El ser humano es un animal social y familiar que vive y se desarrolla en un entorno, que ejerce una gran influencia sobre su conformación del carácter, sus valores, y sus emociones. Los 3 millones de años de evolución humana le proporcionan conciencia, la capacidad de metaconocimiento, múltiples y complejas emociones y son estos logros evolutivos los que se convierten en los mayores factores de riesgo y precipitantes de la ideación suicida. El hombre, según Ardrey, es un misterio que trasciende, y debemos buscar la esencia no en sus facultades, sino en sus paradojas. El Sapiens Sapiens en su libertad para actuar y elaborar su destino, puede llegar a la incoherencia, incluso atentando contra su propio instinto de supervivencia. Por ello, incluir el suicidio dentro de la teoría de la evolución nos obliga a situarlo en su vertiente más cruel. La sociedad actual es fruto de un desarrollo que ha posibilitado la superación de los retos de supervivencia que se perdían en la antigüedad, esta evolución, así mismo, exige unos rendimientos que ponen a prueba el equilibrio psicológico del hombre: la selección natural tiene lugar en el campo de lo psicológico. La muerte elegida puede ser entendida como conducta psicopatológica desde las clasificaciones diagnósticas psiquiátricas, sin embargo, es considerada salud evolutiva desde la selección natural en determinados casos. El suicidio es la muerte autoinflingida con plena conciencia del final de la existencia y una idea clara de la irreversibilidad de la elección, esto caracteriza esta conducta como exclusivamente humana.