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Última actualización web: 05/12/2022

Enfermedades reumáticas y apoyo psicológico.

Autor/autores: Nuria Ros Cuvel
Fecha Publicación: 01/01/2002
Área temática: Psicología general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

La psicología es una ciencia que estudia el comportamiento y las emociones del individuo con el objetivo de mejorar su calidad de vida.

Centrándonos en la salud, la psicología tiene la finalidad de mejorar el estilo de vida del paciente enfermo para ayudarle a conocerse mejor y a aceptarse a sí mismo.

Palabras clave: Apoyo psicológico, Enfermedad, Psicología, Reuma, Salud


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Enfermedades reumáticas y apoyo psicológico.

Isabel Martinez Sanchez; Nuria Ros Cuvel.

Centro de Ayuda Psicológica y Sexológica.
C/. Doctor Gil y Morte 9 P 3
46007 Valencia

PALABRAS CLAVE: Reuma, enfermedad, Salud, psicología, Apoyo PIsicológico.

 

Introducción

La psicología es una ciencia que estudia el comportamiento y las emociones del individuo con el objetivo de mejorar su calidad de vida.

Centrándonos en la salud, la psicología tiene la finalidad de mejorar el estilo de vida del paciente enfermo para ayudarle a conocerse mejor y a aceptarse a sí mismo.

Conocemos tanto por la medicina como en el lenguaje popular la palabra "enfermedades" pero si reflexionamos tendríamos que considerar que la enfermedad es singular y es una, ya que hablamos de salud y no de saludes. Esto significa que el termino de salud se debe personalizar en el individuo concreto, que necesitará profundizar en cual es su estado armónico que le permite desarrollarse y sintonizarse, en un camino hacia la plenitud.

enfermedad y salud son conceptos singulares ya que se refieren a un estado del ser humano y no a órganos o partes del cuerpo como indicaría el lenguaje habitual. El cuerpo nunca está enfermo ni sano ya que en él sólo se manifiestan las informaciones de la mente. El cuerpo no hace nada por sí mismo. No existe la división tradicional que realizamos de cuerpo y mente, ya que el cuerpo sólo habla o demuestra los signos de lo que ocurre en la mente de las personas.

A veces el paciente enfermo no es capaz de sostener una actividad cotidiana normal. Esto quiere decir que ciertas actividades se le hacen muy pesadas y difíciles, entrañando grandes riesgos para su salud.

enfermedad entonces, significa la pérdida de una armonía o también el trastorno de un orden supuestamente equilibrado. Ahora bien, la pérdida de armonía se produce en la conciencia y en el cuerpo sólo se muestra. Y nuestra existencia está basada en el encuentro de los dos.

Si enfocamos la enfermedad como síntoma tendremos que reconocer que es una señal evidente que reclama nuestra atención, interés y energía, interrumpiéndonos la supuesta vida normal, este síntoma que nos está alertando queramos o no, parece como si provocase una interrupción que nos llega de fuera y que nos marca como único objetivo eliminar la molestia, depositando más nuestras mermadas energías en hacer desaparecer el dolor y perdiendo de vista el mensaje que nos envía la enfermedad.

Es posible que incluso las actividades más básicas se encuentren restringidas, debido a dolores, deformidades, etc. En estos casos de incapacitación, la persona se deprime y mantiene un nivel de ansiedad no adecuado ni beneficioso para su enfermedad. Es más, estos estados depresivos y ansiógenos que produce la enfermedad están perjudicando severamente la evolución de su enfermedad, produciendo mayor incapacitación.

Aquello que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expresión visible de un proceso invisible y con su señal pretende interrumpir nuestro proceder habitual avisarnos de una anomalía y obligarnos a hacer una indagación. También en este caso sería inadecuado enfadarse con el síntoma y contraproducente tratar de suprimirlo impidiendo su manifestación (ejemplo del coche).

Cuando la persona alcanza a comprender la diferencia entre la enfermedad y el síntoma su actitud básica y su relación con la enfermedad se modifican. Ya no considera el síntoma como su gran enemigo cuya destrucción debe ser su mayor objetivo, sino que descubre en él a un aliado que puede ayudarle a encontrar lo que le falta y así vencer la enfermedad.

Pensemos que un " el mejor de nuestros amigos" nunca se atrevería a decirnos la verdad tan crudamente como nos la dicen los síntomas. Resulta evidente y no es extraño que nosotros hallamos optado por olvidar el lenguaje de los síntomas y es que es más cómodo vivir engañado.

Por ello, es nuestro objetivo desde la psicología, ayudar a mejorar su calidad de vida, facilitándole el apoyo para alcanzar el autoconocimiento. Pudiéndose facilitar por medio de técnicas de relajación y de comprensión del problema, así como de trabajo en grupo e individual, optimizando su desarrollo personal y motivando un ajuste personal, aprendiendo a convivir con la enfermedad y aliándose con ella.

Desde este planteamiento optimizador del desarrollo personal vamos a plantear cinco grandes puntos desde los que profundizaremos en la enfermedad: sus fases, las crisis que conlleva, el funcionamiento del sistema inmunitario, el reconocimiento de uno mismo en relación con la enfermedad y las posibilidades de mejora.


Enfermedad y sus fases

Es posible que si pensamos en los primeros síntomas de nuestra enfermedad, encontremos que la enfermedad comenzó mucho antes de que acudiéramos al médico en busca de ayuda. Seguramente el cansancio, la apatía y las primeras dolencias, nos invadieran sin apenas darnos cuenta, y que intentáramos buscar una explicación cuando estos primeros síntomas hubieran perdurado en el tiempo y aumentado hasta causar grandes repercusiones e incapacitación en nuestra actividad diaria.

Es entonces cuando comienza el enfrentamiento con la enfermedad, las duras y constantes asistencias al médico en busca de soluciones, y el afrontamiento del diagnóstico. Aunque casi siempre éste es un alivio y un comienzo hacia la solución, y hacia la búsqueda de una mejora.

Sabemos que se pasa por una serie de fases antes de que esto ocurra, por ello es importante que el tiempo empleado en este desarrollo hasta enfrentar la enfermedad sea el mínimo posible, para evitar que la enfermedad produzca alteraciones irreversibles siempre que sea posible.

El especialista nos informará del trastorno de la enfermedad, de su diagnóstico y su tratamiento. Este punto es primordial y de vital importancia, ya que como se comentó es el inicio hacia unas pautas de tratamiento que deberán inscribirse en una mejora.

FASES

La enfermedad una vez diagnosticada, no desaparece, sus síntomas aunque disminuidos probablemente con la medicación siguen restringiendo nuestra actividad, y es posible que se hagan más perceptibles ya que permaneceremos más atentos a ellos, sin embargo aunque parezca una contradicción, es de vital importancia que nos preocupemos de la enfermedad y nos informemos sobre sus repercusiones, ya que ello nos dará las claves para establecer los límites y las posibilidades de mejora. En tanto conozcamos los recursos y las estrategias personales para combatirla, y vayamos acostumbrándonos a convivir con la enfermedad, aprenderemos a tratarla no como enemiga sino más bien como aliada. Este será un proceso largo y costoso pero beneficioso.

En nuestra sociedad occidental cuando oímos duelo automáticamente asociamos con muerte y el rechazo que ella conlleva, sin considerar que este periodo de reflexión sobre lo perdido atañe a muchos más aspectos a lo largo de nuestra vida, siendo normal en todo cambio relevante que surge en la evolución de nuestra trayectoria vital.

En diversos estudios realizados se ha podido observar la repetición de cinco fases en el proceso de asimilación de los grandes cambios vitales, tales como la enfermedad, la ruptura con la pareja o fuertes conflictos afectivos, las modificaciones inesperadas de residencia, empleo. . . , no alcanzando todas las personas la última fase de aceptación.

A continuación exponemos las fases de afrontamiento en la enfermedad:

La primera fase en el afrontamiento de la enfermedad va a comenzar con las preguntas que nos vamos a hacer tras el conocimiento de ella y el impacto producido con una cierta actitud de incredulidad y negación: “Oh no, esto no es posible que me suceda a mí ¿por qué?, etc. , y las consecuencias de las respuestas serán el aumento de ansiedad, el aislamiento o el victimismo que unido a los síntomas de la enfermedad y a las preocupaciones pueden producir graves trastornos que también deben ser tratados por un especialista de la salud, ya que pueden perjudicar en la evolución de la enfermedad. Si las personas que rodean al paciente mantienen también una actitud de negación o de optimismo simplista todavía se hace más complejo el enfrentamiento de la enfermedad.

La segunda fase conlleva en mayor o menor medida, el no-afrontamiento de la enfermedad, lo que se expresaría como un retroceso en el tratamiento de la enfermedad, eludiendo las visitas al médico, evitando el tratamiento y las prescripciones médicas para no afrontar la enfermedad. La emoción que puede predominar con la rebeldía es aquella de la ira y cuestionarse de manera repetitiva ¿por qué yo?. La rabia se tiñe frecuentemente de envidia y se dirige hacia la posesión de salud que tienen las otras personas. Este comportamiento es muy negativo en la evolución de la enfermedad.


La tercera fase o de “la negociación” conlleva hacer pactos para conseguir milagros. Su desarrollo va a permitir que asumamos la enfermedad pero de una forma fantástica o irreal, que creará unas perspectivas de solución que no son reales, ya que se trata de una enfermedad crónica que tendrá una evolución fluctuante a lo largo de nuestras vidas. En el transcurso de esta fase el enfermo tratará de encontrar soluciones y nuevos tratamientos novedosos o experimentales con el objetivo de no convivir con la enfermedad, ya que esto significa cambiar el estilo de vida, modificando nuestra actividad diaria, restringiendo muchas actividades al mínimo o disminuyéndolas hasta encontrar el equilibrio.

La cuarta fase, en un continuo con la anterior va a desencadenar la depresión propiamente, al comprobar que es imposible que la enfermedad desaparezca. Obligándonos a asumir que habrá que convivir con ella y con sus síntomas; este estado en un principio se hará insostenible con nuestras expectativas y contribuirá a incrementar nuestro malestar y nuestra angustia hasta niveles insospechados.

Si no se supera esta fase podremos incurrir en ella a lo largo de nuestra vida, como consecuencia de numerosas recaídas. Esta es la fase más lamentable y en la que nos sentiremos peor y más desdichados al mismo tiempo que se recrudecen los síntomas de la enfermedad. Es en esta fase donde más hay que insistir para que las emociones detenidas en el estanque de la autocompasión puedan liberarse y conducir al autoconocimiento y a la aceptación.

Podemos correr un velo y hacer ver que no pasa nada. Aceptar el cambio de la nueva situación requiere asumir plenamente la vida en el mismo momento en el que el dolor o el sufrimiento parecen intolerables. Por el contrario intentar desesperadamente mantener el antiguo estilo de vida, atrae un sentimiento de falta de vida y de depresión.

La quinta y última fase pasa por aceptar por completo la enfermedad y por intentar mejorar nuestro estado de salud por medio del tratamiento médico y por medidas que nos ayuden a funcionar mejor y a optimizar nuestras capacidades que han quedado dañadas y sujetas a limitaciones. Esto lo conseguiremos si nos hacemos aliadas/os de la enfermedad, intentando por todos los medios posibles que las limitaciones que hemos desarrollado no se hagan imprescindibles para conseguir los objetivos y metas que nos hemos ido planteando a lo largo de nuestra vida, y que son fundamentales para mantener un equilibrio personal y motivacional que repercutirá en nuestro crecimiento personal, al que tenemos que dirigir todos nuestros esfuerzos. En ocasiones será necesario un replanteamiento de objetivos y metas.


Enfermedad como crisis

La sola mención de la palabra crisis connota en nuestra cultura un sentido de negatividad, siendo conscientes de ello, nos resulta necesario recordar que el concepto implica también cambios evolutivos y de crecimiento personal con una implicación positiva, y que a lo largo de la cadena de la vida con la debida reflexión lo que en un momento nos pareció catastrófico resultó ser nuestra mejor baza.

La enfermedad conlleva una crisis originada por acontecimientos que han aparecido en nuestra vida para los que no estábamos preparados. Por ello será motivo de una reorganización personal a todos los niveles: familiar, profesional o laboral y sobretodo eminentemente individual. Esto significa que la persona en crisis deberá hacer una integración de su vida, para cambiar o transformar todo lo que hasta entonces había sido “normal”, ya que la nueva situación le va a obligar a valorar de forma diferente sus necesidades, que hasta entonces creía cubiertas.

Esta transformación que conllevan las crisis va a producir en un primer momento una angustia vital que si resuelve bien va a aportarle un autoconocimiento mayor al encontrado anteriormente y crecimiento espiritual.

Pero que si no resuelve le producirá una oleada de preocupaciones y malestar que asolará su vida con numerosas situaciones de angustia e incomprensión hacia sí misma y los demás.

LOS SÍNTOMAS Y VIVENCIAS

Las preocupaciones y los síntomas retornan continuamente haciendo que el enfermo no pueda llevar a cabo su actividad diaria al nivel en que lo hacía anteriormente, esto produce un malestar general de angustia y depresión que repercute en todo su organismo.

En este estado difícilmente podremos valorar la enfermedad individualmente y ajena a los otros síntomas, con lo cual tendremos lo que coloquialmente conocemos por "la pescadilla que se muerde la cola". Es necesario entonces conocer profundamente la enfermedad para valorar sus síntomas y establecer una diferencia entre lo que nos produce la enfermedad y lo que producimos nosotros como consecuencia de las dificultades que encontramos en el camino.

El tratamiento ante esta distinción de síntomas que van a potenciar el desarrollo de la enfermedad es de vital importancia. Ya que si podemos disminuir la ansiedad, la depresión y la angustia habremos recorrido mucho camino y disminuido muchos síntomas.

Este trabajo se debe realizar con un psicólogo que nos refuerce y nos ayude a ver dónde están las dificultades que están perjudicando la enfermedad.

RESPUESTAS DEL ENTORNO

La familia, amigos y profesionales de la salud, así como los recursos que se disponen desde la administración van a jugar un papel decisivo a la hora de recobrar un equilibrio personal que ha sido restringido por la evolución de la enfermedad. Así es necesario un esfuerzo de la familia para comprender al enfermo y ayudarle en la recuperación física y psicológica.

FAMILIAS PROTECTORAS VERSUS FAMILIAS QUE IGNORAN

Existen familias sobreprotectoras que sobrepasan las medidas de apoyo recayendo en la exageración en cuanto a las ayudas dispensadas al enfermo, protegiendo en exceso y negándole una autonomía indispensable para su crecimiento personal. Otras familias ignoran las dificultades de la enfermedad y no valoran en absoluto los esfuerzos del enfermo por mejorar. Su estado anímico también se recrudece en esta ocasión debido a un deficiente apoyo familiar, que puede estar provocando mayor angustia por sus dificultades, obligándole a realizar actividades que no debería hacer y que están perjudicando su salud en mayor medida.

Es necesario que exista un equilibrio entre el apoyo suscitado hacia el enfermo sin llegar al sobreproteccionismo. La ayuda debe llegar en la medida en que lo necesite.

No caer en el victimismo será también responsabilidad del apoyo emocional de los familiares y amigos, y de los recursos y estrategias del enfermo.


DESCONOCIMIENTO DE LA enfermedad Y RECURSOS

Por otra parte, hay que tener en cuenta las ayudas de la administración, aunque suponga un esfuerzo más, es necesario pelear para conseguir ayudas que nos permitan una adaptación en el ámbito laboral y económico, en definitiva una reacomodación que permita llevar una vida más tranquila y con menos esfuerzo físico, pero manteniendo una actividad laboral que reduzca la ansiedad y que sea gratificante para el individuo el sentirse útil y desempeñar un papel en la sociedad. Es importante reducir el nivel de estrés psicológico, causante normalmente de las crisis de dolor más angustiosas.

El desconocimiento de la enfermedad no nos beneficia en absoluto, ya que el desconocimiento implica temor y miedo a lo desconocido. Por ello aunque sea duro afrontar la enfermedad, es primordial que conozcamos muy bien cuales son los signos, la evolución y los tratamientos actuales que nos puedan beneficiar y hacer mejorar nuestra calidad de vida.

Sin embargo no hay que obsesionarse con la enfermedad, y aunque como ya se ha dicho es importante estar informada/o correctamente, es necesario que el enfermo/a tenga otro tipo de objetivos en su vida, además de procurarse un acoplamiento y una alianza con la enfermedad, no se trata de vivir por y para la enfermedad, muy al contrario hay que saber desconectar y mantenerse ocupada con otro tipo de actividades, sí hay que cuidarse, pero no obsesionarse.

Sabemos que el conocimiento de la enfermedad: tratamientos adecuados, cambios de estilo de vida, ejercicios, alimentación, etc. , nos van a ayudar a sobrellevar la enfermedad y evitar el empeoramiento y los daños irreversibles. También nos ayudará mucho conocer lo que nos pasa y por qué, los signos de la enfermedad y a buscar ayudas y tratamientos que frenen el proceso.

RESIGNACIÓN Y VICTIMISMO

Si la persona enferma se resigna ante la enfermedad, no buscará ayudas ni tratará de mejorar, se trata de que asuma la enfermedad pero desde una postura de lucha por la vida, por encontrar un equilibrio personal que le permita ajustar sus dolencias y dificultades hacia una estructuración de sus objetivos y posibilidades.

El victimismo, es por otra parte un escondite muy cómodo pero poco real. El individuo debe de evitar caer en él, pues aunque a veces puede ser muy reconfortante no es adaptativo. La adaptación a la nueva situación no se realizará con éxito si no se esfuerza y huye de la resignación. Esto aunque parezca contradictorio con lo que decía antes sobre la asimilación de la enfermedad, no lo es. La diferencia radica en hacerse aliado de la enfermedad pero no potenciarla, ya que esto no supone lucha ni mejora. Se trata, pues de no decaer, hay que ser más fuerte sin perjudicarnos, es decir buscar el ajuste personal sin olvidar que siempre se puede mejorar, que existen técnicas, estrategias que podemos utilizar para establecer una alianza con la enfermedad.

Esta mejora deberá llegar desde un estudio profundo y personal que nos empuje a establecer vínculos suficientemente fuertes para enfrentar esta situación.

En imprescindible aceptar que hay que hacer una parada antes de continuar, ya que nuestra enfermedad nos está indicando en muchas ocasiones que necesitamos un descanso o una reducción de nuestras actividades. Es posible que en esta situación nos encontremos derrotados y deprimidos, pero es entonces cuando nuestro estado de ánimo no debe poder con nosotras/os, aquí hablaremos de la enfermedad como amiga, aceptando que hay que convivir con ella, escuchando lo que nos dice y olvidando nuestras preocupaciones, para evitar desarrollar mayor estrés.

El victimismo suele acompañar al resentimiento y a la culpa y ambos quedan incluidos en un estrés acumulado en la persona que le repercute negativamente en su salud. Se ha comprobado en la práctica clínica que los pacientes repiten la misma pauta, un sentimiento de rabia e ira no expresado en su momento (normalmente impedido por las creencias de lo inadecuado del hecho) se calcifican en el resentimiento, que a su vez se generaliza a otras situaciones que recuerdan al estímulo inicial, de esta forma se recrea el acontecimiento doloroso en la cabeza no dando salida a la energía estresante. Podemos concluir que no sólo experimentamos estrés cuando tenemos una experiencia que crea resentimiento, sino cada vez que recordamos la situación. Este estrés encerrado a largo plazo, y la tensión que resulta, puede producir serias inhibiciones de las defensas naturales del cuerpo.

 

Una decisión clave en la solución del problema, y sin querer entrar en el campo religioso, es perdonar a los demás y especialmente perdonarse a sí mismo de la culpa sentida en tantas ocasiones por haber contribuido a inflingirse daño y la culpa hacia los demás por haberlos introducido en los cambios que la enfermedad ha impuesto.

NECESIDAD DE LA DESCONEXIÓN DE LA enfermedad

La enfermedad provoca incapacidades físicas que repercuten en nuestro estado de ánimo, produciendo irritabilidad, depresión, cansancio, etc. , estos síntomas van a obligarnos a cambiar nuestra forma de vida, replanteando nuestros objetivos, ya que parte de ellos quedarán profundamente dañados y nos serán difícilmente alcanzables desde la perspectiva nueva que nos impone la enfermedad. Por ello hay que aprender a valorar los esfuerzos cotidianos más pequeños, y a proponérnoslos, sobretodo durante los estados más debilitadores, en los que la enfermedad anula casi por completo nuestra actividad. Así, nos será imposible realizar algunos de los trabajos que antes no suponían prácticamente ningún esfuerzo y que realizábamos sin ser conscientes como parte de nuestra actividad diaria. Esto es lo peor, ya que desmoraliza mucho, sentir el cansancio y las dificultades para realizar cualquier actividad encaminada a la consecución de nuestros objetivos.

Esta nueva situación, nos llevará a darnos cuenta de lo poco conscientes que somos las personas, cuando nos encontramos sanos, de nuestras capacidades, y de lo que supone convivir con una enfermedad discapacitante que nos obliga a frenar nuestro nivel de actividad en la vida, lo importante que es para el ser humano mantenerse activo y el esfuerzo que conlleva esto cuando se está enfermo. Y a valorar y agradecer nuestra capacidad y nuestras energías, aunque éstas no sean las más óptimas, siempre existen y hay que pensar que a pesar de todo estamos vivos y que podía ser peor.

Deberemos pues, adecuar nuestra vida a la enfermedad, sin dejar de estar activos, manteniendo objetivos, aunque sean mínimos, que nos sirvan como motor para seguir adelante. Es muy duro sentirse como un vegetal, y sentir que ya no nos queda nada, que estamos privados de esa energía que a la mayoría de las personas les sobra, que se permiten y necesitan también hacer uso de ella para llegar a sentirse bien, para funcionar alegremente. La actividad es pues un gasto de energías pero también una necesidad del ser humano para sentirse bien. Es necesario buscar nuevos objetivos, metas alcanzables dentro de nuestras dificultades físicas, para mantenernos activos física e intelectualmente incluso en las épocas o periodos de mayor latencia de la enfermedad.

Aprender a conocernos y a establecer una comunicación con nuestro cuerpo que nos dé las pautas y los límites para restablecer nuestra actividad y capacidad de reestructuración hasta llegar a la acomodación nuevamente. Las fluctuaciones de la enfermedad nos obligará a aumentar y disminuir la ejercitación de nuestra actividad física y mental según nos encontremos.

Esta reestructuración constante de nuestra actividad no debe de crear una inestabilidad personal, para ello es necesario convivir con la enfermedad, conocerla y adaptarnos a ella, comprendiendo y aceptando estas fluctuaciones para afrontarlas con el mejor estado de ánimo.

Tomar las limitaciones con humor va a ser muy beneficioso, este aprendizaje transformará nuestras vidas, pues una vida sin humor es desdichada e influye en nuestra personalidad, haciéndola más vulnerable No debemos dejar que esto ocurra, por ello la persona enferma que se aprecie a sí misma seguirá luchando para enfrentarse a ella sin perjudicarse, es decir sin enfrentamiento frontal, buscando el equilibrio de sus fuerzas y necesidades, desarrollando la capacidad de adaptación a la enfermedad.

El refuerzo constante que debe proporcionarse una persona enferma ante los logros de esas pequeñas cosas que puede conseguir va a ser primordial en el avance personal hacia sus metas y hacia una estabilidad emocional.


CRISIS COMO SUPERACIÓN

La aceptación de la enfermedad va requerir y a obligarnos a realizar una transformación que desencadenará la crisis que supone el cambio. Este cambio en nuestra vida motivado por la enfermedad está expuesto a numerosas recaídas hasta encontrar el equilibrio personal que nos infunde seguridad y amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. Buscar la calma y fuerzas para superarlo no es tarea fácil.

Superar las barreras de la enfermedad nos llevará a la superación de uno mismo y a una transformación espiritual, ya que mente y cuerpo están unidos. No debemos olvidar que lo que le ocurre a nuestro cuerpo viene filtrado por nuestra mente y viceversa, por ello es importante profundizar en nuestro estado de ánimo, en cómo están influyendo nuestros síntomas en nuestra personalidad, cómo nuestro ego va a ir transformándose y sobretodo en cómo ir adquiriendo la sabiduría de controlar los cambios que se producen para mejorar nuestro estado de salud.

Este trabajo no se va hacer sólo, debemos potenciar nuestras capacidades para adaptarnos mejor.

Desde nuestra mente hay que mandar un mensaje reconciliador con la enfermedad en el que entremos en contacto con nosotros mismos, un mensaje mediador que empatice con la enfermedad, que no huya de ella, sino que camine con ella.

Aprendiendo de nuestras necesidades y nuestras limitaciones se logrará una coordinación entre lo que queremos y lo que podemos, estableciendo un acuerdo que nos permita la rehabilitación y la apertura a la vida.


Sistema inmunitario

Hasta hace relativamente poco el mundo científico consideraba que el sistema nervioso central y el inmunitario no tenían relación o dicho de otra manera nuestros pensamientos, emociones y sentimientos no modificaban nuestras defensas ante la enfermedad. Resultaba frecuente que cuando aparecían trastornos no identificados con precisión se atribuyesen al desconocido sistema neurovegetativo pero que no se relacionaba con el SNC.

Durante la última década se han llevado a cabo investigaciones de índole científica que han demostrado, de manera fehaciente, que por el contrario de aquello sostenido a lo largo de siglos en el mundo occidental, nuestras emociones incrementan las defensas de nuestro sistema inmunitario, tanto aquellas que evaluamos positivas como las negativas, respetando un amplio margen de influencia según las características individuales. Si esto no fuese suficiente y dando una mayor seguridad al modelo positivista científico se encontraron células nerviosas en el sistema inmunitario.

El sistema inmunitario no está situado exclusivamente en un lugar. De hecho, las células del sistema inmunitario están extendidas por todo el cuerpo. La mayoría están situadas en aquellos órganos cuya finalidad le parece a menudo ligeramente misteriosa al profano: el timo (situado en la base del cuello); el bazo (debajo y detrás del estómago); los ganglios linfáticos (nódulos de tejido localizados en las axilas, las ingles, detrás de las orejas y otros lugares); La médula ósea; las amígdalas; y recónditos puntos del intestino (placas de Peyer y apéndice).

También se encuentran células inmunitarias en la sangre. Son los glóbulos blancos (o leucocitos). El torrente sanguíneo transporta las células inmunitarias a los lugares del cuerpo donde son necesarias, en particular aquellos puntos donde se han producido heridas o infecciones, donde se desencadenará una respuesta inflamatoria.

Existen numerosos tipos de glóbulos blancos, pero aquí nos interesan básicamente los linfocitos, que representan aproximadamente la cuarta parte de los glóbulos blancos en el ser humano. Los linfocitos pueden subdividirse en tres categorías principales: linfocitos B, linfocitos T y las "células asesinas" naturales.

El cuerpo está protegido por una capa sobre otra de defensas inmunitarias. Las exposiciones sencillas del sistema inmunitario suelen dividir sus acciones en dos categorías: las respuestas inmunitarias no específicas y las específicas.

Como hemos mencionado anteriormente cuerpo y mente están relacionados, es decir que existe una dialéctica constante entre ellos y entre cada una de las células del ser vivo. Si somos conscientes de la importancia de este hecho, podremos instaurar un clima positivo entre ellos y conscientemente influir para mejorar nuestro estado de ánimo, lo que repercutirá en nuestra salud y en la mejora de la respuesta de nuestro sistema inmunitario. Valga como ejemplo de lo dicho hasta ahora, aunque no se puede hacer extensible el caso de Marian, una niña diagnosticada con Lupus a los diez años y que mediante un condicionamiento clásico consiguieron incrementar su respuesta inmunitaria, disminuyendo con ello notablemente la cantidad de ciclofosfamida que debía ingerir con peligrosos efectos secundarios.

Partiendo de la dicotomía que tendemos a establecer entre mente y cuerpo podemos entender con mayor facilidad nuestra inclinación a pensar y sentir en una línea de polos opuestos, donde se sitúa lo bueno y lo malo, lo terrenal y lo divino, lo adecuado e inadecuado, lo recomendable y lo inaceptable. . . y así podríamos extendernos hasta el infinito perdiendo de vista que en realidad las personas albergamos dentro de nosotros las actitudes en un continuum y olvidando el viejo proverbio que los extremos se tocan. ¿Qué queremos expresar con esto?

Por poner un ejemplo pensemos en nuestras grandes metas en búsqueda de la bondad, o mejor explicitado de mantener comportamientos adecuados que no nos expongan a las críticas ajenas ni a sentimientos adversos, aunque queramos con toda nuestra voluntad consciente sostener esta actitud, dentro de nosotros también convive el sentimiento llamado incorrecto o malévolo que nos recuerda que no siempre estamos a disposición de los demás o que no tenemos el deseo de comportarnos según las expectativas de los otros.

En el momento que empezamos a batallear con nuestros puntos opuestos interiores, o peor si cabe ni siquiera aceptar que existen, vamos acumulando una energía negativa dentro de nosotros que puede contribuir o a hacer surgir la enfermedad o a incrementarla, sencillamente por no querer aceptar que no somos un punto ideal sino que sólo somos humanos con su dos puntos opuestos de humanidad.

Así nuestros polos opuestos, o polaridades son dos aspectos de una misma realidad que nosotros deberemos contemplar sucesivamente y de una manera integradora para alcanzar el propio equilibrio sanador.


La polaridad es como una puerta que en un lado tiene escrita la palabra entrada y, en el otro, salida, pero siempre es la misma puerta, o sea nosotros mismos. Según el lado por el que nos acerquemos a la puerta vemos uno u otro de los aspectos.

Cuando perseguimos, guiados por nuestras creencias, aquel polo que consideramos el positivo, nuestro grado de autoexigencia resulta muy elevado oprimiendo a nuestra propia capacidad de resolución y pasando a sentirnos presionados por nuestra prepotencia. De una manera gráfica es como si cada uno de nosotros llevase dentro de sí un perro de arriba que le indica continuamente con expresiones como: “no haces lo suficiente”, “puedes hacerlo mejor”, “eso es poco”, “no eres lo bastante bueno/a”, y muchas más como tendríamos que ser perfectos, y en el otro extremo de nosotros un perro de abajo traga y traga convirtiendo la presión en ansiedad y angustia. Imaginemos como si nos pasaran una película de nuestro discurso interior mantenido por estos dos perros.

Defendiendo sus respectivos extremos, como son nuestros polos, sólo conseguiremos oír los ladridos no pudiendo obtener la ansiada armonía. Si perdemos de vista que curación significa siempre acercamiento a la salud como integración de los dos polos, buscaremos el objetivo de la curación dentro de la aceptación de nuestra diversidad polar, ya que si no obtenemos la misma nos dirigimos hacia nuestro desequilibrio interior.

Los humanos vivimos convencidos que con nuestra actividad, obras podemos cambiar, transformar el mundo y nuestra vida y dirigimos nuestra energía hacia el exterior sin recapacitar que el primigenio conocimiento está en contactar con nosotros mismos y nuestras diferencias interiores.

Cuando eliminamos uno de nuestros polos, por no aceptable en nuestro cuadro de valores ideal, pasa a ser parte integrante de nuestra “sombra” personal, y ésta representa todos aquellos aspectos que son nuestros pero negados y en la mayoría de las ocasiones no conscientes. Es fácil para un observador externo verificar como las personas tendemos a adjudicar a los demás aquellas características de nuestra sombra personal, ya que tememos focalizar en nosotros mismos aquello que desestimamos como no adecuado. Así cuando rechazamos en nuestro interior un principio determinado, cuando encontramos este mismo en el mundo exterior, desencadena en nosotros una reacción de angustia y rechazo. Según Yung las personas proyectamos queriendo expresar con ello, que con los principios que no queremos asumir en nuestro interior fabricamos un exterior.

Con lo explicado hasta aquí más que hablar de un entorno que nos moldea, influye o nos hace enfermar, más bien el entorno o medio actúa como un espejo donde podemos vernos a nosotros mismos y nuestra sombra, ya que no la podemos aceptar en nosotros.

Del mismo modo que de nuestro propio cuerpo no alcanzamos a ver todas las partes y para contemplarlas necesitamos del reflejo de un espejo, también para nuestra mente padecemos una ceguera parcial y sólo podemos reconocer la parte que nos es invisible (la sombra) a través de su proyección y reflejo en el llamado mundo exterior. Para reconocer esto es necesario asumir la polaridad. La sombra produce la enfermedad y el encararse y conocerla, cura. Un síntoma, siempre es una parte de sombra que se ha introducido en la materia. Por el síntoma se manifiesta aquello que es carente y se experimenta lo que no se ha querido experimentar conscientemente. De este modo, el síntoma valiéndose del cuerpo, se reintegra la plenitud al ser humana.

La mayoría de las personas tienen dificultad para hablar de sus problemas más íntimos (suponiendo que los conozca siquiera) de forma franca y espontánea. Los síntomas por el contrario, los explican con todo detalle a la menor ocasión. Esta sinceridad forzosa es sin duda, lo que provoca la simpatía que sentimos hacia el enfermo. La sinceridad lo hace simpático, porque en la enfermedad se es auténtico. La enfermedad deshace todos los sesgos y restituye al ser humano al centro de equilibrio.

Entonces, bruscamente se deshincha el yo, se abandonan las pretensiones de poder, se destruyen muchas ilusiones y se cuestionan formas de vida. La sinceridad posee su propia hermosura, que se refleja en el enfermo.

No es difícil escuchar lo que nuestro cuerpo nos está diciendo, conocer nuestras limitaciones y aceptarlas es la base de la cual debemos partir. Comunicarnos con nosotros mismos, lleva su tiempo, es por ello que debemos tomarnos el tiempo necesario para conectar con él. Las preocupaciones, el estrés y la mentalidad de nuestra sociedad nos hace difícil este proceso de autoconocimiento. Instaurados en una sociedad que ha olvidado el contenido de espiritualidad inherente al ser humano, nos encontramos en un mundo ajeno a la espiritualidad e inmerso al mismo tiempo en lo físico, con valores meramente superficiales y materiales.

Esta situación actual de pérdida de valores espirituales no ayuda al individuo a profundizar en lo realmente importante, en la conexión con el propio ser y consecuencia de ello es que hemos olvidado nuestras capacidades innatas para la búsqueda de la conexión mente-cuerpo. Pero estas cualidades son inherentes al ser humano y podemos encontrarlas, porque están ahí, aunque requiere de nosotros que profundicemos en ellas y las desarrollemos, al igual como podemos ejercitar nuestros músculos en un gimnasio.

 

El supremo objetivo del ser humano (podemos llamarlo sabiduría o iluminación) consiste en contemplarlo todo, asumir que está bien así como está. ello presupone el verdadero conocimiento de uno mismo. Mientras el individuo se sienta molesto por algo, mientras considere que algo necesita ser cambiado, no habrá alcanzado el conocimiento de sí mismo. La ley más íntima de cada individuo es la obligación consigo mismo de encontrar y realizar su verdadero equilibrio, es decir integrarse con lo que es. El instrumento de unificación de los opuestos se llama amor con uno mismo o quererse a sí mismo.

CUERPO Y mente ESTÁN RELACIONADOS

 

Es un hecho comprobado tras notables descubrimientos científicos que el estado psicológico y emocional de una persona influye en su salud y cómo, a su vez, el estado físico afecta su mente. Los científicos pueden conciliar por fin muchas ideas corrientes sobre las influencias de la mente en la salud con una interpretación moderna de cómo el cerebro y el comportamiento afectan al funcionamiento del cuerpo.

El principio que afirma que los factores psicológicos desempeñan un papel a la hora de causar o de curar las enfermedades corporales es ciertamente antiguo. No nos causa gran sorpresa, pues el que un gran trastorno emocional como la pérdida de un ser querido, la depresión, el divorcio o el despido se manifieste después de forma física.

Fue en los inicios del siglo pasado cuando se empezó a difundir el concepto de psicosomático y con ello el intento de dar explicación a cierto número de disturbios cuyo malestar evidenciado físicamente se presuponía con origen en lo psíquico. También a su vez apareció el término somatopsíquico, aún más complejo y de más difícil aceptación que el primero cuya expresión más notable la encontramos en los casos del miembro fantasma, que no obstante la amputación física se puede continuar a sentir por años los dolores en el miembro desaparecido.

Los factores psicológicos y emocionales pueden determinar que una persona se ponga o no enferma, pero alcanzan su objetividad principalmente mediante la alteración de la propensión de esa persona a la enfermedad. En contadas ocasiones son la causa única y suficiente de la enfermedad.

Aunque existen numerosos estudios y una cierta polémica a la hora de encuadrar perfiles de personalidad tendentes a determinadas enfermedades, es innegable que determinadas características y rasgos de la personalidad se repiten en los diagnósticos.

Según Sigmund Freud y sus discípulos, muchos trastornos mentales y físicos tienen sus raíces en conflictos emocionales de los cuales el paciente puede no tener conocimiento consciente.

Las teorías psicoanalíticas freudianas sentaron las bases de los que después se llamó medicina psicosomática. Los primeros practicantes de esta medicina buscaron explicaciones de trastornos misteriosos como el asma, las alergias, la artritis, la hipertensión arterial, etc.

Podríamos sin pretender con ello un cuadro de rigor matemático, hablar de ciertos rasgos que suelen caracterizar a nuestras respuestas a la enfermedad, focalizándolo como si fuese un mapa de contacto en nuestro cuerpo, evidentemente siempre considerando el mal orgánico, su disturbio funcional y la incapacitación que puede comportar el dolor y su tratamiento. Empezaremos por el aparato locomotor y los nervios, y nos centraremos en las afecciones reumáticas.

Reúma es una denominación genérica un tanto difusa que abarca una serie de alteraciones dolorosas de los tejidos que se manifiestan principalmente en las articulaciones y en la musculatura.

El reúma siempre va unido a la inflamación, la cual puede ser aguda o crónica. El reúma produce hinchazón de los tejidos y los músculos y deformación y anquilosis de las articulaciones. El dolor afecta la capacidad de movimientos y puede llegar a producir la invalidez. Los dolores musculares y de las articulaciones se manifiestan con mayor fuerza cuando el cuerpo ha estado en reposo y disminuyen a medida que el paciente se mueve.

La enfermedad suele empezar por rigidez matinal y dolor en las articulaciones que aparecen hinchadas y rojas. Generalmente, las articulaciones son afectadas simétricamente y el dolor pasa de las periféricas a las mayores. El proceso es crónico y las anquilosis se acentúan gradualmente.

El poliartrítico, en lugar de quejarse, muestra gran paciencia y una sorprendente indiferencia hacia su mal.

El cuadro de la poliartritis nos conduce al tema central de todas las enfermedades del aparato locomotor: movimiento/reposo, respectivamente, agilidad y rigidez. En los antecedentes de casi todos los pacientes reumáticos encontramos una actividad y una movilidad extraordinarias. Practicaban deportes de esfuerzo y competición, trabajaban mucho en la casa y el jardín, desplegaban una actividad incansable y se sacrificaban por los demás. Se trata pues de personas activas, ágiles e inquietas a las que la poliartritis obliga a descansar por el procedimiento de la atrofia. Da la impresión que un exceso de movimiento y actividad es corregida por medio de la rigidez.


Hasta el momento, todos los investigadores coinciden en “que los pacientes poliartríticos suelen ser muy meticulosos y perfeccionistas, presentan un rasgo de autosacrificio-depresivo con gran espíritu de entrega y deseo de ayudar, unido a una actitud ultramoralista y una propensión a la melancolía” (Bräutigam). Estas características pueden tender a la obstinación y la inflexibilidad. Esta inmovilidad interior se compensa con la práctica del deporte y una gran actividad corporal que sustituye como mecanismo de defensa a la rigidez.

El reumático limita su agresividad al plano motor, es decir bloquea la energía de la musculatura. Las mediciones experimentales de la electricidad muscular dan la impresión como si el reumático probase a dominar los impulsos agresivos que buscan la expansión corporal. La energía no descargada se queda en la musculatura de las articulaciones y produce inflamación y dolor. Aunque lo que exponemos como ya habíamos indicado precedentemente no es una ecuación matemática, pero desde la óptica unidad cuerpo-mente surge una pregunta al observar el sufrimiento del reumático, el intenso dolor que prueba y que recae sobre sí mismo ¿estaba quizás dirigido con su agresividad hacia otros?

Como curiosidad y reflexión podemos observar la manifestación a causa de la inflamación de los tendones de los músculos del antebrazo debajo del codo, la mano se cierra formando un puño (epicondilitis crónica). La forma del puño apretado es un buen símbolo de agresividad reprimida y un deseo de descargar el puñetazo.

Si consideramos el amplio abanico de los más frecuentes síntomas secundarios, (siempre contemplando los efectos de la medicación y de la evolución de la enfermedad orgánica), muestra la importancia de la hostilidad reprimida. Son ante todo dolencias de estómago e intestinos, síntomas cardiacos, frigidez e impotencia, acompañadas de angustia y depresión. La poliartritis afecta casi al doble de mujeres que de hombres, y es que las mujeres tienen más dificultades para asumir conscientemente sus impulsos agresivos.

Podríamos continuar en esta línea a lo largo de un recorrido completo de nuestro cuerpo, convirtiéndose la manifestación de nuestra enfermedad física en una metáfora de nuestra mente. De momento nos hemos centrado sobre el objeto de esta ponencia y sólo añadir a título de curiosidad un comentario respecto a la psoriasis, una de las dermatosis más frecuentes y que acompaña a ciertas manifestaciones reumáticas. Se extiende en focos de inflamación de la piel que se cubren de unas escamas de un blanco plateado. Nos recuerda la formación del caparazón de algunos animales. La protección natural de la piel se trueca en coraza: uno se blinda por los cuatro costados. Uno no quiere que nada entre ni salga. Reich llama acertadamente el resultado del deseo de aislamiento psíquico “blindaje del carácter”. Detrás de toda defensa hay miedo a ser heridos. Cuanto más robusta la defensa y más gruesa la coraza, mayor es la sensibilidad y el miedo.

Si obviamente lo comentado hasta aquí no es un credo, si puede constituir motivo de reflexión y especialmente como ya hemos insistido anteriormente autoconocimiento y respeto por uno mismo.

Sería adecuado que en vez de hablar de cuerpo y mente consiguiésemos interiorizar el concepto “hablar consigo mismo”.

PROBLEMAS, CONFLICTOS Y enfermedad

Una emoción intensa no suele hacer que una persona se desplome y muera, puede volverla simplemente más vulnerable a la enfermedad. La investigación ha confirmado la existencia de vínculos sistemáticos entre factores psicológicos como la ansiedad, el estrés, la depresión y la hostilidad con una amplia gama de trastornos físicos como infecciones menores, trastornos intestinales, herpes, alergias, asma, artritis, enfermedades cardíacas coronarias y cáncer.

Nuestro estado psicológico y emocional afecta a nuestra percepción de los síntomas corporales y a nuestra reacción a esos síntomas, pero también ocurre a la inversa, las dolencias y síntomas de la enfermedad afectan a nuestro estado de ánimo, y así están reforzando nuestro malestar físico, multiplicándolo. Es necesario cortar con este encadenamiento de sufrimiento.

Existen enormes diferencias entre un individuo y otro en lo que se refiere a la medida en que vigilan su salud, en su disposición a aguantar el dolor, las molestias y la preocupación; y en su disposición a hacer algo al respecto. Las personas que recaban asistencia médica lo hacen porque han notado ciertos síntomas, han llegado a la conclusión de que esos síntomas constituyen una dolencia real o potencial y han decidido actuar.


La mente incide en la salud física de dos maneras fundamentales: a través de nuestro comportamiento y, de modo más directo, a través de nuestra química corporal. Los factores psicológicos y emocionales pueden hacer que nos comportemos de manera poco saludable o autodestructiva, lo cual aumenta los riesgos de enfermedad, lesiones o muerte. Mientras tanto, debajo de la superficie, nuestro estado mental puede alterar nuestra propensión a la enfermedad influyendo en los mecanismos de defensa biológicos del cuerpo, sobre todo en el sistema inmunitario.

Tanto si una enfermedad es de origen psicológico como si no, es seguro que tendrá consecuencias psicológicas. Sentirse mal durante un tiempo es una experiencia psicológica debilitadora. Las relaciones entre la mente, el cuerpo y la enfermedad funcionan en ambas direcciones. La mente afecta al cuerpo y por lo tanto a la salud física. A la inversa, la salud física afecta a la mente y por lo tanto a nuestros pensamientos, emociones y comportamiento.

Puede decirse que incluso la más trivial de las enfermedades produce alguna clase de reacción emocional, ya sea una leve irritación, ansiedad, ira, negación o depresión. La enfermedad significa cosas distintas para diferentes personas, y el solo hecho de que una enfermedad no suponga una amenaza para la vida no quiere decir que quien la padece no se vea afectado emocionalmente por ella. Un individuo que no haya experimentado previamente enfermedades, dolores o molestias importantes puede verse afectado por síntomas relativamente sin importancia que a una persona que ha padecido una serie de enfermedades graves pueden parecerle insignificantes.

Nuestras respuestas emocionales a la enfermedad pueden tener una relación decisiva con nuestra recuperación y nuestra salud futura. Si estar enfermo nos deprime, es posible que llegue a no importarnos seguir los consejos de nuestro médico o tomar nuestra medicina. Esta actitud, a su vez, puede impedir la recuperación. Hay pacientes que simplemente se entregan y se hunden en el deterioro. La reacción emocional a una enfermedad puede resultar un problema mayor que la enfermedad misma.

ansiedad Y ESTRÉS

Podemos definir el estrés psicológico como el estado que se presenta cuando el individuo percibe que las demandas que se le imponen exceden su capacidad para hacerles frente, y por tanto ponen en peligro su bienestar. Aunque el cerebro desempeña un papel fundamental en todo el proceso, el pensamiento consciente no tiene por qué intervenir. Nuestro cerebro puede reconocer el estrés sin que tengamos que pensar en él.

Se da el nombre de estresantes o agentes estresantes, desagradables o potencialmente nocivos que suceden en el entorno, mientras que las reacciones psicológicas y biológicas que provocan reciben el nomb

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