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Última actualización web: 10/12/2022

La mujer y la infancia.

Autor/autores: Mª Ángeles Rodeño Abelleira
Fecha Publicación: 01/03/2006
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Que las mujeres cuiden a sus hijos es algo que parece "natural". Es decir, que se considera como parte inherente a la función materna, prácticamente un "instinto maternal". En el siglo XXI que nos encontramos hay que desnaturalizar el papel exclusivo de las madres como cuidadoras de la infancia y argumentar que esta función les está social y culturalmente asignada a las mujeres en la división sexual del trabajo. Ser mujer y madre no parece tarea fácil. Por su parte, las propias mujeres se sienten sacrificando algo ya sea en su aspecto profesional o familiar cuando sienten que no pueden compatibilizar su maternidad con sus aspiraciones laborales.

Frente a esta disyuntiva, la sociedad debe ofrecer nuevas oportunidades a las mujeres que le permitan compatibilizar sus necesidades y demandas con sus aspiraciones personales y laborales. No sólo supone un cambio cultural con respecto a la paternidad y el rol que debe desempeñar el padre en relación con los hijos y el hogar, sino que también se deben buscar mejores herramientas de flexibilidad laboral, cuidado de los hijos, apoyo a la maternidad y a la mujer dueña de casa. La verdadera política a favor de la mujer es aquella que se adapta a sus requerimientos y deseos más íntimos. Sean estos renunciar a la familia para desarrollarse profesionalmente en forma exclusiva, entregarse a la familia por completo o, lo que a la mayoría de las mujeres les supone el esfuerzo de cada día, adaptar la entrega a una u otra realidad en función de las necesidades en cada momento.

Palabras clave: mujer, infancia


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La mujer y la infancia.

Mª Angeles Rodeño Abelleira.


(KEYWORDS: Woman, Maternity, Childhood, Maternal instinct. )

Resumen

Que las mujeres cuiden a sus hijos es algo que parece “natural”. Es decir, que se considera como parte inherente a la función materna, prácticamente un “instinto maternal”. En el siglo XXI que nos encontramos hay que desnaturalizar el papel exclusivo de las madres como cuidadoras de la infancia y argumentar que esta función les está social y culturalmente asignada a las mujeres en la división sexual del trabajo.  

Ser mujer y madre no parece tarea fácil. Por su parte, las propias mujeres se sienten sacrificando algo ya sea en su aspecto profesional o familiar cuando sienten que no pueden compatibilizar su maternidad con sus aspiraciones laborales. Frente a esta disyuntiva, la sociedad debe ofrecer nuevas oportunidades a las mujeres que le permitan compatibilizar sus necesidades y demandas con sus aspiraciones personales y laborales.  

No sólo supone un cambio cultural con respecto a la paternidad y el rol que debe desempeñar el padre en relación con los hijos y el hogar, sino que también se deben buscar mejores herramientas de flexibilidad laboral, cuidado de los hijos, apoyo a la maternidad y a la mujer dueña de casa.  

La verdadera política a favor de la mujer es aquella que se adapta a sus requerimientos y deseos más íntimos. Sean estos renunciar a la familia para desarrollarse profesionalmente en forma exclusiva, entregarse a la familia por completo o, lo que a la mayoría de las mujeres les supone el esfuerzo de cada día, adaptar la entrega a una u otra realidad en función de las necesidades en cada momento.

Abstract

That the women take care of their children is something that seems "natural". That is to say, that it is considered like inherent part to the maternal function, practically a "maternal instinct". In the century XXI that we were it is necessary to denature the exclusive paper of the mothers like nursemaids of the childhood and to argue that this function social and is culturally assigned to them to the women in the sexual division of the work.

To be woman and mother does not seem easy task. On the other hand, the own women feel sacrificing something or in their professional or familiar aspect when they feel that they cannot make compatible his maternity with his labor aspirations.

As opposed to this dilemma, the society must offer new opportunities to the women who allow him to make compatible their necessities and demands with their personal and labor aspirations.

It not only supposes a cultural change with respect to the paternity and the roll that must carry out the father in relation to the children and the home, but that also is due to look for better tools of labor flexibility, taken care of the children, support to the maternity and the woman owner of house.

The true policy in favor of the woman is that adapts to its requirements and more intimate desires. Be these to resign to the family to be developed professionally in exclusive form, to give itself completely to the family or, what to most of the women it supposes the effort to them of every day, to adapt the delivery to one or another reality based on the necessities at every moment.



La maternidad y el problema del estatus femenino

Las mujeres en la historia han desempeñado diversos roles en la producción, simultáneamente con su función reproductiva Y CUIDADORA pero es esta última a la que se le adjudica mayor importancia. En este sentido es importante desarrollar el aporte de Henrietta Moore (1991), quien nos define el estatus como las condiciones materiales de la vida de la mujer y las circunstancias sociales, económicas y políticas en las que se desenvuelve, todo lo cual se combina con los estereotipos culturales que, según afirma la autora, rigen las cualidades, el potencial y la conducta adecuada para la mujer. Esto da lugar a situaciones que no siempre son fáciles de dilucidar cuando se trata de considerar el estatus de la mujer en una sociedad moderna.

En este sentido, tratamos en adelante lo correspondiente a las circunstancias sociales, económicas y políticas, además de la valoración de lo femenino; en resumen, lo que determina en gran parte el desenvolvimiento de las mujeres y su estatus social. Por ejemplo, el rol de ser madre se considera de gran importancia en la actualidad, pero si nos remontamos a los orígenes de la sociedad moderna, encontramos que en el siglo XVIII el amor materno se empieza a visualizar como “natural” y como tarea de la mujer educar a los hijos, además de amamantarlos.

Aquí resulta necesario desarrollar el tema desde una perspectiva histórica y es en ese sentido que aprovecharemos el aporte de Badinter. Ella nos recuerda que hasta el siglo XVII la mujer era considerada un ser inferior en lo espiritual, intelectual y en todo sentido, por lo “vil y pernicioso”; así, el legado aristotélico señala que “la autoridad del hombre es legítima porque reposa sobre la desigualdad natural que existe entre los seres. El esclavo está desprovisto de alma. La mujer es una persona de segundo orden, semejante a la tierra que necesita ser sembrada, su único mérito es ser buen vientre, su honra es el silencio, está dotada de una frágil capacidad deliberativa. Se le sustrae el hijo después del amamantamiento” .

Badinter concluye que el estatus de la mujer era muy bajo. Ella plantea que la ideología bíblica refuerza en el Antiguo Testamento dicha conceptualización, ya que allí se plantea que la mujer es la responsable del pecado original y Dios la maldice diciéndole: “Con dolor parirás a tus hijos, multiplicaré el trabajo de tus preñeces, buscarás con ardora tu marido, quien te dominará”. Así, en el siglo IV se tiene la idea de “la maldad de la mujer”. Badinter cita a San Agustín y nos recuerda que él señala que la mujer es un animal no firme y odioso que alimenta maldades. La mujer estaba relegada y su tarea de criadora de la prole no era valorada.

Entre los siglos XVII y XVIII las guerras deterioran las costumbres y las mujeres intentan avanzar. En el siglo XVIII surgen mujeres filósofas; ellas querían dejar de ser “esposas de”, “amantes de” o “señoras de su familia”.  

Pero, entre los sectores de la nueva burguesía logra más acogida la idea de que la felicidad de la mujer está en la crianza de los hijos; sin embargo, la nobleza persiste en sus costumbres. Se da, pues, un cambio de roles de la mujer y en parte del estatus que ella podía alcanzar, aunque no hay necesariamente una mejora en éste.

En el segundo tercio del siglo XVIII se opera una revolución de mentalidades: los moralistas, administradores y médicos expondrán sus argumentos para sustentar el valor de la maternidad que comienza a visualizarse como natural. Esto se consolida en el siglo XIX. Se empieza a considerar a la mujer como persona dócil y sensata (ya no es tentadora, astuta y diabólica). Se considera que la libertad de la mujer se da en el matrimonio y éste sería su felicidad. La familia es sinónimo de intimidad y el nido afectivo del marido, su esposa y sus hijos. La mujer tendría la gloria de la belleza. El amamantar a los hijos sería uno de los grandes placeres. En consecuencia, en 1800 declina el número de amas de leche.

La mujer piensa que si no obedece los patrones de comportamiento de la época, se la catalogaría como pecadora. Durante el siglo XVIII, en Europa, el estado asume las funciones del padre respecto a la protección de la familia y la imagen misma del padre y su poder disminuye. Las tareas más valoradas en una mujer entre el siglo XVIII y XIX son:

-Esposa-administradora-colaboradora del hombre en función de la creación, mantenimiento y/o acrecentamiento del patrimonio familiar.

-El papel de la madre criadora-educadora, etc. ; incorporándose como valores que se asumen como “algo natural” en la mujer.

John Stuart Mill en su obra “The subjection of women” nos explica la realidad de Inglaterra el siglo XIX. El analiza la ley moderna del divorcio, la cual tenía una antigüedad de 12 años y sus cláusulas trataban a hombres y mujeres de manera muy desigual. El decreto de Causas Matrimoniales de 1857 daba al esposo enemistado el derecho a exigir el divorcio sobre la base del adulterio de su esposa; pero una esposa debía aducir además del adulterio de su esposo, ofensas horrendas como la violación, sodomía y crueldad. Incluso el matrimonio era una ceremonia principalmente practicada por los ricos y no estaba destinada a los pobres, quienes no daban relevancia al matrimonio. A pesar de eso, la designación de la pareja casada como una persona en la ley sólo significaba que “todo lo que era de ella es ahora de él”.

En 1816, poco después de que los restituidos Borbones volvieran a Francia, el divorcio se derogó y no se restableció hasta 1884. La esposa no podía realizar ningún acto sin la autorización del esposo; era una esclava de él, ella juraba obediencia absoluta a su esposo en el altar. No podía adquirir ninguna propiedad salvo a nombre de su esposo, además las que ella heredaba inmediatamente pasaban a ser de él. Gay nos explica el trato de niñas que se daba a las mujeres el siglo XIX. El varón consideraba que su esposa y él formaban una unidad, y los hombres juzgaban que ellos eran la unidad, ya que la voluntad y deseos de la esposa eran irrelevantes. En lo económico esto se manifiesta quitando a la mujer su derecho consuetudinario, y en todas partes se ofrecían argumentos contra las mujeres que administraban sus propias herencias. Además el hecho de que las mujeres no pudieran tener la custodia de sus hijos llevaba a que se diesen casos increíblemente lamentables, porque incluso los hombres más terribles y brutales no perdían su derecho (Gay, 1992). La degradación de la mujer como esposa era abrumadora, y peor aún como madre. Los hijos eran, por ley, del esposo; “la mujer inglesa no es más que una sirvienta personal de un déspota, una esclava voluntaria, una víctima patética”. Con el matrimonio la mujer quedaba bajo la autoridad del marido, la ley le permitía castigarla moderadamente.


La madre y la abuela de un niño podían ser sus tutoras, aunque no tuvieran la patria potestad, pero ninguna otra mujer era apta para ser tutora (Gay, 1992). Peter Gay nos recuerda también las conquistas de los movimientos en pro de la mujer. Así, en 1850, en Suecia se consigue que la mujer conserve sus propiedades y se les reconoce como seres legales plenamente responsables (Ulrica, 1884); pero en Francia el Código Civil trataba a las mujeres como menores, evitando el ejercicio de todos sus derechos durante el matrimonio. En 1890 es aceptado el voto de la mujer en Wyoming; en 1893, en Colorado; en 1896, en Idaho y Utah; en 1919 en Washington, Estados Unidos.

En Nueva Zelanda se acepta el voto de la mujer en 1893 y en Australia del Sur, en 1894. Los principales países eran indiferentes a estos ejemplos. El sufragio universal se da en 1920 en la mayoría de países, pero en Francia esto ocurre recién en 1944. En la época contemporánea algunos autores analizan el por qué de esta subordinación de la mujer respecto al varón en Occidente. Los estudios antropológicos sobre la dependencia de la mujer en la actualidad analizan sobre todo el factor económico y el estatus social. Al respecto Henrietta Moore, en su obra “Antropología y feminismo” (1991), nos presenta las ideas de las principales exponentes de la antropología feminista, las cuales pasamos a resumir y comentar.

Eleanor Leacock (1972) debate el carácter universal de la subordinación de la mujer que, dentro de la cultura capitalista, se da respecto al varón. Lo dice textualmente de la siguiente manera: “por el sucesivo impacto de la colonización, de la occidentalización y del capitalismo internacional se desarrolla la subordinación de la mujer. Algunos estudios ponen de manifiesto que el desarrollo y el trabajo remunerado aumentan la dependencia de la mujer respecto al hombre, minando los sistemas tradicionales en los que la mujer ejercía un cierto control sobre la producción y la reproducción”.  

Karen Sacks es una antropóloga marxista que estudia la supuesta igualdad y la autonomía de la condición de la mujer en sociedades precapitalistas. Sacks en su obra de 1979 critica, sin distinción, a feministas y no feministas por asumir que la subordinación de la mujer está relacionada con su condición de madre. Ella distingue dos modos de producción, uno comunal y otro familiar. En el modo de producción comunal los hombres y las mujeres mantienen la misma relación con los medios de producción; en consecuencia pertenecen en igualdad de condiciones a una comunidad de propietarios. En el modo de producción familiar, los grupos familiares controlan colectivamente los medios de producción, y el estatus de la mujer varía si es hermana de varones que forman parte del grupo familiar dirigente o esposa de un varón que forma parte de un grupo familiar dirigente, ya que desde el momento en que se casa adquiere el estatus del esposo. De esto se desprende que en el modo de producción comunal la relación de la mujer y el hombre, a nivel individual con su grupo, es lo importante para definir su estatus; en cambio, en el modo de producción familiar lo que define el estatus de la mujer es la posición social de su familia de origen o de la familia de su esposo (Moore, 1991).  

Henrietta Moore (1991) plantea que para comprender el estatus de la mujer contemporánea de Occidente es necesario considerar los siguientes factores: “el índice de alfabetización femenina, la diferencia entre los índices de alfabetización femenina y masculina, la tasa de participación de la mujer en el mercado laboral, la edad legal para contraer matrimonio y la incidencia del estado civil en la sociedad. Todo lo que estaría vinculado a la posibilidad que tiene la mujer de elegir el momento de contraer matrimonio, la persona que va a convertirse en su marido y cuántas veces contrae matrimonio, la autonomía proporcionada por el trabajo, los derechos que tiene a la enseñanza y a la participación en la vida pública y política”.


Bases científicas equívocas

La Medicina y la psicología han influido especialmente en la construcción simbólica en torno a la maternidad a lo largo de este siglo. A pesar de que la información sobre la crianza en estas áreas junto a otras como la antropología y la Sociología es cada vez más abundante, hasta la aparición de los estudios feministas sobre la maternidad, ninguna de estas perspectivas trataron la dimensión racional de la crianza. La aparición de teorías sobre la mejora de la alimentación y los cuidados del lactante, así como las tareas vinculadas con la socialización en los primeros años de vida se basan en las necesidades del bebé.  

Lo que la madre debe hacer, según esta visión, es aprender a. reconocer esas necesidades y responder a ellas según las normas prescritas por la sociedad. La psicología Social ha desarrollado diversos trabajos que parten de esta premisa y entienden la maternidad corno un acto instrumental destinado a la mujer-madre como cuidadora primaria. Especialmente, la teoría psicoanalítica de las relaciones objetales considerará la figura materna corno una especie de frustrador óptimo en el proceso de individuación puesto que proporciona un ambiente de cuidado y de seguridad al hijo o la hija en sus primeros momentos de vida y le minimiza las experiencias emocionales negativas. Este tipo de explicaciones no reconoce la perspectiva de la madre como ser individual y autónomo y homogeneiza las posibilidades de la práctica de la crianza infantil.

Uno de los modelos culturales que más ha marcado la creación de estereotipos sobre el Tema es el de la madre suficientemente buena, acuñado por el pediatra Winnicott en 1965. Según él, la madre conoce de forma instintiva, por empatía, las necesidades del bebé y adapta su propia conducta a las necesidades de éste según se van manifestando y desarrollando. Las leyes de la naturaleza son las que dictan estas necesidades, presentadas como un hecho biológico objetivo en las acciones y el cuerpo de la criatura y que deben ser descifrados por la madre. Ésta será suficientemente buena si establece pronto una sintonía con ese proceso natural y actúa en consecuencia creando un ambiente de cuidado casi perfecto. Pero para que esta relación madre-bebé sea correcta es indispensable que la madre encuentre placer en ella. De este modo, al tiempo que las mujeres deben encontrar placer en el desarrollo de las tareas de crianza a riesgo de afectar negativamente a la salud de sus hijos si no lo hacen, “los demás” —entre ellos, sus padres— quedan exentos de esta responsabilidad. La distribución de tareas en función del sexo de los progenitores garantiza la asimilación de la maternidad con el amor, la ternura y la presencia continua.  

Por el contrario, la paternidad queda asociada con la ley, la autoridad y la ausencia justificada. El buen padre según esta lógica es el que permite a su esposa ser una buena madre sin entorpecer su tarea y sin asumir responsabilidades en lo que respecta a la alimentación y cuidado de los hijos que ‘naturalmente” no le corresponden. La presencia del padre puede ser episódica y es posible asumir que existan padres que nunca se interesen por la criatura ya que, en definitiva, ésta “fundamentalmente” a quien “prefiere’ es a su madre.

El desarrollo del psicoanálisis incide en la existencia de necesidades corporales infantiles que pueden ser conocidas directamente. La contribución de la madre a la autonomía de su hijo o hija consiste ante todo en minimizar sus experiencias emocionales negativas, es decir, en reducir al máximo las malas relaciones objetales estableciendo una sintonía perfecta. El protagonismo es sin duda del bebé, y la empatía, entendida como el momento de fusión en el que se ha conseguido un entendimiento común sobre el significado de las acciones infantiles, se muestra como una suerte de hermenéutica que las mujeres-madres adquieren por naturaleza, desarrollan mediante aprendizaje y materializan por la relación continua que tienen con su hijo o hija. La interrelación de estas construcciones con los discursos públicos fue constante y, como advierte Meler, contribuyó a universalizar la situación de los hogares de crianza materna exclusiva. De este modo, la descripción de la vida en el interior de “la familia nuclear urbana de clase media blanca se impone como prototipo normativo’ fuera del cual sólo cabe la desviación.

Es fácilmente identificable en la historia de la publicidad el universo de significados ligados a esta idea de la madre suficientemente buena, que sabe lo que quiere su hijo sólo ella lo sabe— y que organiza todo el ámbito doméstico para satisfacer de manera óptima sus exigencias. De otro lado, la posibilidad subrayada por muchas interpretaciones psicoanalíticas de que una mala sintonía con el infante pueda provocar efectos de frustración sobre la evolución psicológica del niño, han reciclado los viejos mitos de la mala madre que deja su maleficio y su estigma no ya en la piel sino en la psique de su prole. Advierte Badinter (1980) que después de la Segunda Guerra Mundial muchos de los discípulos de Freud pasaron de lo descriptivo a lo normativo y trazaron retratos de la buena madre a través de consejos destinados a las mujeres en libros especializados o en medios masivos de comunicación.  

La contribución de esta práctica, según Badinter (1980), no es sólo la de acrecentar la importancia otorgada a la madre, sino el hecho de medicalizar el problema de la mala madre sin lograr anular las declaraciones moralizantes del siglo anterior. La popularización de estas ideas sobre la maternidad, cimentada sobre la divulgación de determinados estudios científicos y amplificada —aunque de modo mutado— por la acción de los medios de comunicación ha dado como resultado la creación de una cultura de la crianza marcada por el niño o la niña. En el escenario de la cultura de masas la mala madre es percibida de forma confusa como una mujer simultáneamente mala y enferma, y aunque no se puede atribuir al psicoanálisis la responsabilidad de esta confusión, Badinter (1980) subraya que esta corriente no ha sido capaz de convencer de que lo psíquico es independiente del mal moral.


La crianza intensiva

Si a lo largo del siglo XIX y principios del XX las metas de la crianza estaban centradas en el bien de la familia y de la nación, desde mediados del XX se concretan en “el desarrollo natural del niño y el cumplimiento de sus deseos”. La concepción de la familia centrada en el hijo adquiere un nuevo sentido potenciada también por la reducción de la descendencia y la creciente justificación de la familia nuclear. Los métodos de crianza infantil ahora se intensifican: no sólo pasan a ser guiados por expertos y a centrarse en el niño o la niña, sino que además son intensivos, más absorbentes desde el punto de vista emocional y más caros que nunca. Según Hays (1996), todo ese dinero, tiempo y atención está, al servicio, no ya de la productividad económica o la nación —aunque sí de forma indirecta, añadimos— sino de la protección y preservación de la inocencia, cariño, pureza y bondad naturales del niño y la niña. Fuera de esta idea de crianza intensiva que absorbe la subjetividad de las mujeres-madres sólo existe la disfunción, el peligro, la “crianza tóxica”. Para Hays (1996), en la medida en que este tipo de crianza se vincula con la responsabilidad de la madre, se configura responsabilidad de atención abnegada. Los intereses en juego son, además de personales. sociales y políticos en un sentido amplio, y el rnantenimiento de esta cultura sobre la crianza beneficia a quienes ostentan las cotas más altas de poder.

Si seguirnos más detenidamente esta argumentación, son cuatro los núcleos que identifican estos intereses: el Estado, el capitalismo, los hombres y quienes han nacido en el país, los blancos y las clases media y alta.
La lógica de la crianza intensiva le sirve al Estado para garantizar que la educación de los futuros ciudadanos se realizará con todo tipo de garantías y sin realizar necesariamente demasiados gastos. El capitalismo legitima la reducción de sueldos a las mujeres puesto que su compromiso con la crianza infantil las coloca en un lugar secundario respecto a los varones. Además, la protección de la infancia a través de una prolongada escolarización ayuda a crear una fuerza laboral flexible, bien formada y disciplinada, a un costo relativamente bajo para quienes la emplearan. Si a esto sumamos que tanto las madres como los hijos se convierten en consumidores de todos los accesorios creados para materializar la relación madre-bebé, obtenemos un importante conjunto de razones para que el sistema capitalista potencie la crianza intensiva. A los hombres esta lógica les libera del trabajo relacionado con la crianza, al tiempo que se les ahorra la competencia de las mujeres—al menos en igualdad de condiciones— en el mercado de trabajo.  

A partir de los años sesenta las reivindicaciones de igualdad y de mayor autonomía para las mujeres encuentran como principal obstáculo esta concepción de la crianza intensiva. Margaret Mead escribe: “no hay una conexión natural entre las condiciones de gestación y parto humano y las adecuadas prácticas culturales (. . . ) El establecimiento de vínculos de cuidado permanente entre una mujer y el hijo que tiene depende del modelo cultural, Con ello, la antropóloga afirma que la imagen de la crianza intensiva es un modelo históricamente establecido que obedece a determinadas prescripciones culturales. El fundamento biológico de la división sexual en la crianza también es cuestionado a partir de estudios psicológicos que demuestran la importancia del contexto sociocultural en la configuración de la conducta en el ámbito de la crianza. Por tanto. la liberación pasa por la ruptura, si no total, al menos si en un grado elevado, con los vínculos de la maternidad que ligan tan estrechamente a la esfera doméstica.


La crianza compartida

La flamante madre a tiempo completo que había permanecido en el imaginario de los cincuenta y sesenta y que había constituido el referente legitimador para la vida. De muchas mujeres, se resquebraja irremediablemente en los setenta. La reducción del número de hijos y la simplificación simplificación de las tareas domésticas con el uso de electrodomésticos hizo que la contribución de las mujeres fuera perdiendo prestigio ante sus propios ojos.

La condición de “ama de casa” se devalúa y la experiencia de un vacío de funciones propaga de manera muy significativa entre aquellos sectores más vinculados con la formación tradicional sobre la maternidad. Los cuadros depresivos se extendieron como si de ecos de la histeria se tratara y aparecieron con mucha fuerza trastornos en el ejercicio de la maternidad. La culpabilización de las madres que diversas teorías desarrollaron obedecía en gran medida a estudios que no cuestionaban las condiciones en las que se estaba produciendo la reproducción generacional. Sus conclusiones se situaban en el ámbito de las relaciones tempranas madre-criatura, sin incidir en la responsabilidad social en la crianza. La ausencia de una respuesta institucional y la lentitud con la que se desarrolla la transformación del rol paterno originan difíciles problemas que a menudo se traducen en carencias y abandonos infantiles. Los observadores del psiquismo temprano se encontraron ante madres solas con niños que crecían en, el interior de ese vínculo sobrecargado de tensiones y reelaboraron discursos sobre la madre esquizofrénica, la madre abandonante, la madre sobreprotectora y la madre tóxica.  

La responsabilidad de tales conflictos incide a partir de los sesenta sobre la percepción que de si mismas tienen las mujeres atrapadas en una red de imágenes que incluye la madre devota, la trabajadora exitosa y la mujer seductora. Esta acumulación de roles acentúa la encrucijada cultural y subjetiva en la que desarrollan su identidad aquellas que deben posicionarse ante la crianza, una encrucijada que, lejos de resolverse en las décadas posteriores, hunde sus raíces en los actuales debates de la posmodernidad. A partir de los años ochenta la saturación de los discursos culpabilizadores y las reivindicaciones sociales y políticas del feminismo hizo que comenzara a reclamarse tanto teóricamente como en la vida cotidiana la participación de los padres en la crianza.


Las contradicciones

Si la reproducción y la crianza del ser humano, especialmente en lo que respecta al imaginario sobre la maternidad, constituyen uno de los temas mas conflictivos y problemáticos en los debates femiinistas, elaborar alternativas teóricas y políticas a estas cuestiones se ha convertido al mismo tiempo en la tarea más urgente y también la más arriesgada. Urgente porque las primeras reivindicaciones feministas no valoraron tanto la construcción de la maternidad corno resultado de los discursos políticos, culturales y económicos, sino como una causa del sistema patriarcal que convertía a las mujeres en cómplices de una socialización para la pasividad, la inferioridad y la marginalidad. Al hablar desde una posición desvinculada de la subjetividad de las madres se las terminaba culpabilizando e, irónicamente, se omitía su voz, sus deseos y su perspectiva como ya fuera silenciada según la norma patriarcal. Pero hoy las dinámicas de reconstrucción de identidades y la reivindicación de la experiencia de las mujeres hacen de la maternidad un reto porque presenta numerosas contradicciones y posibilidades de reinterpretación simbólica que permiten ten reformular la posición otorgada en nuestra cultura tanto a hombres como a mujeres.  

Por supuesto, el riesgo estriba en sublimar lo que se rejvindica. La afirmación de que la maternidad reprimida por el orden patriarcal es lo único que puede subvertir ese orden a partir de un lenguaje propio, ajeno a los símbolos convencionales, se explica porque efectivamente hay una parte de la maternidad que no ha sido absorbida por lo simbólico tal y corno se ha establecido en los discursos dominantes. Se trata de aquél lugar de significado que permanece fuera de los intereses, las redes y las economías patriarcales. Es un ámbito incontrolado y capaz de cuestionar la vigencia de los modelos dicotómicos arraigados en nuestra cultura. No obstante, el riesgo de elevar la maternidad al grado máximo de reivindicación de la diferencia conlleva el vértigo de caer en misticismos legitimadores de una identidad basada en la generalización y en la exclusión tanto simbólica como real.

Las luchas de los feminismos maternalistas movilizaron la diferencia sexual en busca de igualdad política. Las demandas de derechos especiales para las mujeres, como el permiso por maternidad y la legislación protectora vinculada a esta práctica, invocaban en general las facultades específicamente femeninas para criar a los hijos como fundamento de su reclamación de exenciones particulares respecto al ámbito laboral. Cuando se cuestione la exclusividad femenina en la responsabilidad de la crianza infantil, se hablará desde la condición histórica, social, cultural y económica de las mujeres entendida como discriminatoria respecto a la consolidación igualitaria de los derechos humanos.  

Pero semejante demanda se formula sobre la base experiencial y política de las mujeres en torno a sus cuerpos ya su visibilidad, lo que hace posible postular la feminidad corno una identidad política fundacional al tiempo que se define el feminismo como espacio en el que se deconstruye y reconstruye la idea misma de feminidad. Una crítica cultural que aborde la maternidad no puede sustraerse de este debate ya que, al margen de la perspectiva adoptada -—-que puede incluirse en los feminismos de la igualdad o en los de la diferencia—, deberá trabajar en los límites marcados por la discusión.  

Esto supone reconocer las limitaciones epistemológicas, políticas, sociales y culturales que definen los lugares reservados para el imaginario sobre la maternidad desde ambas concepciones y trabajar las formas de transgresión a partir de las cuales es posible desafiar y redefinir las categorías existentes forjadas en la dominación.

El deseo de ser madre y de criar

Las tendencias demográficas, la forma de articular las políticas económicas y los modos de obtención de los recursos necesarios para la subsistencia son factores que influyen en el sentido subjetivo que hombres y mujeres dan al hecho de ser padres o madres y el vínculo que establecen con su descendencia. Constituyen, según Meler : “un contexto significativo en el cual se desarrolla cada historia particular de vida” y que en el caso de las mujeres se ha traducido en una definición social basada en su rol maternal como productoras de sujetos.  

En la actualidad, la realidad sociodemogrática evoluciona más rápidamente que las nociones jurídicas y los planteamientos normativos en un sentido amplio. La enorme plasticidad de la familia moderna obliga a redefinir las relaciones de parentesco y a reconstruir las aportaciones de hombres y mujeres en la reproducción y crianza. Las transformaciones ideológicas y los avances tecnológicos sobre la contracepción y la fecundidad inciden especialmente en este sentido.

Una vez separada la sexualidad de la procreación y dada la posibilidad de que las mujeres se apropien de su capacidad reproductiva, el matrimonio la paternidad quiebran su estructura. Recordemos que la paternidad antigua era euroreferencial y en la paternidad cristiana el hombre representaba la ley a través del matrimonio. Por el contrario, como señala Vanderputten, ahora la máxima pater is quem nutiae demostrant podría ser sustituída por pater is quem sanguis demos trant. Es decir, la paternidad ya no está ligada a la decisión del padre ni a la institución del matrimonio sino a la prueba científica
Con las nuevas tecnologías de reproducción las funciones atribuídas al padre pueden disociarse de modo que el progenitor puede ser distinto del donante de apellido, el cual a su vez puede no coincidir con el educador en caso de divorcio.  

No obstante, si entendemos que la familia es una construcción cultural con valor discursivo pero con materialización histórica plural y cambiante, tendremos que reconocer que los múltiples cambios que se producen en la actualidad anuncian importantes brechas en los tradicionales sistemas de filiación y parentesco. Estas brechas inciden socialmente en la flexibilización de las relaciones familiares y en la construcción imaginaria de la paternidad y la maternidad, por lo que no podemos afirmar sin reservas que tales cambios reviertan necesariamente en el mantenimiento de las estructuras patriarcales.  

Otra cuestión es observar que en el desarrollo de estas transformaciones siguen operando las mismas inercias que han sostenido real y simbólicamente el edificio del patriarcado. Este es un hecho fácilmente detectable, tal y como ya hemos desarrollado hasta ahora, en lo que respecta a los conflictos surgidos por las múltiples transgresiones de los limites creados en función de la diferencia de género. No obstante, subrayamos de nuevo que es en esos márgenes dibujados por las nociones más conflictivas donde puede sostenerse un verdadero trabajo de transformación social, De esta manera, las nuevas formas de relación familiar, los problemas derivados de la transgresión de la maternidad intensiva y las dificultades que tiene la sociedad para pensar la pluripaternidad, pueden servir también como espacios de reconstrucción democrática.  

Una de las cuestiones más relevantes sobre el estudio de la maternidad es el supuesto deseo de las mujeres de ser madres. A pesar de la incidencia de los discursos feministas sobre la explotación del cuerpo de las mujeres, sobre la alienación que supone gestar individuos pan un sistema que las excluye o sobre la imposibilidad de disfrutar verdaderamente de una maternidad propia, el deseo de maternidad sigue siendo una referencia constante en el desarrollo social de la identidad femenina.  

La liberación sexual de las mujeres, las posibilidades de contracepción y la despenalización del aborto, así como el acceso al mercado laboral y los avances tecnológicos, han modificado las condiciones en las que se materializa la respuesta ante la idea de ser madre. Sin embargo, no se ha producido de manera significativa un cambio en la normativización de la maternidad en el sentido de que lo “normal” sigue siendo la maternidad. Meler afirma que aunque el ideal social de la maternidad ha perdido algo de su carácter hipertrófico en tiempos posmodernos, continua siendo valorizado como emblema de la feminidad y como aspecto central del proyecto de vida.

Mientras las mujeres no puedan separar claramente su desarrollo personal y su imagen social del de su hijo o hija estarán atrapadas en la imagen de la Madre ldeal y sus identidades culturales e individuales continuarán siendo fagocitadas por ella. Así pues, tanto el modelo de la supemadre oblativa sin resquicio de identidad propia como la imagen de la madre tóxica —caras ambas de una misma moneda—deben ser cuestionadas. Para ello, según González de Chávez las mujeres han de tener “otros objetos e intereses que el propio hijo” para poder tolerarse cualquier sentimiento hacia él. incluidos los hostiles, y para permitir a ambos, madre e hijo, un desarrollo autónomo. Únicamente si la crianza no se privatiza sino que se la considera una tarea conjunta de la pareja, cuando la haya y corno una función respaldada por el colectivo social será posible dicho desarrollo. De esta manera quedaría anulada la coerción del imaginario sobre la maternidad que entorpece la autonomía de muchas mujeres y se favorecería que del deseo narcisista de ser madre se pasara a un deseo por el hijo o hija, donde se reconociera y respetara su alteridad.


En definitiva, se trata de subrayar la dimensión simbólica de los procesos de filiación donde al margen del proceso orgánico de la reproducción, lo esencial de la maternidad y la paternidad— es la transmisión cultural que define y construye a la criatura como miembro del grupo, portador de cultura y sujeto de su propio deseo.

Así las cosas, la mujer cuando es madre debe poder reconocer a su hijo como otro singular. En palabras de Tubert, debe estar en disposición de “adoptar a sus hijos” aún cuando los haya concebido en su cuerpo.


Mujeres como madres

MATERNIDAD TRADICIONAL

Es importante señalar que el rol de la maternidad se ha circunscrito desde siempre al ámbito de lo privado. La maternidad no tenía salida, ni contacto alguno con lo público, todas sus funciones sólo tenían cabida en el ámbito del hogar. Su funcionalidad estaba ligada a la estructura familiar, lo cual no significaba que no cumpliera un papel importante para el resto de la sociedad.
Vamos a analizar cuáles son las “funciones” que lleva a cabo en lo privado, las cuales se relacionan con cada componente del núcleo familiar.

La función de la maternidad orientada hacia los hijos e hijas: La madre se erige como el pilar de sentido para los hijos e hijas, ella es la orientadora de sus vidas, transmitiendo toda una serie de valores, creencias, actitudes, comportamientos. . . Es decir, la madre era la única responsable de su socialización, lo cual provoca en ella una responsabilidad por los “frutos” de esa labor personal. Los hijos e hijas son su obra y su trabajo, si ella los ha traído al mundo, que por otro lado no es una opción sino una labro a realizar, debe responsabilizarse por educarles, orientarles y ayudarles en el desarrollo de su personalidad.

La maternidad orientada hacia la propia mujer: Las mujeres para realizarse y ser completamente mujeres debían ser irremediablemente madres. El “estatus” de madre confería a las mujeres una adultez de la que habían carecido hasta el momento, independientemente de la edad que tuviesen, “el simple hecho de parir te convertía en una mujer hecha y derecha”. Por tanto, las mujeres veían en la maternidad la única manera clara de autorrealizarse y completar su existencia, es decir, la única manera de dar sentido a su vida.

La maternidad orientada hacia el núcleo de la familia: Debemos tener en cuenta que nos estamos refiriendo a un núcleo familiar extenso, lo cual tendrá que ver con las familias actuales. Las mujeres “tenían a su cargo”: hijos e hijas, marido, madre, padre, suegro, suegra. . . y eran ellos y ellas los que debían cumplimentar las distintas necesidades que cada una de estas personas miembros le solicitaban (cariño por parte de los hijos e hijas, ternura por parte de la madre, atención por parte del padre, valoración por parte del marido, respeto por parte de la suegra, cuidados por parte de enfermos y enfermas mayores. . . ). Las mujeres articulaban, eran el engranaje de funcionamiento, la unión, el equilibrio de toda esta extensa familia. Y es evidente que para cumplir esos difíciles papeles que se le exigían había que estar “hecha de una madera especial”: había que ser mujer y madre. Estas dos condiciones dotaban de unas cualidades especiales que le permitían orientar su vida en base a una continua proyección hacia los y las demás “la madre era madre de todos y no solamente de los hijos”.

Todas estas funciones que realizan las mujeres desde un planteamiento de maternidad extenso es evidente que repercuten en el resto de la sociedad, desde el punto de vista de que la infinidad de tareas que llevan a cabo quedan en sus manos, liberando de obligaciones a cualquier otra institución exterior.

Pero este concepto de maternidad que llevaban a cabo las mujeres tiene un peligro muy claro y es: su excesivo cercamiento, es decir, les ubica como elemento central de la familiar, otorgándoles infinidad de funciones que no les permite disponer de tiempo material para realizar o desarrollar las otras facetas, les condiciona su salida a lo público.  

Y lo que es evidente es que las mujeres se están moviendo dentro del rol de madre, pero les está costando muchos esfuerzos y “tradiciones mentales” personales y externas porque nos estamos moviendo en el mundo de los sentimientos y de los afectos. El amor hacia los hijos e hijas, el cariño hacia el marido, la dedicación a los padres/madres. . . todo eso ha convivido, los cuales resurgen de la memoria en momentos de “desajuste” a modo de “toques de atención”. Existiendo a su vez un patrón claro de lo que significaba ser una “buena madre”.

SER MADRE: “Abnegada” “Sumisa” “Entregada” “Discreta” “Resignada” “Dedicación completa” “Imprescindible”


A pesar de que existen estos “toques de atención”, las mujeres están cambiando su percepción de la maternidad, los límites marcados por el rol tradicional ya no les valen, “ser madres tiene que ser algo más”. Y “ese algo más” existe y se plasma en las “nuevas madres”, a pesar de las contradicciones que están sufriendo, pero si algo tienen claro las mujeres es que no “hay vuelta atrás”.

MATERNIDAD HOY

El cambio en la concepción del término y rol de la maternidad parte de la salida de las mujeres a lo público, porque las mujeres con esta salida hacia lo hasta entonces desconocido descubren un mundo nuevo, en el que ellas tienen mucho que aportar y recoger.

Las mujeres han descubierto que en su vida se desarrollan distintos escenarios, en cada uno de los cuales ellas tienen un papel diferente a interpretar, el eje de sentido de su vida en lo familiar y privado se ha extendido también a lo público, “las mujeres son y hacen muchas cosas”.

Toda esta toma de conciencia de sus capacidades les hace, como era de esperar, replantearse lo heredado, lo vivido y sus vidas. Descubriendo todo un mundo de carencias así como todo un mundo de “excesos de sentido” en determinados roles.

La maternidad pasa a ser de un papel condicionante a un papel opcional “su vida ya no debe encajar en la maternidad sino que la maternidad debe encajar en su vida”. La maternidad puede ser “analizada” de manera más o menos racional dejando de ser un estado venido por gracia divina ante el cual las mujeres sólo podían esperar.
Pero ¿por qué el replanteamiento de la maternidad? Porque la salida a lo público ha cambiado el ritmo de vida de las mujeres, lo cual ha hecho surgir nuevos problemas y necesidades. Se ha puesto en marcha un proceso angustioso que ha provocado el replanteamiento de su existencia “¿cómo puedo ser madre?”.

Los problemas fundamentales a los que se enfrentan actualmente las mujeres y que se parecían claramente en el discurso de los grupos son:

· El problema de la decisión.
· El problema de la dedicación.
· El problema de los hijos e hijas pequeños.
· El problema de la educación.

* El problema de la decisión: La aparición de la posibilidad de decidir respecto al tema de la maternidad ya es en sí un problema para las mujeres, éstas se plantean un rol que es incuestionable para generaciones precedentes y que siguen presentes en los patrones introyectados, con la presión que ello supone.

La capacidad de decidir ha provocado que las mujeres de hoy sean capaces de discernir claramente los costos que supone un hijo o una hija y las ventajas; las consecuencias positivas y negativas de traer un hijo o una hija al mundo. Y lo que la realidad actual nos demuestra es que a priori, los costos superan a las ventajas, pues la natalidad es cada vez más baja.

Los renuncias o costos de un hijo o una hija para las mujeres son: 

· Coste económico: hay que hacer un gran esfuerzo para poder mantener a un hijo o hija en las condiciones deseables, en un periodo de crisis y de inestabilidad laboral.

· Coste de oportunidad: la maternidad puede suponer la pérdida del puesto de trabajo, así como un aislamiento de la vida profesional durante un tiempo, lo que dificultará el regreso posterior. Además, no hay que olvidar que la curva de la maternidad coincide exactamente con la curva de mayor progreso profesional, la elección aparece por la dificultad de simultanear los dos.

· Coste afectivo: traer un ser al mundo significa llenarlo de cariño y ¿es todo el mundo capaz?, ¿está todo el mundo dispuesto?, ¿nos han educado para ello?

· Coste personal: la aparición de un hijo o una hija supondrá la necesidad de mayor tiempo de atención para ese bebé lo que restará tiempo de otras esferas, incluida la personal.

· Coste de movilidad: la independencia queda frenada ya que un niño o una niña precisa de cierta estabilidad y los tiempos laborales actuales exigen “capacidad de movimiento” y de ajuste a espacios diferentes, ante lo cual “un niño te ata”.

Ante estos costos se producen distintas reacciones:

· “Posibilidad de tener o no tener hijos e hijas”.

· “Posibilidad de tener hijos e hijas pero planificando cuándo”: dicha planificación supone en muchos casos “jugar con los límites biológicos”, ya que se está retardando la decisión hasta edades a veces arriesgadas.

· “Posibilidad de tener, cómo y en qué condiciones”: se ha introducido un elemento nuevo en la decisión, que será el elemento pareja, ésta adquiere protagonismo a la hora de la decisión las circunstancias, será, por tanto, una decisión consensuada.

* Problema de la dedicación: La dedicación otorgada a la maternidad tradicional era una dedicación a tiempo completo, sin embargo, hoy las mujeres no tienen tanto tiempo para la dedicación como entonces.


Las mujeres en su introducción en lo público han multiplicado sus funciones y tareas siendo el tiempo disponible el mismo, luego la única solución es multiplicarse para poder estar en todas partes, deben compaginar el mundo privado con el mundo público, ya que la renuncia a alguno de ellos no se contempla como posibilidad en la mayoría de los casos.

Aparece así mismo el problema centrado en el concepto de la superexigencia, el cual es entendido como una superrentabilización del tiempo dedicado a los hijos y/o hijas, “las madres tienen que ser casi perfectas en el poco tiempo que están con sus hijos e hijas”.

¿Cómo lo hace? Las verbalizaciones de las mujeres ponen de manifiesto las siguientes posibilidades:

· “Quitar tiempo de ellas mismas”: una vez más son las mujeres las que renuncian a su desarrollo a favor de los demás. Se trataría de ajustar el esquema tradicional de “entrega” las circunstancias y tiempos actuales.

· “Calidad sobre cantidad”: a pesar de que el tiempo de dedicación es menor la preparación que les ha otorgado la salida a lo público les ha convertido en mujeres mucho más completas en todos los ámbitos, lo cual permitirá una dedicación más rica en menos tiempo. El problema de este planteamiento es que a nivel emocional todavía sigue priorizando la idea de que cuanto más tiempo se esté con los hijos e hijas, mejor será para éstos y éstas, aunque ello suponga renunciar al desarrollo personal.

· “Socialización ampliada”: la socialización ya no recae en exclusividad sobre las mujeres sino que aparecen “ayudas” en esta dura tarea que facilitan su realización como pudieran ser guarderías, comedores, chicas. . . El inconveniente es que no cubren todas las horas necesarias, ni existe una oferta satisfactoria en número y calidad de estos servicios.

El problema de la dedicación evidencia el conflicto interno que se produce en las mujeres cuando constatan que las necesidades de los hijos e hijas son infinitas y que ellas a diferencia de sus madres no tienen tiempo, llegan cansadas y ya no es el único ámbito del que reciben compensaciones.

* El problema de las hijas e hijos pequeños: los hijos e hijas de corta edad exigen una dedicación y atención por parte de la madre mucho mayor, son unos años donde el “amor maternal” adquiere su identidad más fuerte, los lazos entre madre-bebé por necesidad deben ser fuertemente establecidos.

Si a esta casi permanente dedicación, le sumamos el hecho de que exista no sólo un bebé sino que haya más de uno, ese periodo de constante dedicación se transforma en años de constante dedicación ¿con qué coste para las mujeres?

Con respecto a las hijas e hijos pequeños, es muy difícil diferenciar el cariño de todo aquello que tiene que ver con los cuidados físicos, es a través de éstos desde los que se fortifica y consolida “el amor maternal”. Luego, por lógica cuanto más tiempo se esté con ellas y ellos se podrán cubrir más necesidades y más intenso será el vínculo; apareciendo otra vez la confusión entre cantidad y calidad. Las niñas y niños pequeños están indefensos y necesitan una atención constante, pero ello no supone que tengan que ser las mujeres las que cumplan ese papel en exclusividad no que al ámbito del “amor maternal” no pueda ser compartido por otras personas.

Respecto a los hijos e hijas que son más mayores hay que decir que suponen en contraposición menor carga, menos trabajo y que, por tanto, la labor de crianza es más llevadera, pero entonces aparecen los problemas relacionados con la educación, los cuales pueden alcanzar importancia para las mujeres.

* El problema de la educación: Ha desaparecido el monopolio educador que se encontraba en manos de las mujeres y se ha distribuido en otros agentes externos (escuela, amigos y amigas. . . ). Por tanto, el foco del problema reside en que las madres creen que deben hacer el esfuerzo de aunar y coordinar todos esos agentes educadores cohesionándolos.

Esta variedad de agentes educadores ha provocado un cambio en la identidad de la familia, ya que los hijos e hijas reciben informaciones muchas veces diversas e incluso contrapuestas respecto a transmisión de valores familiares. Los hijos e hijas son inducidos en infinidad de temas “nuevos” para los padres/madres, temas en los que anteriormente no existía educación sino experiencia personal, como pudiera ser el caso de la sexualidad.

Existe una presión social hacia la familia en fomento de su formación, con el fin de ofrecer a los hijos e hijas una educación más completa en diversidad de campos, es decir, a la familia se le exige que se forme por medio de charlas informativas, reuniones escolares, asociaciones de padres/madres. . . y para todo esto se precisa de tiempo. A la familia se le exige paradójicamente tiempo del que no dispone para que pueda prepararse en infinidad de temas que implica el mundo de los hijos e hijas.


¿Cómo unir lo tradicional y el hoy?

No parece indicar que la paternidad y la maternidad son las facetas más avances se están dando, o por lo menos donde mayores inquietudes se ponen de manifiesto. El proceso de hombres y mujeres puede que no sea convergente, pero lo que no cabe duda es que hay un movimiento en un sector importante de la población.

NUEVOS MODELOS DE MADRE: las mujeres actuales inmersas en el ámbito público y privado se encuentran con una carencia de nuevos modelos de madres, necesarios ya que los heredados no se ajustan a sus nuevos ritmos de vida y necesidades.

EL TIEMPO DE DEDICACIÓN A LOS HIJOS E HIJAS: el tiempo disponible de dedicación a la familiar, y en este caso a los hijos e hijas, es menor del disponible por modelos maternos anteriores. La “cantidad”, la “calidad”, la “entrega”, la “resignación” son valores que se están revisando.

RACIONALIZACIÓN DE LA AFECTIVIDAD: el pilar de sentido para modelos maternos anteriores se centraba en los hijos e hijas, hoy en día, éste comparte importancia con otros. Lo cual implica permisividad hacia la entrada del hombre en el mundo del hijo y de la hija, así como la comprensión por parte de las mujeres de que “los hijos e hijas son algo temporal en las vidas de las mujeres”.


El nuevo valor del trabajo

La entrada de las mujeres en el ámbito laboral coincide actualmente con una crisis económica y con un replanteamiento estructural. Aparecen necesidades como distribución del trabajo, reducción de jornada, descentralización de la producción, autoempleo. . . que inciden directamente en las expectativas tanto de trabajadores como de trabajadoras. El valor del trabajo está adquiriendo nuevos significados que es preciso analizar para comprender el qué sentido puede afectar a las mujeres.

Desde los Sindicatos, Empresas de Selección Personal, Empresas de Trabajo Temporal y Multinacionales analizados se apuntan características de cómo ha de ser el “nuevo valor del trabajo” y cómo es necesaria una resituación del mismo en la vida de trabajadores y trabajadoras.

El “nuevo valor del trabajo”, viene definido desde tres aspectos que aportan elementos configuradores del mismo:

· Un nuevo perfil del trabajador o trabajadora.
· Nuevos tiempos de jornada.
· Valor femenino del trabajo.


Mujeres y trabajos: Un nuevo modelo cultural

Un tópico ampliamente extendido afirma que las mujeres se incorporan al mercado laboral en la década de los años sesenta, aunque la realidad es otra muy distinta. La gran mayoría de las mujeres de clase baja han realizado desde la industrialización diversos trabajos remunerados: en las fábricas, de sirvientas, costurer

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