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Última actualización web: 18/05/2022

Depresión, desesperanza, neurosis noógnea y suicidio.

Autor/autores: Esteban Pérez-Delgado
Fecha Publicación: 01/03/2007
Área temática: Psiquiatría general .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Desde un tratamiento fundamentalmente de revisión y exposición teórico-conceptual y de evidencias empíricas, se exponen datos epidemiológicos sobre el suicidio, así como de la depresión como entidad clínica definida, de la desesperanza como conjunto de percepciones y expectativas negativas acerca de uno mísmo, del mundo y del futuro, y de la neurosis noógena como entidad patógena de naturaleza existencial.

Así mismo, se exponen las relaciones entre estos constructos y el suicidio con evidencias empíricas. El trabajo concluye la necesidad del diagnóstico preciso del trastorno o disfunción que pueda haber a la base de un estado cognitivo-emocional-existencial negativo, con el fin de paliar en la medida de lo posible, o eliminar, el potencial suicida de la persona afectada.

Palabras clave: Depresión, neurosis noógnea, suicidio

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Depresión, desesperanza, neurosis noógnea y suicidio.

Joaquín García-Alandete (1); José Francisco Gallego-Pérez (1); Esteban Pérez-Delgado (2).

(1) UNIVERSIDAD CATÓLICA DE VALENCIA (VALENCIA, ESPAÑA)
ASOCIACIÓN VIKTOR E. FRANKL (VALENCIA, ESPAÑA)

(2) UNIVERSITAT DE VALÈNCIA (VALENCIA, ESPAÑA)

Resumen

Desde un tratamiento fundamentalmente de revisión y exposición teórico-conceptual y de evidencias empíricas, se exponen datos epidemiológicos sobre el suicidio, así como de la depresión como entidad clínica definida, de la desesperanza como conjunto de percepciones y expectativas negativas acerca de uno mísmo, del mundo y del futuro, y de la neurosis noógena como entidad patógena de naturaleza existencial. Así mismo, se exponen las relaciones entre estos constructos y el suicidio con evidencias empíricas. El trabajo concluye la necesidad del diagnóstico preciso del trastorno o disfunción que pueda haber a la base de un estado cognitivo-emocional-existencial negativo, con el fin de paliar en la medida de lo posible, o eliminar, el potencial suicida de la persona afectada.



Introducción

El término «suicidio» (del compuesto latino formado por sui, de sí mismo, y caedere, matar) alude a la acción y efecto de suicidarse, de quitarse uno la vida a sí mismo, de forma voluntaria y premeditada. Una definición muy utilizada es la que nos ofrece, en su edición de 1973, la Encyclopaedia Britannica (1): acto humano de causar la cesación de la propia vida. En todas las definiciones de suicidio la intención de morir es un elemento clave. Pero es importante considerar que, con mucha frecuencia, es muy difícil reconstruir los pensamientos de las personas que se suicidan, a menos que hayan expresado sus intenciones de forma clara antes de su muerte o hayan dejado una nota de suicidio.

Se trata de un fenómeno complejo que ha atraído la atención de filósofos, teólo-gos, médicos, psicólogos, sociólogos y artistas a lo largo de los siglos. Encontramos referencias en Platón (Fedón, Las Leyes), Aristóteles (Ética a Nicómaco), Séneca (Car-tas morales a Lucilio), San Agustín (La ciudad de Dios), Santo Tomás de Aquino (Summa Theologica), Montaigne (Ensayos), Hume (Sobre el suicidio), Schopenhauer (Sobre la felicidad), Durkheim (El suicidio), Nietzsche (Así habló Zaratrustra), Jaspers (Filosofía), Cioran (La tentación de existir, Del inconveniente de haber nacido), por citar algunos. Tanta es su importancia que, según Camus (El mito de Sísifo), es el único problema filosófico serio, el problema filosófico fundamental, implicando el juicio so-bre si la vida vale o no la pena ser vivida.  

Aparte del interés que ha suscitado y sigue suscitando en la literatura, la filosofía y el arte, el suicidio es, desde el punto de vista clínico y social, un problema grave de salud pública, por lo que requiere la máxima atención. Desgraciadamente, su prevención y su control no son tarea fácil. Según la Organización Mundial de la Salud [OMS], su prevención, si bien posible, comprende una serie de actividades que van desde la provi-sión de las mejores condiciones posibles para la educación de jóvenes y niños y el tra-tamiento eficaz de trastornos mentales hasta el control medioambiental de los factores de riesgo (2). Como el psiquiatra Enrique Rojas señalaba en un libro de referencia in-eludible, la etiología de la patología mental se relaciona con causas tanto biológicas como psicológicas y socioculturales, de tal manera que en una sociedad determinada se puede facilitar, e incluso incitar, de modos muy diversos el suicidio (3). Teniendo esto en cuenta, resulta evidente que la difusión apropiada de información y una campaña de sensibilización social del problema son elementos esenciales para el éxito de los pro-gramas de prevención.


Prevalencia e incidencia del suicidio

Los datos epidemiológicos sobre el suicidio son escalofriantes. Como indica la OMS, es causa directa de casi la mitad de todas las muertes violentas en el mundo, tra-duciéndose en casi un millón de víctimas anuales (según Catherine Le Galès-Camus, Subdirectora General de la OMS para Enfermedades No Transmisibles y Salud Mental, se producen más muertes en el mundo por suicidio que por la suma de homicidios y guerras). Asimismo, en la mayoría de países de Europa, el número anual de suicidios supera al de víctimas de accidentes de tráfico. En los últimos 45 años la mortalidad por suicidio se ha incrementado en un 60%, tendencia al alza que se observa tanto en países desarrollados como en vías de desarrollo. En el año 1998, según datos de esta institu-ción, se registraron 800. 000 casos de suicidio en todo el mundo. Asimismo, el suicidio se encuentra entre las cinco primeras causas de muerte, tanto entre mujeres como entre hombres. Las estimaciones realizadas por la OMS indican que en 2020 las víctimas por año podrían ascender a 1, 5 millones (4). Por otra parte, los intentos de suicidio se sitúan en una frecuencia entre 10 y 40 veces superior a la de suicidios consumados, si bien hay diferencias en función del lugar (5). Además, hay que tener en cuenta que por cada per-sona que consuma suicidio, muchas otras, familiares y amigos, resultan profundamente afectadas emocional, social y económicamente, requiriendo en muchas ocasiones ayuda especializada (6). En España, Las tasas de mortalidad por suicidio y lesiones autoinfli-gidas de los últimos años se expresan en la tabla 1 (unidades: porcentaje por 100. 000 habitantes).

 


Tabla 1. Tasas de mortalidad por suicidio en Espa-ña, en todas las edades. Fuente: Instituto Nacional de Estadística


La OMS clasifica las tasas de suicidio de una comunidad en función del número de suicidios/100. 000 habitantes/año, de modo que cifras inferiores a 5/100. 000 habitan-tes/año se consideran bajas, entre 5 y 15 medias, entre 15 y 30 altas, y por encima de 30 muy altas (7). Las tasas de suicidio varían de unos países a otros, de modo que en todos los continentes pueden encontrarse países cuyas tasas de suicidio están dentro de los tres primeros grupos, limitándose el cuarto grupo (tasas superiores a 30/100. 000 habitan-tes/año) a países de Asia o Europa. Los datos procedentes de la OMS publicados en septiembre de 2002 en su página web oficial (www. who. int. ) reflejan tasas supe-riores a 30/100. 000 habitantes/ año en países como Finlandia (37, 9), Estonia (56) o Sri Lanka (44, 6). Las mayores tasas mundiales de suicidio, tanto en hombres como en mu-jeres, se dan en Europa; más concretamente, en Europa del Este, constituida por un gru-po de países que comparten una serie de características socioculturales e históricas co-munes, como Estonia, Letonia, Lituania, Hungría y Rusia. No obstante, existen otros países que comparten estas tasas elevadas de suicidio pero no las características men-cionadas aparecen en «países-isla», como Sri Lanka o Cuba.  

En realidad, relativamente pocos países disponen de datos fidedignos sobre el comportamiento suicida no mortal. La razón principal reside en la dificultad de recopi-lar la información. Sólo una minoría de los que intentan suicidarse acuden a los centros de salud para recibir atención médica. Además, en muchos países en desarrollo, la tenta-tiva de suicidio sigue siendo un delito penado y, por consiguiente, los hospitales no re-gistran los casos.  

Por otra parte, en muchos lugares no es obligatorio notificar las lesio-nes y, en consecuencia, no se recopila la información sobre ellas en ningún nivel. Otros factores también pueden influir en la notificación, como la edad, el método de la tentati-va de suicidio, la cultura y la accesibilidad de la atención de salud. En la actualidad, no se conoce claramente la magnitud de los intentos de suicidio en la mayor parte de los países. Hay algunos datos que indican que, en promedio, sólo cerca de 25% de los que llevan a cabo actos suicidas contactan con un hospital público (posiblemente uno de los mejores lugares para la recopilación de datos) y estos casos no son necesariamente los más graves (8, 9).

Cabe señalar que el suicidio es una de las tres causas principales de muerte entre los jóvenes. Alrededor del 14% de los suicidios se cometen entre los 15 y los 24 años. La conducta suicida se asocia a menudo con los trastornos depresivos o con el consumo de drogas, lo cual pone de manifiesto la importancia de las intervenciones de prevención y tratamiento de estas enfermedades. El suicidio se ha convertido en la segunda causa de muerte en jóvenes a partir de los 14 años y algunos estudios encuentran tasas entre 15-20% de adolescentes con ideación suicida acompañada de sentimientos de desesperanza e indefensión. En la población joven española el suicidio es un problema serio que re-quiere de una política preventiva así mismo seria. En ello va la vida de muchos y, como se ha señalado más arriba, el sufrimiento de otros tantos. En relación con ello, el Minis-terio de Sanidad y Consumo realizó en el año 2002 un informe sobre la situación de la juventud, en el que se analizaban la salud y la calidad de vida entre los 15 y los 29 años de edad. Se estudiaron la sexualidad, el consumo de alcohol y la salud mental y se desa-rrollaron otros aspectos igualmente relevantes, tales como la alimentación, accidentes, consumo de drogas, actividad física, etc. , recogiéndose una serie de recomendaciones para los profesionales y las instituciones públicas implicadas en su abordaje. En concre-to, se realiza una reflexión sobre las estrategias que pueden proporcionar a este sector de la población los conocimientos y habilidades suficientes para promocionar, mantener y recuperar la salud en el momento presente y en la etapa adulta.


El aumento de las muertes por suicidio en los últimos años, fenómeno al que se ha hecho alusión más arriba, ha sido experimentado, sobre todo, en población adoles-cente que presenta problemas de drogadicción, conflictividad familiar y problemas en la identidad/conducta sexual y adulta joven (es una de las tres causas principales de muerte en este grupo poblacional) con edades entre los 35 y los 45 años (10, 11, 12). Dentro de este rango de edades, en algunos lugares incluso entre los 15-25 años.  

Alrededor del 14% de los suicidios se cometen entre los 15 y los 24 años, al punto de haber llegado a convertirse en la segunda causa de muerte en jóvenes a partir de los 14 años. Algunos estudios han hallado tasas entre el 15% y el 20% de adolescentes con ideación suicida acompañada de sentimientos de desesperanza e indefensión. Las elevadas tasas de sui-cidio permiten considerarlo un auténtico mal epidémico, siendo uno de los problemas más importantes en las sociedades actuales (13, 14, 15, 16, 17). Como afirma Eduardo Tijeras, «todo ser humano es un suicida en potencia. Y todo ser humano pasa a lo largo de su vida por similares circunstancias negativas: muerte de seres queridos, enfermeda-des, fracasos, depresiones, soledad, angustia, hastío, pero la verdad es que sólo determi-nados seres humanos deciden quitarse la vida» (18). Ante la realidad que estas palabras traslucen, el que algunas personas no ideen/cometan suicidio, aun cuando compartan los avatares de los que sí lo deciden, surge el inevitable interrogante: ¿Por qué causa o mo-tivo alguien decide quitarse la vida? ¿Por qué, por este o por aquel motivo, se niega a seguir viviendo?

Pueden ser diversos las causas y motivos que llevan a una persona a decidir sui-cidarse: niveles anormales de serotonina u otros neurotransmisores que provocan una depresión endógena incontrolable por quien la padece, acontecimientos vitales dramáti-cos y traumáticos que hacen insoportable seguir viviendo, la sensación profunda de que la vida carece de sentido. En relación con ello, en este trabajo se pretende una exposi-ción, desde una perspectiva centrada en la revisión teórico-conceptual, la relación de la depresión, la desesperanza y la neurosis noógena con el suicidio: depresión, como enti-dad psicopatológica definida por la comunidad científica; desesperanza, como percep-ción negativa y fatalista del mundo, del futuro y del sí-mismo; y neurosis noógena, co-mo falta de sentido de la vida (vacío existencial).


Depresión y suicidio

La depresión, como entidad clínica definida, tiene una prevalencia del 5-6% en la población general, si bien pueden encontrarse síntomas depresivos en el 15-20% (19).  

El diagnóstico preciso resulta imprescindible, ya que es inexcusable un abordaje tera-péutico específico. Puesto que la tristeza y algunos síntomas depresivos (astenia, des-moralización, anorexia, etc. ), son ubicados y pueden darse tanto en el sujeto normal como en el ámbito de la patología, la actuación inicial debe ir dirigida a delimitar si tales síntomas están justificados por una situación socio-ambiental concreta y no consti-tuyen un estado mórbido, ya que la intensidad, duración y escasa afectación del rendimiento no permiten hablar de patología o, por el contrario, decidir si se enfrenta a un estado mórbido. Los cuadros distímicos incapacitan y provocan un grave desequilibrio personal y social. La depresión es una entidad patológica que, en muchos casos de for-ma silenciosa, puede destruir la vida a muchos niveles, convirtiendo a la persona que la padece en insegura, temerosa, ansiosa e inestable, dificultando seriamente su vida coti-diana e impidiendo su competencia personal y social.  

Algunos estudios psicológicos muestran que ciertos tipos de trastornos de con-ducta, como la ansiedad y la depresión, pueden aparecer cuando la persona fracasa al intentar enfrentar de manera adaptativa los acontecimientos de la vida cotidiana (20, 21). Asimismo, aportan datos alarmantes según los cuales la depresión ocupa el cuarto lugar de la lista de epidemiología, y pronostican que pasará al segundo lugar en el 2010.
Las causas de la depresión son complejas, ya que se mueven desde lo biológico como factores genéticos, anormalidades hormonales, desequilibrio en los neurotransmi-sores (deficiencia en serotonina, dopamina o noradrenalina o todos; depresión endóge-na), hasta las experiencias traumáticas reciente o factores estresantes en la vida diaria (depresión reactiva). Además, otras enfermedades pueden ser causa de depresión, o ser concomitantes con ésta. Incluso, la depresión puede sobrevenir a la persona como resul-tado del tratamiento de otra enfermedad, provocada por determinados tratamientos far-macológicos (depresión iatrógena).  

Según Bland, alrededor del 16% de la población padece depresión clínica una vez al menos en su vida (22). La depresión es más común en mujeres que en hombres, y su prevalencia en el episodio unipolar es de 1’9% para hombres y 3’2% para mujeres. El 5’8% de hombres y el 9’5% de mujeres experimentaran un episodio depresivo en un período de 12 meses. Esta prevalencia puede variar según la población y en algunas poblaciones puede ser aún mayor (23). Otro aspecto preocupante es que ataca en los años más productivos de una persona, ya que se da entre los 18 y 44 años, y dentro de este rango especialmente entre los 25 y los 34 años, encontrándose cada vez más en edades tan tempranas como la niñez y la adolescencia (24). En los textos de psicopato-logía al uso y en las diferentes obras que existen acerca de depresión se desarrollan dife-rentes clasificaciones. La referencia es obligada a la clasificación de la OMS, la CIE-10 y la de la APA, el DSM-IV-TR.

Los síntomas de la depresión tienen algunas variaciones dependiendo del tipo que se presente, pero los más comunes son sentimientos de profunda tristeza y desespe-ranza, pérdida de interés e incapacidad para experimentar placer (anhedonia), pérdida de apetito (anorexia) o aumento considerable del apetito, insomnio o hipersomnia, fatiga, energía baja, sentimientos de inutilidad, incapacidad y culpa, incapacidad para concen-trarse, baja autoestima, sentimiento de soledad o de incomunicación, miedo persistente sin saber a qué o por qué y pensamientos recurrentes de muerte y suicidio. Según Caba-llo, los siguientes síntomas son los más característicos de las personas que padecen de-presión: atienden selectivamente a acontecimientos negativos de sus vidas (lo que Beck llama «abstracción selectiva») y a las consecuencias inmediatas, y no a las demoradas, de su conducta; establecen exigentes patrones de evaluación para su conducta, a menu-do son perfeccionistas y ven que su conducta nunca es tan buena como debería ser, se rigen por el «todo-o-nada», y esta evaluación se aplica más a sí mismo que a los demás; tienden a hacer atribuciones internas en el caso de acontecimientos negativos y atribu-ciones externas en el caso de sucesos positivos; se autoadministran recompensas contin-gentes insuficientes y castigos excesivos debido a una fuerte culpa y autocrítica (25). Por su parte, Beck pone mucho énfasis en el potencial de las personas deprimidas para percibir negativamente el ambiente y los acontecimientos que le rodean (26).


Como trastorno clínico (CIE-10), la depresión se distingue de la tristeza normal y ordinaria en que interfiere con la funcionalidad cotidiana (la persona vive la incapaci-dad o el absurdo, al realizar las tareas domésticas, aun cuando las lleve a cabo); implica importantes problemas en la interacción social, en la conducta y/o el funcionamiento mental o biológico; es mucho más profunda y dolorosa; es más prolongada en su curso y requiere atención médica y psicoterapéutica. Las personas con depresión experimen-tan que su vida carece de sentido, que el sufrimiento es excesivo, intolerable, y debido a ello deciden dar fin a su vida, la cual se presenta en sus condiciones como algo absolu-to, irremediable e irreversible. En los últimos años se ha hecho tan frecuente que ya muchas personas utilizan la palabra «depresión» para describir sus estados de tristeza o preocupación. Sin embargo, es muy importante distinguir el «sentimiento» de tristeza o soledad de un trastorno de estado depresivo clínicamente diagnosticable.

Sobre la relación depresión-suicidio, la OMS desarrolla unas ideas que por su in-terés se citan textualmente: 
«La depresión es el trastorno mental que más a menudo se asocia con el suicidio. La ansiedad, una potente fuerza impulsora en el proceso del suicidio, está estre-chamente entrelazada con la depresión y los dos trastornos son a veces indistin-guibles. Los estudios han revelado que hasta 80% de las personas que se suicida-ron tenían varios síntomas depresivos. Las personas de todas las edades pueden sufrir depresión. Sin embargo, a menudo es difícil detectar la depresión en los hombres, que por lo común, en todo caso, buscan ayuda médica con menos fre-cuencia que las mujeres. La depresión en los hombres a veces es precedida por diversos tipos de maltrato y violencia, tanto dentro como fuera de la familia. El tratamiento de la depresión en los hombres es muy importante, ya que en mu-chas culturas el suicidio es en gran medida un fenómeno masculino. En los niños y adolescentes, la índole de la depresión suele ser diferente de la encontrada en los adultos. Los jóvenes deprimidos tienden a presentar más muestras de “exte-riorización”, como el ausentismo escolar, calificaciones cada vez peores en la escuela, mal comportamiento, violencia y abuso del alcohol o drogas, y también duermen y comen más. Al mismo tiempo, la negativa a comer y el comporta-miento anoréxico se encuentran con frecuencia en combinación con la depresión en los jóvenes, en particular entre las muchachas, pero también en los varones. Estos trastornos graves de los hábitos alimentarios se asocian con mayor riesgo de suicidio.
(. . . ) 

La tendencia al suicidio puede reducirse si se tratan la depresión y la ansiedad. Muchos estudios han confirmado los efectos beneficiosos de los antidepresivos y diversas formas de psicoterapia, en particular la terapia cognitivo-conductual. También se ha comprobado que la prestación de apoyo psicosocial adecuado a las personas mayores, como el empleo del teléfono para ponerse en contacto con asistentes sociales, trabajadores de salud y otro personal, produce una reducción significativa de la depresión y del número de defunciones por suicidio entre las personas de edad». (27)

Puesto que es difícil medir el riesgo suicida de una persona, se hace necesario tomar precauciones en todos los casos de depresión, especialmente si ésta es severa. Como indica la cita anterior, un alto porcentaje de suicidios se da en personas que pre-sentan sintomatología depresiva. Más de la mitad de personas con depresión intentan suicidarse en algún momento (28). Junto a otros trastornos psicológicos, supone un fac-tor de riesgo importante de suicidio, como se ha comprobado en diferentes estudios (29, 30, 31, 32).  

Es obvio que resulta necesario conocer la etiología del estado depresivo en que se halla la persona, con el fin de dar con la terapéutica más adecuada. Es indudable que en muchos casos de depresión, y obvio ante una depresión endógena, procede un trata-miento farmacológico, sobre el cual puede desarrollarse otro psicoterapéutico. Eliminar la causa orgánica que está a la base de ideaciones y posibles conductas suicidas es lo fundamental. Una persona con depresión endógena no quiere suicidarse realmente, sino que se ve empujada por la dinámica orgánica depresiva a desarrollar ideaciones suicidas y a cometer conductas suicidas de las cuales, una vez recuperada del trastorno, se arre-piente y por las cuales puede llegar a experimentar culpa. Una adecuada toma de deci-siones y ejecución de la terapia puede atenuar, minimizar o eliminar la posibilidad de comisión de suicidio por parte de la persona deprimida.

Desesperanza y suicidio

En el modelo cognitivo de la depresión desarrollado por Beck y sus colaborado-res, la desesperanza es un constructo fuertemente asociado a la conducta suicida (33). En términos generales, la desesperanza remite a sentimientos y cogniciones negativas acerca de uno mismo, del mundo y del futuro, y se correlaciona de manera directa y significativa con ideaciones y tendencias suicidas, de tal modo que a mayor grado de desesperanza, mayor riesgo de suicidio. La desesperanza operaría a modo de variable moduladora entre la depresión y la conducta suicida, por cuanto forma parte de las dis-torsiones cognitivas características de personas con depresión y suicidas. A mayores niveles de desesperanza, mayor frecuencia e intensidad de ideaciones suicidas y mayor probabilidad de materializar una conducta suicida. Al respecto, Beck y colaboradores señalan que «los deseos de suicidio pueden entenderse como expresión extrema del de-seo de escapar a lo que parecen ser problemas irresolubles o una situación intolerable. El depresivo puede verse a sí mismo como una carga inútil y consecuentemente pensar que sería mejor para todos, incluido él mismo, si estuviese muerto» (34)1.  

La desesperanza es un síntoma que acompaña a la ideación suicida más que el propio estado depresivo (35, 36, 37). Rodríguez-Pulido y colaboradores señalan que esto es una evidencia clínica empíricamente demostrada; no obstante, tal y como seña-lan estos mismos autores, no se sabe a ciencia cierta si la desesperanza es un factor de riesgo que interactúa con, y puede exacerbar, otras vulnerabilidades cognitivas que dife-rencian las personas suicidas de las no suicidas, tales como la rigidez y el pensamiento obsesivo, poca capacidad de resolución de problemas, y un autoconcepto negativo (38, 39). La relación directa entre desesperanza e ideación y tendencias suicidas es afirmada en numerosos trabajos empíricos: 

Wetzel, Margulies, Davis y Karam señalan que la potencia predictora de la des-esperanza es incluso mayor que la de la depresión clínica, la ideación suicida y la con-ducta suicida previa (40).  

Roy señala que la desesperanza, junto con la presencia de trastorno mental, el historial de tentativas suicidas previas, el historial familiar de suicidios y el abuso de sustancias adictivas, es uno de los factores predictores más potentes de tentativa suicida (41).

Según Beck, Steer, Beck y Newman (42) y Beck, Steer y Brown (43), la deses-peranza es más importante que la depresión misma a la hora de explicar ideaciones sui-cidas, y ambas son las dos variables más importantes (juntamente con el historial de intentos de suicidio) a la hora de identificar ideaciones suicidas.  

Por su parte, McLeod, Pankhania, Lee y Mitchell encontraron que un grupo de sujetos parasuicidas mostraban dificultades en su habilidad para generar pensamientos positivos sobre el futuro, comparados con un grupo control, y que tales dificultades no se mostraban cuando la depresión era controlada (44).  

En un estudio realizado con adultos de edades comprendidas entre los 50 y los 88 años de edad, Hirsch, Duberstein y Conner hallaron que la orientación al futuro se relaciona de manera negativa con ideación y tentativa suicidas (45).

Clarke y Kissane hallaron que la desesperanza se asociaba significativamente a ideaciones suicidas y deseos de morir, además de relacionarse con consecuencias nega-tivas sobre la enfermedad física y mental (46).

En un estudio realizado con adolescentes, Esposito, Spirito, Boergers y Donald-son hallaron que aquellos que tenían en su haber múltiples intentos de suicidio mostra-ban puntuaciones superiores en desesperanza que los que lo habían intentado en una sola ocasión (47).


Para Viñas et al. , el sentimiento de desesperanza es uno de los más importantes factores de riesgo de conductas suicidas, así como síntoma clínico de la depresión y etiológicamente relevante con respecto a ésta. Con un grupo de estudiantes adolescen-tes, hallaron una clara relación entre desesperanza e ideación suicida: a mayores niveles de desesperanza, mayor presencia de tal tipo de pensamientos (48).

Así pues, en términos generales, la desesperanza es un constructo que hace refe-rencia a sentimientos y cogniciones negativas acerca de uno mismo, del mundo y del futuro, y se correlaciona de manera directa y significativa con ideaciones y tendencias suicidas, de tal modo que a mayor grado de desesperanza, mayor riesgo de suicidio. Tanto es así que la desesperanza se operativiza en tales términos, como se ha indicado más arriba. Según la terapia de reestructuración cognitiva que propone Beck, la acción terapéutica estaría orientada a modificar las cogniciones negativas sobre el sí mismo, el mundo y el futuro. Modificadas las cogniciones, se produciría una modificación, de manera directa, en el estado de ánimo.  

Consecuentemente, la probabilidad de cometer suicidio disminuye, se controla, en la medida en que se controlan y modifican las cogni-ciones distorsionadas, negativas y desadaptativas del sujeto.


Neurosis noógena y suicidio

Según Viktor E. Frankl, fundador de la logoterapia, la motivación fundamental de cualquier ser humano es encontrar un sentido a su vida (49, 50). Y cuando la persona experimenta que su voluntad de sentido existencial no se satisface, cuando no encuentra sentido a su vida, se origina una frustración existencial, o frustración de la voluntad de sentido, que puede dar lugar a una «neurosis noógena» o «vacío existencial» (51), un estado caracterizado por la incertidumbre sobre el del sentido de la vida. Las manifesta-ciones del vacío existencial son la sensación de tedio, hastío o aburrimiento, la convic-ción de que no se posee control sobre la propia vida y de que nada puede hacerse para que sea de otro modo. Por otra parte, en cuanto a su etiología, tiene su origen no pro-piamente en lo psicológico, sino más bien en lo noológico (del griego noûs) de la exis-tencia humana, según Frankl, denotando algo que pertenece al núcleo «espiritual’ de la persona (específicamente humano: consciencia de sí, libertad, responsabilidad, capaci-dad de autotrascendencia y autodistanciamiento).  

En ocasiones, esta frustración existencial puede expresarse bajo la forma de sin-tomatología depresiva. Pero ello no legitima para reducirla a una depresión clínica. Su naturaleza no es propiamente psicopatológica, sino existencial y, en tal medida, exige una aproximación, tanto teórico-conceptual como diagnóstica y terapéutica, específica.

Este tipo de neurosis, pues, deriva etiológicamente de la duda de que la vida ten-ga un sentido. Abundando en estas ideas, E. Lukas define la depresión noógena como una frustración espiritual-existencial de una persona, la cual desespera porque no vive según los dictados de su más auténtica forma de ser (52). Esto último vincula estrecha-mente tal tipo de depresión con la desesperanza, con lo que ambos constructos harían referencia a un mismo fenómeno, si bien desde perspectivas diferentes: existencial-noológico el constructo «neurosis noógena», estrictamente cognitivista (desde el mode-lo de Beck) el constructo «desesperanza». No obstante, ambos constructos comparten la referencia a un estado de ánimo y una motivación, sentimientos y expectativas sobre el futuro caracterizados por la apatía, el cansancio, la falta de ilusión, la sensación de inuti-lidad de la vida, la falta de dirección y la desorientación existencial, que pueden llevar a la persona a cometer suicidio.

Alrededor del 20% de las depresiones que son clínicamente tratadas no respon-den a una etiología psicógena o somatógena, sino noógena, esto es, provocada por la falta de sentido de la propia vida (53). Como advertía el propio Frankl, la neurosis noó-gena parece que va en aumento, sobre todo en las sociedades más industrializadas, en las que aparentemente las personas gozan de mayor bienestar y felicidad (54).

La esperanza, en relación con el sentido de la vida y por contraposición con la desesperanza, podría definirse como una expectativa mayor que cero de alcanzar un logro de sentido. En relación con esto, Grygielski halló una relación negativa, estadísti-camente significativa, entre sentido de la vida y la desesperanza, la cual implicaría no poseer de manera definida y clara un proyecto vital, unas metas y objetivos existencial-mente motivadores de manera significativa como expresión del logro de sentido; en otras palabras, la falta de sentido de la vida correlaciona significativamente con la des-esperanza (55).

Resultados similares hallaron O’Connor y Sheehy (56). Incluso cuando las condiciones personales físicas, sociales y económicas son buenas, puede experimentarse el cero de expectativa en la realización del sentido exis-tencial. Cuando la vida no significa nada para uno mismo, cuando no se logra hallar su sentido, la probabilidad de cometer suicidio se incrementa notablemente, tanto más cuanto más absurda resulta la propia existencia (vacío existencial, neurosis noógena). Ya Frankl constataba que el suicidio, junto a la drogodependencia, era una forma larva-da de frustración existencial. Este autor relata los datos de un estudio realizado por la Idaho State University, según los cuales, el 85% de un grupo formado por 60 universita-rios que habían intentado suicidarse informaron que la causa principal era la falta de sentido de la vida; por otra parte, el 93% de estos estudiantes que experimentaban vacío existencial gozaban de una excelente salud física, social, académica y familiar.


Así pues, en caso de neurosis noógena, de falta de sentido de la vida, el riesgo de suicidio es más elevado que cuando las condiciones generales de la vida no son tan bue-nas pero se experimenta la expectativa del logro, o el logro mismo de sentido. Hay in-vestigaciones que avalan esto con datos empíricos (57, 58, 59). Parece ser especialmen-te cierto en el caso de jóvenes universitarios. Como afirma Frankl, «el complejo de va-cuidad es también el fundamento del auge generalizado de fenómenos tales como la agresividad, la criminalidad, el consumo de drogas y los suicidios, concretamente entre la juventud universitaria» (60). Y el mismo Frankl pudo constatar experiencialmente la prioridad del logro de sentido frente al logro del bienestar físico y material durante su cautiverio en los campos nazis de exterminio (61).

En un escrito sobre el suicidio del escritor italiano C. Pavese, Eduardo Tijeras afirma que «a base de estadística y sociología se pueden hacer muy acertados estudios sobre el suicidio y adquirir nociones generales y útiles. No obstante, la estadística y la sociología van a establecer causalidades masivas, de interesante factura didáctica, pero que no iluminan el entramado misterioso, esencializado, de la vida y la muerte, la emo-ción y el drama, la fuerza que se destruye a sí misma en virtud del amor y la sensibili-dad” (62). En efecto, más allá de análisis socio-estadísticos y, debemos añadir, bio-psico-sociales, es necesario atender a los motivos de naturaleza existencial, y no estric-tamente clínica o psicopatológica, que pueden permitir la comprensión de muchos casos de suicidio. Ciertamente, «en gran número de casos de ideaciones y tentativas suicidas, así como de suicidios fatalmente consumados, no se encuentra motivo alguno de sufi-ciente envergadura y peso que justifique el suicidio. Esto se hace especialmente eviden-te en el dato de que es en las sociedades técnicamente más avanzadas y con mayor «ca-lidad de vida» donde más están creciendo las tasas de suicidio. ¿Cuántas veces no nos habremos sorprendido del suicidio cometido por alguien a quien aparentemente todo le marchaba bien? Quizás no todo marchaba tan bien. Quizás bajo la máscara, siempre aparente y engañosa, del prestigio profesional, de la bonanza económica y del éxito afectivo-sexual se escondía una profunda y lesiva sensación de vacío existencial que no se dejó nunca ver a través de síntomas depresivos. En ocasiones, bajo la aparente, super-ficial y apacible corriente de la más absoluta normalidad existencial corre, corroe y va minando a la persona una corriente profunda de desesperación» (63).

En la misma línea y acertadamente, Fernández de la Mora escribe: «El hombre tiene serios problemas para adaptarse a su condición y a su medio; es, por naturaleza, un ser en desazón. Como consecuencia de esa constitutiva inestabilidad interior tiende a evadirse de la realidad propia y circundante. La evasión suprema es el abandono del ser terrenal o suicidio. En edades avanzadas, con un pronóstico médico desesperado y una agonía dolorosa, darse voluntariamente la muerte puede parecer un mal menor, una es-pecie de eutanasia. Pero en buen estado físico, como suele ser el caso de los jóvenes, el suicidio es la prueba máxima de inadaptación a la existencia y de insuperable senti-miento de infelicidad. En sólo un cuarto de siglo, a pesar del envejecimiento de la lon-gevidad, se ha pasado de un joven por cada seis suicidas o uno por cada cinco.  

Muy probablemente, estos desventurados, hartos de su apenas iniciada vida, sorprendieron con su trágica decisión a familiares y amigos y, si la víspera hubieran sido entrevistados por un rutinario sociólogo, es casi seguro que, por lógico pudor, se habrían manifestado contentos. Las estadísticas sobre la felicidad son muy poco reveladoras porque, salvo situaciones muy excepcionales, nadie se proclama desgraciado para no levantar acta pública de su propio fracaso existencial. Algo inadecuado hay en su forma de vida cuando los jóvenes se suicidan cada vez más» (64)2.

En el caso de experimentar un estado de neurosis noógena, el potencial suicida asociado a la misma podría denominarse «suicidio noógeno» (65), señalándose con el mismo que tendría en su origen no un estado de ánimo deprimido en sentido psicopato-lógico (endógeno/reactivo), ni en un conjunto de cogniciones distorsionadas y negativas sobre el sí mismo, el mundo y el futuro (cognición) meramente, sino en un estado exis-tencial de profundo vacío, de falta de logro de sentido de la vida (66).

Para finalizar, la siguiente cita de Frankl resume lo dicho: «la frustración exis-tencial (. . . ) puede terminar en suicidio, como fue capaz de demostrar H. Plügge, quien basándose en 50 intentos de suicidio pudo hacernos ver que tales intentos no se explica-ban últimamente ni por enfermedad ni por apuros económicos ni por conflictos profe-sionales ni por conflictos de otra índoles, sino –¡asombrosamente!– por una sola cosa: el aburrimiento» (67).


Conclusiones

El suicidio es un grave problema social, que evidencia quiebras tanto en las per-sonas (de índole bio-psico-socio-espritiuales) como en las comunidades (exclusión so-cial, debilidad de las tradiciones, pobreza económica, falta de apoyos sociales, etc. ). En cuanto a la dimensión individual, la depresión como entidad psicopatológica clínica-mente definida, la desesperanza como conjunto de percepciones y convicciones negati-vas, fatalistas sobre uno mismo, el futuro y el mundo, y la neurosis noógena como falta de logro del sentido de la propia vida dicen relación a un modo de «estar-en-el-mundo» que puede llevar a desarrollar ideaciones suicidas, a intentar el suicidio y, en el peor de los casos, a tener éxito en la tentativa autolítica (suicidio consumado).

En términos generales cuando menos, las personas con depresión así como las personas con altos niveles de «vacío existencial» (aunque éstas no manifiesten en mu-chos casos síntomas propiamente depresivos, que permitan un diagnóstico clínico, y lleven una vida «normal») muestran altos niveles de desesperanza, y las personas con altos niveles de desesperanza generalmente muestran un bajo nivel de logro de sentido y síntomas propios de las personas con diagnóstico de depresión. depresión clínica, des-esperanza y vacío existencial son potentes predictores de conducta suicidia y permiten, por tanto, obtener información valiosa sobre el potencial autolítico de una persona. Es importante tener en cuenta cuál se halla a la base, en cada caso particular, de ideaciones suicidas, pues exigen planteamientos psicoterapéuticos distintos.  

Por otra parte, resulta también interesante conocer mejor cuál es la relación que entre sí pueden mantener. Lo que resulta obvio es que las personas con diagnóstico de depresión endógena, las que expresan cogniciones propias de la desesperanza y las que experimentan que su vida carece de sentido, presentan un riesgo de suicidio que es necesario tener en cuenta, iden-tificar y resolver durante el curso de la intervención terapéutica.

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