No comemos únicamente por hambre, sino también por el placer de comer y para controlar nuestras emociones. Los alimentos afectan a los estados de ánimo. A veces la comida es lo único que alivia la sensación de depresión, al menos mientras la estamos comiendo. La teoría de la adicción a los carbohidratos (Wurtman, Wurtman, 1979-83)postula que la ingestión de azúcar, harina blanca y otros hidratos de carbono simples o refinados, provoca efectos significativos que alteran el estado de ánimo de la persona; estimulan la producción y transmisión de los neurotransmisores dopamina, serotonina y norepinefrina, provocando un sentimiento de euforia con lo que los antojos son estimulados.Con el exceso de neurotransmisores en los receptores, se da la señal para dejar de producirlos, lo cual nuevamente afecta el estado de ánimo. Esto provoca, a nivel de hipotálamo, un efecto sube y baja emocional que fortalece la conexión entre los carbohidratos y el estado de ánimo, que queda sujeto a ser nivelado por la ingestión de alimentos ricos en carbohidratos simples. El problema surge cuando el hábito de comer por un impulso emotivo impide llevar una alimentación sana y deriva en un aumento de peso incontrolado. El primer paso para empezar a recuperarse consiste en darse cuenta de cuándo comemos movidos por un impulso emotivo, hacerle frente y encontrar una estrategia práctica para modificar la forma de comer.