio que hago, insiste en convertirme en algo deforme, con un abdomen inmenso. ” Algunos pacientes con bulimia hacen comentarios que se pueden comparar con lo señalado anteriormente, pero también los consideran como depositarios de lo que les genera dolor: “Comí ese pan con tanto enojo, que sentí que me estaba desquitando de algo. Luego vomité y me dio gusto ver cómo estaba todo en el baño, deshecho, sin forma. ”

En un tratamiento multidisciplinario, comprender las alteraciones en la percepción del cuerpo y los alimentos, podría ser útil para orientar el abordaje del tratamiento.

Por ejemplo, basándose en la percepción distorsionada que el paciente tiene sobre su cuerpo (“el cuerpo”) y los alimentos, el proceso de recuperación nutriológica se ve favorecido si incluye un programa que aclare qué son los alimentos, de qué están compuestos, cuáles son las funciones de sus componentes en el organismo, cuáles son las características de la alimentación adecuada y qué pasa si existen deficiencias o excesos alimentarios.


Asimismo, conviene trabajar sobre la desmitificación de la comida, señalando que no existen alimentos buenos ni malos, y explicando los procesos biológicos, psicológicos y sociales que llevan a la ingesta de alimentos. De la misma forma, puede apoyarse en el esclarecimiento de las satisfacciones físicas (que no sólo se refieren a la estética, sino principalmente a la salud), emocionales y sociales, que acompañan a la comida.

Además, ocuparse del significado físico del “peso”, de explicar la composición corporal, las funciones de los distintos componentes del organismo y la relación entre éstos, así como del funcionamiento de los procesos digestivos, el efecto de los distintos tipos de ejercicios en el cuerpo y las afecciones que causan los diferentes tipos de purgas, son elementos que apoyan en la modificación de la percepción de pacientes con trastornos alimentarios.

Por supuesto que lo anteriormente señalado debe ir en un marco de atención multidisciplinaria, donde la comunicación entre profesionales permita una mejor y más clara atención al paciente, y donde el abanico de posibilidades de éste se abra de tal forma que se oriente hacia un cambio en la percepción sobre el cuerpo y los alimentos.


Referencias

1. Synnott A. Tomb, temple, machine and self: the social construction of the body. BJS 1992; 43(1): 79-110.

2. Guinsberg, E. Televisión y familia en la formación del sujeto. Anuario de Investigación de la comunicación, V Congreso Nacional de Enseñanza en Ciencias de la comunicación. México, 1998, p. 34.

3. Dehart SM. Hippocratic medicine and the Greek body image. Perspectives on Science 1999; 7(3): 351, 365-6.

4. Mueller FL. Historia de la psicología. Fondo de Cultura Económica. México, 2002.

5. Lagerspetz O. Experience and consciousness in the shadow of Descartes. Philosophical psychology 2002; 15(1): 5-18.

6. Hamlyn DW. Perception, sensation and non-conceptual content. The Philosophical Quarterly. Blackwell Publishers. USA, 1994, p. 139-153.

7. Malson H. Subjectivity, embodiment and gender in a discourse of Cartesian dualism. En: The thin woman: feminism, post-structuralism and the social psychology of anorexia nervosa. Routledge editors. London, 1998, p. 121-141.

8. Malerstein AJ, Ahern MM. Piaget´s stages of cognitive development and adult character structure. American Journal of psychotherapy 1979; 33(1): 107-118.

9. Connors M, Bisogni CA, Sobal J, Devine CM. Managing values in personal food systems. Appetite 2001; 36: 189-200.

10. Mooney KM, Walbourn L. When college students reject food: not just a matter of taste. Appetite 2001; 36: 41-50.

11. Roos G, Prättälä R, Koski K. Men, masculinity and food: interviews with Finnish carpenters and engineers. Appetite 2001; 37: 47-86.

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