La violencia, como algo inherente e inevitable en ser humano, ha sido objeto de discusión para filósofos, políticos y religiosos a lo largo de la historia. Ahora, en el siglo XXI, el estudio de la agresividad incluye un cariz científico reflejado en estudios neurológicos y psicológicos, llegándose incluso a demostrar alteraciones a nivel del lóbulo frontal en sujetos altamente violentos. La sociedad ha sido la encargada de controlar las conductas violentas cuando estas son claramente manifiestas, pero ¿qué ocurre cuando el perjuicio se causa de manera encubierta, a veces indirecta y, sin dejar huella aparente?Situándonos en el ámbito laboral, contamos con un dato añadido: Cada vez es más alta la competitividad en el trabajo donde se satisfacen nuestras necesidades y en el que con frecuencia se encuentra comprometida nuestra autoestima. La posibilidad de actuar de forma violenta sin ser descubiertos y la relevancia del puesto de trabajo que ocupamos constituyen el caldo de cultivo que propicia la existencia del mobbing o acoso moral en el trabajo, un fenómeno cada vez más común en las sociedades desarrolladas, que ha alcanzado gran difusión en los últimos tiempos y que es fuente de numerosas demandas legales.