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Última actualización web: 23/05/2022

La agresión y la violencia en el siendo humano. Ópticas Biopsicosociales.

Autor/autores: A. Risueño
Fecha Publicación: 01/03/2007
Área temática: Psicología general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

En el presente trabajo se aborda el tema de la agresión desde una visión del hombre como unidad biopsicosocial y desde una perspectiva transdisciplinaria. Ahondaremos en su sentido y significado en la sociedad actual, diferenciándola de la violencia, reflexionando del por qué de su aparición, como así también de estrategias certeras para su prevención en tanto ésta se traduzca en violencia. Por ser ésta inherente a la existencia humana, es un mecanismo defensivo de gran protección de todo lo que ha construido, sin dejar de comprender que en muchos casos los comportamientos agresivos llevan al hombre a destruir aquello que ama.

Ahondaremos en las raíces de la agresión, diferenciándola de las conductas violentas y sus implicancias psicosociales. Desde lo biótico la agresión es defensa de la vida, desde lo psíquico encuentra el hombre su sentido dando paso a sentimientos ambivalentes, tratando de construir un espacio subjetivo que le permita desplegar su dimensión valorativa singular y única; en tanto lo social lo envuelve en un mundo de significaciones, estableciendo los parámetros que llevan a la agresión a transformarse en actos violentos. Dicho análisis nos posibilita adentrarnos en las diferentes formas y modalidades agresivas que están en juego y encubiertas en las actividades del hombre. Se analizará como la violencia emprende el camino de la venganza social, el no ser, adquiriendo su vertiente sádica. No son ajenas ni una ni la otra a la dinámica humana, ya que siempre eros y Tánatos mantienen su diálogo profundo.

Palabras clave: violencia

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La agresión y la violencia en el siendo humano. Ópticas Biopsicosociales.

Bonilla, A. *; Mas Colombo E. **; Risueño A***.

* Lic. en psicología. Universidad Argentina John F. Kennedy (UK)

** Dr. en psicología. Decano Dto de Biopsicología (UK)

*** Dra. en psicología. Vicedirectora escuela de psicología. (UK)

El presente trabajo parte de la investigación realizada para la graduación de la Licenciatura en psicología de A. Bonilla.

Resumen

En el presente trabajo se aborda el tema de la agresión desde una visión del hombre como unidad biopsicosocial y desde una perspectiva transdisciplinaria. Ahondaremos en su sentido y significado en la sociedad actual, diferenciándola de la violencia, reflexionando del por qué de su aparición, como así también de estrategias certeras para su prevención en tanto ésta se traduzca en violencia. Por ser ésta inherente a la existencia humana, es un mecanismo defensivo de gran protección de todo lo que ha construido, sin dejar de comprender que en muchos casos los comportamientos agresivos llevan al hombre a destruir aquello que ama. Ahondaremos en las raíces de la agresión, diferenciándola de las conductas violentas y sus implicancias psicosociales. Desde lo biótico la agresión es defensa de la vida, desde lo psíquico encuentra el hombre su sentido dando paso a sentimientos ambivalentes, tratando de construir un espacio subjetivo que le permita desplegar su dimensión valorativa singular y única; en tanto lo social lo envuelve en un mundo de significaciones, estableciendo los parámetros que llevan a la agresión a transformarse en actos violentos. Dicho análisis nos posibilita adentrarnos en las diferentes formas y modalidades agresivas que están en juego y encubiertas en las actividades del hombre. Se analizará como la violencia emprende el camino de la venganza social, el no ser, adquiriendo su vertiente sádica. No son ajenas ni una ni la otra a la dinámica humana, ya que siempre eros y Tánatos mantienen su diálogo profundo.



Introducción

Hoy en día, producto de una época cargada de conductas que se rigen por la inmediatez, los profesionales de la psicología deben asistir a pacientes que se presentan bajo el colorido de conductas impulsivas, de modos fallidos de relación con los objetos como las drogas, la comida, los fármacos e inclusive con el trabajo, haciendo que se los agrupe brindándoles para su identificación un nombre pre-fabricado.  

La sociedad, valiéndose de los términos que las convenciones científicas imponen, los denomina “casos de”, en tanto otros los reconocen como “personalidades agresivas”. Pero no basta con un simple rótulo, así no se adviene a la comprensión del hombre que bajo esa denominación estamos agrupando.

Nos ocupa en especial abordar el tema de la agresión, su sentido y su significado en la sociedad actual, diferenciarla de la violencia y aportar la mayor claridad sobre el tema.

Partiremos de la descripción fenomenológica de la agresión, en sus modalidades de auto o heteroagresión, aunque sabemos que con ello nos basta, ya que debemos dar lugar a una adecuada reflexión del por qué de su aparición, del sentido de la misma, como así también de un abordaje certero para su prevención en tanto ésta se traduzca en violencia.

Abordar la agresión desde una perspectiva científica nos exige ir más allá, es decir, establecer parámetros adecuados de investigación, constituyendo métodos de abordaje para conocer en profundidad la problemática que planteamos. De este modo podremos ahondar en las profundidades del humano, partiendo de la base que en su constitución se halla la agresividad y que por lo tanto podemos referirnos a él como sujeto agresivo. Por ser inherente a su existencia es también un mecanismo defensivo que salvaguarda y protege lo que ha construido, Sin embargo, no podemos dejar de observar que en muchos casos los comportamientos agresivos llevan al hombre a destruir aquello que ama, más allá de ser en otros tantos una forma valedera de defensa.  

Nuestro abordaje de la agresión se fundará desde una visión del hombre como unidad biopsicosocial y por ende, merece su atención desde una perspectiva transdisciplinaria.

Desde lo biótico la agresión se perfila hacia la defensa y la manutención de la vida, desde lo psíquico el hombre se vale de su caudal agresivo, encuentra el sentido de su emociones dando paso a sentimientos ambivalentes, odiar lo que ama, tratando de construir un espacio subjetivo que le permita desplegar su dimensión valorativa de singular y único; como desde lo social, puede tanto darle significación a sus relaciones transformando su caudal agresivo en sublimación, como llevarlo por lo caminos de la agresión transformada en actos violentos [1] 

Visto desde allí el análisis nos invita a adentrarnos en esa forma coagulada bajo la cual se ha mencionado “casos de”, pudiendo allí pesquisar de forma más precisa qué modalidades de la agresión están en juego y encubiertas en las actividades del hombre. Comprendiendo que tanto en la constitución como en sus objetivos difiere la agresión de la violencia, es decir no son sinónimos, sino que por el contrario, están entrelazados en ese ir siendo. Por lo tanto, la violencia emprende el camino de la venganza social, o sea el no ser, ya que implica fines de daño en sí mismo en el que el hombre pone su lado más oscuro y el placer adquiere su vertiente sádica [1, 2] 

En síntesis podríamos decir que nuestro interés de reflexión e investigación radica en analizar la constitución de la agresión en el hombre, sus raíces, como así también en sus manifestaciones. Es por ello que no podemos pensar a la violencia como sinónimo de agresión, pero no liberada de ella, ya que dicha violencia encuentra sus raíces en la agresión. No son ajenas ni una ni la otra a la dinámica vital humana, ya que siempre eros y Tánatos mantienen un diálogo profundo.

Ahondaremos pues, en las raíces de la agresión, desde una mirada biopsicosocial que nos lleva a diferenciarla de las conductas violentas y sus implicancias psicosociales.


Desarrollo

1. Concepto, definición y antecedentes de la agresión

“El hombre mata a todo aquello que ama” Oscar Wilde

. Sus raíces etimológicas

Cuando reflexionamos sobre la agresión en la humanidad, la primera dificultad es la de poder definir el propio objeto de estudio. El punto de partida parece ser aquello que se nos presenta como “lo concreto”, es decir las distintas expresiones y fenómenos sociales que percibimos como agresivos. Este punto de partida lejos de presentar una comprensión inmediata del fenómeno, nos pone ante una serie de hechos que recorren no sólo las conductas humanas, personales y grupales, sino que nos sitúa en un contexto que responde a diversos valores otorgados y establecidos [3].

El problema radicaría en que los criterios de asignación de lo que es agresivo puede legitimarse presentándose como naturales, ocultando simultáneamente las condiciones de producción y la posibilidad de existencia de otras concepciones posibles, descalificándose la validez de la posibilidad de lo demás. De lo que deducimos la importancia del sentido que establece el concepto de agresión, ya que en su definición encontramos no sólo las raíces del término, sino la validez de su existencia como palabra de enunciado y enunciación. Es decir lo que decimos y lo que queremos decir.

El término encuentra sus raíces en el latín como aggredí [4], aplicado con dos acepciones: la primera de ellas significa “acercarse a alguien” y la segunda “ir contra alguien con la intención de producirle un daño”. En ambas acepciones podemos observar que el término hace referencia a un estado de motivación particular. Se trata de una palabra eminentemente territorial, es decir, en cuanto alguien ha marcado un territorio como suyo, lo ha convertido de su propiedad y tiene derecho a defenderlo, frente a aquellos que se acerquen a dicha demarcación. Los habitantes de la comarca, a partir de esta acción, se sienten plenamente legitimados para atacar, aludiendo así a la segunda acepción del término. Si esos “otros” llegan a entrar en el territorio, entonces se encuentran ante una invasión, con lo que el problema es aún más grave y de una respuesta con mayor intencionalidad de producir un daño.  

Es muy probable que en nuestra lengua se haya implementado esta palabra con connotaciones negativas. El término aggressio fue usado por los romanos con la acepción de agresión, ataque, acometida, y aggressor el que arremete, es decir el agresor. Acercarse en su acepción de invasión, es tan negativo como el atacar mismo, convirtiendo a la palabra en la misma acción.  

En tanto que en otros lo que determina la agresión es el empeño de alguien en que otro haga o deje de hacer en función de los caminos y fronteras que él, por su cuenta y riesgo, marca. Eso lo hace acotando para sí un determinado territorio geográfico, económico, político, etc. , y pretendiendo que los demás asuman que ese coto es para ellos inaccesible e intocable. Por eso se dan por agredidos cuando alguien, vivido o sentido como extranjero, se acerca a su territorio.  

. Definición de agresión para la psiquiatría y la Psicología

En la actualidad, la psiquiatría entiende que es necesario lograr definiciones consensuadas y establecer parámetros que ordenen y organicen nosográficamente a las patologías mentales. Dicha disciplina define a la agresión como: “constelación de pensamientos, sentimientos y acciones específicas que se movilizan por frustración de un deseo o necesidad, y cuyo objetivo es suprimir la frustración al permitir la descarga impulsiva” [5]. El DSM-IV coincidiendo con el CIE-10 define a las conductas agresivas como: “trastornos del comportamiento y/o de personalidad, que trasciende al propio sujeto, con independencia del lugar y del momento por lo que la estabilidad se transforma en la tendencia a mostrarse altamente agresivo” [6]

En cambio, la psicología parece estar al margen del resguardo consensuado, ya que se esgriman diversas teorías y reflexiones según el paradigma que se adopte. Pero a pesar de ello, creemos que le será velada la investigación y comprensión del tema en cuestión, a todo aquel que no comprenda la riqueza de diversidades y enfoques que anuden la unidad bio-psico-axio-social.  

Por ello, es necesario en primer término contar para su análisis con la facticidad del cuerpo y con los límites bióticos propios del hombre, que llevan consigo tanto la evolución y el desarrollo, como la enfermedad y la muerte. No es ajeno a este cuerpo el entretejido social del hombre, y como nexo dialéctico inseparable lo psíquico. Órganos vocales se articulan en una nueva realidad surgida bajo el trabajo de lo simbólico, de intercambio, el hombre crea una nueva dimensión entre él y la naturaleza, para adaptarse. La transforma quedando de manera exclusiva bajo las leyes de la sociedad y de la historia. El aprender implica un camino desde lo real del cuerpo, lo imaginario de la psique y lo simbólico de lo socio-cognitivo, entendiendo el aprender como un proceso biopsicoaxiosociocognitivo [7]. La humanidad sin memoria es una humanidad sin historia y sin crecimiento. Por lo que no se trata de acumular información, sino de ser observadores partícipes de la creatividad, la libertad y de aquellas manifestaciones del hombre que sólo un análisis exhaustivo nos podrá develar [7]

El hombre crea, produce y despliega, a diferencia del animal, en acción transformadora; crea objetos capaces de satisfacerlo y medios para producir esos objetos. Produce modalidades de actividades específicas, conocimientos, valores y normas. [7] Vemos entonces que existe una dificultad para distinguir lo adquirido de lo dado, ya sea al nacer o en el proceso de maduración, se reemplaza la experimentación efectiva sobre los objetos, por la experimentación verbal sobre los signos. Esto se produce por medio de la función simbólica, representativa y propia del hombre. Por lo que, la importancia radica entonces en poder descifrar cuál es el sentido de la agresión y hacia donde nos conduce [3].  

A pesar que consideramos a la función simbólica como aquello que permite al hombre sustituir objetos, representarlos y otorgar sentido tanto a su existencia como a sus acciones, no hay una definición consensuada del fenómeno de la agresión dentro del marco de la psicología. Sin embargo, frente a ello podemos delimitar algunas cuestiones que hacen al conocimiento de dicha disciplina en relación a la agresión.

Esto nos es posible a través de lineamentos generales en donde diversos autores [8, 9, 10] concuerdan en que la agresión es inherente al hombre, implicando siempre una modalidad de relación con el objeto y necesaria para la constitución del yo. El hombre mismo odia y persigue con propósitos destructores a todos aquellos objetos que llega a suponerlos una fuente de sensación de displacer o impedimento de las necesidades de conservación.

El hombre en su afán de ser sujeto, debe lograr para su independencia una ruptura con el otro, evitando así el quedar alienado a ese otro; por lo que esto se torna en una modalidad agresiva y es por ello que en la constitución de la subjetividad misma se encuentra la agresión. Visto desde allí la agresión es necesaria para aportar al deseo la fuerza de poder constituir una expresión defensiva frente al querer ser uno, es decir poder diferenciarse del otro. Vea el lector la analogía con la etimología de la palabra agresión descripta anteriormente cuando hacíamos referencia en su definición a la demarcación territorial.


. Antecedentes de la agresión en el hombre 

Las investigaciones sobre la agresión en el hombre no es un tema de actualidad, sino que nos remonta a un pasado histórico en donde la supervivencia se pone de manifiesto, por ejemplo en el proceso de hominización [3] hace ya dos millones de años atrás. Más que por sus restos óseos, son los artefactos rudimentarios de piedras pulidas con forma de lanza las que nos hablan de sus acciones. El hombre vivía al aire libre, conocía el fuego y cazaba animales de gran tamaño, de lo que se deduce que la caza era un trabajo en grupo y de características muy agresivas, dadas las herramientas precarias que poseían.  

Dicha acción, declarada como agresión depredadora, la podríamos designar como conducta de alimentación, teniendo como finalidad saciar el hambre o mantener el equilibrio ecológico, mera motivación biofuncional [11]

En la serie animal, siguiendo la línea de los vertebrados hacia los primates, puede destacarse la tendencia defensiva que algunos consideran como un instinto especial, el instinto gregario, el cual derivaría del instinto de agresión, en tanto defensa del grupo y de su subsistencia. La reunión de los animales en grupos, generalmente para facilitar su alimentación, posibilita también sus reacciones defensivas frente a los innumerables peligros que los acechan. La simpatía gregaria entre los animales de la misma especie puede exaltar el valor frente al peligro y la solidaridad frente al ataque. A veces, se observa un gregarismo heterogéneo de varias especies, así por ejemplo los antílopes y las cebras viven juntas y se defienden juntas de los leones [3].

En muchas ocasiones, los mecanismos de “defensa activa” se combinan con la movilidad de huida. Es así, como los simios organizados en grupos solidarios tienen vigías que lanzan el grito de alarma cuando ven el peligro. Generalmente huyen en tropel pero si uno de ellos es herido o maltratado por otro animal, se precipitan en masa sobre él atacándolo hasta invalidarlo.

Ahí está el origen del impulso agresivo que se desarrolla en algunos mamíferos inofensivos, completamente ajeno a la agresividad de los carnívoros que depende del instinto alimenticio, es decir de las necesidades nutritivas; que derivarán luego en el hombre como motivaciones biofuncionales [11]

Ahora bien, si reflexionamos acerca del hombre observamos que el mismo ha exterminado a muchas especies de animales y vegetales, y ha domesticado a otras, debido a su superioridad intelectual y no a la fuerza muscular, es decir, a la técnica utilizada para la defensa y el ataque. La invención de dichas técnicas y de nuevas armas equivale a la formación de una modalidad de expresión de lo agresivo que lleva diferentes rodeos, a diferencia de los otros seres de la escala animal. En el hombre, la relación con el objeto casi nunca es directa, sino que por el contrario conlleva planificación y la razón le permite encontrar los medios más propicios tanto para el ataque como para la defensa. Es aquí cuando además de los componentes biofuncionales, podemos hablar de factores sociocognitivos que se ponen en funcionamiento gracias a las capas más modernas de la corteza cerebral y en especial los lóbulos prefrontales, sin olvidar, previa estructuración de las motivaciones psicoestreucturales [11].

Realizar un análisis más certero de la agresión es pensar no sólo en su conformación como hombre singular, sino también es poder comprender que el siendo humano se desenvuelve en procesos evolutivos y desarrollos sociales, que traen al presente su remota historia, persistiendo aún, algunas conductas propias de los primeros tiempos. Las manifestaciones que se encuentran como datos históricos emprenden el camino de nuestra atención e investigación, ya que no podríamos afirmar que la agresión sea solamente un componente necesario para la supervivencia en aquellas civilizaciones primitivas o antiguas, sino que también en su desarrollo socio-histórico se encontraba y estructuraba como fundamento en los sentimientos de venganza, de lo espiritual y hasta de lo religioso [12]. . La agresión como expresión en las creencias y organizaciones sociales

El despliegue de una nueva realidad surgida en el hombre como producto de la evolución nos muestra que no son sólo las leyes de la biología las que lo ordenan y gobiernan, sino que a ella se articula y suma una nueva dimensión surgida con el nombre de sistema social, dando como resultado intercambios, relación entre los humanos; donde la herencia queda sumida a determinadas leyes que se transmiten de generación en generación, pero no ya por factores solamente bióticos, sino merced a una capacidad exclusiva del hombre: el lenguaje simbólico [3]. El lenguaje como fundamento de toda institución social básica está formado por sistemas de símbolos que cristalizan especiales modos de comunicación [11, 12]. Es así, como las instituciones ofrecen una perspectiva temporal y una posibilidad de latencia, pero siempre susceptibles de modificaciones [12] 

La humanidad vive en sociedad organizada legalmente, basando la misma a lo largo de la historia en dos grandes prohibiciones que además la legitimizan: el incesto y el parricidio; conformando a lo largo del desarrollo de lo social no sólo una modalidad del tabú sino que también del tótem.  

El hombre delimitó su omnipotencia en ideas, dando lugar al animismo; también se religó a un dios, y quizás de forma más tardía se observó con pequeñez frente al desarrollo de la ciencia [8] Podemos entender al tótem como: “El antepasado del clan en primer lugar, y en segundo, su espíritu protector y bienhechor, que envía oráculos a sus hijos y los conoce y protege aún en aquellos casos en los que resulta peligroso” [8]

Un tótem puede ser un animal comestible, y más raramente una planta o fuerza natural (lluvia, agua) que se halla en relación particular con toda la tribu. El sistema totémico se comportaba en rigor de una ley, por lo que cuya violación, (por ejemplo comer carne de un animal tótem), acción prohibida, llevada a que el ofensor era castigado salvajemente por toda la tribu hasta ocasionarle la muerte. Si bien sabemos a través de las investigaciones realizadas por Freud [8] la relación entre el sistema totémico y la exogamia, que tiene por prohibición radical al incesto, no ahondaremos al respeto, ya que nuestro interés de investigación se centra en develar cómo se fue estructurando la agresión en el hombre hasta nuestros tiempos.  

Por otro lado, se define al tabú entendiéndose como: “Una palabra polinesa, que presenta dos significaciones opuestas: lo de sagrado o consagrado y la de lo inquietante, peligroso, prohibido o impuro” [8] El castigo frente a la violación de un tabú, dejaba al hombre abandonado a una fuerza interior que habría de actuar mágicamente. Más tarde, recae en la representación de seres superiores demoníacos o divinos ese mismo poder, quienes como seres superiores, eran los administradores del castigo. En etapas posteriores del desarrollo de la humanidad, el castigo quedaba a disposición de la sociedad [8]; aunque aún persiste en manos de la divinidad la ejecución del castigo por desobedecer la ley y consumar lo prohibido.


Un ejemplo de ello es la evolución de la institución tribal de la “ley del talión” arraigada en el inconsciente colectivo, pero con notables variantes y posibilidades de superación. La tensión psicológica provocada por la necesidad de venganza corresponde al dolor de una herida material o moral que alimenta el placer de una respuesta que haga sentir al autor de dicha herida el mismo dolor amplificado en torturantes filigranas, percibiendo en carne propia el horror de la agresión. De ahí que la respuesta agresiva de la venganza puede ser muy distinta en naturaleza y calidad a la agresión y hacerse tardía y desproporcionada.  

La materia viva reacciona exageradamente a un excitante. Esta característica general se hace específica cuando los seres adquieren un sistema nervioso bien estructurado. Cuando el estimulo es vivido como agresión, el hombre reacciona con fenómenos llamados de defensa que, pueden ser de variable intensidad y generalmente de gran amplitud. Allí es donde se podría hallar el origen biótico de los fenómenos que llegarían a constituir el proceso de la venganza, pero sin desconocer que dichos impulsos de venganza recorren direcciones variadas y entrelazan la intervención de nuevos factores sentimentales, intelectuales y morales que manifiestan sus tendencias instintivas en el hombre donde lo constitutivo puede transformarse en actos violentos[1].  

Ahondando en investigaciones sobre la “ley del talión”, y en consideración de que está sostenida en un proceso de venganza que ha llegado a una concreción social, pensamos que no es la institución de la justicia, sino la reacción punitiva pasional la que exige un gran margen de variabilidad y de amplitud en los castigos. Es decir, es librado a la ferocidad de los instintos de los deudos de la víctima y a su ingenio o capacidad de planificación. Allí es donde la intervención de los factores psicológicos tales como el sentimiento de venganza y la organización de la misma, correspondiendo este último al servicio del primero, son componentes que ofrecen la posibilidad de una evolución del proceso y de su transformación a través del progreso social. Dependiendo además, que la aparición de estas experiencias punitivas de gran carga afectiva, pueden en algunos casos estar fallidas en tanto alteraciones en la sistematización de las funciones corticales superiores (cf. cap. II) que afectarán el desarrollo tanto de los valorativo como de lo social [13] Así, creemos encontrar la respuesta del por qué en otras culturas más racionales la “ley del talión” ha desaparecido, aunque persistiendo muy arraigada en el inconsciente de los hombres civilizados.

Nos parece acertado dilucidar que aquella persona que realiza un acto prohibido, viola el tabú y se hace tabú a su vez, porque dicho acto posee la facultad peligrosa de iniciar a los demás a seguir su ejemplo. Por lo tanto, la agresión establecida hacia el infractor con grandes torturas hasta ocasionarle la muerte tiene un sentido socio-valorativo de resguardo y conservación de aquello que el hombre instituyó como renunciamiento de lo instintivo para ordenarse hacia la creación de una nueva realidad social que marcó la diferencia en relación con otros seres vivos, donde la marca de lo simbólico fue su cuota más singular y única en la especie humana [8] 

. La agresión en el ritual religioso

Las costumbres y procesos psicológicos del hombre primitivo dan cuenta de un hombre orientado hacia una organización social incipiente, arraigada en fuertes concepciones de pensamientos omnipotentes - que dieron como resultado la creencia en un número infinito de seres espirituales, tanto benéficos como maléficos, a los cuales se le atribuían la causa de todos los fenómenos naturales. Este fenómeno denominado “animismo”, sin ser todavía una religión o expresión mítica pero sí la base de la misma, hacia suponer al hombre que tenia alma y que ésta podía abandonar su residencia y trasmigrar a otros hombres; constituyéndose este alma en la fuente de actividades espirituales, independientes del cuerpo. Por lo que el intento de control, tanto de la naturaleza como del hombre mismo, se sustentaba en esta convicción. Frente a esto el hombre encontraba respuestas a los enigmas de las actividades de reposo tales como el sueño, y la muerte, la que era considerada un estado de transición. Esa suerte de pensamiento mágico nos permite comprender que es lo que impulsa al hombre primitivo a poder reemplazar las leyes naturales por leyes psicológicas [8].

El desarrollo de la neocorteza, en especial el desarrollo de los lóbulos pre-frontales, posibilita al hombre la evolución de su pensamiento [7]. Sin esta evolución no habría podido pensar el sentido de la vida y muy probablemente una repuesta a aquello que inquietaba tanto al hombre primitivo como al hombre de nuestro tiempo, la muerte.

Obviamente pensamos que aún en nuestros tiempos, pero con expresiones diferentes, el legado primitivo persiste en la humanidad como forma de transmisión colectiva, visto en el pensamiento mágico y manifestado en conductas de tinte supersticioso, tratando pues, de dar respuesta a la muerte y al sueño, entre otros enigmas.  

Para el hombre primitivo la ingestión de las partes del cuerpo humano comunica al devorador las cualidades de la persona ingerida. Por el acto de absorción se realiza una identificación, apropiándose de la fuerza del otro. La comida totémica dice Freud [8] es quizás la primera fiesta de la humanidad; sería la reproducción o bien la fiesta conmemorativa del acto memorable y criminal que sirvió de punto de partida de otras conductas y acciones de la humanidad: organizaciones sociales, restricciones morales y religiones. Freud se refiere al sacrificio del padre que le sirve de hipótesis para el complejo de Edipo y a la actitud ambivalente afectiva que caracteriza a este complejo.  

Los sacrificios animales según Freud [8] fueron la forma más antigua del sacrificio, anterior a la agricultura y al uso del fuego, la carne y la sangre del sacrificio eran saboreados en comunidad por los dioses y sus adoradores. Era una ceremonia festiva celebrada por todo el clan; las ceremonias totémicas tenían una significación canibalística. Los planteos freudianos nos permiten comprender la organización del ritual, mediante el cual el hombre ponía en práctica su religiosidad, y desde ese ritual se justificaban los actos agresivos, como el canibalismo. Este era un ritual sagrado derivado de sus concepciones mágicas de la vida, es decir una manifestación religiosa arcaica, que podemos relacionar con el mecanismo de defensa de la sublimación de la agresión en conductas aceptadas por la comunidad. En términos generales podemos entender la antropofagia como: “Un acto de asimilación espiritual o mágica. Porque no sólo se adquieren las propiedades buenas de los seres adorados o de los amigos y familiares, o de los ancestros sino que también las calidades y la fuerza de los enemigos” [12].  

El canibalismo ha demostrado a través de su historia que se basa en la creencia de fuerzas localizadas, propiedades especiales del cuerpo humano o animal y en especial de algunos de sus órganos y sustancias, como el corazón, la sangre, el cerebro y los genitales. Siendo el corazón y el cerebro pero las cualidades espirituales se localizan especialmente en el cerebro y en el corazón del hombre. De todos modos, los pueblos más arcaicos, en especial los cazadores, no eran todos caníbales sino que deben haberse convertido en tales después de una transformación mental por elaboración de nociones mágicas sistematizadas [12].

Son tantos y variados los ejemplos del poder transmitido por los órganos ingeridos que debemos reconocer como creencia sumamente arraigada en la mentalidad primitiva el compartir las atribuciones y poderes de la divinidad, comiendo la carne o la sangre de un animal sagrado. En la actualidad, se puede observar, más allá de las creencias religiosas personales, que ese ritual se mantiene en las ceremonias religiosas actuales. Podemos inferir que el componente agresivo que conlleva a dar muerte en este acto de canibalismo se transforma en un ritual fecundo y útil, minimizando pues los aspectos negativos. Dar muerte a las divinidades para acelerar la realización de sus poderes misteriosos sobre el mundo es una de las primeras manifestaciones del culto mágico. Más que sacrificios serían como representaciones místicas.

2. Bases Bióticas de la Agresión

Toda conducta humana conlleva en si misma valoración de su acción y pensamiento, lo que no significa que el valor se convierte en disvalor al perder el sentido existenciario [14].

Es así, como podemos mencionar expresiones tales como “mañana dejo de fumar”, “no bebo más”, “prometo no volver a apostar”, “es la última vez que te pego, perdóname!!“, “no debo comer”, etc. , todas representativas de conductas impulsivas, conductas que ponen en cada momento en riesgo la integridad de la vida. No cabe duda que estas conductas son el resultado de la calidad de las primeras impresiones, emociones e informaciones recibidas y el impacto que han tenido en el desarrollo del sistema nervioso central. Esto no lleva a tratar en este capítulo, el desarrollo de la agresión desde sus fundamentos bióticos, para empezar a desentrañar el origen de conductas impulsivas que se transforman en conductas violentas tanto auto como heteroagresivas.  

. Bases neurofuncionales de la agresión 

El sistema nervioso humano está formado por diferentes estructuras que evolucionaron en distintas épocas. Es así como, a través de la filogenia fueron apareciendo nuevas formaciones que sin reemplazar a las anteriores se complejizaban, dando paso a nuevas formaciones. [15]
"Paul MacLean (1970) desarrolló un modelo acerca de las emociones basado en el Sistema nervioso. Se basó en el estudio de las lesiones límbicas en animales, en humanos y en la evolución del encéfalo en los vertebrados. Para el autor, el encéfalo humano puede considerarse como un sistema de tres capas, y cada una de ellas marca un significativo avance en la evolución. La capa más antigua y profunda representa nuestra herencia encefálico reptiliana y aparece en la organización actual del tronco del encéfalo. Sirve para mediar actos altamente estereotipados que forman parte de un repertorio limitado, incluyendo acciones que han de realizarse para sobrevivir como respirar y comer"[15]. Con el tiempo se desarrolló otra capa que se encarga de la conservación de la especie y del hombre e incluye el aparato neural que posibilita tanto las emociones, como la alimentación, escape, evitación del dolor, lucha y búsqueda del placer. Las estructuras relevantes de esta capa corresponden a lo que se conoce como sistema límbico [15] Con una mayor progresión de la evolución, aparece una tercera y última capa; la corteza cerebral y es la que proporciona el sustrato para el pensamiento racional. Para nuestro estudio es importante considerar las dos últimas capas, ya que la límbica con las formaciones que la componen, área septal, amígdala e hipocampo son las bases funcionales de las motivaciones, de la emociones y de la agresión; y la neocorteza, en especial los lóbulos prefrontales, que funcionarán como reguladores de los comportamientos más arcaicos. El sistema límbico y sus conexiones con el hipotálamo regulan la alimentación y la reproducción, y permiten el equilibrio del medio interno, es decir la homeostasis. Estas conexiones están también relacionadas con el placer y displacer. El sistema reticular posibilita que estas conexiones se pongan en marcha y tengan la carga suficiente, para que puedan llevarse a cabo las conductas; el lóbulo prefrontal les da significación singular y personal [11]. "Las motivaciones biofuncionales ponen de manifiesto la importancia de estos mecanismos subcorticales y centroencefálicos; lo psíquico encuentra en ellas lo que de biótico es necesario para la estructuración. Las formaciones límbicas (amígdala, hipocampo y septum y sus conexiones con formaciones tálamo-estrio-cerebelosas y diencéfalo-corticales posibilitan lo psíquico. Es en las conexiones intra e interhemisféricas, especialmente con el lóbulo prefrontal, que las motivaciones socio-cognitivas encuentran sus bases funcionales"[11]. Estas bases neuronales no sólo explican donde reside el funcionamiento biótico de la agresión sino que también nos dice quien los regula, dando pie a las diferentes tipos de motivaciones. Entonces, la pregunta que surge es ¿qué pasa cuando esta agresión no es regulada por los lóbulos prefrontales? Es ahí, donde se observan manifestaciones de tipo patológicas, como las conductas impulsivas, las que consideramos una de las bases de toda conducta violenta.  

Herrera Figueroa en Principios de Política parece estar describiendo la conducta agresiva venida en violencia “El equilibrio y la armonía de la realización humana se da en la polis como superación de conflictividades y frustraciones. Si éstas no se superan en la irrealización emerge la agresión exaltada y, con ella el conflicto” [16]. Agrega: “En la no realización. . . . yace la frustración” [16]; ". . . y cuando la frustración inunda la conducta humana el comportamiento se torna agresivo, perturbando su realización, su proyecto vital, obligándole a este sin sentido a refugiarse en la inautenticidad de la existencia"[17]

. Lo impulsivo y su regulación

Según la definición de la Real Academia Española la impulsividad o el impulso se define cuando: “una persona es “llevada por la impresión del momento, habla o procede sin reflexión ni cautela” [18]. Los autores [13] plantean que es allí donde queda clara la dificultad para resistir un deseo o motivación, sin tener en cuenta si dicha acción es perjudicial para sí o para otros; pero sobre todo que esa conducta impulsiva permite al hombre experimentar placer, gratificación o liberación en el momento de llevarlo a cabo. Otra de las características, a nuestro parecer importante, es que una vez efectuada la conducta impulsiva puede haber o no arrepentimiento, autorreproches o culpa, pero en todos los casos, las personas dicen de la dificultad de controlar los impulsos que motivan tal conducta.  

Fenomenológicamente, según Silva [citado en 13] las conductas impulsivas presentan ciertas características que le son distintivas:

1. Falta de inhibición en el inicio de la acción: El inicio de la acción es directo y no media ningún proceso de análisis, relación, diferenciación, inferencia, selección, integración y síntesis de los aspectos percibidos con aspectos valorantes.

2. Imposibilidad de postergar el logro del placer: Las conductas impulsivas muchas veces se transforman en conductas de riesgo ya que por ir seguidas de forma inmediata por una consecuencia placentera intrínseca, las consecuencias nocivas derivadas de las mismas sólo son probables y aparecen a largo plazo e inclusive, en algunos casos, la persona ni siquiera percibe aún las consecuencias derivadas de conductas de riesgo realizadas con anterioridad.  

3. Falta de flexibilidad: Si el móvil de una conducta es siempre y sólo el logro de una satisfacción inmediata no existen posibilidades de modificar el modo de actuar de acuerdo a la situación. [13]

Las conductas impulsivas están estrechamente vinculadas con la función ejecutiva. Podríamos definir a la función ejecutiva (FE) como: “el proceso por el cual se logra planificar, anticipar, inhibir respuestas, desarrollar estrategias, juicios y razonamientos. Todo ello dependerá de las exigencias y demandas sociales y personales [13].

La deficiencia en estas funciones se manifiesta en conductas impulsivas y agresivas. Concordamos con los autores que plantean que en la actualidad, se observan comportamientos “socialmente aceptados”, pero que son una clara fallas en la FE, llevando por lo tanto al hombre a una lectura errónea de la realidad y a la pérdida de los valores que son constituyentes de su condición humana. La FE requiere de un proceso de aprendizaje, pues es esta una función compleja que comprende una serie de factores organizadores, que aunque tienen rasgos comunes en todos los humanos, toman formas particulares en cada persona.  

Las distintas conexiones que cada hombre hace se deben a las diferentes conexiones neuronales, producto de la plasticidad, generando conexiones muy particulares y de formas infinitas a partir de cada historia personal [13]. Una repuesta adecuada y con un buen juicio, no depende solamente de ser más inteligente, sino de poder hacer una síntesis adecuada entre los datos que nos proporcionan la realidad externa y la interna. [13]. La maduración, dada por la mielinización de las áreas prefrontales no se completa hasta alrededor de los veinte años; es así que, la FE no se manifestará de modo óptimo hasta la edad adulta, los procesos corticales superiores son en primera instancia interpsicológicos para luego convertirse en intrapsicológicos [19]

Es por ello que planteamos la importancia de la educación y de las acciones preventivas desde edades tempranas, ya que se podrá dejar huella en el sistema nervioso y en especial en los lóbulos prefrontales para que estos analicen en cada momento la pertinencia y adecuación de la conducta. Las conexiones córtico-subcorticales que establece con otras áreas corticales y con el sistema límbico le permiten construir a través del tiempo la significación y el sentido de la conducta. [13] 
Es frente a esto que creemos las conductas impulsivas, germen de la violencia en el hombre, son el resultado de múltiples factores, susceptibles de ser cambiados y reorganizaciones frente a las modificaciones que la sociedad y el ambiente exijan. [7] 


3. Lo psíquico en la constitución de la Agresión

. La pulsión, una fuerza inherente a la agresión

La agresión, desde el pensamiento freudiano, implica una unidad que se entrelaza entre lo psíquico y lo somático, entendiéndose este último como una representación mental del cuerpo que gracias a la función de simbolización cada sujeto puede establecer. Freud [20] consideró a la pulsión como una fuerza interna constante que nunca cesa y que además siempre tiene por finalidad el logro de su satisfacción, como así también dicha pulsión se caracteriza por tener diversos recorridos que complejizan la relación del hombre con los objetos. El concepto de pulsión posibilita reflexionar cómo desde lo psíquico se pone en funcionamiento las acciones humanas, ya no a través de una simple respuesta frente a un estímulo cualquiera, al mejor estilo instintivo, sino utilizando a lo somático como mediador de lo psíquico, en donde éste despliega sus acciones, encontrando su sentido de ir siendo en el mundo con sentido, por lo tanto, la pulsión es basamento de la estructuración psíquica.  

Dicho estímulo interno, plantea pues, mayores exigencias al hombre. La pulsión lleva a modificar ampliamente el mundo exterior hasta encontrar la satisfacción, manteniendo una inevitable aportación continua de estímulos que le fuerzan a renunciar a su propósito ideal de conservarse alejado de ellos. Podemos pues, decir que es una dinámica constante entre los instintos y los estímulos externos los verdaderos motores de los progresos que han llevado al sistema nervioso a su actual desarrollo. "Es el intercambio constante y dialéctico entre el instinto vuelto pulsión en el hombre y su intercambio con el mundo, su mundo, que hace que el mismo organismo y en especial el sistema nervioso adquiere modalidades de expresión más organizadas y por ende eficiente y eficaces". [14] Nada se opone a la suposición de que los instintos mismos son, por lo menos en parte, residuos de efectos por estímulos externos que en el curso de la filogénesis actuaron modificativamente sobre la sustancia viva [20].

Si consideramos la vida anímica desde el punto de vista biótico, se nos muestra la pulsión “como un concepto límite entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos procedentes del interior del cuerpo, que arriban al alma, y como una magnitud de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico a consecuencia de su conexión con lo somático” [20].

Siguiendo el desarrollo del concepto de la pulsión y sin perder de vista el sostén desde lo biótico mencionado anteriormente que necesita lo anímico como punto de partida para su posterior desarrollo, comprendemos según la mirada freudiana [20] que hay una situación primitiva psíquica en la cual el yo se encuentra originariamente al principio de la vida anímica, revestido (catectizado) de instintos, y es en parte capaz de satisfacer sus instintos en sí mismo. A este estado, siguiendo los lineamientos freudianos, se da el nombre de “narcisismo”, caracterizándose por autoerótica a la posibilidad de satisfacción correspondiente. En esta etapa y en términos generales. el mundo exterior no provoca interés (catexias) ninguno y es indiferente a la satisfacción.  

Durante esta etapa coincide el yo-sujeto con lo placentero y el mundo exterior con lo indiferente (o displacentero, a veces, como fuente de estímulos). Podemos, bajo esta perspectiva, definir el amor como la relación del yo con sus fuentes de placer, la situación en la que el yo se ama a sí mismo con exclusión de todo otro objeto y se muestra indiferente al mundo exterior [20]. Con la entrada del objeto en la fase del narcisismo primario alcanza también su desarrollo la segunda antítesis del amor: el odio. El mundo externo, el objeto y lo odiado habrían sido al principio idénticos. Cuando el objeto demuestra ser una fuente de placer es amado, pero también incorporado al yo, de manera que para el yo coincide de nuevo el objeto con lo ajeno y lo odiado.  

Así, como el par antitético «amor-indiferencia» refleja la polarización «yo-mundo exterior», la segunda antítesis «amor-odio» reproduce la polarización «placer-displacer» enlazada con la primera. Después de la sustitución de la etapa puramente narcisista por la objetal, el placer y el displacer significan relaciones del yo con el objeto. Cuando el objeto llega a ser fuente de sensaciones de placer, surge una tendencia motora que aspira a acercarlo e incorporarlo al yo. Hablamos entonces de la “atracción” ejercida por el objeto productor de placer y decimos que lo “amamos”. Inversamente, cuando el objeto es fuente de displacer, nace una tendencia que aspira a aumentar su distancia del yo, repitiendo con él la primitiva tentativa de fuga ante el mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la “repulsa” del objeto y lo odiamos; odio que puede intensificarse hasta la tendencia a la agresión contra el objeto y el propósito de destruirlo. El yo odia, aborrece y persigue con propósitos destructores a todos los objetos que llega a suponerlos una fuente de sensaciones de displacer, constituyendo una privación de la satisfacción sexual o de la satisfacción de necesidades de conservación. [20].

Coincidimos con la postura freudiana en que el odio nace frente a la repulsa primitiva del mundo exterior por parte del yo narcisista primitivo; y además consideramos que visto desde allí comprendemos que tanto el placer como el displacer percibido corresponden a una cuestión económica del instinto, por lo que a mayor displacer mayor repulsa y acto agresivo que tiene como fin la destrucción del objeto para mantener la homeostasis del narcisismo logrado. Pero quedarnos en el planteo freudiano dicotómico que describimos líneas arriba es por un lado alejarnos de nuestro objetivo y por el otro desconocer toda la riqueza de dicho pensamiento, desde el planteo de las series complementarias nos ofrece para nuestro análisis.  


. La auto y heteroagresión en el siendo humano 

La experiencia clínica, basada en la investigación y observación llevó a Freud a conceptuar cambios en la concepción de la pulsión. Freud [21] en “Más allá del principio del placer” observó como diversas manifestaciones ya sean en los recuerdos traumáticos de guerra (entiéndase como neurosis de guerra), en el juego infantil o mismo en el placer preliminar sexual, había modalidades que establecía contradicciones con el supuesto del principio del placer, donde la tensión económica sufrida por el aparato psíquico debía ser eliminada a favor de la liberación de dicha tensión y así mantener una constancia de carga que no perturbase a lo anímico. Con esta observación, Freud descubre que basándose en la repetición de lo displacentero, ya sea en los sueños de las neurosis de guerra o en juego infantil, había un principio que se encontraba más allá del principio de placer al que denominó pulsión de muerte.  

Con esta observación ahora la pulsión era determinada por una dualidad, es decir por la pulsión de vida y la pulsión de muerte, donde esta última tenía como objetivo la desligazón de representaciones, la destrucción. El objetivo de llevar al sujeto al estado de vida inorgánica anterior. La pulsión de muerte se encontraba a merced de la repetición que llevaba al neurótico a situaciones displacenteras y modos enigmáticos de relación, por lo que esta especulación teórica hacia suponer a Freud un placer en el displacer.

Es decir que las manifestaciones de la agresión está dentro de este orden, donde dicha pulsión de muerte desviada hacia el mundo exterior, en su modalidad sádica, se manifestaría como heteroagresión, en tanto la autoagresión correspondería a la internalización de la libido en un masoquismo originario. En síntesis, podemos afirmar que la autoagresión corresponde al masoquismo (internalización) y la pulsión de muerte expresada hacia el exterior corresponde a la manifestación de la agresión con objetivos de destrucción y daño al objeto, donde la libido constituye el narcisismo secundario o lo que Freud [22] denomina sadismo con implicancia en el campo de la heteroagresión.

La inversión que podemos ejemplificar del pasaje del masoquismo al sadismo en ese “yo soy pegado” entonces “yo le pego al otro”, es decir un pasaje de la posición pasiva a la posición activa, en donde nos es fiel la manifestación de la pulsión; como así también la consideración de que si agredimos y el otro nos agrede quedamos atrapados en ser objeto de agresión del otro. Se suele escuchar “el otro nos agredió” es ahí donde pasamos a ser objeto de la agresión de ese otro [21]; quedando patentizada la heteroagresión, que no es más que en principio un autoagresión.  

Con esto queremos resaltar lo dinámico que se pone en juego en la manifestación de la conducta, no es en cualquier lugar, ésta se da, ni más ni menos, que en la estructura psíquica misma. Así, como en las formaciones nerviosas más arcanas encontramos los basamentos de la agresión y del impulso (cf cap II), ahora en lo temporal del psiquismo hallamos espacio posible para la consolidación de la agresión.  

Podemos observar en el desarrollo infantil el desarrollo mismo de la agresión. Es probable que si observamos a un niño para tratar de ver como surge en él la agresión, nos encontramos ante el hecho concreto del movimiento infantil. Éste comienza aún antes del nacimiento y se manifiesta no sólo en las vueltas que da el feto en el vientre materno, sino que también en los movimientos más bruscos de sus extremidades, perceptibles para la madre. Un observador podría decir que ha dado un puntapié. ¿Pero el feto o el bebé recién nacido se han convertido en personas capaces de tener un motivo concreto para una acción agresiva determinada? Estos golpes tempranos inducen al bebé a descubrir el mundo exterior, distinto de su self (representación más profunda de si), y a empezar a relacionarse con los objetos. Por lo tanto esa conducta, que pronto será agresiva, al principio es un mero impulso que conduce a un movimiento y a los comienzos de la exploración del mundo exterior. Siempre existe este tipo de vínculo entre la agresión y el establecimiento de una diferenciación neta entre lo que es el self, y lo que no es el self [10] 

La agresión [10] tiene dos significados bien delimitados: por un lado, es directa o indirectamente una reacción ante la frustración; por el otro, es una de las fuentes de la creatividad y del descubrimiento del otro. En el desarrollo de la personalidad, desde la más temprana infancia hasta la adultez, el hombre posee características similares y al mismo tiempo tan singulares que lo hacen único e irrepetible. No hay que confundir –dice Winnicott- agresión con enojo, desazón o irritación que produciría un fallo a destiempo, un fracaso del



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