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Última actualización web: 19/05/2022

Hikikomori y tumbados. Un análisis literario y social sobre la conducta patológica de aislamiento social*

Autor/autores: Elena Gallego Andrada , Jesús J. de la Gándara Martín
Fecha Publicación: 13/05/2010
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Comunicación

RESUMEN

Durante los últimos lustros estamos asistiendo a la aparición y expansión del fenómeno social llamado ?Hikikomori?, es decir jóvenes que se encierran en sus habitaciones y cortan toda relación con el mundo exterior, el cual tiene su origen en Japón pero poco a poco, aunque con características diferentes según cada sociedad, se va extendiendo al resto de los países ?civilizados?. En España, este fenómeno se conoce con el nombre de ?Síndrome de la puerta cerrada?, en el mundo anglosajón como ?Social withdrawal? y en el mundo francoparlante como ?Syndrome du retrait social aigu?. Sin embargo, puesto que el alma humana es universal y supera las barreras de las diferentes épocas y países, también es posible rastrear, tanto en la vida real como en el mundo literario, casos con características y síntomas muy similares a las de los hikikomori, como el fenómeno de ?los tumbados? en España.

El objetivo de nuestro estudio no es un análisis de las numerosas y complejas causas por las cuales se producen estos fenómenos, más allá del campo limitado de la psiquiatría clínica. Vamos a centrarnos fundamentalmente en la mirada social y literaria proyectada sobre dichos fenómenos conductuales anómalos.

Palabras clave: aislamiento

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Hikikomori y tumbados. Un análisis literario y social sobre la conducta patológica
de aislamiento social*
FUENTE: PSIQUIATRIA. COM. 2008; 12(4)

Elena Gallego Andrada1; Jesús J. de la Gándara Martín2.
1 Profesora de Literatura, Universidad de Sophia, Tokio, Japón.
2 Jefe de Servicio de psiquiatría, complejo Asistencial de Burgos

* El presente trabajo es una adaptación del publicado por la primera firmante en la E. Bulletin of the Faculty of Foreing Studies, Sophia
University, Tokyo nº 42 (2007).

Recibido el 10/10/2008

Resumen
Durante los últimos lustros estamos asistiendo a la aparición y expansión del fenómeno social llamado
"Hikikomori", es decir jóvenes que se encierran en sus habitaciones y cortan toda relación con el mundo exterior,
el cual tiene su origen en Japón pero poco a poco, aunque con características diferentes según cada sociedad, se
va extendiendo al resto de los países "civilizados". En España, este fenómeno se conoce con el nombre de
"Síndrome de la puerta cerrada", en el mundo anglosajón como "Social withdrawal" y en el mundo francoparlante
como "Syndrome du retrait social aigu". Sin embargo, puesto que el alma humana es universal y supera las
barreras de las diferentes épocas y países, también es posible rastrear, tanto en la vida real como en el mundo
literario, casos con características y síntomas muy similares a las de los hikikomori, como el fenómeno de "los
tumbados" en España. El objetivo de nuestro estudio no es un análisis de las numerosas y complejas causas por
las cuales se producen estos fenómenos, más allá del campo limitado de la psiquiatría clínica. Vamos a centrarnos
fundamentalmente en la mirada social y literaria proyectada sobre dichos fenómenos conductuales anómalos.


Abstract
During the last periods we assist at the appearance and expansion of the social phenomenon called "Hikikomori",
that means young people who restrain in his rooms and cut any relation with the exterior an families, which has
its origin in Japan but progressively are spreading to the rest of the "civilized" countries with different
characteristics according to every society and culture. In Spain, this phenomenon is known as (Síndrome de la
puerta cerrada" (Closed door syndrome), in the Anglo-Saxon world as "Social withdrawal" and in the French world
as "social Syndrome du retrait aigu ". Nevertheless, since the soul humanizes it is universal and overcomes the
barriers of the different epochs and countries, also it is possible to rake, so much in real life like in the literary
world, cases with characteristics and symptoms very similar to those of the hikikomori, as the phenomenon of "los
tumbados" ("the knocked down ones") in Spain. The aim of our study is to do an analysis of the numerous and
complex reasons for which these phenomena take place, beyond the field of the clinical psychiatry. We are going
to focus fundamentally on the social and literary look projected on the mentioned phenomena.

Lemas
Nous ne sommes nous qu´aux yeux des autres et c´est à partir du regard des autres que nous nous assumons
comme nous. Chaque regard nous fait èprouver concrètement [. . . ] que nous existons pour tous les hommes
vivants. (No somos nosotros más que a los ojos de otros y a partir de la mirada de los otros nos asumimos como
nosotros. Cada mirada nos hace experimentar concretamente [. . . ] que existimos para todos los hombres
vivientes). Jean Paul Sartre (1905-1980) L´etre et le nèant (El ser y la nada), 1943.
Alors, c´est ça l´enfer. Je n´aurais jamais cru. . . Vous vous rappelez: le soufre, le bûcher, le gril. . . Ah! Quelle
plaisanterie. Pas besoin de gril, l´enfer, c´est les Autres. (Entonces, esto es el infierno. No lo habría creído nunca.
Os acordáis: el azufre, la hoguera, la parrilla, . . . ¡Ah! qué broma. No es necesaria la parrilla, el infierno, son los
Otros) Jean Paul Sastre, Huis Clos, V. scene V
J´ai dit souvent que tout le malheur des hommes vient d´une seule chose, qui est de ne savoir pas demeurer en
repos, dans une chambre. (He descubierto que todas las desgracias de los hombres provienen de una sola cosa,
que es el no saber estar quieto, en una habitación. ) Blaise Pascal (1623-1662), Pensées (Pensamientos) II, 139.

Homo sum; humani nihil a me alienum puto. (Hombre soy, y nada humano me es ajeno) Publio Terencio (185
a. C. -?, 159 a. C), Heautontimoroumenos, I, 1, 77

Introducción
En el libro Con otra mirada. Una visión de la enfermedad desde la literatura y el humanismo, volumen de
conferencias impartidas en Madrid, en la Sede de la Fundación de Ciencias de la Salud, entre los años 1999 y
2000, varios escritores españoles contemporáneos (Josefina Aldecoa, Luis García Montero, Almudena Grandes,
Luis Landero, Julio Llamazares, Gustavo Martín Garzo, Luis Mateo Díez, Juan José Millás, Alvaro Pombo, Soledad
Puértolas y Andres Trapiello) nos hablan desde su punto de vista personal y desde los más variados enfoques
sobre las estrechas relaciones entre literatura y enfermedad, ya sea ésta física o mental.
En su conferencia "Tumbados y resucitados", en el libro mencionado, Luis Landero nos habla sobre el fenómeno
de "los tumbados" (1). Veamos a continuación el primer fragmento donde se puede percibir perfectamente la
admiración que dicho fenómeno le despierta: "Yo creo que mi primer recuerdo consciente o nítido de la
enfermedad tiene que ver con un hombre postrado en una cama, no un hombre cualquiera, sino una de aquellas
figuras casi legendarias que hubo en el sur hace ya años y a quienes les llamaban "Los tumbados". Yo conocí de
cerca una vez a un tumbado; esto es, no a un holgazán, a un neurótico o a un simple enfermo imaginario, sino a
un auténtico e irrepetible ejemplar de tumbado: a un hombre que una mañana opta por suspender su actividad
laboral y social y se abandona espléndidamente a la inacción".
De estas líneas se desprende, en primer lugar, que este fenómeno es considerado una enfermedad de tipo
mental, ya que no menciona dolencia física alguna. En segundo lugar, que no es un fenómeno denigrante o
vergonzoso, ni se considera al tumbado un parásito de la sociedad, más bien lo contrario, los tumbados producen
admiración y se les ve como envueltos en la leyenda y con cierta aura de héroes.

De tumbados a hikikomori: Entre la cama y la vida.
Haremos a continuación un análisis comparativo sobre los aspectos diferenciales y coincidentes entre ambos
fenómenos comportamentales "culturales".
Como los tumbados, los hikikomori japoneses no sufren, en la mayoría de los casos, dolencias de tipo físico, y en
general se considera asimismo que padecen algún tipo de trastorno psíquico o enfermedad mental. Sin embargo,
en contraste con la admiración que despiertan los tumbados, la sociedad japonesa está muy lejos de considerarles
como héroes, todo lo contrario, son considerados parásitos tanto de la sociedad como de su familia, que
sobrelleva con gran vergüenza e impotencia esta situación.
En cuanto a su circunscripción geográfica, Landero habla de un fenómeno de carácter más bien sureño o
meridional, cuya observación se correspondería con la España de la década de los años 50 del siglo pasado. Sin
embargo, Juan Carlos Usó observa que este fenómeno ha sido detectado con anterioridad a esta década: "Así, a
principios del S. XIX, el Dr. Descuret dio a conocer el caso de monsieur Boulard, un notario bibliófilo que después
de la Revolución Francesa llegó a reunir 600. 000 volúmenes y que en un momento dado acordó con su mujer no
adquirir más libros y dedicarse a su lectura y clasificación. Durante varios meses cumplió su palabra, pero cada
vez se encontraba más enfermo y triste. Hasta que un buen día abandonó la tarea emprendida y se tumbó. Cabe
decir, no obstante, que si el Dr. Descuret consideró a Boulard digno de figurar en su patología de las pasiones
(1841)(2) no fue por su condición de tumbado, sino por su bibliomanía"(3).
La mayoría de autores sitúan el punto de partida de fenómeno moderno de hikikomori en Japón. Sin embargo,
poco a poco se va extendiendo a la mayoría de los países "civilizados" y es posible constatar numerosos casos,
aunque no en la misma proporción que en Japón, en Estados Unidos, Argentina, Australia, numerosos países
europeos como Reino Unido, Francia, Alemania, España. . . y otros países asiáticos como Taiwan, China y Corea del
Sur. De tal forma que se han acuñado los términos diferentes para referirse a comportamientos similares:
"Síndrome de la puerta cerrada", "Social withdrawal" y "Syndrome du retrait social aigu" en español, inglés y
francés respectivamente.
Sin embargo, en el caso de los modernos tumbados, jóvenes que presentan los fenómenos mencionados, creemos
que hay notables diferencias, en cuanto a los síntomas y causas, con los hikikomori japoneses. Tales diferencias
se deben fundamentalmente a las peculiares características de cada sociedad. Aunque es evidente que los
hikikomori de Japón, China, Taiwan y Corea del Sur, al ser países de fuerte tradición confuciana, presentan más
puntos en común entre sí que sus homónimos de los países occidentales.
Sobre las causas que propician el encamamiento, Landero nos explica: "Nada excepcional había ocurrido en su

vida. No había sufrido un desengaño, tendencia a la depresión o conflicto laboral o doméstico. No, a aquel hombre
le había sucedido lo que a otros: que una mañana, sin anuncio previo, sin razón aparente, sin el menor síntoma
de enfermedad, y en perfecto uso de sus facultades mentales, había decidido quedarse en la cama
indefinidamente, y de ello hacía ya casi diez años". Y añade: "la propia víctima fue la primera en quedar atónita e
indefensa ante la irrupción de la desgracia" (1).
De aquí deducimos que se ignoran o no existen causas concretas y que no se trataba de un fenómeno aislado.
Otros autores los denominan "acostados", como veremos más adelante, y tampoco, como hemos visto, se trata
de un fenómeno exclusivo de España ya que los franceses inventaron el término "encamado" para referirse a
ellos.
En el caso de los hikikomori, podemos decir que hay ciertos síntomas que van prologando el aislamiento
definitivo, uno de los primeros es el rechazo a asistir al colegio (kyohi), que puede deberse, entre otras muchas
razones, al acoso escolar (ijime). Tras repetidas ausencias y tratando de escapar de los problemas, finalmente se
autorrecluyen voluntariamente durante años. Otro de los motivos puede ser un desengaño amoroso, el fracaso o
bajo rendimiento escolar o la presión de una sociedad extremadamente competitiva.
En cuanto a la magnitud del hikikomori es difícil cuantificar la cifra exacta de afectados, ya que la vergüenza
familiar hace que muchos de estos casos se oculten. Sin embargo, una investigación del año 2005 de NHK estima
que hay aproximadamente un millón y medio de jóvenes en esta situación. Si a esta cifra añadimos todos los
tipos de hikikomori, por ejemplo, el pre-hikikomori (jun-hikikomori), que sale de vez en cuando o asiste al colegio
o universidad algunas veces, pero carece de toda relación social, el número total sería de unos 3 millones (4).
Respecto a la reacción por parte de quienes rodeaban al tumbado, Landero nos sigue contando: "Desde luego era
inútil animarlo o persuadirlo a la acción, ni nadie lo intentaba, porque todos sabían que aquella era una tragedia
que carecía de nombre, de causa y de remedio, que le puede ocurrir a cualquiera, y que era tan inevitable como
el rayo o la luna. Y tampoco a nadie se le pasaba por la cabeza acusar al postrado de molicie o locura, ya que en
última instancia se trataba de designios de Dios o del destino y como tales había que recibirlos. Sólo quedaba,
pues, condolerse, resignarse e intentar salir adelante como mejor se pudiera. Les llamaban así: "los tumbados", y
que yo sepa no hay muchas noticias concretas sobre ellos"1.
Podemos ver que este fenómeno era considerado como una tragedia inevitable que dependía más que de unas
causas concretas de los designios divinos y, totalmente impotentes ante esta situación, no tomaban ninguna
medida al respecto ni se pensaba en un posible tratamiento. Resignarse y esperar eran las únicas soluciones.

En el caso de los hikikomori, suele pasar mucho tiempo antes de que los padres recurran a una terapia
psicológica. Normalmente esperan el desenlace de forma pasiva, ante lo que creen una situación transitoria: una
fase que el adolescente tiene que superar2. Muchos de ellos se convierten en esclavos de estos tiranos que se
rebelan de forma violenta o amenazan con suicidarse en caso de que traten de prestarles ayuda. Por estas
razones no se fuerza, o se tarda mucho en hacerlo, de forma drástica al hikikomori para que vuelva a integrarse
en la sociedad. En algunos casos, los centros de ayuda3 a los hikikomori envían a alguna persona que a menudo
es rechazada violentamente. Normalmente lleva mucho tiempo poder acercarse al hikikomori y ganarse su
confianza. Además, hay que tener en cuenta que la educación de los hijos en Japón corre a cargo de la madre,
por tradición, y es muy normal que el padre delegue todo el problema del hikikomori en la madre, que muy a
menudo se vuelve sobreprotectora4 con su hijo. El reconocimiento de la existencia de un hikikomori en la familia
supone, por tanto, una vergüenza desde el punto de vista social para la madre (y por extensión a la familia
entera), a quien se consideraría como una fracasada en su papel de "madre de familia".
Al final del párrafo, Landero comenta: "y que yo sepa no hay muchas noticias concretas sobre ellos", lo cual da
entender la poca importancia que se concedía a estos fenómenos. Como si se pensase que es una más, de las
tantas cosas que pueden suceder, y punto.
En cuanto a la actitud de la familia del tumbado de cara a los demás y la solución a la supervivencia diaria,
Landero sigue contándonos: "Recuerdo que había una mujer vestida de medio luto, que iba limosneando de
puerta en puerta con el estribillo: "Una caridad para esta pobre mujer que tiene seis hijos y a su marido tumbado
desde hace diez años". Y la gente le daba algún socorro y la animaba a la esperanza y a la fe. Porque lo más
impresionante de estos dramas era el respeto y la adhesión con que la comunidad acogía a los tumbados"5.
Vemos aquí que no hay en absoluto ningún secretismo, ni por parte de la familia ni por parte de la comunidad en
que vive el tumbado. Se respetaba y se mostraba solidaridad hacia este drama que podía suceder a cualquiera.
Como dice el refrán: "cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar". La "viuda" del
tumbado, acuciada por la situación y no pudiendo recurrir a otra solución para la subsistencia diaria, salía a pedir
limosna y recibía las condolencias de la comunidad. El hecho de que fuese vestida "de medio luto" nos indica que
su marido, es decir, el tumbado, era una especie de "muerto en vida" desde hacía diez años. Como reza el dicho
popular: "Hay personas que mueren a los 30 o 40 años y los entierran a los 70 u 80".
Como venimos mencionando, en el caso de los hikikomori, su situación produce gran vergüenza6 ante toda la
sociedad y sería impensable hacer pública la situación. Como reza otro dicho popular: "los trapos sucios se lavan
en casa". En cuanto al hecho de pedir la compasión y limosna ajena, podemos decir que es algo inconcebible en
Japón, absolutamente indigno desde el punto social e incompatible, por tanto, con los fundamentos de la cultura
japonesa donde todavía impera el código del samurai o Bushido, que idealiza al tipo de persona que es capaz de
sufrir en silencio y resolver sus problemas sin la ayuda de nadie ni "incordiar" a los demás con sus penas. Y
cuando llega al límite de sus fuerzas no le queda otra solución que optar por el suicidio. Se puede decir, en este
sentido, que el actual Japón sigue habitado por samurais, pero "samurais de asfalto". Esta es una de las muchas
razones que explican el escaso desarrollo y bajo nivel de la psiquiatría en Japón.
Respecto al tipo de personas y de familias en que solían darse estos casos, Landero nos dice: "Se daban estos
casos en familias más bien humildes y casi siempre el tumbado era un hombre, por lo general laborioso y de
espíritu manso y ejemplar. Una vez tomada la decisión de tumbarse, se iniciaba un proceso de desenlace
imprevisible. Acudían los vecinos a acompañar en la desgracia, a dar una especie de pésame y a reunirse en torno
al tumbado en un acto muy parecido a un velorio sin muerto, o con el muerto presente no sólo en cuerpo sino
también en alma. Si alguien, desinformado, se interesaba por lo ocurrido, recibía por respuesta: Nada, que Fulano
se ha tumbado", y el otro movía desalentado la cabeza y decía: "Vaya por Dios" 7.

En este fragmento podemos ver que se trataba casi siempre de varones y padres de familia y en ningún momento
se deja entrever nada que indique violencia hacia su entorno. De nuevo vemos la solidaridad y respeto a su
alrededor. Todo indica que se trataba de un asunto público que incumbía a toda la comunidad y que después del
"velorio" comunitario, los tumbados recibían visitas de vez en cuando. Es decir, que su "tumbamiento" significaba
un rechazo de toda actividad productiva pero no, o no necesariamente, el rechazo de cierto grado de contacto
social. En cualquier caso, la comunidad de la que habla Landero parece tan reducida de número que resultaría
imposible ocultar un fenómeno de este tipo.
En contraste con esta situación, el hikikomori, durante sus meses o años de aislamiento, no se relaciona
absolutamente con nadie, si acaso a través de internet, aunque según recientes estudios parece que solamente el
10% lo usa. Su familia sabe que sigue respirando porque devuelve vacía la bandeja de comida que le dejan en la
puerta y porque oyen el crujir de la madera en el piso de arriba cuando decide dar una vuelta por su pequeña
habitación.
Las familias con casos de hikikomori suelen ser de clase media o media-alta, de economía desahogada que hace
absolutamente innecesaria la caridad ajena. Y, aun en el caso de que la hiciera imprescindible, hemos visto que
no se produciría bajo ningún concepto. Antes que exponerse a tal vergüenza social, sería preferible la muerte por
inanición. Por otra parte, en Japón, sobre todo en las grandes ciudades, el incremento del anonimato favorece el
colapso de la ayuda mutua entre vecinos y el ocultamiento de la situación.
Aunque el fenómeno de los hikikomori es objeto de investigaciones, películas, documentales, artículos de prensa,
libros, reportajes, etc. . . no es en modo alguno, como hemos visto, un "asunto público" ni se debate abiertamente.
Es decir, si alguien tiene indicios de una situación de hikikomori en su vecindad o entorno familiar, respetará el
dolor y vergüenza de los afectados evitándoles una situación incómoda con su más absoluto silencio.
En cuanto a la proporción por sexos de los hikikomori, el psiquiatra Tamaki Saito, indica que se trata en su
mayoría de varones, aproximadamente un 86%, normalmente hijos únicos o primogénitos8. En contraste con los
tumbados, que suelen ser también varones y además padres de familia, es muy raro encontrar este tipo de casos
entre los hikikomori, que suelen ser jóvenes entre los 13 y 30 años. Es muy raro encontrar hikikomori que
sobrepasen esta edad, aunque hay un fenómeno con características similares llamado NEET (Not currently
engaged in Education, Employment o Training) definido como "hikikomori social". Es decir, una persona que
rechaza el estudio, el trabajo y la preparación laboral pero sale de vez en cuando, por ejemplo, para hacer la
compra. El acrónimo NEET nació recientemente en el Reino Unido, lo que evidencia que no se trata de un
fenómeno exclusivo de Japón. Según el Libro Blanco de Economía Laboral, los NEET alcanzaron la cifra de
850. 000 en 2004. También hay varios tipos de Neet, uno de los cuales, es el tipo "paralizado de
miedo" (tachisukumi-gata). El NEET normalmente está soltero y llega en algunos casos hasta los 35 años, por lo
que suele ser algo mayor que el hikikomori. Sin embargo, en ambos casos se trata de jóvenes que viven a costa
de la solvente situación económica de los padres, por lo cual no ponen en peligro la supervivencia familiar como
en el caso de los tumbados. Puesto que, como hemos visto anteriormente, es impensable en Japón vivir de la
limosna ajena, es prácticamente encontrar hikikomori o NEET que sean padres de familia o mantenidos por sus
esposas. En Japón se sigue pensando que es el hombre quien debe aportar el sustento a la familia.

Mientras que los tumbados eran "de espíritu manso y ejemplar", hay casos, como ya hemos mencionado, en que
los hikikomori presentan comportamientos violentos.
Sobre lo que sucedía a continuación y el tiempo que pasaban tumbados, Landero sigue contándonos: "Luego, la
historia del tumbado se diluía en el tiempo. A veces le duraba la decisión toda la vida; a veces, a los dos, cuatro o
doce años, un día se levantaba y retomaba su actividad de siempre. "Fulano se ha levantado", se corría la voz
entonces, y en todas partes se le recibía con naturalidad e incluso con admiración"9.

A pesar de ser considerado una desgracia, deducimos que también era un hecho intrascendente y, como no se
vislumbraba solución al alcance humano, ni se sabía cuánto iba a durar, se acababa olvidando con el tiempo.
Vemos una vez más la admiración que despertaban y la alegría que producía en la comunidad su levantamiento,
pues eran considerados parte integrante de ella.
La mayoría de los hikikomori suelen encerrarse entre uno y cinco años en sus habitaciones, un período de tiempo
relativamente breve si lo comparamos con el período de tumbamiento "a veces le duraba la decisión toda la vida".
A diferencia de los tumbados, en cuyo caso es posible "levantarse y retomar su actividad de siempre", como si
nada hubiera pasado, es bastante improbable que esto suceda en el caso de los hikikomori. Normalmente, si
acaba reincorporándose a la sociedad es después de un largo proceso y tras una larga estancia en un centro
especializado en la recuperación de hikikomori. Es una especie de círculo vicioso: cuanto más tiempo pasan
"hikikomoreados" más difícil se hace su recuperación. Y, frente a la "naturalidad e incluso admiración" con que se
recibía a los tumbados, el hikikomori será despreciado y marginado, y tratará todo lo posible para ocultar el
espacio vacío (tiempo de reclusión) en su currículum. Muchos japoneses no les consideran parte integrante de la
sociedad, puesto que ellos mismos se han autoexcluido de ella, y no les perdonarán haber rechazado la sociedad
que con tanto esfuerzo y sacrificio han construido y de la que se sienten orgullosos.
Por otra parte, Landero no menciona nada en cuanto a un posible suicidio como desenlace del tumbamiento y
tampoco parece muy probable que éste se produjera en la mayoría de los casos. Sin embargo, aunque el suicidio
no suele ser el desenlace habitual de la situación de hikikomori, no podemos obviar el hecho de que en muchos
casos el hikikomori es el primer paso para el suicidio. Según el duodécimo Congreso de la WPA (World Psychiatric
Association), celebrado en Yokohama del 24 al 29 de agosto de 2002, Japón ocupa el número uno mundial en
cuanto a número de suicidios (en el año 1996 ocupaba el noveno puesto), lo cual se traduce en más de 30. 000
personas al año10. Cuando en Japón los hiperpuntuales trenes urbanos se detienen sin razón aparente. . . , no
necesitamos preguntar el motivo. . .

En cuanto a su experiencia personal con un tumbado, Landero nos relata: "Una vez, como decía al principio, vi a
un tumbado. Era un tumbado más bien joven porque sólo llevaba tres años en la cama y no debía de haber
cumplido los cuarenta. "¿Cómo va eso?", le preguntó mi madre. "Aquí andamos, con lo nuestro", dijo él. Dedicaba
el tiempo a mirar al techo, a recabar información sobre si era buen año de liebres o aceitunas, a escuchar la radio,
a dormir y a suspirar de vez en cuando. Me impresionó su dignidad y sobre todo que aquella postración no parecía
un descanso, sino una última y misteriosa forma de trabajo. Allí estaba, laboriosamente echado, concentrado en
su tarea ciclópea y ofreciendo el formidable espectáculo de una quietud que evocaba la del santo Job ante un
destino fatal e incomprensible"11.
Prestemos atención al comentario de Landero respecto a la edad y el tiempo en posición horizontal del tumbado.
Frente a la edad media del hikikomori, unos 19 años, el tumbado en cuestión "no debía de haber cumplido los
cuarenta", y, por tanto, "era más bien joven". Teniendo en cuenta que a muchos tumbados "la decisión les duraba
toda la vida", llevar tumbado "sólo tres años" era algo absolutamente insignificante. Parece ser que todavía tenía
que demostrar que era un tumbado "como Dios manda". Observemos también el hecho de que el tumbado recibía
visitas y no se avergonzaba ante ellas, ni a ellas les parecía una experiencia desagradable visitarle. Más bien al
contrario, vemos que Landero, cuando era niño, quedó impresionado ante la dignidad que mostraba el tumbado,
el misterio que representaba para él dicha situación y la serenidad que le transmitía.
Frente al tumbado, que no se avergüenza en absoluto de su situación "Aquí andamos, con lo nuestro", en la
sociedad japonesa es impensable que alguien vaya a "visitar a un hikikomori", con la naturalidad de quien va a
visitar a un enfermo a un hospital, o que alguien pregunte a un compañero de trabajo por su hijo hikikomori. Ya
hemos mencionado que ellos mismos rechazan todo contacto social, probablemente más por la vergüenza que la
sociedad les hace sentir que por falta de deseo de comunicación.

En cuanto a las actividades del hikikomori, en contra de lo que cabría suponer sólo el 10% utiliza el internet, la
mayoría duerme durante el día y dedica la noche a jugar con la consola de videojuegos, beber alcohol o

simplemente no hace nada12.
De las palabras de Landero deducimos que los tumbados estaban presentables, es decir, que se aseaban o alguien
se ocupaba de su aseo diario. Sin embargo, la mayoría de los hikikomori no sale de su habitación bajo ninguna
circunstancia. Esto significa que no se asean ni se bañan o duchan durante meses o años, tampoco se cortan el
pelo y acumulan todo tipo de basura en sus pequeños habitáculos. Muchos de ellos presentan asimismo el
síndrome de Diógenes. Ni que decir tiene que la falta de actividad física les hace anquilosarse, poco a poco van
perdiendo capacidad motora y cuando ingresan en un centro de recuperación una de las labores más urgentes es
reaprender a andar y a correr. La recuperación de las habilidades sociales, capacidad de resolver problemas,
enfrentarse a todo tipo de situaciones, etc. , es un proceso bastante difícil que requiere gran esfuerzo porque
carecen de referentes y de capacidad de distinguir entre el bien y el mal, lo cual puede conllevar comportamientos
violentos o delictivos. Asimismo les será muy difícil encontrar un trabajo estable o involucrarse en relaciones
duraderas.
Sobre la influencia que dicha experiencia tuvo en él posteriormente, Landero nos dice: "De cualquier modo,
cuando empecé a ir a la escuela y a adquirir deberes y responsabilidades, yo me acordaba de aquel tumbado y lo
envidiaba en secreto y soñaba con un destino similar para mí. Entre los días más hermosos de mi niñez están
aquellos en que una leve enfermedad me obligaba a quedarme en cama, protegido de los trabajos y rigores del
mundo por la profunda calidez del hogar. Oía a mi madre fregar los cacharros, pasar la escoba, hablar con las
vecinas, sentía el frescor limpio de las sábanas, disfrutaba de la solicitud con que todos se apresuraban a cumplir
mis deseos o se adelantaban a ellos con un tono siempre dulce en la voz: "¿Quieres una naranjada?, ¿quieres que
vaya a comprarte un TBO?, ¿te cuento un cuento? ¿te subo un poquito más la persiana?". Sí, aquellas mañanas
cálidas y ociosas fueron las mejores de mi vida, y yo alimentaba la vaga esperanza de convertirme en un
tumbado y vivir así ya para siempre"13.
Vemos aquí que el tumbado despierta en el niño Luis Landero sentimientos de envidia, hasta el punto de abrigar
la fantasía de desear ser como él. Y a continuación se deleita contándonos detalladamente la dulzura de dicha
vida.
La situación de los hikikomori, como vamos viendo a lo largo de este trabajo, no despierta, en absoluto la más
mínima envidia, sino todo lo contrario, se les margina, ignora, desprecia y se les considera una plaga, uno de los
más graves problemas de la sociedad japonesa actual, junto con el acoso escolar y el suicidio, a los que nadie
parece encontrar solución.
Landero sigue contándonos: "Si en aquellos tiempos hubiera conocido yo la historia que cuenta Günter Grass en
"El tambor de hojalata", también hubiera elegido para mí un destino similar al de Óscar: no crecer más, quedarme
de niño para el resto de mis días, en ese punto en el que la enfermedad, o más bien la convalecencia, añade a la
acidez de la vida un punto de dulzura que la hace leve y acogedora, quizá porque entonces vivimos sólo en el
presente, a salvo de los temores y afanes de tener que proyectarnos en un futuro siempre amenazante"14.
En este párrafo empezamos a atisbar una de las posibles causas del "tumbamiento" o encierro en sí mismo: la
fantasía de ser eternamente niño y eludir las responsabilidades que conlleva la vida adulta, el miedo a enfrentarse
a la sociedad.
Sobre este tipo de fantasía, llamada también "Síndrome de Peter Pan", véase el libro de Tamaki Saito, El
hikikomori social. La eterna adolescencia15.
Uno de nosotros (EGA) como profesora en varias universidades de Japón a lo largo de 15 años, recientemente he
podido contemplar con estupor e incredulidad un fenómeno insólito hasta ahora. Debido al miedo que tienen a
desenvolverse en la vorágine social, algunos estudiantes se llevan un tremendo disgusto tras conseguir todos los
créditos necesarios para graduarse y otros hacen todo lo posible para suspender a propósito o no se presentan a
algunos exámenes con el fin de permanecer un año más al "calor" de la universidad.
No obstante, en cuanto a "personajes literarios tumbados", quizá es Edgardo, el protagonista del popular drama
"Eloísa está debajo de un almendro"16 (1940) quien mejor encarna el prototipo. Jardiel Poncela nos dice que
"lleva acostado sin levantarse de la cama veintiún años" y que su actitud es "perfectamente digna, y en todo, en
sus ademanes, pausados y armoniosos, así como en su empaque personal, denuncia inteligencia y educación
exquisita". Para su creador tiene una "distinción innata", lo cual no impide que, llegado un momento, "la cama le
aburra y necesite viajar". Entonces Edgardo viaja en tren, naturalmente. . . , sin salir del lecho y su ayuda de
cámara le proyecta en una pantalla vistas de los sitios principales por donde pasa.

A continuación, Landero nos habla de numerosos casos de famosos escritores que fueron tumbados "al menos en
alguna época de su vida". Es el caso de Juan Ramón Jiménez, cuya extrema hipocondría le llevó a vivir recluido en

varios sanatorios en Burdeos y en el sur de Francia. Y nos aclara que "en realidad era un turista, sólo que no se
alojaba en hoteles sino en hospitales de cinco estrellas". [. . . ]"Hay versos de Juan Ramón cuya
dulzura acogedora, cuya melancolía, yo siempre relaciono con esas largas postraciones en su suite de enfermo
imaginario"17-concluye.
Otros poetas que menciona son Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, que "descubrieron o remacharon su vocación
mientras convalecían en algún sanatorio de montaña". También el caso de Proust, "que escribía en la cama (no se
si por enfermo o por tumbado)". También menciona otro personaje literario, aunque bastante diferente de Óscar:
"Y ahora, de pronto, me acuerdo de Stephen Dedalus (el protagonista de Retrato del artista adolescente, de
Joyce, y protagonista también de algunos capítulos del Ulises), porque también él tuvo su primera experiencia
estética en su lecho de enfermo".
Y muchos más casos "que podríamos añadir, ilustres enfermos crónicos, y, por tanto, convalecientes también
crónicos, como Keats, Stevenson, Nietzsche, Jaspers, Kafka. . . , todos ellos nos remiten al misterio, quieren
decirnos algo, ofrecernos acaso una lección que nos gustaría entender en toda su enigmática elocuencia"18.
Por otra parte, Juan Carlos Usó observa que: "Aunque Landero no menciona nada al respecto, puede que entre los
tumbados exista un factor hereditario o una pauta de conducta aprendida. Así, según confesión propia, José
Manuel Caballero Bonald ha llegado a contar hasta cinco acostados entre sus parientes directos. Aunque en este
caso no estemos hablando de una familia humilde, seguro que Landero estará de acuerdo con muchas de las
observaciones realizadas por el poeta y escritor gaditano, coincidentes además en el espacio y el tiempo".
En primer lugar, Caballero Bonald destaca que no se trataba de un asunto "inconfesable"19, o sea, una especie de
trapo sucio de familia, sino que para la rama de los Bonald este fenómeno "no parecía merecer ninguna atención
especial". De tal manera, nunca hubo ningún "tipo de discordia o de reprobación", ni "la menor objeción" hacia
aquellos que habían optado por aquel estado de postración voluntaria. Durante algún tiempo, en su juventud el
poeta llegó a sospechar de alguna "dolencia secreta", hasta que descubrió que se trataba de un "imperativo
hereditario, sin que mediara más enfermedad que la de "una especie de atracción endémica por la cama", a la
que el propio escritor llega a calificar de "predilección familiar"20.
En el caso de los hikikomori queda totalmente descartado el factor hereditario. En el Japón del S. XX, o de épocas
anteriores, no se tienen noticias de un fenómeno similar al de los tumbados que haya podido servir de precedente
a los actuales hikikomori. Al contrario, son herederos de las generaciones de posguerra y de las sucesivas
recesiones económicas del Japón reciente, generaciones que han trabajado muy duramente y han conseguido salir
a flote a costa de grandes sacrificios y de escatimar mucho tiempo a la familia21.
En cambio, y a diferencia de Landero, Caballero Bonald no presenta el encamamiento como un patrón de
conducta exclusivamente masculino, pues cita entre sus parientes entregados a "la ocupación de acostado
estable" a dos mujeres: tía Carola, "que se tumbó al acabar la guerra civil", y cuya decisión "tuvo el mismo
significado (. . . ) que si se hubiese recluido en un convento" y tía Isabela, que sólo se encamaba "por temporadas".
Y para explicar su comportamiento nos dice: "Un día de invierno decidió acostarse con la excusa de que hacía
mucho frío en la casa"22.
Sobre la influencia que han podido ejercer determinados factores externos ­como las condiciones climáticas
adversas- en las personas que han decidido permanecer acostadas por temporadas, podemos citar la "Teoría
determinante del clima" (kankyō kettei ron) del filósofo japonés Watsuji Tetsuro (1889-1960) expuesta en
su libro Fuudo (1935), según la cual el clima determina la historia de un pueblo, su cultura y su forma de ser:
"Paisaje y clima se reflejan, además, en la literatura, el arte, la religión, las costumbres, en una palabra, en todas
las expresiones de la vida humana. En este sentido entiende el presente ensayo la fenomenología del paisaje y el
clima, es decir, como condicionamientos del modo de comprenderse a sí mismo el ser humano"23.

Siguiendo con el tema de los tumbados, también el escritor Julio Llamazares nos dice: "Los ejemplos serían
innumerables, pero quizá baste con el mío propio", para pasar a continuación a relatarnos en primera persona la
relación que tuvo la enfermedad con su vocación literaria. Después nos sigue contando: "y es que tengo la
sospecha de que en todo escritor hay un tumbado, entendida esta figura no sólo en el sentido físico, sino también
en el espiritual. Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Baroja o el uruguayo Juan Carlos Onetti (quien, por lo
visto, tomó ejemplo de Valle-Inclán24, a quien consideraba su maestro) son sólo algunos ejemplos del escritortumbado en su versión extrema, pero, en general, todos los escritores (me refiero a los escritores de verdad)
tienen algo de tumbados en el sentido de que se apartan del mundo, se automarginan, como esos anónimos
tumbados que tanto han proliferado en España. Especialmente en Andalucía, y por los que yo he manifestado
también mi admiración, como en el artículo "Elogio del tumbado": Hay quien dice que el tumbado lo que pretende
en el fondo es volver al claustro materno, que identifica con el color de las sábanas y con la seguridad de lo
conocido. Algo debe de haber de eso, y de una cierta pereza (pereza que a veces es más costosa, desde el punto

de vista psicológico, que la alienación del trabajo diario, como constantemente nos demuestran las tardes de los
domingos), pero lo que hay fundamentalmente, a mi entender al menos, es una gran dejación y un desinterés
total por lo que ocurre en el mundo (. . . ).
Y concluye diciendo: "(. . . ) todavía no he alcanzado el grado de madurez o de desencantamiento necesarios para
tumbarme, al menos toda la vida. Pero no descarto que llegue a hacerlo (. . . ), pues cada vez estoy más seguro de
que la única forma de vivir es estar en Babia y de que la literatura, que es mi pasión desde niño, es una
enfermedad que sólo se cura escribiendo "25.
La escritora Almudena Grandes también ha mostrado interés por la experiencia de los tumbados. Y según la
confesión de la niña protagonista de uno de sus relatos, por un lado resulta de nuevo cuestionado el carácter
supuestamente masculino del fenómeno, y por otro cobra fuerza la herencia familiar o la pauta de conducta
aprendida como factor determinante: "Mi abuela no se levanta de la cama desde hace veintidós años. La timaron
en una cooperativa donde había metido todos sus ahorros y nunca vio el piso ni le devolvieron un céntimo. Lo de
la cama nos viene de familia. Su padre se acostó después de la guerra y no se levantó más. Mi madre lleva
acostada once meses, desde que mi padre se largó de casa. Me hizo la faena mas grande de mi vida, pero no
creas que no le entiendo"26.
Como vamos viendo, el fenómeno de los tumbados resulta mucho más común de lo que en principio pudiera
parecer y despierta gran admiración, simpatía y comprensión no sólo en Luis Landero, sino entre muchos
escritores contemporáneos.
Sin embargo, hay otros escritores, como Juan Manuel de Prada, que ven con ojos muy diferentes el fenómeno de
los hikikomori: "(. . . ) huraños del género humano y confidentes exclusivos de su ordenador personal, que así se
convierte en el sol pálido que reglamenta su existencia. Son los nuevos ermitaños de un mundo sin Dios, los
nuevos misántropos de un mundo sin razón, entregados con entusiasmo a una reclusión voluntaria. Han dimitido
de los afectos, han renegado de las ventajas de la comunicación oral, han elegido sobrellevar una vida que ni
siquiera merece tal designación, estabulada y monótona, en donde la eterna novedad del mundo es suplantada
por el cúmulo de espejismos que les brinda la tecnología. (. . . ) narcisos de su propio tedio, monarcas absolutos de
su propia soledad, sin otra religión que la egolatría. Pecaríamos, sin embargo, de ingenuidad (y de cierta
suficiencia insensata) si creyésemos que los hikikomoris son un producto exclusivo de la cultura nipona. También
en el occidente engreído de su bienestar empiezan a producirse síntomas que prefiguran esta nueva modalidad de
eremetismo: nuestros hijos han dejado de jugar en la calle y en el campo, que eran los ámbitos naturales de sus
expansiones lúdicas y el humus fecundo sobre el que se cimentaban sus relaciones de amistad; el consumo de
televisión se acrecienta entre la población adolescente; internet, las videoconsolas y, en general, todos aquellos
divertimentos que sustituyen la interacción humana por el soliloquio del hombre con la máquina se han convertido
en una nueva industria del entretenimiento. (. . . ) No nos engañemos. Los hikikomoris no son tan sólo una fauna
circunscrita al Japón. Aunque aún no lo sepamos, ya nos han infectado con su aliento de tumba, ya están entre
nosotros, ya son nosotros mismos"27.
Tras este análisis comparativo entre los hikikomori y su posible precedente occidental "los tumbados", queremos
plantear a continuación algunos interrogantes, cuyas repuestas, por falta de tiempo y espacio, podrán ser objeto
de un posterior análisis más detallado: Hemos visto que ambos casos suelen darse en su mayoría en varones,
padres de familia en el caso de los tumbados, y entre hijos únicos y primogénitos en el caso de Japón. ¿Por qué,
entonces, este fenómeno no afecta por igual a ambos sexos?
Asimismo hemos visto, la diferente consideración social de estos fenómenos. ¿Por qué, entonces, los tumbados
despiertan tanta simpatía, comprensión y admiración mientras que los hikikomori despiertan los sentimientos
contrarios? Si bien es cierto que muchos de los hikikomori viven a costa de sus padres o de ayudas que reciben
del estado a causa de su situación, no es menos cierto que los tumbados vivían a costa de su familia (limosnas
que recaudaba su mujer o quizá a costa de sus hijos).
¿Por qué mientras los tumbados reciben el apoyo y solidaridad de la comunidad y se les considera parte
integrante de la misma, los hikikomori son marginados y no considerados parte de la sociedad? Puede haber
casos particulares de adolescentes caprichosos y pagados de sí mismos que han crecido entre el consumismo y la
hiperabundancia material, pero ¿acaso podemos negar que hay razones más complejas que expliquen la
"desaparición" de más de un millón y medio de jóvenes? Es decir, ¿qué razones han llevado a esta enorme
cantidad de jóvenes a rechazar a la sociedad hasta el punto de desentenderse totalmente de ella? ¿Y por qué la
mayoría de los japoneses piensa que los problemas sociales son problemas ajenos28? ¿Podemos negar, acaso,
que los hikikomori están sacrificando sus vidas para denunciar con su indefinido aislamiento los excesos e
injusticias de una sociedad cuyas reglas no pueden aceptar?

Epílogo
Como hemos podido ver, hay innumerables tumbados pertenecientes al mundo literario, grandes escritores que
han producido sus mejores obras en la cama y "alejados del mundanal ruido" ¿significa eso acaso, que los
hikikomori están dotados de una especial hipersensibilidad de la cual carecemos el resto de los mortales y se
dedican en silencio a cultivar un profundo mundo interior?
¿No será que los hikikomori intuyen en toda su dimensión la cruda realidad que otros nos negamos a ver, ante la
enorme impotencia que nos produce? ¿No será que intuyen la existencia de un gobierno mundial a la sombra que
maneja todos los hilos de los cuales dependemos todas las marionetas humanas?
Según Rilke "cada uno lleva en sí su propia muerte como la fruta su hueso ". Asimismo podemos decir que "cada
sociedad lleva en sus entrañas el germen de sus males".
Según palabras de Soledad Puértolas: "(. . . ) veo que la enfermedad está reñida con la vida común. Veo que la
enfermedad no radica sólo en la persona que la padece. Creo que la enfermedad ha sido decretada por esta
sociedad. Nuestra sociedad está enferma desde el mismo momento en que no sabe cómo cuidar a sus enfermos.
(. . . ) En suma, podemos concluir que somos responsables de nuestra salud, y que, si vivimos en un mundo
habitado por enfermos, dadas las alarmantes estadísticas que se publican cada vez que se examina de cerca la
enfermedad, es porque en gran medida la sociedad que hemos ido construyendo no ha sabido establecer una
relación fructífera y satisfactoria entre los seres humanos y su entorno y los seres humanos entre sí. (. . . ) No
sabemos cómo tratar a los enfermos, no sabemos cómo convivir con el hecho evidente de que vamos a morir.
(. . . ) ¿Por qué no resaltar todo eso que los otros nos dan y que nosotros damos a otros en lugar de aceptar los
valores que en esta sociedad están más en alza, la competitividad, la rivalidad permanente, la comparación
constante, pertinaz, absurdamente terca, entre unos y otros para establecer quién es el mejor, quién llega antes a
la meta? (. . . ) Esta sociedad propicia la paranoia y la ocultación. ¿Es que no hay otro camino? Quiero pensar que
sí. Quizá todos debiéramos decir la verdad. Quizá todos deberíamos admitir que algo o mucho de la locura y
enfermedad puede llegar a nuestras vidas y que, cuando lo atisbamos, no queremos hacer tanto esfuerzo por
disimularlo. (. . . ) Pero esta sociedad sólo conoce el lenguaje que sirve para imponer su ley, la ley del más fuerte,
del más sano, de ese que, según sus normas, es definido como el mejor"30.
Rosa Montero, en "La tentación de rendirse"31 dice: "Vivir conlleva siempre un riesgo, un reto y un dolor.
Imposible vivir una vida digna de tal nombre sin aceptar de entrada esos ingredientes. Si, es cierto: a menudo
sientes que se agita dentro de ti el pequeño gusano de la rendición". (. . . ) "Es tentador rendirse, fracasar de
entrada y sin luchar, antes de que te fracasen los demás. Pero es una elección bastante estúpida. Porque el único
fracaso irremediable y verdadero es no vivir; y porque el miedo al dolor es siempre peor que el dolor mismo".
Triunfe o no la revolución silenciosa de los hikikomori, ya nadie podrá negar su existencia.

Bibliografía
· Benedict, Ruth, El crisantemo y la espada, trad. de Javier Alfaya, Alianza Editorial, Madrid, 2003.
o The Chrysanthemum and the Sword: Patters of Japanese Culture, Houghton Mifflin, 2006.
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memoria, I), Barcelona, Anagrama, 1995
· Censo del año 2005 del Departamento de Administración General de la población de Japón asciende a
127. 767. 994 personas.
· Descuret, Jean Baptiste Félix (1795-1871), Médecine des passions, ou les passions considérées dans leurs
rapports avec les maladies, les lois et la religion, obra que se tradujo al inglés con el título Passions of medicine in
regards to disease, law and religion.
· Doi, Takeo, Anatomy of Dependence, Kodansha America, 1973.
· (de la) Gándara Jesús J. , Postmodernidad y Salud Mental. Libro en prensa, 2008.
· García Montero, Luis "La enfermedad y la poesía en Con otra mirada, Taurus, Madrid, 2001.
· Grandes, Almudena, "La amiga de Junior" en El País Semanal, núm. 1482, 20 de febrero de 2005.

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· Landero, Luis,
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o Este mundo: diez relatos y un poema, (VV. AA) Barcelona, Plaza&Janés, 1995, pp. 99-102.
· Llamazares, Julio "El mal de la literatura", Con otra mirada, Taurus, Madrid, 2001.
· Montero, Rosa, "La tentación de rendirse", El País Semanal, 14 de enero de 2007, p. 96.
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· Pombo, Alvaro, "Exaltaciones y debilitamiento. Esquematismo farmacológico del escritor constante y sano"Con
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· (de) Prada, Juan Manuel, "Hikikomoris", Animales de compañía, XLSemanal, 12 de marzo de 2006.
· Puértolas, Soledad, "Locos y enfermos", Con otra mirada, Taurus, Madrid, 2001.
· Usó, Juan Carlos, Ulises (Revista de viajes interiores) núm. 8, 2006.
· Watsuji, Tetsuro, antropología del paisaje. Climas, culturas y religiones, trad. del japonés de Juan Masiá y
Anselmo Mataix, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2006.
· WPA (World Psychiatric Association), 24-29 de agosto de 2002.
· Zielenziger, Michael, Shutting out the Sun, How Japan created own lost generation,

Notas
1 Véase nota 6.
2 Como es de suponer, hay muy diferentes opiniones sobre el tratamiento que debe seguir un hikikomori y se
dividen fundamentalmente en el punto de vista japonés y el punto de vista occidental. No sólo los padres, sino
también los expertos japoneses piensan que se debe esperar hasta que el hikikomori se reincorpore a la sociedad
por su propia voluntad. Los especialistas occidentales, por su parte, siguen en su mayoría, la opinión del Doctor
Henry Grubb, psicólogo de la Universidad de Maryland, quien publicará el primer estudio académico sobre los
hikikomori escrito fuera de Japón, que piensa que hay que forzarlo si es necesario: "Si fuera mi niño tiraría la
puerta abajo. Simple. Pero en Japón los padres creen en la elasticidad, les dan tiempo y creen que es sólo una
fase".
En cualquier caso no sólo los hikikomori necesitan ayuda psicológica, sino también los padres que muy a menudo
se ven desbordados por los problemas que esta situación origina.
3 Se calcula que hay unos 700 centros para la ayuda y recuperación de los hikikomori en todo el país.
4 A este respecto véase la teoría del Amae de Takeo Doi desarrollada en su libro traducido al inglés con el título
Anatomy of Dependence, Kodansha América, 1973.
También el psiquiatra Tamaki Saito, el más renombrado especialista japonés en el tema de los hikikomori,
explica: "en Japón madres e hijos (sobre todo varones) tienen a menudo una relación simbiótica, co-dependiente.
Ellas cuidan de sus hijos hasta los 30 o 40 años. La figura paterna no ayuda en absoluto, debido a las largas
ausencias causadas por su absorbente trabajo. De esta forma, los adolescentes crecen sin un modelo de conducta
masculino". La consecuencia es que muchos varones japoneses buscan un modelo de esposa-madre, es decir,
desean ser "madreados" por su esposa.
5 Luis Landero, "Tumbados y resucitados", p. 85-86.
6 Sobre la enorme importancia de la "vergüenza" en Japón, véase el libro de Ruth Benedict, El crisantemo y la
espada, trad. de Javier Alfaya, Alianza Editorial, Madrid, 2003. Según Benedict: "En los estudios antropológicos de
diferentes culturas es importante hacer una distinción entre aquellas que se basan en el "temor a la vergüenza" y
las que se basan en el "miedo a la culpabilidad". Un ejemplo del primer caso sería la cultura japonesa y del

segundo la cultura occidental. Por estas razones nos resulta tan sumamente difícil entender bien el concepto de
"vergüenza" en la cultura japonesa, que no tiene nada que ver con el mismo concepto en la cultura occidental. Y a
continuación Benedict nos explica: "(Para los japoneses) la vergüenza es la raíz de todas las virtudes. Un hombre
que es sensible a esto podrá cumplir todas las reglas del buen comportamiento. "Un hombre que sabe lo que es la
vergüenza" se traduce a veces como "hombre virtuoso" y otras veces como "hombre de honor". En la ética
japonesa, la vergüenza ocupa el mismo lugar influyente que "una conciencia limpia", "estar a bien con Dios" y
"evitar el pecado" ocupan en la ética occidental. (. . . ) La primacía de la vergüenza en la vida japonesa significa,
como lo significa en cualquier tribu o nación que la siente profundamente, que toda persona ha de estar atenta al
juicio de los demás sobre sus actos. Con sólo imaginar cuál será el veredicto, orienta su comportamiento en esa
dirección". (El crisantemo y la espada), pp. 217-219.
7 Luis Landero, "Tumbados y resucitados", p. 86.
8 Este hecho quizá se deba a que la sociedad japonesa espera mucho más de los hombres que de las mujeres, lo
cual es un signo inequívoco de que su cultura sigue basándose en el modelo de familia patriarcal o Kafuchosei. Y
en cuanto al hecho de que estos varones sean t

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