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DEPENDENCIAS RELACIONALES Y PERPETUACIÓN DEL CICLO DE LA VIOLENCIA EN ADICTOS

Autor/autores: María de la Villa Moral Jiménez , Carlos Sirvent, Gloria Campomanes, Pilar Blanco, Raquel Delgado, Lucía Quintana, Cruz Rivas, Glenda Cuetos
Fecha Publicación:
Área temática: Adictivos, Trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos .
Tipo de trabajo:  Conferencia

María de la Villa Moral Jiménez. Universidad de Oviedo. Departamento de Psicología. Area de Psicología Social. Carlos Sirvent. Médico Psiquiatra. Director Fundación Instituto Spiral. Gloria Campomanes. Psi

RESUMEN

Introducción: Dada la complejidad de las relaciones interpersonales los afectos que uno brinda son en parte herederos de los que se han recibido. Las emociones son concebidas como rasgos constitutivos no de los individuos sino de las relaciones, lo cual representa el reconocimiento de una modulación psicosocial ya que los afectos, emociones y pasiones son reformulados intersubjetivamente. Se fundamenta que el maltrato físico y/o psicológico, así como el desapego en la infancia con demandas afectivas frustradas, constituyen factores etiológicos de las Dependencias Relacionales (D. R. ).
Objetivo: Explorar las relaciones entre las Dependencias Relacionales y los antecedentes de maltrato en adictos constituye el principal objetivo de este estudio.
Método: La muestra está integrada por 878 adictos en tratamiento en Fundación Instituto Spiral (547 hombres y 331 mujeres). Dado nuestro interés investigador se les ha aplicado el inventario de Relaciones Interpersonales y Dependencias Sentimentales (I. R. I. D. S-100) de Sirvent y Moral (2007) que evalúa dependencia emocional y Coadicciones (Codependencia y Bidependencia), así como factores de importancia clínica crucial en el ámbito relacional, tales como los Antecedentes familiares que son sumamente significativos dada la impronta personal de antecedentes de maltrato físico y/o psicológico con un ambiente hostil.
Resultados: Se confirma una elevada prevalencia de victimización en adictos ya que el 31, 1 % de los mismos reconocen haber sufrido malos tratos, de ellos el 52, 4% por parte de sus parejas y el 42, 1 % en el seno familiar (2, 2% por parte de otros), siendo de especial significación psicosocial el 6, 2 % que ha sido maltratado tanto en la infancia como por parte de sus parejas. Asimismo, un 14, 9 % de la muestra reporta haber ejercido malos tratos. Discusión: Se discuten las implicaciones clínicas y psicosociales de tales resultados y se incide en la necesidad de prevenir e intervenir sobre la perpetuación del ciclo de la violencia de modo integral.

Palabras clave: Dependencias Relacionales; Violencia intrafamiliar; Violencia en la pareja; Antecedentes de maltrato


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DEPENDENCIAS RELACIONALES Y PERPETUACIÓN DEL ciclo DE LA VIOLENCIA EN
ADICTOS
María de la Villa Moral Jiménez, Carlos Sirvent, Gloria Campomanes, Pilar Blanco, Raquel
Delgado, Lucía Quintana, Cruz Rivas, Glenda Cuetos, Clara Fernández, Andrea García
Universidad de Oviedo y Fundación Instituto Spiral
mvilla@uniovi. es

RESUMEN
Introducción: Dada la complejidad de las relaciones interpersonales los afectos que uno brinda
son en parte herederos de los que se han recibido. Se fundamenta que el maltrato físico y/o
psicológico, así como el desapego en la infancia con demandas afectivas frustradas, constituyen
factores etiológicos de las Dependencias Relacionales (D. R. ). Objetivo: Explorar las relaciones
entre lasDependencias Relacionales y los antecedentes de maltrato en adictos constituye el
principal objetivo de este estudio. Método: La muestra está integrada por 878 adictos (547
hombres y 331 mujeres) que han estado o están en tratamiento en Fundación Instituto Spiral.
Dado nuestro interés investigador se les ha aplicado el inventario de Relaciones
Interpersonales y Dependencias Sentimentales (I. R. I. D. S-100) de Sirvent y Moral (2005) que
evalúa dependencia emocional y Coadicciones (Codependencia y Bidepedencia), así como
factores de importancia clínica crucial en el ámbito relacional , tales como los Antecedentes
familiares que son sumamente significativos dada la impronta personal de antecedentes de
maltrato físico y/o psicológico. Resultados: Se confirma una elevada prevalencia de victimización
en adictos ya que el 31, 1 % de los mismos reconocen haber sufrido malos tratos, de ellos el
52, 4% por parte de sus parejas y el 42, 1 % en el seno familiar (2, 2% por parte de otros), siendo
de especial significación psicosocial que el 6, 2 % haya sido maltratado tanto en la infancia como
por parte de sus parejas. Asimismo, un 14, 9 % de la muestra reporta haber ejercido malos
tratos. Discusión: Se discuten las implicaciones clínicas y psicosociales de tales resultados y se
incide en la necesidad de prevenir e intervenir sobre la perpetuación del ciclo de la violencia de
un modo integral.

INTRODUCCIÓN
Las emociones son concebidas como rasgos constitutivos no de los individuos sino de sus relaciones
(Barriga, 1986; Gergen, 1992). No sólo son vividas sino que son socioconstruidas, según la
estimación de Averill (1988), dado que están
influidas por los vocabular os afectivos y motivacionales
mediados por la acción de ideologías sociales, como estándares de legitimación social, mediante las que se definen las representaciones
sociales sobre los afectos y sobre el amor como arquetipo sentimental por antonomasia (Jiménez
Burillo, Sangrador, Barrón y Yela, 1995; Sangrador y Yela, 2000;
, 2003). El Yela, Jiménez Burillo y Sangrador
concepto de amor romántico, como idealización del arte de amar, está enraizado en las actitudes
individuales y en las representaciones sociales al uso e interrelacionado con mitos y paradojas
románticas y se construye, en parte, mediante los procesos de socialización romántica (Ferrer,
Bosch y Navarro, 2010; Yela, 2003). Es valorado como un sentimiento vital, siendo
conceptualizado como una de las emociones más intensas y deseables, según Sternberg (1989).
El calificado por Giddens (2000) como amor confluente, por oposición al amor romántico,
conlleva una idea de intimidad que contraviene la idea de la entrega incondicional y permanente.
Semejante amor líquido (Baumann, 2005) permanece vinculado al cambio social y a las
condiciones postmodernas manifestadas en transformaciones estructurales de la vida social
relacionadas con la conducta amorosa, tales como la reorganización de la vida doméstica, los
roles de género, las relaciones paterno-filiales y el comportamiento sexual, según el análisis de
Crego (2004).

Del comportamiento amoroso se derivan múltiples implicaciones sobre el bienestar físico,
psicológico y social y, específicamente, la pareja constituye una fuente de satisfacción
psicosocial, estando relacionada la calidad de las relaciones de pareja a los estilos de apego de
los individuos (Gómez Zapiain, Ortiz y Gómez-López, 2011). Tales interpretaciones de los afectos
en las relaciones de pareja están influenciados por variables socioculturales con profunda
raigambre histórica (véase Barrón, Martínez-Iñigo, De Paul y Yela, 1999; Ferrer, Bosch y
Navarro, 2010). Las nuevas formas de relación amorosa y sus conflictos son una de las señas
identificativas del normal caos en el amor, en los términos expresados por Beck y BeckGernsheim (2001).
Existe una inextricable vinculación entre los ideales de la pasión romántica y la temática de las
Dependencias Sentimentales o Afectivas, objeto de análisis en este estudio, como hemos
expuesto en otras oportunidades (Moral, 2009a, 2009b; Moral y Sirvent, 2008a), dada la relación
con las ideas y actitudes vehementes sobre la pareja, la identificación de la pareja con el ideal
romántico, los pensamientos intrusivos, el proceso inhabilitante de idealización del otro y de la
relación, la creencia en algo "mágico" en la relación, la defensa a ultranza de la omnipotencia
del amor y su potencia sobre el estado de felicidad, como principales signos de tal proceso de
retroalimentación. Específicamente, el mito de la fidelidad, la vinculación del mito de los celos y
de la dependencia instrumental o utilitarista aparece en algunos modelos multicausales como
uno de los antecedentes de la violencia de género (Amor, Bohórquez y Echeburúa, 2006; Amor,
Echeburúa y Loinaz, 2009; Bosch y Ferrer, 2002), hecho este asociado a los "malentendidos del
amor" (Altable, 1998) y a la propia sobredimensionalización de las relaciones en pareja y de su
posible pérdida (Antunes, 2007; Esteban y Távora, 2008). Asociado a estos intereses temáticos,
se han realizado investigaciones psicosociales sobre la problemática de los celos (Burgos y Canto,
2009; Canto, García y Gómez, 2009; Canto, Moreno, San Martín, Perles, Moscato y Reyes, 2011),
así como, específicamente, sobre el papel que los celos desempeñan como uno de los factores
determinantes de la violencia en la pareja (Pozo, Martos, Salvador, Alonso y Hernández, 2008).
A nivel aplicado se han emprendido investigaciones sobre las relaciones románticas y el apego
ansioso en jóvenes (Jaller y Lemos, 2009; Lemos, Jaller, González, Díaz y De la Ossa, 2011) o
el estudio de la violencia en sus relaciones de noviazgo (Rey-Anacona, 2013; Soriano, 2011;
Vizcarra & Póo, 2011), por citar solo algunos ejemplos.
Se describen afectos y apegos idealizados, interpretados como positivos y necesarios, que no
solo dañan a los dependientes afectivos, sino que también afectan a sus relaciones
intrafamiliares (véase Horno, 2009; Huprich, Rosen & Kiss, 2013), de ahí la importancia de
evaluar tales impactos y sus consecuencias clínicas y psicosociales. De este modo, en este
estudio se incide en la disfuncionalidad de los vínculos afectivos, las relaciones desadaptativas e
interferentes, el patrón crónico de demandas afectivas frustradas, el intercambio no equilibrado de
afectos, la asimetría de la relación con subordinación emocional o la necesidad cronificada del otro
como principales descriptores sintomáticos de una Dependencia Relacional. Técnicamente las
dependencias afectivas o sentimentales se definen como trastornos relacionales caracterizados por
la manifestación de comportamientos adictivos en la relación interpersonal basados en una
asimetría de rol y en una actitud dependiente en relación al sujeto del que se depende (SDD)
(Sirvent, 2000, 2004; Moral y Sirvent,  2008a, 2009). Hacemos, pues, referencia a
comportamientos desadaptativos contingentes a una interrelación afectivodependiente. De este
modo, en la revisión de la literatura sobre el tema se constata la asociación entre el maltrato en
las relaciones de pareja y la dependencia emocional (Amor y Echeburúa, 2010; Armas, 2006;
Avendaño y Sánchez, 2002; Deza, 2012; Hirigoyen, 2006; Moral, 2005; Moral, Sirvent y Montes,
2013; Villegas, 2006; Villegas y Sánchez, 2013).
En nuestra propuesta fundamentamos que el maltrato físico y/o psicológico, así como el desapego
en la infancia con demandas afectivas frustradas, constituyen factores etiológicos de las citadas
dependencias, específicamente de la dependencia emocional (DE), como trastorno relacional
con entidad propia y de la codependencia (CDP) y la Bidependencia (BDP) como dependencias
mediatizadas, secundarias a trastornos adictivos (Sirvent, 2004; Moral y Sirvent, 2008a; Moral
et al. , 2013). Así, en relación con la implicación de los antecedentes personales, los dependientes
relacionales presentan una puntuación media-alta (síndrome acusado) en semejante descriptor,
dada la importancia de las experiencias vitales conflictuadas en la manifestación de vínculos
sociorrelacionales.

En la dependencia emocional se encuentran implicados aspectos tanto emocionales como
cognitivos, motivacionales y comportamentales orientados al otro, así como creencias
distorsionadas acerca del amor, de la afiliación e interdependencia y de la vida en pareja, que
derivan en insatisfacciones y que se fundamentan sobre demandas afectivas frustradas (Lemos
y Londoño, 2006; Moral y Sirvent, 2008a; Schaeffer, 1998). También ha sido descrita como un
factor explicativo de la violencia intrafamiliar, de modo que en estudios como los de Amor,
Echeburúa y Loinaz (2009), en los que se avanza en la clasificación tipológica de los hombres
violentos contra su pareja, se incide en las características diferenciales de sus vínculos afectivos,
estilos cognitivos y relacionales.
En el caso concreto de la codependencia, esta coadicción se describe como un tipo de
Dependencia Relacional que experimentan parejas o familiares directos de aquellas personas
alcohólicas, dependientes de otras drogas y/o pacientes de enfermedades crónicas con los que
desarrollan un patrón relacional conflictuado y disfuncional. Los sujetos codependientes presentan
un patrón relacional propio de comportamientos de sobrecontrol,focalización en el otro con
conductas de sojuzgamiento y/o sometimiento, autonegligencia, pseudoaltruismo, afán de
proteccionismo y mecanismos de autoengaño como principales criterios patognomónicos (May,
2000; Moral y Sirvent, 2007a, b, 2010). Entre sus antecedentes familiares se exploran las
implicaciones del maltrato físico y/o psicológico, el desapego en la infancia, así como un patrón
relacional asimétrico con subordinación y complacencia.
La Bidependencia (BDP) representa un hábito relacional acomodaticio típico de un adicto o ex
adicto a sustancias con un comportamiento subsumido al primariamente adictivo fruto de un
aprendizaje sociopático por lo común intenso y que condiciona relevantemente el quehacer del
afectado y probablemente de la persona o personas involucradas (véase Moral y Sirvent, 2008b,
2008c; Sirvent y Moral, 2008; Sirvent, Moral, Blanco, Gómez, Rodríguez y Delgado, 2006). Se
caracteriza por la inhibición de la propia autonomía y la delegación de la toma de decisiones en
la persona con la que se establece un apego patológico, la búsqueda obsesiva de la pareja con
la tendencia a minimizar u ocultar sus defectos a la vez que se destaca la hiperestimulación que
le ofrece al bidependiente con manifestación de craving y abstinencia, así como frecuentes
sentimientos de vacío, sensación de inescapabilidad emocional y tropismo hacia relaciones
intensas e incluso peligrosas, como principales características descriptivas patognomónicas. En
los bidependientes se establecen relaciones de pareja conflictuadas, que podrían calificarse de
tormentosas e incluso violentas. Así, dada la temática de nuestro estudio ha de precisarse que
existe una relación muy estrecha entre el consumo de drogas y la violencia hacia la pareja, de
manera que el maltrato a la pareja presenta una tasa de prevalencia elevada entre los pacientes
adictos (Easton, Swan, & Sinha, 2000; Fals-Stewart, Golden, J. , & Schumacher, 2003).
La violencia contra la mujer representa un problema de salud pública de primera magnitud y
supone la modalidad más frecuente de violencia ejercida por su pareja varón respecto a los
distintos contextos de violencia a las mujeres reportados. Las mujeres presentan más violencia
física, psicológica, sexual, económica e intimidación (Cáceres, 2011; Cantera & Blanch, 2010).
Baste recordar que en la encuesta de victimización publicada en 2012 por el Ministerio de
Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad del Gobierno de España se recoge que un 10, 9% de las
mujeres entrevistadas manifestaron que habían sido maltratadas por su pareja alguna vez en la
vida. En el informe de la Organización Mundial de Salud en 2013 (García-Moreno, Pallitto,
Devries, Stockl, Watts & Abrahams, 2013) se reportó que en todo el mundo el 30% de las
mujeres que han mantenido una relación sentimental ha sufrido violencia física o sexual por
parte de su pareja, y en algunas regiones, como América Latina, este porcentaje puede llegar al
38%. Representa una problemática abordada desde diversas perspectivas de análisis y tratado
profusamente en la literatura en castellano sobre el tema de los últimos años, ya sea desde
teorías criminológicas (Antón, 2014; Cala y García, 2014), desde una orientación clínica y
diferencial (Arteaga, Fernández-Montalvo y López-Goñi, 2012; Lemos, Jaller, González, Díaz y
De la Ossa, 2012; Porrúa, Rodríguez, Almendros, Escartín, Martín y Saldaña, 2010) o desde
abordajes más psicosociales y asistenciales (Boira, Carbajosa y Marcuello, 2013; Moriana, 2015).
Ciertamente, la relación entre el maltrato a la mujer y el consumo de sustancias por parte del
agresor es un tema de sumo interés, de manera que en los estudios llevados a cabo con hombres
maltratadores y con pacientes adictos se muestra una alta comorbilidad entre ambos fenómenos
(Fernández-Montalvo, López-Goñi y Arteaga, 2011). Así, en el estudio de Arteaga, FernándezMontalvo y López-Goñi (2012) se halló que el 33. 6% de los sujetos adictos a drogas presentó
conductas violentas contra su pareja en el pasado, tasa ésta superior a la hallada en los estudios
que valoran en la población general la tasa de mujeres que han sufrido violencia por parte de
sus parejas.

En este sentido, Arteaga et al. (2012) apuntan que la tasa de agresores que
presentan problemas de abuso o dependencia alcohólica puede oscilar entre el 50% y el 60%
(Fernández-Montalvo, Echeburúa y Amor, 2005; Stuart, O´Farrell, Leonard et al. , 2009; Stuart,
O´Farrell & temple, 2009) y en el caso de drogas ilegales, como media se apunta que en torno
al 20% de los hombres agresores presenta un consumo abusivo de drogas (Moore et al. , 2008;
Stuart et al. , 2008). También resulta de sumo interés que entre un 40% y un 60% de los
pacientes adictos que viven con sus parejas presentan episodios violentos contra las mismas
durante el año previo al inicio del tratamiento para su adicción (Korman et al. , 2008). A partir
de la interpretación de los datos aportados, Fernández-Montalvo et al. (2011) concluyen que el
abuso de sustancias constituye un factor precipitante de la violencia contra la pareja, aunque no
queda demostrado que suponga un factor causal.

Como es sabido, el análisis explicativo del fenómeno de la violencia intrafamiliar se ha propuesto
desde diferentes perspectivas -ya sea psicológica, psicosocial, sociológica y feminista-, por citar
aquellas más representativas de acuerdo con nuestro abordaje. Dado el carácter intrínsecamente
hipercomplejo del objeto de estudio, hay que evitar presuponer que exista un vínculo causal
entre desórdenes mentales y violencia de género, asumiendo que la causa del maltrato es un
tipo de trastorno de la personalidad o enfermedad mental del maltratador (véase Dutton, 1998;
Gondolf, 1999) o centrarse en exclusividad en el vínculo entre el consumo patológico de alcohol
y la violencia de género (véase Campos Moreira et al. , 2011), así como en propuestas desde las
que se supone el recurso a la violencia influido por déficits en habilidades psicosociales
(comunicación, empatía, asertividad, autocontrol, etc. ) (Rosenbaum & O'Leary, 1981), ya que
tales relaciones son complejas y suelen estar mediadas por otras variables tanto de tipo
estructural como sociocultural. De este modo, desde una perspectiva psicosociológica como la
adoptada en este análisis interpretativo también se contempla la implicación de factores de
carácter estructural, no solo asociados a los recursos familiares, sino también al estrés como
factor de riesgo y precipitante de tales episodios (Farrington, 1986). A su vez, la incidencia de
la violencia en la comunidad no puede soslayarse pues normaliza el uso de la violencia como
medio para solucionar conflictos, favoreciendo así su legitimación (Raghavan, Rajah, Gentile,
Collado & Kavanet, 2009). Asimismo, la adopción de una perspectiva de género es sumamente
necesaria, tal y como se propone desde la Feminist Theory o Feminist Perspective ya que se
parte de la premisa de que la causa de la violencia se encuentra en el sistema social patriarcal,
centrándose tanto en el dominio masculino, el poder y el género para entender y explicar la
violencia contra las mujeres (Jasinski, 2001; Burguess-Proctor, 2006) y desde una perspectiva
complementaria se incide en la idea de desigualdad de género y en la implicación de factores
que incrementan situaciones de vulnerabilidad ante la violencia (Humphreys & Nixon, 2010;
Orloff, Story, & Angel, 2009; Taft, Bryant-Davis, Woodward, Tillman, & Torres, 2009).
Ciertamente, dado el interés por aportar un marco explicativo más completo coincidimos con los
postuladios de teorías integradoras desde las que se asumen como factores de riesgo tanto los
de carácter individual, como psicosocial, así como los de carácter socio-estructural y adoptando
para su análisis una perspectiva de género (véase Anderson, 1997; Burguess-Proctor, 2006;
Gelles, 1983; Jasinski, 2001; Witt, 1987).
En las propuestas explicativas de la perpetuación de la violencia en las relaciones de pareja ­y,
más específicamente, en los intentos de explicar por qué las mujeres aguantan malos tratosuno de los enfoques más conocidos es el relativo al ciclo de violencia de Walker (1979), pues en su intento de evaluar la dinámica y las consecuencias del maltrato incide en su carácter cíclico
(fase de acumulación de tensión, fase de descarga de agresividad y fase de arrepentimiento).
En este sentido, el ciclo de la violencia es tan difícil de romper que puede que se convierta en
uno de los principales responsables de la perdurabilidad de este tipo de relaciones, de acuerdo
con Castañón (2012). Así, en el intento de explicar la permanencia de la víctima en convivencia
con el maltratador se alude a la implicación de diversos factores asociados, tales como los
propuestos desde enfoques centrados en el proceso de toma de decisiones (Echeburúa, Amor y
Corral, 2002), otros desde los que se alude a características contextuales que influyen no solo
en la permanencia de una mujer maltratada dentro de la relación de maltrato, sino también en
el regreso a la convivencia con el agresor después de una ruptura (Anderson, 2003) o bien de
carácter más psicosocial, tales como nuestras propuestas etiológicas interesadas por aspectos
más socioafectivos con propuestas referidas a la dependencia emocional y/o a déficits en
habilidades relacionales, conflictos identitarios,  mecanismos de autoengaño,
creencias culturales, acomodación y/o ausencia de redes de apoyo social (Moral, 2005; Moral et al. , 2013),
por citar algunas de las variables objeto de estudio. Asumimos que para interpretar la evidencia
relativa al porqué del mantenimiento de una relación conflictiva que se cronifica es preciso
abundar en otras interpretaciones holísticas e integradoras más allá de esgrimir una actitud de
pasividad e incluso de autoculpabilización. Afortunadamente, en las dos últimas décadas ha
habido un rechazo a teorías sobre una suerte de masoquismo femenino (Lorente y Lorente,
1999; Bosch y Ferrer, 2002; Melgar, 2009), si bien hay que seguir modificando ciertas ideas
inculpatorias arraigadas en el imaginario colectivo que actúan como legitimadoras de semejantes
relaciones de abuso de poder y/o que abundan en la actitud pasiva de las mujeres ante los malos
tratos (véase Seligman, 1981). Son múltiples y sumamente penetrantes e invasivas las barreras
estructurales (ausencia de redes familiares y sociales, inestabilidad e insuficiencia de ingresos,
lazos filiales y/o creencia común de la necesidad del padre de sus hijos, dificultad de acceso a
recursos institucionales, etc. ). En este sentido, la normalización de la violencia sigue
representando una barrera sociocultural de suma trascendencia de modo que los
comportamientos no igualitarios que derivan en violencia de género han sido tradicionalmente
aceptados en los procesos de socialización familiar y enculturación mediante el mantenimiento
de una estructura social jerárquica no igualitaria (véase Melgar, 2009). Aceptar la violencia como
medio de resolución de conflictos aumentaría las posibilidades de aceptar también la violencia
contra la mujer en la pareja y el riesgo de que ésta tuviera lugar (Raghavan et al. , 2009).
Específicamente, dado nuestro planteamiento se valoran como factores implicados en el
mantenimiento de relaciones de pareja violentas la dependencia sentimental respecto a sus
parejas (Moral, 2005; Moral et al. 2013), así como el autoengaño vinculado a la creencia de
estar enamorada del maltratador (Sanchis, 2006; Melgar, 2009). Tales vinculaciones
conflictuadas asociadas a distorsiones sociocognitivas son fundamentales desde una dimensión
psicoafectiva, si bien la carencia de redes de apoyo familiares y sociales (Aparici y Estrellas,
2010; Bosch, Ferrer, Alzamora y Navarro, 2005), así como la dependencia instrumental (Blanco,
2008; Espinar, 2003; Oliver y Valls, 2004; Sepúlveda, 2005) y la existencia de hijas/os y/o el
ideal de familia (Oliver y Valls, 2004; Melgar, 2009; Sepúlveda, 2005) representan importantes
barreras que es necesario derribar en este proceso de ruptura del ciclo de violencia.
Fundamentado lo anterior, se plantea como objetivo de este estudio analizar en adictos los
antecedentes personales de maltrato (físico, psicológico, sexual e instrumental), violencia en la
pareja, ambiente continuadamente hostil, desapego afectivo en el seno familiar y diversos
acontecimientos traumáticos que influyan en su devenir psicológico y psicosocial, así como
caraterísticas psicopatológicas, jurídico sociales y acontecimientos vitales. Se ofrecerán análisis
diferenciales en dependencia emocional, codependencia y Bidependencia, así como en las
dimensiones de Interdependencia,
acomodación, Autoengaño, Sentimientos Negativos,

Caracterosis, Antecedentes personales y Heterocontrol en función de la constatación de haber
sufrido episodios de maltrato y/o de haberlos infligido.

1. MÉTODO

Muestra
La muestra está recogida entre los años 2005-2015 de la base de datos protocolizada de
Fundación Instituto Spiral y corresponde con los pacientes que han recibido y/o están recibiendo
tratamiento de sus adicciones. Está integrada por 878 adictos (547 hombres y 331 mujeres),
con una media de edad de 38, 4 años. El 58, 8 % (n=499) de la muestra está soltero (14, 8 y
14, 5, divorciado y casado, respectivamente), con nivel socioeconómico medio (42, 7 %, n=375)
y profesión no definida (21, 9%, n= 192) En relación con otras variables descriptivas de interés
el 33 % (n= 290) de la muestra tiene estudios secundarios (ESO, FPI o Grado Medio) y el 11, 5%
(n=101) de los participantes manifiestan haber sufrido fracaso escolar. El 30, 1% de la muestra
presenta algún trastornos psicopatológico diagnosticado, el 17, 7% (n= 155) manifiesta haber
tenido intentos de suicidio y experiencias traumáticas el 5, 7% (n= 20) y, asimismo, el 3, 0 %
(n=6) reporta haber sufrido abuso sexual en la infancia. En relación al consumo de drogas, la
principal droga de abuso es el alcohol y/o la cocaína en más del 70% de los casos. Respecto al
historial jurídico forense, el 24, 3 % presenta causas penales pendientes, el 23, 1% antecedentes
penales y el 11, 7% condenas cumplidas (véase Gráfico 1).

Gráfico 1. Características psicopatológicas, jurídico sociales y acontecimientos vitales
de la muestra (N=878) por género.

Variables investigadas
La información pertinente al objeto de estudio, tal como los antecedentes de haber sufrido
maltrato en la infancia en el seno familiar, antecedentes de ejercer violencia contra la pareja,
comportamiento violento, antecedentes psicopatológicos, etc. , ha sido obtenida del sistema de
registro global de síntomas y tratamientos (base REI) de Fundación Instituto Spiral (Sirvent y
Martínez, 2009) que posibilita correlacionar la psicopatología del paciente con la intervención
psicofarmacológica y psicoterapéutica. Comparte la metodología de la intervención basada en la
evidencia y la base de datos es cumplimentada por observadores cualificados. También participa
el propio paciente mediante una pantalla de autorregistro sintomático donde aparece una serie
de síntomas cerrados y otros optativos hasta un máximo de siete síntomas diana. El registro
psicopatológico se subdivide en 3 niveles categoriales: trastorno (se corresponde con la
clasificación CIE-10, pero incorporando algunas nosologías no recogidas, pero de sumo interés),
síndrome y síntoma, derivados ambos del primer nivel, cualificándolo y concretando el proceso
nosológico (Sirvent, Martínez, Moral, Rodríguez, Blanco, Delgado, Salvador, 2012).

Dado nuestro interés investigador se les ha aplicado el inventario de Relaciones Interpersonales
y Dependencias Sentimentales (I. R. I. D. S-100) de Sirvent y Moral (2007) que evalúa
dependencia emocional y Coadicciones (Codependencia y Bidependencia), así como factores de
importancia clínica crucial en el ámbito relacional, tales como los Antecedentes familiares que
son sumamente significativos dada la impronta personal de antecedentes de maltrato físico y/o
psicológico con un ambiente hostil. Está integrado por 100 ítems evaluados mediante escala
Likert de cinco puntos (Muy de Acuerdo a Muy en Desacuerdo). Según la estructura factorial
obtenida por rotación varimax está integrado por siete subescalas (Interdependencia,
acomodación situacional, Autoengaño, Sentimientos Negativos, identidad y Límites relacionales,
Antecedentes personales y Heterocontrol) y veintitrés factores sindrómicos. Específicamente,
nuestro interés investigador se centra en la escala de antecedentes personales que coincide con
el factor del mismo nombre y valora antecedentes que puedan dejar una impronta personal.
Procedimiento y análisis de datos
La recogida de la información se ha llevado a cabo por el equipo de profesionales de "Fundación
Instituto Spiral" dentro del programa terapéutico contando con suficientes garantías

metodológicas (asignación de un código identificativo, confidencialidad, etc. ). Se han efectuado
análisis Descriptivos (distribución de frecuencias, medias y desviaciones típicas, etc. ), análisis
de frecuencias y de comparación de medias mediante la prueba T para muestras independientes
y Anova de un factor. El procesamiento y da tratamiento estadístico de los datos se ha llevado
a cabo mediante el programa SPSS versión 19. 0.

2. RESULTADOS

En virtud de los resultados hallados en las variables de interés investigadas en nuestro estudio
se concreta que el 31, 1 % de la muestra (n=273) ­de las cuales el 74, 7 % (n= 204) son mujeresreporta haber sufrido malos tratos, ejercidos principalmente ya sea por la pareja (16, 4%) como
en el caso de 144 adictos y 115 en el seno familiar ejercidos por el padre (5, 5%), por la madre
(2, 2%) o por otros familiares (1, 1%), siendo de especial interés el hecho de que el 2, 6 % de
los participantes en el estudio informen de haber sido víctima de malos tratos tanto en el seno
familiar como por parte la pareja. Asimismo, el 14, 9 % de la muestra (n=131), de los cuales el
68, 7 % (n= 90) son varones, reconoce haber propinado malos tratos. El 22% de los adictos (n=
193) manifiesta haber sufrido malos tratos psicológicos, el 16, 2 % (n=142) malos tratos físicos,
el 5, 6% (n=49) malos tratos sexuales y el 1, 5 % (n= 13) de carácter socioeconómico (véase
Gráfico 2).

Gráfico 2. Tipos de malos tratos recibidos por género (N= 878)

Específicamente, en la dimensión Antecedentes personales del IRIDS-100 se ha confirmado la
existencia de diferencias significativas en función del género

(t= 4, 966, sig. = , 000) (véase

Gráfico 3) en el sentido de que las mujeres adictas que han participado en el estudio presentan
más antecedentes de maltrato, mayor impronta del maltrato psicológico, reportan haber sufrido
una infancia o adolescencia desdichada, así como la presencia de acontecimientos vitales que
han podido influir en su devenir psicológico.
En virtud de los resultados hallados se comprueba la existencia de perfiles relacionales
diferenciales en función de haber sufrido maltrato en la pareja y/o en el seno familiar así como
haber experimentado desapego afectivo en la infancia con mayores manifestaciones
patognomónicas en los sujetos adictos que presentan perfiles de Dependientes emocionales (F=
4, 437, p <, 000), Bidependientes (F= 3, 669, p <, 000) y Codependientes (F= 4, 217, p <, 000)
(véanse Gráficos 4, 5 y 6).

Gráfico 3. Valores medios en las escalas y dimensiones del IRIDS-100 en función del
indicador de malos tratos recibidos (N= 878).

Las diferencias apuntadas también resultan significativas para cada una de las dimensiones del
IRIDS-100 exploradas (véase tabla 1), de modo que los adictos que han sufrido malos tratos
presentan mayor Interdependencia, esto es, una necesidad excesiva del otro, así como síntomas
de abstinencia y craving en su ausencia. Manifiestan un comportamiento de adaptación pasiva
al otro/a y falta de iniciativa en la relación (Acomodación). Presentan Autoengaño con distorsión
de la conciencia y percepción del problema, vinculado a una suerte de optimismo cognitivo, a un
pensamiento ilusorio o desiderativo (wishfull thinking) y asociado a mecanismos de defensa ante
la realidad como la negación, entre otros. En todo caso, es preciso matizar que se valora el
engaño forma parte de la constelación sociopática general del adicto (Sirvent, 1989, 2006,
2007). La recreación de sentimientos negativos y autodestrucción es mayor en quienes han
sufrido malos tratos y experimentan sentimientos de naturaleza nociva en las relaciones
interpersonales, como la culpa, la inescapabilidad emocional y el aislamiento social

(Sentimientos negativos). Las diferencias halladas también son aplicables a los conflictos
identitarios y en los límites relacionales con distorsiones en los mecanismos de identificación
(Caracterosis). Asimismo, los adictos que han sufrido malos tratos presentan mayor

Heterocontrol con focalización en los demás con desatención de las propias necesidades e incluso
autonegligencia.

Gráficos 4, 5 y 6. dependencia emocional, bidependencia y codependencia en función del
indicador de malos tratos recibidos (N= 878).

tabla 1. Diferencias de medias en las dimensiones del IRIDS-100 en función de haber sufrido o
no maltrato.
Comparación de medias

T

gl

Sig.
(bilateral)

Diferencia
de medias

Error típ.
de
la
diferencia

Triada dependiente

Se
han
asumido
varianzas
iguales

-5, 745

866

, 000

-, 2982

, 0519

No se han
asumido
varianzas
iguales

-5, 548

478, 591

, 000

-, 2982

, 0537

Se
han
asumido
varianzas
iguales

-4, 551

867

, 000

-, 2667

, 0586

No se han
asumido
varianzas
iguales

-4, 327

464, 214

, 000

-, 2667

, 0616

Se
han
asumido

-5, 374

867

, 000

-, 2814

, 0524

Acomodación

Autoengaño


varianzas
iguales

Sentimientos
negativos

Caracterosis

Antecedentes
personales

Triada
codependiente

No se han
asumido
varianzas
iguales

-5, 320

509, 207

, 000

-, 2814

, 0529

Se
han
asumido
varianzas
iguales

-6, 181

867

, 000

-, 3541

, 0573

No se han
asumido
varianzas
iguales

-6, 086

502, 747

, 000

-, 3541

, 0582

Se
han
asumido
varianzas
iguales

-4, 489

866

, 000

-, 2046

, 0456

No se han
asumido
varianzas
iguales

-4, 467

513, 111

, 000

-, 2046

, 0458

Se
han
asumido
varianzas
iguales

-9, 636

867

, 000

-, 6300

, 0654

No se han
asumido
varianzas
iguales

-9, 582

514, 702

, 000

-, 6300

, 0657

Se
han
asumido
varianzas
iguales

-5, 823

866

, 000

-, 2652

, 0456

No se han
asumido
varianzas
iguales

-5, 774

508, 692

, 000

-, 2652

, 0459

Finalmente, se ha confirmado la existencia de diferencias significativas (p< , 000) en todas las
escalas y dimensiones exploradas en función de quien/quienes ejerzan la violencia con valores
del estadístico F que van de entre 14, 390 obtenido en Antecedentes personales y 3, 392 hallado
en Caracterosis. Mediante un contraste post hoc Tukey-b se ha comprobado que las diferencias
se concentran entre quienes no han sufrido malos tratos y los adictos que han sufrido maltrato
ya sea en el seno familiar, por la pareja y/o ambos. De especial interés resultan las diferencias
halladas en el caso de la dimensión Antecedentes personales constatándose que en el caso de
que la violencia sea ejercida específicamente por la madre o quienes vivan en experiencias de
maltrato tanto en el seno familiar como en la pareja con un ambiente continuadamente hostil
manifiestan más acontecimientos traumáticos que han influido en su devenir psicológico (véanse
Gráficos 7 y 8).
Gráfico 7. Escalas y dimensiones del IRIDS-S100 y tipo de agresor/es.

Gráfico 8. Antecedentes personales y tipo de agresor/es.

3. DISCUSIÓN
En una singular autopsia del enamoramiento, parafraseando a Salabert (2010), semejante
estado ha sido calificado como impetuosa y creativa fuerza revolucionaria (Alberoni, 1988) y
como auténtico misterio (Alberoni, 2004). El (mal)querer puede convertirse en necesidad y
generar conflictos, como en el caso de los adictos dependientes afectivos que desarrollan
patrones de vinculación disfuncional. La interrelación puede derivar en apego dependiente con
la manifestación de síntomas psicopatológicos de merma de la autonomía personal, necesidad
excesiva del otro, autoengaño, naturaleza desiderativa de las experiencias, acomodación y otros
signos denotativos (Sirvent, 2000, 2004; Moral y Sirvent, 2008a, 2009a). En esta oportunidad,
el proceso de (des)enamoramiento y los vínculos afectivodependientes han sido vinculados a la
violencia de pareja e intrafamiliar (Amor y Echeburúa, 2010; Deza, 2012; Hirigoyen, 2006;
Moreno, González y Ros, 2007; Moral, 2005; Moral et al. , 2013; Pradas y Perles, 2012; Villegas
y Sánchez, 2013). La excesiva dependencia puede actuar como un factor que incremente la
tolerancia hacia el abuso. Así, en el estudio de Aiquipa (2015) se ha confirmado que las
dimensiones de la dependencia emocional más relacionadas con la violencia de pareja son el
miedo a la ruptura, la prioridad de tener pareja y la subordinación y sumisión, congruente con
la necesidad de mantener la relación en vinculaciones afectivas disfuncionales. Dada la vivencia
de emociones contradictorias hacia el agresor (aproximación y rechazo), intermitencia entre el
buen y el mal trato y miedo a ser abandonada, entre otros condicionantes, autores como Amor
y Echeburúa (2010) identificaron la dependencia emocional hacia el agresor como una
característica de tipo emocional en mujeres víctimas de violencia de pareja. Otros, como Deza
(2012) inciden en la percepción del ideal de amor romántico. En este sentido, Villegas y Sánchez
(2013) al tratar de identificar las características de dependencia afectiva en un grupo de mujeres
denunciantes víctimas de maltrato por su pareja, hallaron que la percepción de la ruptura, el
miedo a la soledad y la ansiedad por separación, entre otras, constituyen variables
determinantes del mantenimiento de tales vínculos.
El abandono relaciones en las que se sufren malos tratos, asociado a no a relaciones
afectivodependientes, resulta sumamente complejo ya que están implicados factores tanto
personales (antecedentes personales de maltrato en la infancia, conflictos identitarios,
distorsiones cognitivas y atribucionales, etc. ), como contextuales (dependencia instrumental,
aislamiento familiar y social, presiones familiares o sociales, etc. ) con profunda raigambre
histórica y cultural en las desregulaciones emocionales y afectivas. Así, en la literatura sobre el
tema se incide ya sea en las emociones de la violencia (Rodríguez Luna, 2015; Santandreu y
Ferrer, 2014), en la percepción por parte de las víctimas de los obstáculos y del apoyo social
recibido (Menéndez, Pérez y Lorence, 2013), en la sintomatología depresiva y de estrés
postraumático (Buesa y Calvete, 2013), en los estereotipos de género asociados al ciclo de la
violencia (Delgado, Sánchez y Fernández-Dávila, 2012), así como en las atribuciones de
responsabilidad de hombres condenados por violencia contra la mujer en las relaciones de pareja
(Lila, Gracia y Murgui, 2013; Lila, Oliver, Catalá, Galiana y Gracia, 2014; Torres, Lemos y
Herrero, 2013) y en el apego adulto en agresores de pareja (Fournier, Brassard, & Shaver, 2011;
Loinaz, Echeburúa y Ullate, 2012; Loinaz y Echeburúa, 2012; Mikulincer & Shaver, 2011), entre
otros indicadores.
En un intento de explicar de un modo comprehensivo los factores implicados en la violencia de
pareja la victimización en la familia de origen -ya sea la presencia de violencia en el seño familiar
durante la infancia y/o haber sido víctima de malos tratos- es sumamente destacable dado el
ciclo de perpetuación de la violencia, así como de legitimación y justificación de su uso como
forma de resolución de conflictos (Dutton, 1998; Murphy, Meyer, & O'Leary, 1993; Rosebaum &
O'Leary, 1981). Así, vinculado a ello, se incide en procesos de transmisión intergeneracional de
la violencia, tal y como se expone en la teoría de Kaufman (1989), dado el carácter aprendido
de tales comportamientos violentos (Stith et al. , 2000; Raghavan et al. , 2009; Temcheff et al. ,
2008), si bien constituye un determinante más que hay que valorar junto a la interrelación de
otros muchos (Bosch y Ferrer, 2002; Mullender, 2000; Melgar, 2009). En la transmisión
generacional de las desigualdades de poder, junto a la implicación de otros indicadores de
carácter socio estructural, habría que incidir en una propuesta explicativa de tales vinculaciones.
Asimismo, en relaciones de pareja con conflictos de violencia física y/o psicológica tiende a
afianzarse la idea de que de que la pareja va cambiar, con lo que se tiende a la justificación de
la relación conflictiva (Andrade y García, 2009; Aráujo, 2008; Loinaz y Echeburúa, 2012;
Lucariello y Fajardo, 2011, 2012; Tasso, Brown, Griffo & Maxwell, 2012). En este sentido, como
distorsiones cognitivas en agresores de pareja destacan la negación del problema y los
mecanismos de culpabilización de la víctima (Loinaz, 2014), más prevalentes que otras
diferencias en variables emocionales (estilo de apego, empatía y autoestima) (Loinaz, Echeburúa
y Ullate, 2012). Todo ello se fundamenta en mecanismos de desigualdad emocional, en opinión
de Verdú (2013), factores clave de desregulaciones a nivel afectivo, con mecanismos de
sometimiento y/o sojuzgamiento, juegos de poder y otros signos descriptores, en casos de
dependencia sentimental.
Dada la vinculación entre adicción y violencia en la pareja, sea o no mediada por la dependencia
emocional junto a otras variables explicativas, resulta apremiante profundizar en líneas de
intervención de carácter integral, dada la multidimensionalidad de la problemática. Este tipo de
violencia es un fenómeno multicausal en el que convergen aspectos de tipo psicológico,
psicosocial, económico, cultural, ambiental, familiar, personal, entre otros (Méndez y García,
2015; Ocampo & Amar, 2011). A pesar de la emergencia sociosanitaria lo cierto es que son
relativamente escasos los programas específicos de intervención con maltratadores que se han
aplicado en el ámbito de las drogodependencias. Así, en el análisis de Fernández-Montalvo et al.
(2011), se recogen algunos ejemplos pioneros en el ámbito estadounidense
como el Dade County Integrated Domestic Violence Model (Goldkamp, Weiland, Collins, & White, 1996) o el
Yale Substance Abuse Treatment Unit's Substance Abuse-Domestic Violence Program (SATUSADV) (Easton & Sinha, 2002). Más recientemente, se han implementado programas conjuntos
de tratamiento para pacientes adictos con conductas asociadas de maltrato a la pareja en el
entorno anglosajón (Easton, Swan, & Sinha, 2007; Fals-Stewart & Kennedy, 2005; Moore, et
al. , 2008; Stuart, O´Farrell, Leonard, et al. , 2009) y también en España (Arrigonia, Jiménez y
Navarro, 2014; Echeburúa y Fernández-Montalvo, 2009; Echeburúa, Sarasua, Zubizarreta y
Corral, 2009; Lockett, 2014; Medina, Parada y Medina, 2014).
Dadas las características de este estudio descriptivo, el tipo de muestra específica, así como la
ausencia de población control y el propio carácter transversal de la investigación no se puede
afirmar que sea la dependencia emocional el principal factor de riesgo implicado en la tolerancia
y perpetuación del ciclo de la violencia, si bien constituye uno de los factores implicados en el
inicio y mantenimiento de la violencia de pareja, de modo congruente con nuestro modelo
explicativo de las dependencias emocionales y de sus implicaciones a nivel relacional (Moral y
Sirvent, 2008a; Moral et al. 2013; Sirvent, 2004, 2006) y ha de ser una prioridad en las políticas
sociosanitarias y de promoción de la igualdad.
En suma, en el estudio integral del amor concurren dimensiones concretas de índole
histórica, discursiva, social y cultural. Se trata de un tema calificado por Sangrador (2001, p. 335)
como "«escurridizo», sobre el que poetas, cineastas, novelistas, dramaturgos, filósofos, clérigos,
etc. han emitido todo tipo de opiniones". A lo que añade (Sangrador, 2001, p. 335): "¿Y qué
decir, a estas alturas, del tema en sí? Frente a la recurrente acusación de «irrelevancia social»
contra buena parte de las teorizaciones o investigaciones psicológicas, el fenómeno amoroso
constituye, sin la menor duda, una de las tres o cuatro áreas de mayor relevancia social en el
ámbito de la psicología y/o la psicología Social". Respecto a la temática de la violencia, la
pertinencia de emprender estudios sobre el maltrato en el seno familiar y/o en la pareja, así
como de las dependencias afectivas es inequívoca. Consideramos que resulta inexcusable la
adopción de una perspectiva histórica y cultural de las emociones, dado que se constata una
modulación social de la esfera afectiva ya que estados emocionales como el amor son reformulados
intersubjetivamente y están influenciados por la interrelación de factores de muy diversa índole
que conforman un complejo entramado. La influencia de los vocabularios afectivos y motivacionales
está mediada por la acción de ideologías sociales que se proveen como estándares de legitimación
social, de este modo las representaciones sociales sobre las emociones, con base en el imaginario
colectivo, influyen sobre las actitudes sobre el amor como arquetipo sentimental, que se aportan a
modo de explicaciones y justificaciones de acciones tradicionalmente legitimadas, como la violencia en
la pareja. Ante tales manifestaciones, a nivel de intervención, repensar el mundo de los afectos y los
sentimientos, desmitificar la tendencia a la idealización de las historias de pareja, proponer un
entrenamiento en habilidades interpersonales o reeducar nuestra autonomía, etc. , representan, entre otras,
medidas fundamentales para lograr y afianzar una buena salud socioafectiva.

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