Última actualización web: 16/06/2021

La vinculación afectiva y el camino de la vida. Apego, pérdida y psicopatología infantil.

Autor/autores: Isabel Sánchez Lorenzo
Fecha Publicación: 01/03/2013
Área temática: Trastornos infantiles y de la adolescencia .
Tipo de trabajo:  Conferencia

RESUMEN

Bolwlby define la conducta de apego como cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance la proximidad con respecto a otro individuo diferenciado y preferido. La ruptura precoz o la imposibilidad de establecer las iniciales conductas de apego produce una serie de alteraciones tanto en el bebé como en los padres que repercuten en el establecimiento normalizado de los "procesos vinculares". Los procesos de vinculación en la infancia resultan esenciales para un adecuado desarrollo emocional. Aunque se produzca una ruptura precoz que impida el inicio de este proceso vincular, se puede dar una reconducción positiva del mismo.

Cuando la vivencia emocional de las figuras parentales se encuentra afectada es extremadamente difícil y se acaba traduciendo en una dificultad para poner límites o una ambivalencia respecto a los mismos, en temor e inseguridad a cualquier signo de intranquilidad en el bebé, en sobreprotección como proceso reparador, en men sajes contradictorios y en una baja autoestima en su consideración como padres. La relación más importante en la vida de un niño es el apego a su cuidador primario, ya que esta primera relación determina el ?molde? biológico y emocional para todas sus relaciones futuras. Un apego saludable a la madre, construido de experiencias de vínculo repetitivas durante la infancia, provee una base sólida para futuras relaciones saludables así como para futuras pérdidas o situaciones de duelo. La experiencia clínica sitúa los perfiles evolutivos de los trastornos de vinculación en la infancia en tres líneas de trastornos mentales: psicosomático, afectivo y conductual.

Palabras clave: vinculación afectiva, psicopatología

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LA VINCULACIÓN AFECTIVA Y EL CAMINO DE LA VIDA. apego, PÉRDIDA Y PSICOPATOLOGÍA INFANTIL

 

XIV CONGRESO VIRTUAL DE PSIQUIATRIA. COM

 

2013

 

Isabel Sánchez Lorenzo

 

 

LA VINCULACIÓN AFECTIVA Y EL CAMINO DE LA VIDA. apego, PÉRDIDA Y PSICOPATOLOGÍA INFANTIL

 

 

 

“No tener recuerdos de la infancia es como estar condenado a cargar permanentemente con una caja cuyo contenido desconoces. Y cuanto mayor eres, más te pesa y más te impacientas por abrirla al fin”

Jurek Becker

 

 

ÍNDICE

Introducción ……………………………………………………………………………. . pág 4
Teoría del apego ……………………………………………………………………………pág 6
Modelos representacioneales de la teoría del apego:
Modelos operativos internos……………………………………………………. . . . . pág 12

Transmisión intergeneracional del apego…. ………………………………. . . . . pág 15
Apego, emoción y regulación emocional.
Teoría de la mente y apego…………………………………………………………. . . . pág 16

Apego múltiple………………………………………………………………………………. . . pág 19
El proceso de la vinculación, delimitación conceptual
de vínculo y apego en la prevención y la psicopatología ……………. . . pág 20

Psicoanálisis y perspectiva de la vinculación………………………………. . . . pág 22
Perfiles evolutivos de los trastornos vinculares…………………………. …. . pág 26
Hijos enfermos o padres enfermos?
La disfunción de la parentalidad………………………………………………. . …. pág 29

Duelo infantil y vínculo……………………………………………………………………pág 34
Aplicaciones de la teoría del apego a la psicoterapia………………. . …. . pág 47

 

Conclusones…………………………………………………………………………………. . . . pág 52

 

 

Bibliografía ………………………………………………………………………………. ……. pág 53

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN
En el curso de la evolución, sentimos atracción hacia determinados elementos del ambiente animado o inanimado, en especial gentes y lugares con las que nos hallamos familiarizados. Por otra parte, experimentamos rechazo por situaciones ambientales que nos proporcionan indicios naturales de peligro potencial tales como suelen ser: la soledad y lo desconocido.

Seres humanos y animales de otras especies, tienden a permanecer en un sitio familiar específico, en compañía de personas también familiares. Los individuos de una especie determinada, lejos de deambular al azar a todo lo ancho de la región a la que pueden adaptarse desde el punto de vista ecológico, por lo común, pasan su vida dentro de un sector sumamente restringido de aquella.

En un sujeto, los sistemas de activación que determinan la conducta de temor tienden a apartar al individuo de situaciones potencialmente peligrosas. De igual forma, los sistemas que determinan la conducta de apego, suelen empujarlo hacia situaciones en que potencialmente se hallará a salvo, y mantenerlo en esas condiciones.

A partir de los primeros meses de vida y durante toda la existencia del ser humano, la presencia o ausencia (física) de una figura de afecto es una variable clave que determina el que una persona se sienta o no alarmada por una situación potencialmente alarmante. A partir de esa misma edad y durante toda su vida, una segunda variable de importancia es la confianza o falta de confianza que experimenta la persona con respecto a la disponibilidad de la figura de apego (este o no presente físicamente) de responder a sus requerimientos cuando por alguna razón lo desee (Bowlby, 1985; 1998).

El apego se refiere a un vínculo específico y especial que se forma entre madre-bebé o cuidador primario-bebé y tiene varios elementos claves:

Es una relación emocional perdurable con una persona en específico.
Dicha relación produce seguridad, sosiego, consuelo, agrado y placer.
La pérdida o la amenaza de pérdida de la persona, evoca una intensa ansiedad.
La relación entre madre-infante o padre-infante constituye el andamiaje funcional para todas las relaciones subsecuentes que el niño desarrollará en su vida. La familia tiene una función eminentemente protectora y socializadora. Dentro de ésta, el niño establecerá nexos con el mundo exterior, haciéndose patente a través de la seguridad que se vaya solidificando según las relaciones entre los miembros de la familia. Se producen alianzas y coaliciones que en parte definen su estructura funcional. La ruptura de una alianza o coalición implica la necesaria reestructuración de la dinámica familiar (Ortigosa, 1999). Las relaciones afectivas familiares tempranas proporcionan la preparación para la comprensión y participación de los niños en relaciones familiares y extrafamiliares posteriores. Ayudan a desarrollar confianza en sí mismo, sensación de autoeficacia y valía (Trianes, 2000). Dentro de esta, la riqueza de las interacciones madre-hijo o cuidador-hijo es el predictor mas consistente de la habilidad, el conocimiento y la motivación en los niños (Pino y Herruzo, 2000).

La personalidad adulta se visualiza como producto de la interacción del individuo con figuras claves durante sus años inmaduros y, en particular, con las figuras de apego. Individuos que han crecido en un hogar adecuado, con padres afectuosos en la medida normal, y han tenido ante sí a personas que pueden brindarle apoyo, aliento y protección, y saben dónde buscar todo ello suelen tener expectativas firmes y satisfechas; por lo que, como adulto, le resulta difícil imaginar un mundo distinto. ello le hace sentirse seguro, de que toda vez que se vea en dificultades siempre tendrá acceso a figuras dignas de confianza que vendrán en su ayuda. Enfrentará al mundo con seguridad y, cuando se vea ante una situación alarmante, podrá encararla con eficacia, o buscar ayuda para hacerlo. La experiencia familiar de los niños que se convierten en seres relativamente estables y dotados de confianza en sí mismos, no solo se caracteriza por el apoyo que les brindan los padres cuando ello es necesario, sino también por el aliento que les brindan, de modo paulatino pero oportuno, para que vayan adquiriendo una autonomía cada vez mayor. Los adultos que desconocen la posibilidad de contar con figuras que le brinden apoyo y protección de manera constante, puede llegar a no confiar en la posibilidad de que siempre puedan tener acceso a una figura de afecto que les merezca plena confianza. Ven al mundo como algo impredecible y hostil, respondiendo en consonancia: apartándose de él o riñéndole (Bowlby, 1985; 1998). Entre ambos extremos se encuentran las personas que pueden haber aprendido que una figura de apego sólo responde de manera positiva cuando se le hace objeto de mimos y halagos. Otros pueden haber aprendido durante la infancia que la respuesta deseada solo puede obtenerse si se cumplen determinadas reglas del juego. Siempre que esas reglas hayan sido modeladas y las sanciones tibias y previsibles, el sujeto podrá seguir creyendo en la posibilidad de obtener apoyo cuando lo necesite. Pero cuando las reglas son estrictas y difíciles de cumplir, y en especial cuando incluyen amenazas de quitar todo el apoyo, la confianza suele desvanecerse. (1)

LA TEORÍA DEL APEGO
El concepto de apego evolucionó del psicoanálisis, en particular de la teoría de las relaciones objetales. El primero en desarrollar una teoría del apego a partir de los conceptos que aportara la psicología del desarrollo, con el objeto de describir y explicar por qué los niños se convierten en personas emocionalmente apegadas a sus primeros cuidadores, así como los efectos emocionales que resultan de la separación, fue John Bowlby, quien intenta mezclar los conceptos provenientes de la etología, el psicoanálisis y la teoría de sistemas para explicar el lazo emocional del hijo con la madre. En 1968, Bolwlby define la conducta de apego como cualquier forma de comportamiento que hace que una persona alcance o conserve la proximidad con respecto a otro individuo diferenciado y preferido. Como resultado de la interacción del bebé con el ambiente y, en especial con la principal figura de ese ambiente, es decir, la madre, se crean determinados sistemas de conducta, que son activados en las conductas de apego. El vínculo de apego da al niño la posibilidad de regular y modular sus procesos cognitivos y emocionales. Esto da al niño la confianza necesaria para explorar su entorno y desplegar su curiosidad intelectual. (2)

Los principales exponentes de la teoría del apego J. Bolwby y M. Aisworth plantean que la separación producida entre un niño pequeño y una figura de apego es de por sí perturbadora y suministra las condiciones necesarias para que se experimente con facilidad un miedo muy intenso. Como resultado cuando el niño visualiza ulteriores perspectivas de separación, surge en él cierto grado de ansiedad. Observaciones anteriores a los estudios de Bowlby y Aisworth acerca de la importancia del vínculo afectivo fueron realizadas por Spitz, Dorothy Burlingham y Ana Freud en la década de 1940. Estos estudios mostraron que los niños bajo cuidado institucional experimentaban una serie de reacciones que pueden ser interpretadas como signos de dolor, junto con los mecanismos defensivos contra el dolor, y que ellos tenían probabilidad de sufrir trastornos de desarrollos si el cuidado institucional se prolongaba.

En el establecimiento de las conductas de apego existen importantes diferencias individuales y, por tanto, se proyectan en el conjunto del proceso de vinculación. Se desarrollan con la finalidad de mantener la proximidad a la figura de apego y tienen como función la supervivencia (protección de los individuos jóvenes frente a los depredadores), se desarrollaron y mantuvieron de acuerdo al concepto darwininano de la “selección natural”. Bolwby distinguió entre el vínculo de apego y las conductas de apego, la presencia aislada de tales conductas no implican un vínculo.

“Siempre que un niño pequeño que ha tenido oportunidad de desarrollar un vínculo de afecto hacia la figura materna se ve separado de ella contra su voluntad, da muestras de zozobra; y si por añadidura, se lo coloca en un ambiente extraño y se lo pone al cuidado de una serie de figuras extrañas, esa sensación de zozobra suele tornarse intensa. El modo en el que el chiquillo se comporta sigue una secuencia característica. Al principio protesta vigorosamente y trata de recuperar a la madre por todos los medios posibles. Luego parece desesperar de la posibilidad de recuperarla pero, no obstante, sigue procurando y vigila su posible entorno. Posteriormente parece perder el interés por la madre y nace en él un desapego emocional. Sin embargo, siempre que el periodo de separación no sea demasiado prolongado, ese desapego no se prolonga indefinidamente. Más tarde o más temprano el reencuentro con la madre causa el resurgimiento del apego” (J. Bowlby, La separación afectiva”) (3)

 

 

 

 

Figura 1. Fases de reacción a la separación

 

 

 

 

 

La continuidad de la obra de Bowlby no vino de la mano del psicoanálisis sino de la psicología evolutiva. Mary Ainsworth trabajó con Bowlby nueve años, entre 1945 y 1954. Desarrolló un instrumento de observación denominado Test de la situación ante el extraño, que le permitió avanzar en estudio de conductas de apego al examinar el equilibrio entre las conductas de apego y de exploración, bajo condiciones de alto estrés. Se trata de una situación de observación (de unos 20 minutos de duración) en la cual el niño es colocado en un “ambiente extraño” (si bien, no excesivamente), una pequeña sala provista de un par de sillas y una tercera en el extremo más alejado, con juguetes. La madre y el niño son introducidos en una sala de juego en la que se incorpora una desconocida. Mientras esta persona juega con el niño, la madre sale de la habitación dejando al niño completamente solo. Finalmente regresan la madre y la extraña.

Tal y como esperaba, Aisworth encontró que los niños exploraban y jugaban más en presencia de su madre, y que esta conducta disminuía cuando entraba la desconocida y, sobretodo, cuando salía la madre. A partir, de estos datos, quedaba claro que el niño utilizaba a la madre como una base segura para la exploración, y que la percepción de cualquier amenaza activaba las conductas de apego y hacía desaparecer las conductas exploratorias.

La respecto al carácter universal de la respuesta de los niños pequeños a la separación de su madre y, por tanto, estableció la hipótesis de que “los indicios naturales del peligro” (ambiente extraño, presencia de un desconocido, ausencia de la madre) provocarían el llanto del bebé (protesta), y una recuperación rápida de su interés por los juguetes (conducta exploratoria) al regreso de la madre. Sin embargo, los resultados obtenidos en su estudio (realizado por primera vez en Baltimore, con un grupo de 23 niños de un año) la confrontaron con algunas sorpresas.

Mientras que la mayoría (50%) de niños se comportó como se esperaban (SEGUROS): Inmediatamente después de entrar en la sala de juego, estos niños usaban a su madre como una base a partir de la que comenzaban a explorar. Cuando la madre salía de la habitación, su conducta exploratoria disminuía y se mostraban claramente afectados. Su regreso les alegraba claramente y se acercaban a ella buscando el contacto físico durante unos instantes para luego continuar su conducta exploratoria. Las madres se comportaban como muy sensibles y responsivas a las llamadas del bebé, mostrándose disponibles cuando sus hijos las necesitaban.
El 30% mostraron muy poco o ningún malestar al ser dejados solos en el entorno desconocido, y además ignoraron o evitaron a la madre al volver ésta (INSEGURO EVITATIVO). Se comportaban curiosamente como niños más mayores que ya habían alcanzado la etapa de desapego como respuesta a separaciones prolongadas. Aisworth interpretó la respuesta de estos niños, llamados evitativos, como expresión de la represión de las manifestaciones de ansiedad y enfado. Desde el primer momento comenzaban a explorar e inspeccionar los juguetes, aunque sin utilizar a su madre como base segura, ya que no la miraban para comprobar su presencia, por el contrario la ignoraban. Cuando la madre abandonaba la habitación no parecían verse afectados y tampoco buscaban acercarse y contactar físicamente con ella a su regreso. Incluso si su madre buscaba el contacto, ellos rechazaban el acercamiento. Su desapego era semejante al mostrado por los niños que habían experimentado separaciones dolorosas. En la observación en el hogar las madres de estos niños se mostraban relativamente insensibles a las peticiones del niño y/o rechazantes. Los niños se mostraban inseguros, y en algunos casos muy preocupados por la proximidad de la madre, lloraban incluso en sus brazos. La interpretación global de Aisworth en este caso era que cuando estos niños entraban en la situación del extraño comprendían que no podían contar con el apoyo de su madre para evitar frustraciones. Así, cuando la madre regresaba a la habitación, ellos renunciaban a mirarla, negando cualquier tipo de sentimientos hacia ella.
El 20% del los niños restantes mantenían una angustia intensa que les impedía las conductas de exploración o juego incluso en presencia de la madre (AMBIVALENTE/RESISTENTES). Parecían preocupados con sus madres durante toda la prueba, o mismo en su presencia que en su ausencia, y no encontraban en su regreso ningún consuelo para su enfado o su angustia. No se calman con facilidad, tienden a llorar de forma desconsolada y no retoman actividad de exploración. Estos niños se mostraban muy preocupados por el paradero de sus madres y apenas exploraban en la Situación del extraño. Lo pasaban mal cuando ésta salía de la habitación, y ante su regreso se mostraban ambivalentes. Estos niños vacilaban entre la irritación, la resistencia al contacto, el acercamiento y las conductas de mantenimiento de contacto. En el hogar, las madres de estos niños habían procedido de forma inconsistente, se habían mostrado sensibles y cálidas en algunas ocasiones y frías e insensibles en otras. Estas pautas de comportamiento habían llevado al niño a la inseguridad sobre la disponibilidad de su madre cuando la necesitasen.
Aisworth comprobó que la modalidad de apego observada en el niño sometido al test de situación al extraño se relacionaba con una modalidad específica de interacción con el niño por parte de sus cuidadores en todas las situaciones, empezando por su madre en el hogar. Es decir que las respuestas de apego del niño eran sistemas de conducta (modelos operativos) que se activan frente a sistemas de conducta de sus madres. (4)

Se ha comprobado que la separación prolongada de una persona de apego o la inexistencia de ella, da lugar a problemas graves en el desarrollo del bebé con dificultades o franca incapacidad para establecer y mantener relaciones interpersonales de forma prolongada y significativa en etapas posteriores del desarrollo humano. (5)

 

 

 

Figura 2. Estilos de apego

 

 

 

Es importante observar que la experiencia de pérdida no se ha relacionado con las necesidades de alimento, calor o incluso contacto. Sin embargo dos factores se describen con una especial significación para establecer la ruptura de las conductas de apego y hacen referencia a determinadas características de los dos polos de la diada: el temperamento del lactante y las características personales de la figura materna. Peral & cols. Han elaborado un esquema (fig 3) de la evolución de la intensidad del vínculo y del apego infantil durante los 36 primeros meses de vida, en la parte inferior señalan los aspectos de la maduración neuropsicológica y psicomotora y en la parte superior aparecen contenidos vinculares diferenciados. En este esquema se observa que la mayor intensidad de apego se sitúa entre los 6-9 meses de edad, a partir de esa fecha la intensidad disminuye. Señalamos un contenido evolutivo fundamental: en esta etapa existe una convergencia general de todas las tendencias teóricas de la psicopatología, al señalar que en el periodo comprendido entre los 8-18 meses de edad se articula la ansiedad de separación con la ansiedad ante el extraño o segundo organizador de Spitz. Es decir: el primer esbozo de elaborar los procesos de separación. (6)

 

Figura 3. Evaluación de la intensidad de apego según etapas del desarrollo precoz

MODELOS REPRESENTACIONALES DE LA TEORÍA DEL APEGO: MODELOS OPERATIVOS INTERNOS.
Para Bowlby (1993) la teoría del apego es una forma de conceptualizar los fuertes lazos afectivos que se desarrollan en la experiencia de interacción con personas que son emocionalmente importantes. Y brinda una explicación desde la perspectiva interpersonal, de situaciones intrapsicológicas tales como la ansiedad, la ira, la depresión y el alejamiento emocional, que afectan la calidad de la adaptación social, así como la formación de modelos mentales (modelos operativos internos) que contienen la concepción de sí mismo y de las demás personas. Los modelos operativos internos que un niño construye a partir del vínculo afectivo que establece de sus padres (o con otras personas significativas en su vida afectiva) y de sus formas de comunicarse y comportarse con él, junto con el modelo complementario de sí mismo en la interacción de cada uno de ellos, se establecen firmemente como estructuras cognitivas influyentes, las cuales forman esquemas que integran afecto y cognición. Estos modelos mentales hacen posible la organización de la experiencia subjectiva e intersubjetiva, así como la actividad cognitiva.

Cuando un niño está asustado y pide ayuda, su madre puede tomarlo en brazos y decirle en tono tranquilizados: ¿Tienes miedo de estar solo? No te preocupes, mamá no te va a dejar solo. Otro niño en circunstancias similares puede tener una experiencia diferente. La madre quitándoselo de encima le dice con tono agresivo y crítico ¡Pareces un gato asustado! ¡No ves que nadie te va a hacer nada! Este niño no solo construirá una representación interna de su madre como no aceptadora de su pedido de ayuda, sino que puede empezar a verse a sí mismo como un gato asustado (Crittenden, 1992)

Los modelos operativos de uno mismo y de los otros se forman durante acontecimientos relevantes con respecto al apego y reflejan el resultado que han tenido las comunicaciones de demanda de cuidados por parte del individuo. Estos modelos no dependen solamente de acontecimientos ocurridos en presencia de la figura de apego. También pueden incluir, por ejemplo, el resultado de los esfuerzos del sujeto cuando trata de reunirse con el otro en su ausencia o las respuestas emocionales cuando trata de adaptarse a la separación.

Estos modelos comienzan a formarse en los primeros meses de vida, sin embargo continúan siendo interpretados y remodelados a lo largo de todo el ciclo vital. La importancia de los primeros modelos reside en que muy posiblemente determinan la forma en la que el niño experimenta el mundo después y por tanto, pueden influir en la construcción de otros modelos posteriores.

Aunque los investigadores del desarrollo partidarios de la teoría del apego subrayan la importancia de las experiencias más tempranas en la formación y organización de los modelos operativos internos (por ejemplo, a través del amplio uso de la situación extraña), Bowlby (comunicación personal) dijo que, en su opinión, todos los modelos operativos construidos durante largos años de inmadurez (infancia, niñez y adolescencia) son relevantes desde el punto de vista clínico.

Los modelos operativos no son estructuras estáticas, son muy estables pero pueden cambiar y ser activados o desactivados en cualquier situación particular. Un modelo operativo de algo que se experimentó en el pasado puede no encajar con la percepción de la realidad actual y es posible que sea modificado para tener en cuenta la nueva percepción. De lo contrario, la realidad actual podría ser percibida con distorsiones. Por ejemplo, un niño puede formar un modelo operativo de la casa en la que vive a la edad de siete años. Si a continuación no ve esa casa durante veinte años y luego regresa a ella, puede descubrir que la casa parece más pequeña de cómo la imaginaba; como consecuencia, puede actualizar su modelo operativo de la casa.

Desde la niñez a la adultez comprendemos el mundo mediante modelos operativos constantemente cambiantes. Todos nosotros interpretamos la información existente a nuestra manera, seleccionándola y procesándola para obtener nuestra particular visión del mundo, nuestra realidad personal. Los modelos nos permiten organizar de cierta manera el mundo que conocemos, imaginar nuevas aportaciones y posibilidades, imaginar cómo serían las cosas en circunstancias diferentes y predecir posibles consecuencias de la acción a tomar.

No podemos abordar ninguna situación ni ningún hecho como si fuéramos observadores totalmente imparciales, libres del aprendizaje del pasado. Siempre somos observadores sesgados y el problema consiste en ver si es posible estar sesgado solo hasta un punto operativo y si nuestros sesgos son susceptibles de ser modificados por la experiencia.

Bowlby dijo que un individuo que se encuentre bajo el predominio de modelos operativos positivos probablemente nos sufrirá de ansiedad crónica ni subyacente. Este individuo tendrá probablemente un sentimiento de confianza en los otros y un sentimiento de seguridad en sí mismo. No obstante, esta persona también tendrá mejores habilidades para manejarse con la ansiedad en la vida diaria. Por tanto el concepto seguridad en el apego no solo se refiere a la confianza básica en otros sino que también se refiere a la percepción que el individuo tiene sobre sus propios recursos y de su propia efectividad, y también se refiere a sus recursos reales. (5)

 

 

 

TRANSMISIÓN GENERACIONAL DEL APEGO
La transmisión intergeneracional de la seguridad en el apego ha sido cuestionaba e investigada en varios estudios. El hecho de que los padres seguros tengan hijos con apego seguro, los padres preocupados niños con apego inseguro-ambivalente, y los padres rechazados niños de apego inseguro-evitativo, ha sido probado en varias investigaciones (Benoit y Parker, 1994; Fonagy, Steele y Steele, en Oliva, s/a). Se ha encontrado que la capacidad predictiva que las representaciones maternas tienen sobre el tipo de apego que establecen sus hijos es de alrededor del 80%. Estos datos ponen el acento en la transmisión intergeneracional del tipo de apego entre padres e hijos. Los investigadores explican este fenómeno a partir de los modelos internos activos que son transmitidos a los hijos; que fueron construidos durante la infancia y reelaborados posteriormente. Este último aspecto es muy importante, ya que lo importante no es el tipo de relación que el adulto sostuvo durante su infancia con sus figuras de apego, sino la posterior elaboración e interpretación de estas experiencias. Es decir, no es tan determinante el tipo de apego que tuvo con los padres propios sino la reelaboración consciente e inconsciente que luego, durante la vida y el cumplimiento del rol de padres se haga de aquella experiencia.

El hecho de que exista la transmisión generacional del apego no debe llevarnos a pensar que siempre es una copia exacta del apego materno. Si bien los modelos representacionales del tipo de apego parecen tener mucha estabilidad, algunos acontecimientos en la vida de los padres, pueden provocar su cambio.

 

 

La resiliencia es la capacidad del ser humano de enfrentar y sobreponerse a situaciones adversas – situaciones de alto riesgo (pérdidas, daño recibido, pobreza extrema, maltrato, circunstancias excesivamente estresantes, etc. ) y generar en el proceso un aprendizaje, e inclusive una transformación. Supone una alta capacidad de adaptación a las demandas estresantes del entorno y genera la flexibilidad para cambiar y reorganizar la vida, después de haber recibidos altos impactos negativos.

Ahora, resiliencia no se trata de la capacidad de sufrir y aguantar como un estoico. Más que la capacidad de enfrentar y resistir maltratos, heridas, etc. , la resiliencia es la capacidad de recuperar el desarrollo que se tenía antes del golpe y permite superar el trauma y reconstruir su vida. El desarrollo de la capacidad de resilencia depende fundamentalmente de la seguridad de apego en los años de infancia y adolescencia. (7)

APEGO, EMOCIÓN Y REGULACIÓN EMOCIONAL. TEORÍA DE LA mente Y apego.
El apego juega un rol muy importante en lo que se refiere a la regulación emocional. Esta regulación dependiendo del apego, puede ser flexible o rígida. Fonagy y cols (1997) proponen que la seguridad en el apego permite y facilita la capacidad auto-reflexiva y la mentalización asegura la comprensión intuitiva de las motivaciones del otro y su predicción. A partir de experiencias repetidas con sus figuras de apego, los niños desarrollan expectativas en cuanto a la naturaleza de las interacciones. Esto protegería contra los trastornos de conducta en la medida que el adolescente es capaz de intuir los sentimientos del otro, generando relaciones empáticas (TEORíA DE LA MENTE)

El ser humano es social por naturaleza. La teoría de la mente se define como la habilidad psíquica que poseemos para representar en nuestra mente los estados mentales de otros (pensamientos, deseos, creencias, intenciones, conocimientos) y mediante esta representación psíquica poder explicar y predecir su conducta. La empatía, por otro lado, es descrita como la capacidad de inferir y compartir las experiencias emocionales del otro. Tanto la mentalización como la empatía resultan indispensables para el ser humano en su proceso de adaptación al grupo social y cualquier falla en estos procesos se traduce en síntomas y en sufrimiento.

 

 

La regulación de las emociones (Brenner, 1997) es junto a la vinculación afectiva uno de los aspectos fundamentales para comprender la psicopatología de los niños de 0 a 3 años y para entender la relación que existe entre estas dos áreas y la presentación posterior de cuadros depresivos y comportamentales.

El medio familiar resulta importante en el desarrollo de la teoría de la mente. Los padres que hablan a sus hijos sobre los estados emocionales de otros y los hermanos mayores pueden estimular en los niños los procesos de adquisición de la teoría de la mente. Por el contrario, un medio ambiente familiar con deprivación emocional o comportamientos abusivos impide el desarrollo de habilidades cognoscitivas de la teoría de la mente y producir un funcionamiento cavilante o abstraído con franca inhibición funcional, como mecanismo de defensa frente a las agresiones del medio. (8)

 

 

Estilos de apego y estrategias de regulación emocional

Los estilos de apego se asocian a ciertas emociones y, además, se relacionan con la expresión de éstas y su regulación; de este modo, las estrategias utilizadas para expresar y regular emociones, actúan de acuerdo al estilo de apego (Kobak & Screey, 1988; Lecannelier, 2002ª; Valdés, 2002).

Para Sroufe (2000a), el apego es concebido como la regulación diádica de la emoción; pronostica que cuando esta regulación es eficaz en la primera infancia a través de un apego seguro, tendrá consecuencias en la expresión, modulación y flexibilidad en el control de las emociones en el niño. Señala que niños con apego seguro expresan directamente sus emociones, exhiben notable curiosidad, gusto por la exploración y expresividad afectiva; en situaciones de afecto intenso permanecen organizados, manifiestan esfuerzos por modular la excitación, presentan flexibilidad en lo emocional adecuando la expresión de impulsos y emocionalidad al contexto. Además, acuden eficazmente a otros cuando sus propias capacidades fallan. Por el contrario, el sujeto con historias de apego ansioso tienden a experimentar dificultades para manejar los desafíos emocionales de las relaciones con sus iguales. En el apego seguro se presentan mayor cantidad de emociones como confianza, alegría, placer, calma y tranquilidad; en el estilo evitativo predominan emociones de ansiedad, miedo, rabia, hostilidad y desconfianza y, en el estilo ambivalente, resaltan emociones como preocupación, rabia, miedo, estrés y ansiedad.

Un apego desorganizado a los 12-18 meses predice de forma significativa un problema de conducta de forma significativa, aunque de forma débil. Es el apego desorganizado el que origina el mayor problema de regulación emocional y el que muestra una mayor asociación con los problemas psicológicos (Shaw y Vondra, 1995). Se ha demostrado que los niños con un trastorno negativista desafiante presentan de forma significativa un apego inseguro tanto a la figura materna como paterna. Sin embargo el hecho de que un porcentaje importante de niños con trastornos de conducta presenten un apego seguro, nos indican que el apego inseguro no es más que un aspecto más de los implicados en la génesis de los trastornos de conducta. Por tanto es importante resaltar que la “inseguridad” en el apego no es sinónimo de psicopatología.

Con respecto a las estrategias de regulación emocional, en el estilo seguro se utilizan mayormente estrategias de búsqueda de proximidad, afiliaciones y búsqueda de apoyo social. En el estilo evitativo se tienden a utilizar estrategias de inhibición emocional, distanciamiento de lo emocional y afectivo, exclusión de recuerdos y pensamientos dolorosos, inhibición de la búsqueda de proximidad, supresión de emociones negativas y distanciamiento de los contextos de apego. En el estilo ambivalente se utilizan con mayor frecuencia estrategias de búsqueda de proximidad hacia las figuras de apego, hipervigilancia, rumiación y sobreactivación general del organismo, inhibición emocional, atención directa al estrés, acceso constante de recuerdos emocionales negativos, activación crónica y disfuncional del sistema de apego.

 

 

 

APEGO MÚLTIPLE
Aunque Bowlby admitió que el niño puede llegar a establecer vínculos afectivos con distintas personas, pensaba que los niños estaban predispuestos a vincularse especialmente con una figura principal, y que el apego con esta figura sería especial y distinto cualitativamente del establecido con otras figuras de apego secundarias. A esto lo llamó monotropía o monotropismo y planteaba que era lo más conveniente para el niño/a. consecuentemente, una situación donde los niños fueron criados por varias personas no sería adecuada. Más tarde Bowlby afirmó haber sido malinterpretado sobre este particular.

Es común que cuando un niño esté triste o enfermo busque la compañía de su madre preferentemente, pero también es posible que prefiera al padre. Investigaciones realizadas en este sentido prueban que en el momento del nacimiento los padres pueden comportarse tan sensibles y dispuestos a responder a los bebés como las madres. El apego no sólo se produce con relación a las figuras parentales. Aunque se admite que hay poca investigación al respecto, se sabe que con los hermanos se logran verdaderas relaciones de apego. Los niños se ofrecen unos a otros ayuda y consuelo en situaciones desconocidas o amenazantes. (5)

 

 

EL proceso DE VINCULACIÓN, DELIMITACIÓN CONCPETUAL DE VÍNCULO Y apego EN LA PREVENCIÓN Y LA PSICOPATOLOGÍA INFANTIL
Los términos vínculo y apego se han utilizado de una forma harto profusa lo que puede originar una cierta confusión o bien que se utilicen como sinónimos, pero existen una serie de matices conceptuales que son de especial importancia señalar, para su aplicación clínica y, sobre todo, desde la perspectiva de la investigación y evaluación longitudinal.

1º Vinculación: se entiende como tal la reducción de la distancia del bebé con la figura materna y el mantenimiento de la proximidad física con ella, lo que tendría como consecuencia una clara reducción del temor y la ansiedad en el desarrollo precoz del bebé, tal y como lo expone Bowlby. Esta aportación es contraria a algunas bases de la teoría psicoanalítica, sobre todo cuando hace referencia a que la reducción de la ansiedad es la causa y no el efecto del establecimiento vincular del bebé con su madre.

2º Competencias del bebé: este concepto fue desarrollado por Brazelton para denominar y subrayar las capacidades del bebé para establecer distinciones entre los diferentes estímulos presentes en su entorno, identificando los que son emitidos por la figura materna de forma prioritaria (PE, trazos del rostro, voz, olores corporales, caricias). Estas discriminaciones sensoriales y perceptivas obtienen un ajuste de competencias motrices y el vínculo precoz del bebé con la figura materna (considerada como figura de apego primaria): el grito, la sonrisa, la succión no relacionada con la alimentación, la prensión y el seguimiento ocular.

3º Interacciones madre-bebé: Son fenómenos en los que el bebé y la madre se influencian mutuamente (pe: bebé agitado-la madre le pone sobre el cuello-la madre segrega secreciones corporales específicas-percepción por parte del bebé-el bebé se calma; madre nerviosa o agitada-hora del amamamiento o comida-bebé llora-agitación y tensión en madre al cogerlo en brazos-el bebé percibe la rigidez por tensión muscular y secreciones maternas-bebé se adapta con dificultad y se agita más-rechazo de alimento-la madre incrementa ansiedad- cierre de círculo vicioso).

4º Apego: Constituye un sistema primario específico que se manifiesta desde el momento mismo del nacimiento con las características propias de cada especie (p. e. alimento: forma primaria e irresistible del bebé (pulsión)--> satisfacción de su sensualidad (libido)--> relación con el seno materno o su sustituto--> satisfacción simultánea de ambas necesidades (alimenticias y del malestar) en el bebé y en la figura materna).

conducta de apego: Se denomina así a todo comportamiento del recién nacido que tiene como consecuencia y por función inducir y mantener la proximidad o el contacto con la madre o persona que le sustituye. Se sabe que el bebé tiene capacidades perceptivas muy precoces que le permiten realizar este tipo de identificación. (9)

 

 

8 . PSICOANÁLISIS Y PERSPECTIVA DE LA VINCULACIÓN

La perspectiva psicoanalítica ha aportado interpretaciones valiosas con la explicación de las denominadas relaciones objetales: su estudio ha sido importante para comprender los procesos depresivos ya que toda depresión plantea, inevitablemente, dos problemas: el de la experiencia de la pérdida y el de sus relaciones con la agresividad.

Freud en un principio señaló que el substrato del mundo psíquico respondía al principio del placer y, sobre este constructo, se iba elaborando el principio de realidad. ello daba, como primera consecuencia, que el bebé tenía una cierta pasividad, es decir, era un mero receptáculo constituido por insconsciente puro. No obstante el propio Lebovici señala que las nuevas investigaciones etológicas aportan datos suficientes para señalar que el núcleo del sujeto es el principio de realidad, ya que para la elaboración del principio del placer se precisa un grado tal de elaboración mental y de madurez que es imposible poseer en las primeras etapas del desarrollo humano. Este mero cambio supone una verdadera revolución conceptual, no sólo para la comprensión de la dinámica psíquica y de la psicopatología sino, sobre todo, para su aplicación psicoterapéutica. (10)

Pérdida/transformación de las relaciones objetales: Tanto Freud como Abraham creen que la depresión es la experiencia de la pérdida del objeto amado. La pérdida y el sentimiento de haberse quedado sin esperanza y sin ayuda son constituyentes universales de la experiencia humana, la repetición e incremento de la intensidad de estos sentimientos explican, en gran parte, los trastornos afectivos. Estos fundamentos se han basado en la observación de bebés afectos de cuadros de depresión anaclítica, inicialmente descritos por Spitz en los niños institucionalizados. Para Bowlby la depresión se produce por la pérdida del vínculo de apego, ya que la depresión del lactante se asocia a la ruptura de los vínculos emanados de las conductas de apego precoces (constituidos en torno a los 4-7 meses de edad) sea por una separación real o por sucesivas experiencias de pérdida.

Ayudar a superar/elaborar la vivencia de pérdida, la transformación de los procesos de vinculación o buscar figuras de apego alternativas, aquí es donde encuentra toda su significación e importancia comprender la complejidad de los objetos transicionales, magistralmente desarrollado por Winnicott: Son objetos que están en el mundo externo, pero son depositarios de representaciones mentales del mundo interno de los niñ@s. El osito de peluche, la succión del dedo pulgar, la sabanita o el trozo de franela ocupan ese espacio transicional que discurre desde el sentimiento de pérdida del objeto amado (la madre) al hecho real de estar solo o, como señalaba el propio Winnicott, a saber desarrollar la capacidad de estar solo. Estos objetos reúnen dos características definitorias de especial relevancia: pertenecen y están en el mundo externo, en la realidad externa; pero poseen un valor de ser depositarios de las fantasías y proyecciones propias del sujeto infantil, por esas dos circunstancias oscilan permanentemente entre el posible escaso valor externo (sucios, raidos, zaparrastrosos) y el gran investimiento afectivo por parte del niñ@ (la necesidad de tenerlo cerca para dormirse o en los momentos de soledad y aburrimiento/tristeza).

Esta genial aportación de Winnicott ha permanecido mucho tiempo olvidada, hasta que un cardiólogo pediátrico americano llamado Shaffer describe que en sus pacientes cardiológicos infantiles un osito de peluche les ayuda a superar la situación de dependencia, muy intensa en este tipo de pacientes, haciéndoles sentir que eran más niños al poder establecer un juego no limitado ni prohibido. Con este planteamiento diseñó un osito de peluche con el nombre de "Sir-Koff-a lot" del que se vendieron más de 20. 000 unidades en los centros de venta de los hospitales pediátricos durante los primeros seis meses de 1990; visto el éxito de sus "aportaciones", el citado cardiólogo pediátrico extendió sus teorías también a los pacientes cardiológicos de la edad adulta, desafortunadamente el artículo no señala el incremento de las ventas ni los efectos en estas experimentadas personas mayores. (11)

Duelo: Ya el mismo Freud concibió el trabajo mental del duelo como un desprendimiento progresivo del objeto al que la libido estaba fijada y, por lo tanto, una pérdida de las catexias de las representaciones de dicho objeto. La vivencia del duelo en la primera infancia es muy singular, no solo se refiere al duelo de pérdida del lactante, sino también al duelo (real o fantaseado) de la figura materna en cuanto a la aceptación del bebé real frente al bebé fantaseado. Algunos rasgos del temperamento infantil contribuyen a facilitar o a dificultar la interacción con la figura materna y, por lo tanto, a configurar un tipo u otro de vínculos y de conductas de apego entre ambos polos de la diada. De esta suerte se pueden entender que unos determinados estímulos sean para bebés diferentes hiperestimulantes o hipoestimulantes.

El duelo se instala, por lo tanto, para rellenar la pérdida del objeto cuando el sujeto no tiene ya la facultad de luchar, de esta forma una respuesta emocional normal pasa a ser una respuesta que causa disconfort y desasosiego.

Las fases del duelo descritas por Bowlby: negación e incredulidad del hecho de la pérdida, rabia contenida y culpabilización del ausente, tristeza por la percepción de la ausencia y elaboración de la pérdida, se suelen presentar de forma simultánea y un tanto desordenadas en la primera infancia, siendo el bebé también recepcionario de las proyecciones del proceso de duelo del entorno. Cuando las fases del duelo no se suceden de una forma razonable o cuando existe un "anclaje" en una de ellas aparece lo que se conoce como duelo patológico, que algunos autores consideran como el núcleo de muchos trastornos afectivos. (12)

Todas las investigaciones en torno al valor de la senso-percepción y del estímulo sensorial en las conductas de apego a lo largo del proceso de vinculación confirman que: el bebé procesa la información desde las sensaciones recogidas por los órganos de los sentidos:

* La visión obtiene su importancia en captar la expresión del rostro de la madre, sobre todo de sus propios ojos y al animarle de movimiento y expresividad.

* El oído por el tono y volumen especial que se da al dirigirse al bebé.

* El tacto al significarse con el contacto cuerpo-a-cuerpo y en las caricias, bien sea en el amamantamiento o en el baño.

* El olor de la cercanía de la figura de apego, que el bebé es capaz de diferenciar desde la primera semana de vida.

* La alimentación: textura de los alimentos, sensación de saciar el hambre, tardanza versus inmediatez en la satisfacción del hambre.

* Pero sobre todo: se incluye la simultaneidad de varios de estos estímulos en un tiempo y espacio precisos, el movimiento, la secuencia y la actitud de la figura de apego, pero también de la respuesta que se obtiene del bebé.

 

 

 

Frente a estas necesidades básicas para el establecimiento del apego, existen alteraciones en estas situaciones: discontinuidad, poca receptividad a las demandas del bebé, alteraciones maternas más o menos importantes (p. e. depresiones severas postparto, psicosis, abuso de sustancias, afecciones crónicas), inseguridad (falta o inadecuación de una red de apoyo social, familias monoparentales, maternidad adolescente), temores, que van a llevar a importantes disfunciones en la interacción y en la secuencia de los estímulos que se dan al bebé y ello hará que el niñ@ invista, por déficit o por excitación, de una forma determinada cada una de las funciones o estímulos que se realizan sobre su cuerpo.

La propia vivencia de la figura materna tiene una especial importancia, de ahí la inclusión de lo que psicoanalíticamente se ha conocido como proyección (clásica acepción de Klein y su escuela), función del fantasma materno (Lacan y su escuela), y/o el deseo de la madre (Mannoni y Dolto). Esta es la dimensión interactiva de estos términos, en tanto disfunciones o francas perturbaciones en esa interacción. Sobre todo porque el bebé ya no es considerado exclusivamente como un mero recipiente de estímulos, sino que el mismo bebé elabora su código de comunicación -competencias del bebé, según Brazelton- que precisa ser descifrado por la figura materna. Si se descifra con un predominio del "sentido materno" el bebé será algo más pasivo y la alteración en la interacción -con sus posibles secuelas psicopatológicas- está servida. (13)

 

 

 

PERFILES EVOLUTIVOS DE LOS TRASTORNOS VINCULARES
La experiencia clínica sitúa los perfiles evolutivos de los trastornos de vinculación en la infancia en tres líneas de trastornos mentales, en ocasiones se desarrollan a lo largo de la infancia y la adolescencia y en otras ocasiones son procesos que quedan adormecidos o evolucionan de forma larvada hasta la etapa adulta. Estos perfiles evolutivos son los siguientes:

1. Perfil psicosomático: El cuerpo adquiere una significación de gran relevancia tanto por la percepción táctil (hiperestimulación/ hipoestimulación/ disestimulación, contacto piel a piel con armonía táctil vs. movimientos prensiles disarm

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