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Última actualización web: 18/08/2022

Estilos de personalidad y modalidades de envejecimiento.

Autor/autores: Mirta Lidia Sánchez
Fecha Publicación: 01/03/2007
Área temática: Psicogeriatría y Trastornos Mentales Orgánicos .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Considerando diferentes aportes teóricos como el modelo de T. Millon sobre estilos de personalidad, el paradigma del curso de vida y el psicoanálisis, este trabajo propone relacionar estilos de personalidad con estilos de envejecimiento. Se analizan aspectos de la personalidad que favorecen un envejecimiento saludable y aquellos que resultan patógenos o iatrogénicos. La crisis del envejecimiento supone cambios, pérdidas y renuncias que plantea un esfuerzo de adaptación y requiere el despliegue de estrategias de afrontamiento eficaces que contribuyen a un buen envejecer.

El buen envejecer estaría vinculado a la posibilidad de adquirir la plenitud humana, entendida como la capacidad de flexibilidad adaptativa, concepciones positivas de sí mismo y de los otros, estabilidad emocional, sostenimiento de vínculos, la disposición activa y creativa, y la elaboración de un sentido de la propia identidad. Considerando el concepto de ?estilo de personalidad? de Millon, como un modo de funcionamiento adaptativo propio de un sujeto que se consolida a lo largo de la vida y que caracteriza una forma particular de relación entre sujeto y el medio, se presentan algunas modalidades de envejecimiento en la cultura actual.

Palabras clave: Estilos de personalidad, envejecimiento


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Estilos de personalidad y modalidades de envejecimiento.

Deisy Krzemien; Enrique Lombardo; Mirta Lidia Sánchez.

Grupo de Investigación Temas de psicología del Desarrollo. Facultad de psicología. Universidad Nacional de Mar del Plata. Argentina.

“Quien tiene un porqué para vivir encontrará casi siempre el cómo"
Víctor Frankl

Resumen

Considerando diferentes aportes teóricos como el modelo de T. Millon sobre estilos de personalidad, el paradigma del curso de vida y el psicoanálisis, este trabajo propone relacionar estilos de personalidad con estilos de envejecimiento. Se analizan aspectos de la personalidad que favorecen un envejecimiento saludable y aquellos que resultan patógenos o iatrogénicos. La crisis del envejecimiento supone cambios, pérdidas y renuncias que plantea un esfuerzo de adaptación y requiere el despliegue de estrategias de afrontamiento eficaces que contribuyen a un buen envejecer. El buen envejecer estaría vinculado a la posibilidad de adquirir la plenitud humana, entendida como la capacidad de flexibilidad adaptativa, concepciones positivas de sí mismo y de los otros, estabilidad emocional, sostenimiento de vínculos, la disposición activa y creativa, y la elaboración de un sentido de la propia identidad. Considerando el concepto de “estilo de personalidad” de Millon, como un modo de funcionamiento adaptativo propio de un sujeto que se consolida a lo largo de la vida y que caracteriza una forma particular de relación entre sujeto y el medio, se presentan algunas modalidades de envejecimiento en la cultura actual.



Introducción

El proceso de envejecimiento resulta de compleja definición tanto en el ámbito científico como desde el sentido común, se agrega a esto el hecho de que en función de innumerable factores actuantes, existe una gran variabilidad en las “modalidades de envejecer” y ciertamente unas son más beneficiosas que otras. Mientras que algunas se presentan disfuncionales y con síntomas de inadecuación, otras mantienen un nivel de adaptación saludable o incluso incrementan su bienestar, aún en la edad avanzada. Si por envejecimiento se entienden sólo los procesos involutivos, de declinación y limitación de funciones, entonces todo envejecer podría considerarse indeseable y temible. Sin embargo, son muchas las personas que llegan a edades avanzadas manteniéndose saludables. Las características del “buen envejecer” difícilmente pueden derivarse solamente a partir de los procesos biológicos específicos relativos al envejecimiento de estructuras psicofísicas, sino que es pertinente hablar, desde la perspectiva más totalizadora del desarrollo humano. Clínicos e investigadores han sugerido que los cambios asociados a pérdidas, propios del proceso de envejecimiento, afectan la adaptación vital [1-5]. La vejez representa una crisis del desarrollo, desencadenada por dichas condiciones cambiantes provenientes del propio individuo y del medio socio-cultural [6-8]. En este punto los abordajes de la temática del envejecimiento desde la psicología han corrido el riesgo de asumir una posición decrementalista o de patologización de la vejez, a partir de una paulatina rigidización de sus caracteres psíquicos y por ende, de sus posibilidades de adaptación al medio. Un ejemplo de esto han sido las concepciones acerca de la personalidad. El presente trabajo intenta una breve revisión de las teorías sobre personalidad y su visión de la vejez, se considerarán nuevas aportaciones que revisan posturas clásicas a partir de una reconsideración de las posibilidades del anciano para cambiar sus estructuras y adecuarlas a los desafíos que esta etapa de su vida le plantea. En este sentido, podemos definir cuáles condiciones psicológicas propenden hacia modalidades de envejecimiento saludable.


La personalidad

Partimos de la idea que el concepto de personalidad ha sido definido desde distintos marcos teóricos y según los distintos autores.

Allport [9] en su definición clásica de personalidad dice: “Es la organización dinámica de los sistemas psicofísicos que determinan los ajustes del individuo al medio circundante”.

Filloux [10], la define como “La configuración única que toma, en el transcurso de la historia de un individuo, el conjunto de los sistemas responsables de su conducta”.

Según Maddi [11], la personalidad es “un conjunto estable de características y tendencias que determinan las semejanzas y diferencias de la conducta psicológica (pensamientos, sentimientos y actos) de la gente, que denota continuidad en el curso del tiempo, y que puede, o no interpretarse fácilmente con referencia a las normas sociales y biológicas de presión originadas exclusivamente en la situación inmediata”.

Mischel [12], por su parte, se refiere a “los patrones típicos de conducta (incluidos los pensamientos y emociones), que caracterizan la adaptación del individuo a las situaciones de su vida”.

Existe coincidencia en la literatura científica que el concepto de personalidad alude a una totalidad de las conductas psicológicas, ya sean pensamientos, sentimientos y conducta observable, y a características relativamente estables que marcan el carácter singular de la persona [13-15]. La personalidad se concibe como el resultado de la interacción entre determinantes biológicos y socioculturales, teniendo estos últimos mayor peso para algunas teorías de la personalidad, ya que se la entiende como el resultado de la actividad y de la interacción social.

En una primera síntesis, siguiendo la revisión conceptual, entendemos que la personalidad hace referencia a la organización dinámica y única de las características de la persona (intrapsíquicas, biológicas, cognitivo-conductuales y socioculturales) que le otorga singularidad y coherencia a su comportamiento.

El modelo psicoanalítico ha tenido particular influencia en algunas ideas subyacentes en las distintas líneas teóricas sobre la personalidad: La concepción básica podemos resumirla de la siguiente manera: se parte de existen procesos mentales inconscientes que tienen una incidencia fundamental en la determinación de la conducta, más que los procesos concientes y preconscientes. Por otro lado, las influencias ambientales durante el desarrollo temprano son decisivas en la formación de la estructura de la personalidad. La resolución edípica se considera el núcleo central para la constitución de los aspectos básicos de la personalidad que según la teoría tiene una estructura tripartita ello, Yo y Super- Yo. El ello y el Super-Yo representan las influencias del pasado, tanto las heredadas como las provenientes de otros, en cambio el Yo es determinado por lo actual y accidental [16]. Una de las hipótesis básicas de Freud es que existe solo una diferencia de grado entre las personas normales, neuróticas y psicóticas [17]. Por el contrario, un discípulo del creador del psicoanálisis, Adler puso el énfasis en las fuerzas que contribuyen a estimular un desarrollo positivo de la personalidad, más que centrarse en la resolución de los conflictos internos [18]. Sostuvo que la personalidad se conforma a partir de sentimientos de inferioridad que producen un deseo de poder y motivan positivamente a las personas a progresar hacia niveles más elevados de funcionamiento que irían perfilando su modo o estilo de vida. Siguiendo esta perspectiva psicodinámica del desarrollo, Erickson [6] postuló una teoría epigenética que describe el desarrollo de la personalidad en una serie de estadios, enfatizando los cambios cualitativos en la adaptación en cada periodo de la vida y en relación con los factores psicosociales que pueden facilitarlo o no el desarrollo personal.  

Entre los modelos descriptivos de la personalidad, y en la tradición de la perspectiva de rasgos, en las últimas décadas ha tenido bastante aceptación en la comunidad científica la teoría de los cinco grandes rasgos de personalidad (NEO Five-Factor-Model), propuesta por Costa y McCrae [19]. Basándose en una metodología factorial, los autores han postulado un modelo matemático para hacer explícitas las combinaciones de características subyacentes de las que derivan los distintos trastornos de personalidad. Se sugiere la existencia de cinco dimensiones fundamentales de la personalidad: extraversión, amabilidad, responsabilidad, neuroticismo y apertura a la experiencia. Este modelo concibe la personalidad como un conjunto de tendencias biopsicológicas como patrones intrínsecos de desarrollo.  

La maduración intrínseca de la personalidad es complementada por las condiciones culturales del desarrollo de adaptaciones características que expresan la personalidad. Si bien, este modelo tiene suficiente fundamentación empírica y gran acuerdo entre los investigadores acerca de su estructura factorial de personalidad, ha menudo ha recibido críticas por carecer de un marco teórico explícito de referencia [20].


Theodore Millon [21] ha preconizado el modelo de las polaridades de estilos de personalidad que atiende a dos principios: uno, la complejidad y multideterminación del patrón de personalidad; y dos, la relevancia para el ámbito clínico.  

Es reconocido el aporte de Millon en el intento de desarrollar una formulación científica de la personalidad, la cual según él, debe comprender cuatro elementos articulados coherentemente: un modelo teórico, una noseología, técnicas de evaluación diagnóstica y estrategias de intervención terapéutica.  

Para este autor, la personalidad resulta de conjuntos de disposiciones en interacción que al combinarse dan origen a diversas configuraciones denominadas estilos de personalidad [22]. Estos se describen según tres bipolaridades:

a) metas motivacionales, indica que la conducta es inducida por propósitos específicos y evalúan la orientación de la persona a obtener refuerzo del medio.  

b) modos cognitivos hace referencia a los estilos de procesamiento de información del entorno y de uno mismo.  

c) comportamientos interpersonales alude a los diferentes modos de relación con los demás, en vista a las metas que los motivan y las cogniciones que han formado.

El modelo de Millon representa una perspectiva biosocial, evolucionista, ecológica y considera los estilos de personalidad como modos específicos de adaptación, productos de la interacción entre las fuerzas organísmicas -y la dotación biológica- y fuerzas ambientales -experiencia social- propios de la especie humana. Es decir, el estilo de personalidad alude al proceso de evolución filogenético y desarrollo ontogenético de estrategias y aprendizaje adaptativo al medio [22].

Este autor considera que estos mismos procesos intervienen en la conformación de los estilos normales y los trastornos de personalidad [22, 23], planteando una continuidad dimensional entre la personalidad sana y la patológica [24]. Esta perspectiva dimensional de la personalidad permite superar los sistemas categoriales tradicionales.  

En síntesis, la personalidad emerge resultante de la inter-determinación de cómo la persona interactúa con su medio y cómo se relaciona consigo mismo. Si en este complejo proceso de desarrollo personal debido a diferencias específicas -intensidad, cronología, persistencia, etc. - se manifiesta un patrón de comportamiento caracterizado por la creciente capacidad de adaptación al medio, diremos que se trata de una personalidad sana. Los trastornos de personalidad representan estilos de funcionamiento mal adaptados atribuibles a deficiencias, desequilibrios o conflictos en la capacidad del individuo de relacionarse con las demandas que enfrenta [22].

Algunos criterios de discriminación que el modelo de Millon [20] considera para describir la personalidad sana serían:

- Flexibilidad adaptativa: la persona manifiesta habilidad para abordar las distintas situaciones y exigencias.

- Estabilidad emocional: tolerancia a la frustración, aceptación de demora en la gratificación, y resistencia a situaciones de estrés.

- Uso de estrategias de afrontamiento adaptativas y adecuación en el ajuste al medio.

- percepción constructiva de sí mismo y del entorno, las cuales fomentan gratificaciones personales.

- actitud constructiva al medio y comportamientos promotores de la salud.  

Por el contrario, la personalidad disfuncional aparecería cuando la persona muestra una escasa flexibilidad para adaptarse, una inestabilidad emocional y debilidad del yo, cuenta con escasos recursos de afrontamiento, utiliza rígidamente mecanismos de defensa, creando círculos viciosos de comportamiento, dando lugar a un patrón repetitivos, que indicaría la exacerbación patológica del estilo de personalidad [20].

En general, estos modelos de fuerte poder descriptivo y explicativo no abordan en detalle una perspectiva del desarrollo y cambio de la personalidad, en tanto consideran configuraciones o patrones únicos a lo largo de la vida de un individuo, es decir que ponen el énfasis en la continuidad más que en el cambio, algunos particularmente en la conducta frente al medio, y sin abarcar específicamente la personalidad total en la ultima etapa vital. Esto nos lleva a mencionar el clásico tema aún en debate acerca de la estabilidad versus cambio de la personalidad (el cual no nos es posible abordar también en esta breve ponencia).


Personalidad y vejez

Neugarten [25] realizó una revisión de los trabajos sobre personalidad y vejez y encontró que, por lo general, son estudios transversales que no tienen relación con alguna teoría y que hay pocos estudios longitudinales sobre personalidad. Esta investigadora ha hallado pruebas empíricas que indican en los ancianos un aumento de la interioridad motivada por un cambio de orientación del mundo externo hacia el mundo interno.  

Recientemente la atención está siendo dirigida a la influencia de disposiciones o rasgos personales en la adaptación al envejecer [26]. En este sentido, se halló relación entre los rasgos personales de responsabilidad, confianza, conformismo y firmeza, y el uso de cuatro estrategias de afrontamiento: análisis lógico, reinterpretación, tolerancia a la incertidumbre y sustitución [27, 28].  

Diversos trabajos de investigación confirman la importancia de las condiciones psicológicas como predictoras de la longevidad y de la calidad de vida. Por ejemplo, Lehr [29] a partir de un estudio longitudinal considera que la capacidad cognitiva, la valoración subjetiva de la salud, el sentirse útil y la participación en actividades son los mejores predictores de longevidad.
Entre las escasas investigaciones que evalúan la personalidad en la vejez desde el modelo de Millon, un diseño prospectivo en adultas mayores mostró una disminución en dependencia y autocrítica, y un aumento en confianza, conformismo y tolerancia con el avance de la edad [29]. En la población hispana, se halló que las personas a partir de la adultez tardía, se caracterizan por una orientación a los otros y por los rasgos de reflexión, introversión, conformismo, sistematización, sensibilidad y control [30].  

Otras perspectivas han intentado vincular la temática de la personalidad con el envejecimiento desde una perspectiva del desarrollo.

Riegel [31], a partir de su psicología Dialéctica, analiza la constitución de curso de la vida en función del entrecruzamiento de cuatro diferentes órdenes o dimensiones: biológica interna, psicológica individual, sociológica cultural y física externa. El desarrollo humano, resulta de los entrecruzamientos, principalmente en forma de desequilibrios, asincronías e interferencias críticas, entre esas cuatro dimensiones, de manera imprevista, inciden unas en otras, unas contra otras, unas con otras a veces interrumpiéndose quebrándose, desestructurando y destruyendo y otras fecundándose recíprocamente y produciendo resultados comunes. Quedan definidos así tres sistemas cronológicos: el de las situaciones, que consisten en acontecimientos socio-históricos y biográficos en la vida de un individuo, la de los comportamientos, que son las acciones, decisiones, etc en su vida y la personalidad que como vimos consiste en una organización interna que determina la forma particular en la que el sujeto se relaciona con su medio.

El modelo de Riegel del curso de vida constituye un despliegue dialéctico del modelo del determinismo recíproco de Bandura en el que a partir de una situación una personalidad y la conducta se va construyendo un tipo particular de trayecto abierto, no predeterminado.

El esquema de la fig. 1 representa el curso de la vida, donde aparecen las 3 líneas que están recíprocamente imbricadas y determinadas, planteándose divergencias conflictos, tanto como convergencias. Este modelo general del desarrollo para cualquier edad es particularmente válido para la adultez y vejez [32].

 


Fig. 1


Otro aporte relevante es el de Paul Baltes y la teoría de la life span que plantea una visión renovada del proceso de desarrollo como forma de entender la manera en que el sujeto y su ambiente interactúan y dan lugar a una construcción: “su vejez”[33]. Considera al envejecimiento como parte de un proceso de desarrollo que incluye cambios, ganancias y pérdidas, e implica un trabajo de adaptación y de elaboración que cada quien realizará de acuerdo a su singularidad personal. Claramente una ganancia del desarrollo es distinguible de las pérdidas del desarrollo. Ganancia no necesariamente implica esfuerzo, a excepción de los procesos de aprendizaje sistemático y consiste en algo deseable que es ganado o adquirido. Una ganancia constituye mejoramiento. Una perdida, por su parte refleja una falla para ganar o adquirir, o una falla para preservar o mantener lo que uno tiene, por su parte las pérdidas pueden ser producto de un esfuerzo fallido, accidente, enfermedad o declinación progresiva. Ganancias y pérdidas forman parte de un proceso de cambio. El desarrollo concebido como un proceso multidimensional dentro de la persona implica que, ciertas facetas no afectan a todos por igual, ni al mismo tiempo, ni a la misma persona. Desde este enfoque se enfatiza la existencia de diferencias intraindividuales. En la psicología de la life span, desarrollo no es definido en contraposición a vejez, como es usualmente el caso en modelos de desarrollo ligados a la biología. Aun más, desarrollo y envejecimiento son usado como sinónimos y son definidos como cambio relativos a la edad en la capacidad adaptativa. Ésta última comprende funciones psicológicas (tales como auto-regulación y memoria de trabajo). Los cambios relativos a la edad involucran incrementos, tanto como mantenimiento, transformación y decremento.

Central a esta definición del desarrollo y envejecimiento es la proposición que ganancias y perdidas co-existen en el desarrollo humano, desde la concepción hasta la muerte.

En este sentido, esta teoría, investiga la etiología y modificabilidad de los cambios relativos a la edad en razón de ganancias y pérdidas. El supuesto básico es que con el incremento de la edad, las pérdidas están en una trayectoria de incremento y ganancias en una trayectoria decreciendo.  

Otros dos supuestos son centrales: las clasificaciones de ganancias y pérdidas son específicas de un contexto; su reconocimiento requiere conocimientos de y teorías acerca de cambios asociados a la edad, reglas sociales, períodos históricos, y diferencias individuales. Por último, considera ganancias y perdidas dentro de una dialéctica, lo que es ganancia, en alguna edad, se vinculan con una pérdida en otra y viceversa.

Wellman [34] sugiere que, el desarrollo durante el envejecimiento no debería ser limitado a la compensación de perdidas o apoyando el mantenimiento de niveles de funcionamiento sino debería también comprender la cultivación de la ganancias.

En la Wayne State University, Gisela Labouvie-Vief y su equipo ha desarrollado investigaciones acerca de los procesos cognitivos, afectivos y comportamentales de la personalidad con el avance de la edad y plantean que la vejez, en general, se caracteriza por una reorganización de la personalidad hacia la madurez [35]. La evidencia indica que los individuos reorganizan su sentido de realidad, las percepciones de sí mismo y de los otros, de una forma más compleja a medida que avanza la edad [35].  

Sugieren que los adultos mayores regulan su comportamiento hacia formas bien socializadas de interrelación, utilizan la reinterpretación positiva de las situaciones conflictivas y aceptan los signos del paso del tiempo con afectividad positiva [36].

Conclusión

Siguiendo el aporte de los distintos modelos en personalidad revisados, surgen algunas ideas para pensar la personalidad en el envejecimiento, y describir modalidades sanas de envejecimiento o patológicas según las características de personalidad. Existe el supuesto de que la personalidad se vuelve “rígida” en la vejez, que se apoya en la evidencia empírica de la relativa permanencia y constancia de la configuración de personalidad. Sin embargo, numerosos estudios evidencian la posibilidad de cambio y creciente complejidad de la personalidad [37] sin por ello desconocer la prevalencia de un patrón de comportamiento, el cual es susceptible de modificaciones significativas propiciadas por el momento del curso de vida y las experiencias a afrontar con el avance de la edad. La idea de que tanto la estabilidad como el cambio caracterizan al desarrollo de la personalidad aún en la edad avanzada ha sido demostrado por Field y Millsap [38] en el Berkeley Older Generation Study {citado en [37]}. La perspectiva contextualista de la personalidad está más inclinada a aceptar que la personalidad cambia en relación a los cambios culturales y socio-históricos [39]. Así ha obtenido creciente interés el estudio de la reorganización de la personalidad en relación a los procesos psicológicos, cognitivos e interpersonales del individuo en la transición a la vejez.  

La consideración de los modelos del desarrollo a lo largo del curso de vida abre el abanico de posibilidades a partir de la reconsideración de la vejez como una etapa de desarrollo de novedades y potencialmente de cristalización de experiencias. Por otra parte, en relación a lo anterior, se plantea que medida que pasan los años, las diferencias entre las personas aumentan.

Por último, es posible diferenciar algunas categorías que podríamos señalar como de carácter diagnóstico y pronóstico de un envejecimiento saludable y que se refieren a la manera en que un sujeto afronta la realidad y resuelve las conflictivas vitales. Siguiendo el modelo de Millon, aspectos tales como la flexibilidad, estabilidad, la posibilidad de adaptación y una visión positiva de sí mismo y de su entorno, son posibles en la vejez y favorecerían un buen envejecer. Podemos ir un poco más allá y plantear siguiendo que a partir de su larga experiencia constructiva y reconstructiva el anciano va incorporando a su estructura un cúmulo herramientas para resolver las situaciones que se presentan en la vida que los más jóvenes parecen aun no haber alcanzado.  


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